miércoles, marzo 26, 2008

(¡¡¡TUMBES_7!!!)


Playa Los Pinos.




Provincia: Contralmirante Villar. Distrito: Zorritos
Ubicada a 33 km de la ciudad de Tumbes, está rodeada por un pintoresco pueblito de pescadores. Es una playa apropiada para tomar baños de sol y la gran práctica de deportes náuticos.

Está rodeada por un pintorestico pueblito de pescadores. Apropiada para la practica de deportes acuáticos.



CLIMA

El clima de Tumbes es semi tropical con sol permanente casi todo el año, con una temperatura maxima de 36°C, minima de 19° C y un promedio anual 24º.


BREVE HISTORIA


*
En el extremo norte estaba poblada desde mucho antes de la llegada de los conquistadores, esistian grandes asentamientos humanos, se asume tuviron gran relación con los manglares de la zona, de esta zona se extraian conchas que se usaban en rituales ceremoniales, una leyenda atribuye la fundación de Tumbes a Quitombe, hijo de un cacique llamado Tum estos teriitorios fuerón incorporados al señorio de Gran Chimu, el cual despues paso a formar parte del Chinchaysuyo en el siglo XVI durante el reynado del inca Tupac Yupanqui.

Tumbes tuvo un papel muy importante en el Tahuantinsuyo y Huayna Capac lo convirtio en una gran centro de operaciones militares, establecido el dominio del Cusco sobre la región, llegarón las primeras expediciones conquistadoras, celebres son los diversos relatos relacionados con la gesta de la conquista del Perú,

Quedan algunas huellas de este imperio en las inmediaciones del lugar donde Pizarro desembarco , como el complejo aequeologico llamado Cabeza de Vaca, del cual lamenteblemente solo perdura una pequeña huaca, bautizada pintorescamente con el nombre de Cavacotupe, unión de diversas abreviaturas.




martes, marzo 18, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)

ÍNDICE


Octubre


-El primer día de la escuela
-Nuestro maestro
-Una desgracia
-El chico calabrés
-Mis compañeros
-Un rasgo generoso
-Mi maestra de la primera clase superior
-En una buhardilla
-La escuela
-CUENTO MENSUAL El pequeño patriota paduano

Noviembre

-El deshollinador
-El día de los Difuntos
-Mi amigo Garrón
-El carbonero y el señor
-La maestra de mi hermano
-Mi madre
-El compañero de clase, Coreta,
-El director
-Los soldados
-El protector de Nelle
-El primero de la clase
-CUENTO MENSUAL (El pequeño vigía lombardo)
-Los pobres

Diciembre

-El comerciante
-Vanidad
-La primera nevada
-El albañilito
-La bola de nieve
-Las maestras
-En casa del herido
-CUENTO MENSUAL (EL PEQUEÑO ESCRIBIENTE) FLORENTINO
-La voluntad
-Gratitud

Enero

-El maestro suplente
- La bublioteca de Estardo
-El hijo del herrero
-Una visita agradable
-Los funerales por Víctor Manuel
-Franti es expulsado del colegio
-CUENTO MENSUAL (El tamborcillo sardo)
-El amor a la Patria
-Envidia
-La madre de Franti
-Esperanza

Febrero

-Medalla bien concedida
-Buenas propósitos
-El tren
-Soberbia
-Los heridos del trabajo
-El preso
-CUENTO MENSUAL (El enfermero de «CHACHO»)
-El taller
-El payasito
-Último día de carnaval
-Los mechachos ciegos
-El maestro enfermo
-La calle

Marzo

-Las escuelas de adultos
- La lucha
-Los padres de los chicos
-El número 78
-El chiquitin muerto
-Deistribución de premios
-Litigio
-Mi hermana
-CUENTO MENSUAL (Sangre romañola)
-El albañilito moribundo
-El conde Cavour

Abril

-Primavera
-El rey Humberto
-El asilo infantil
-En clase de gimnasia
-El maestro de mi padre
-En convalescencia
- LOS AMIGOS ARTESANOS
-La madre de Garrón
-CUENTO MENSUAL (Valor cívico)

Mayo

-Los pequeños minusválidos
-Sacrificio
-¡El incendio!
-CUENTO MENSUAL (De los Apeninos a los Andes)
-Verano
-Poesía
-La sordomuda

Junio

-Garibaldi
-El ejército
-Italia
-¡Treinta y dos grados!
-Mi padre
-En el campo
-LA DISTRIBUCÓN DE PREMIOS (A los artesanos)
-Mi maestra muerta
-¡Gracias!
-(ULTIMO CUENTO MENSUAL) Naufragio

Julio

-La última página de mi madre
-Los exámenes
-El último examen
-¡Adiós!


....

..


,,...........,,,

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miércoles, marzo 12, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)



Julio
*

¡Adiós!
*

Lunes, 10



Pasada la hora de la queda, nos reunimos todos por última vez en la escuela para conocer el resultado de los exámenes y recoger las cartillas de los certificados con las correspondientes calificaciones.

La calle rebosaba llena de padres, que también habían invadido el amplio zaguán. Y muchos hasta se metieron en las aulas, empujándose hasta la mesa del profesor. En mi clase ocupaban todo el espacio que hay entre las paredes y los primeros bancos.

Entre ellos staban el padre de Garrón, la madre de Deroso, el herrero Precusa, Coreta, la señora Nelle, la verdulera, el padre del albañilito, el de Estardo y muchos otros que no conocía. Por todas partes se percibía rumores como si estuviéramos cuando se está en una plaza.

Entró el maestro e inmediatamente reinó completo silencio. Llevaba una lista en la mano y empezó a leer seguidamente por orden alfabético:

-Abatucci, aprobado, Archimi, aprobado, el albañilito, aprobado; Crosi, aprobado -luego añadió con voz fuerte:

*

-Deroso aprobado, sobresaliente con el primer premio.

Todos los que estaban presentes y le conocían, gritaron:




  • -¡Bravo, Bien por Deroso!

El se dio un estirón a los rubios rizos y miró con fruición a su madre, que le saludó con la mano. Y sonriendo con su aire desenvuelto y bello, miró a su madre, que le saludó con la mano. Garofi, Garrón y el calabrés también figuraron entre los aprobados. Después leyó los nombres de tres o cuatro que tienen que repetir curso, echándose a llorar uno de ellos porque le amenazó su padre, que estaba en la puerta. El maestro se apresuró a decirle:

-Mire, Dispense usted; no se ponga así, porque muchas veces es por mala suerte, como ha sucedido en el caso de su hijo.

Continuó leyendo. Nelle sacó aprobado y su madre le envió un beso al aire con el abanico. Estardo obtuvo notable de media, mas no por eso se sonrió ni se quitó los puños de las sienes ni se movió, ni levantó los codos de los bancos, El último de la lista fue Votino, que resultó aprobado. Era el que iba vestido con mayor elegancia y mejor peinado. Terminada la lectura de las calificaciones, el maestro se levantó y nos dijo:

-Muchachos, ésta es la última vez que nos reunimos. Hemos estado juntos todo el curso y ahora nos separamos como buenos amigos,.¿no es verdad? Siento esta separación, queridos niños...

-Se interrumpió y luego continuó diciendo-: Si alguna vez he llegado a perder la paciencia, si en alguna ocasión he pecado de injusto, sin quererlo, o me he mostrado excesivamente severo, perdonadme.

-¡No, no, señor maestro, nunca jamós! -dijeron a un tiempo padres y alumnos.

-Disculpadme -repitió el maestro- y no dejéis de quererme. El próximo curso ya no estaréis conmigo, pero os veré con frecuencia y permaneceréis en mi corazón.
¡Felices vacaciones, muchachos, y hasta la vista!

Dicho lo cual esto pasó entre nosotros y todos le tendían la mano, empinándose, subiéndose en los bancos, le tiraban de la chaqueta y le cogían los brazos. Algunos le abrazaron y cincuenta voces dijeron a coro:

-Hasta la vista, señor profeszor. Gracias por todo maestro.
¡Que le vaya bien ¡Acuérdese de nosotros!...

Cuando salió estaba emocionado extraordinariamente conmovido..

Abandonamos la clase en tropel. También salían al mismo tiempo de las otras clases y se produjo una gran confusión de saludos y de mutuas despedidas entre muchachos, maestros, padres y maestras.

La maestra de la pluma roja tenía cuatro o cinco niños encima y unas veinte criaturas a su alrededor, que no le dejaban respirar. A la «monjita» casi le habían destrozado el sombrero y la habían llenado de ramitos de flores que ponían en los ojales y en los bolsillos del vestido negro. Muchos felicitaban a Robeto, que aquel día era, precisamente, el primero que iba sin muletas.

Por todas partes se oía decir:


*


«¡Hasta el próximo año que viene! ¡Hasta el veinte de OCTUBRE! ¡Nos veremos por Todos los Santos!» También nos despedimos mi padre y yo de los conocidos.

¡ah. Cómo se olvidan en esos momentos los sinsabores pasados! Votino, que siempre se había mostrado tan envidioso de Deroso, fue el primero en abrazarlo con efusión. Yo saludé y estreché la mano del albañilito en el instante que por última vez me ponía el hocico de liebre.

¡Qué buen chico! Saludé a Precusa y a Garofi, el cual me dijo que había obtenido un premio en la última rifa y me entregó un pequeño pprensapapeles de mayólica, algo roto por una esquina. De todos me despedí con un apretón de manos.

Fue emocionante ver cómo se acercó el pobrecito Nelle se abrazó a Garrón por acá, del que no podían despegarlo. Todos rodeaban a Garrón, lo abrazaban y zarandeaban en prueba de cariño, como bien se lo merecía el ejemplar muchacho, que a todos sonreía. Su padre estaba allí embobado ante semejante muestra de afecto. A Garrón fue el último a quien abracé, ya en la calle, procurando contener un sollozo al tener mi cara sobre su pecho; él me dio un beso en la frente admirado, contento y conmovido.

Después corrí a reunirme con mi padre y mi madre que me esperaban.. Mi padre me preguntó si me había despedido de todos, y yo le dije afirmativamente.

Luego me recomendó si hay alguno con el cual no te hayas portado bien en cualquiera ocasión, que buscara y pidiera que te perdone.

-No hay ninguno, nadie -le contesté.

-Bueno, pues entonces, vámonos.

Anadió mi padre con voz conmovida, dirigió una última mirada a la escuela y dijo con voz conmovida:

-¡Adiós!

Y mi madre repitió:

-¡Adiós!

Y yo….yo no pude decir nada.


martes, marzo 11, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Julio
*

El último examen
*

Viernes, 7
*


Esta mañana se verificó el examen oral. A las ocho estábamos ya todos en nuestros clases. A las ocho y cuarto empezaron a llamarnos de cuatro en cuatro para ir al salón de actos, donde había detrás de una mesa cubierta con un tapete verde, estaban sentados en torno a ella el Director y cuatro profesores, entre ellos el nuestro.

Yo fui uno de los primeros llamados.
¡Pobre maestro! ¡Cómo me he dado hoy cuenta de lo mucho que nos quiere de veras!

Mientras los demás nos preguntaban, él no nos quitaba la vista de ensima, se turbaba cuando vacilábamos en responder, prestaba oído muy atento y nos hacía la mar de gestos con las manos y con la cabeza para decirnos:

«¡Bien, no, presta atención, más despacio, ánimo!»

Nos hubiese podido hablar, letra por letran si nos habría sugerido todas las respuestas. Un padre no habría hecho más que él. De buena gana le habría dado las “gracias” diez veces delante de todos.

Cuando los otros maestros dijeron: «Está bien, vete tranquilo con Dios», le brillaron los ojos de alegría.

Yo volví seguidamente a la clase para esperar a mi padre. Aún estaban allí casi todos. Me senté junto a Garrón. Yo no estaba alegre ni pizca. Pensaba que era la última vez que íbamos a vernos. Aún no le había dicho a mi buen compañero que al año siguiente no estaría en cuarto con él, porque tenía que marcharme de Turín con mi familia. Como siempre, estaba algo acurrucado como siempre, pues apenas cabía entre el banco, con la cabeza inclinada, pintando adornos alrededor de una foto de su padre, vestido de maquinista, un hombre recio y alto, con cuello de toro y aspecto serio y honrado como él. Mientras hacía sus dibujos, como tenía la camisa algo desabrochada, vi sobre su desnudo pecho la cruz que le regalara la madre de Nelle cuando supo que protegía a su hijo y le dije:.

Me creí obligado a manifestarle que me ausentaría definitivamente de Turín. Haciendo un esfuerzo, sin mirarle:

-Garrón, me pregunto si yo también me marchaba; este otoño mi padre se marchará de Turín para siempre.

Me preguntó si me marcharía, y le respondí que sí.

-Entonces -añadió-, ¿no seguirás entonces el cuarto curso con nosotros?


Le contesté que no.

De momento se quedó callado, prosiguiendo su trabajo. Luego sin levantar la cabeza, me preguntó:

-¿Te acordarás de tus compañeros de tercer año?

-Sí, sí, de todos -le repuse-; pero de ti... más que de nadie. ¿Quién puede olvidarse de ti?

El, contrariado, me dirigió una mirada como queriendo decirme mil cosas, pero guardó silencio. Se limitó a alargarme su mano izquierda, fingiendo que seguía dibujando con la derecha. Yo estreché entre las mías aquella mano fuerte y leal.

En aquel instante entró de prisa el maestro, con la cara encendida y dijo en voz baja y rápida, en tono alegre:

«¡Hasta ahora todo va bien; a ver si los que quedan continúan lo mismo. ¡Mucho ánimo, hijitos! ¡Estoy contento de vosotros!» Para mostrar su alegría, al salir con paso rápido, hizo como que tropezaba y tenía que agarrarse a la pared para no caerse; ¡él, a quien no habíamos visto reír en todo el curso! La cosa nos pareció tan sumamente extraña, que, en vez de reírnos, todos nos quedamos asombrados; nos sonreímos, pero ninguno se rió. Aquel acto de alegría, propio de un chiquillo, sin saber por qué, me produjo pena y ternura.

Tal momento de alegría era su único premio, la compensación por nueve meses de paciencia y bondad, de esfuerzos y de sinsabores. Para aquel resultado satisfactorio se había afanado y había ido a dar clase muchas veces estando enfermo.

Aquello, y nada más que aquello, nos pedía a cambio de tanto cariño y de tantas preocupaciones. Ahora me parece que, al acordarme de él, siempre lo veré en aquella postura; de chiquillo revoltoso, y si nos encontramos, le recordaré el acto que tan hondo de muchos años. Y cuando sea hombre vive todavía y nos encontramos,se lo diré, le recordaré aquel acto que me ha llegado en el hondo al corazón, y no dejaré de besar sus venerables canas.
*

lunes, marzo 10, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Julio
*
*
Los exámenes
*

Martes, 4


Henos aquí en los exámenes. Por las calles alrededor de la escuela no se oye los alumnos, los padres y las madres, e incluso las niñeras, hablaban de exámenes, calificaciones, temas, nota media, suspensos, promocionados... Todos repiten las palabras. Ayer por la mañana nos examinamos de redacción y hoy de Aritmética.

Era conmovedor ver a todos los padres que acompañaban a sus hijos a la escuela les daban los últimos consejos por la calle, y muchas madres que los llevaban los chicos hasta dejarlos en los bancos, viendo mirar si había tinta en el tintero, comprobando si las plumas estaban en buenas condiciones, y, al salir, se volvían desde la puerta para recomendarles optimismo y atención:
“¡Animo!¡Valor!¡Cuídado!”.

Nuestro maestro examinador era el señor Coato, el maestro de aquel de las barbazas negras que grita como un león, que nunca castiga a nadie.

Había chicos con una cara tan blanca como el papel, de miedo que tenían.

Cuando el maestro abrió el sobre enviado por el Ayuntamiento enviando el problema que dedia servir para tema de Matemáticas, todos contuvimos la respiración.

Dictó el problema con voz fuerte, mirándonos a unos y otros con ojos escrutadores y severos; pero era evidente que comprendía, de haber podido dictarnos la solución, lo habría hecho, de buena gana, para que todos aprobásemos y estuviésemos contentos.

Después de una hora de trabajo, no pocos empezaban a desanimarse porque el problema era difícil. Uno lloraba. Crosi se daba puñetazos en la cabeza.

Muchos no tenían culpa de no saber resolverlo, ¡Pobre chicos! Pues no han tenido tiempo para estudiar lo suficiente o por no haberlos ayudado los padres en casa durante el curso.

¡Pero siempre se encuentra la providencia!. Era un espectáculo ver cómo se las arreglaba Deroso para pasar una cifra y ayudar una operación, sin que le descubriesen; parecía nuestro maestro. También ayudaba en lo que podía Garrón, que está fuerte en Aritmética, y hasta Nobis, que, al hallarse en apuros, se había vuelto amable. Estardo estuvo inmóvil más de una hora, con los ojos fijos en el problema y los puños en las sienes; luego todo lo hizo en cinco minutos.

El maestro daba vueltas por entre los bancos y decía:

-¡Calma! ¡Calma! No os precipitéis y reflexionad un poco.

Cuando veía a alguno descorazonado, para hacerle reír e infundirle ánimos, abría la boca como para tragárselo, imitando al león.

Hacia las once, mirando a través de las persianas, vi abajo a muchos padres que se paseaban con cara de impaciencia; estaba el padre de Precusa, con su blusa azul y la que había dado una escapada de cara llena de tiznajos: seguramente acabaría de salir de la fragua. También vi a la madre de Crosi, la verdulera, y la de Nelle, vestida de negro, que no podía estar un momento quieta. Poco antes del mediodía llegó mi padre y miró hacia la ventana por donde yo estaba. Pobre padre mío, ¡
cuánto me quiere!

A las doce en punto todos habíamos concluído.

¡Había de ver lo que ocurrió a la salida!. Los padres venían a nuestro encuentro preguntándonos, y no paraban de hacernos preguntas, hojeando los cuadernos y comparar los trabajos de unos y de otros. Se oían estas y parecidas preguntas:

«¿Cuántas operaciones?» «¿Cuál es el total?» «¿Y la substración?» «¿Y la respuesta?» «¿Y la coma de los decimales?»

Los profesores iban y venían de una a otra parte, requeridos por multitud de padres.

Mi padre me tomó en seguida el borrador, miró y dijo:

-Está bien.

A nuestro lado estaba el herrero Precusa, que miraba también el trabajo de su hijo, algo inquieto, porque no acababa de comprenderlo. Dirigiéndose a mi padre, le preguntó:

-¿Quiere usted hacerme la bondad de decirme la cifra total?

Mi padre se lo dijo. Miró el de su hijo y comprobó que era la misma.

-¡Bravo, hijo pequeñín! -exclamó muy contento.

Mi padre y él se miraron con cara de satisfacción, como dos buenos amigos, Mi padre le alargó la mano,le tendió mi padre. Él se la apretó y se separaron diciendo:

-Ahora el ejercicio oral; ya se ha pasado el escrito. Eso es al ejercicio oral.

A poco después oímos una voz de falsete, que nos hizo volver la cabeza. Era el herrero, Precusa que se alejaba cantando.

viernes, marzo 07, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)



Julio

La última página de mi madre


Sábado, 1


¨¨El año concluído, Enrique; bien está que te quede como recuerdo del último día la imagen del niño sublime que dio la vida por su amiga. Ahora te vas a separar de tus maestros y de tus compañeros, y debo comunicarte una triste noticia:

^La aeparación no durará sólo tres meses, sino para siempre. Por motivos de su profesión, tu padre tiene que marcharse de Turín, y nosotros iremos con él. Marcharemos el próximo otoño. Entrarás en otra escuela, lo cual te disgusta y contraría, ¿no es verdad? Porque estoy segura de que estás encariñado con tu escuela, donde por espacio de cuatro años has experimentado dos veces al día la satisfacción de haber trabajado; donde has convivido tanto tiempo, a las mismas horas, con los mismos muchachos, los mismos profesores, los mismos padres de tus compañeros y los tuyos, que te esperaban sonriendo; sentirás dejar la antigua escuela donde se ha desarrollado tu inteligencia, en la que has conocido a buenos camaradas, en donde cada palabra que has oído tenía por objeto tu bien, y no has experimentado sin sufrir ningún disgusto que no te fuera provechoso.

Llévate, pues, ese afecto contigo y da un adiós que te salga del corazón a todos esos niños.

Algunos conocerán desgracias irreparables, perderán pronto a su padre o a su madre; otros morirán jóvenes; otros quizá viertan generosamente su sangre en alguna posible batalla; muchos serán buenos y honestos trabajadores, padres de familias laboriosas y honradas como ellos; ¡y quién sabe si no habrá también alguno que preste grandes servicios a la país y haga glorioso su nombre!

Sepárate, por tanto, de ellos afectosamente; deja un poco de cariño y tu alma en la gran familia en la que ingresaste de niño y de la que sales en edad adolescente, a la cual quieren tu padre y tu madre porque en ella también te han querido.

La escuela es como una madre, Enrique mío: ella te tomó de mis brazos cuando apenas hablabas y te devuelve ahora mayorcito, fuerte, bueno inteligente, aplicado y estudioso. ¡Bendita sea, y no la olvides jamás, hijo mío! ¡Oh, es imposible que la olvides!

Serás un hombre, irás por recorrer el mundo, verás ciudades inmensas, monumentos sorprendentes, y también te olvidarás de ellos; pero del modesto edificio blanco, con sus persianas cerradas y el pequeño jardín donde se abrió la primera flor de tu inteligencia, nunca te olvidarás, sino que lo tendrás presente hasta el último día de tu existencia, lo mismo que yo recordaré toda mi vida la casa en que escuché tus primeros ayes por primera vez.^



¨¨TU MADRE¨¨

lunes, marzo 03, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Junio


(ULTIMO CUENTO MENSUAL)


Naufragio



Hace muchos años, cierta mañana del mes de diciembre zarpaba del puerto de Liverpool un gran buque de vapor llevando a bordo más de doscientas personas, entre ellas setenta hombres de dotación.

El capitán y casi t todos los marineros eran ingleses. Entre los pasajeros se encontraban varios italianos: tres caballeros, un sacerdote y una compañía de músicos.

El buque salió con rumbo a la isla de Malta. El tiempo se presentaba borroscoso.

Entre los pasajeros de tercera clase, situada a proa, se encontraba un muchacho italiano de unos doce años aproximadamente, bajo de estatura para su edad, pero robusto: un sicilianito de aire serio y severo. Permanecía solo junto al trinquete, sentado en un gran rollo de maromas. A su lado tenía una maletilla bastante deteriorada, que contenía su equipaje, y sobre la cual apoyaba una mano. Era de rostro moreno; y el cabello negro y rizado, casi le llegaba a la espalda. Iba pobremente vestido, con una manta raída sobre los hombros y una vieja bolsa de cuero en bandolera que colgaba.

Miraba en torno suyo, pensativo, a los otros pasajeros, las distintas partes del barco y a los marineros que pasaban corriendo, así como al mar inquieto.

Tenía el aspecto de un muchacho que acababa de sufrir una gran desgracia familiar: cara de niño y expresión de hombre.

Poco después de la salida pasó por la proa un marinero de los de la dotación del barco, italiano, hombre de pelo gris, que llevaba de la mano a una muchacha. Se detuvo delante del pequeño siciliano y le dijo:

-Mario, aquí tienes una compañera de viaje.

Luego se marcho.

La muchacha se sentó también en el rollo de maromas, junto al muchacho.

Ambos se miraron.

-¿A dónde vas? -1e preguntó el siciliano.

La chica respondió:

-A Malta, pasando por Nápoles. -Luego añadiendo-:

…Voy a reunirme con mi padre y mi madre, que me esperan. Yo me llamo Julia Fagiani.

El muchacho permaneció callado.

Pasados unos minutos, sacó de la bolsa pan y frutas secas; la chica llevaba bizcochos. Los dos se ofrecieron mutuamente sus provisiones y comieron con buen apetito.

-¡Esto se ha animado! ¡Alegría! -gritó el marinero italiano, pasando rápidamente-. ¡Ahora empieza una danza!

El viento crecía y el barco daba fuertes bandazos. Pero los dos muchachos, que no se mareaban, apenas se inmutaron. La chica sonreía. Tenía poco más o menos la edad de su compañero, aunque era bastante más alta, morena, fina, de aspecto algo enfermizo y vestida más que modestamente. Tenía el cabello corto y ondulado, un pañuelo encarnado en la cabeza y zarcillos de plata en las orejas.

Mientras comían fueron contándose cosas de su vida. El muchacho no tenía padre ni madre. Su padre, obrero, había muerto en Liverpool pocos días antes, dejándole solo, y el cónsul italiano le había enviado a su tierra, a Palermo, donde le quedaban algunos parientes lejanos. A la muchacha la habían sido conducida a Londres el año anterior a casa de una tía suya, viuda, que la quería mucho, y a la que sus padres, que eran pobres, se la habían dejado por algún tiempo, con la esperanza de que fuera su heredera, como ella lo tenía prometido. Pero pocos meses después murió la tía en accidente de circulación, atropellada por un coche, sin dejarle ningún dinero. Recurrió también al cónsul y éste la embarcó para Italia. Los dos estaban recomendados al marinero italiano.

-Mis padres -concluyó la niña- creían que volvería rica, y, en cambio, vuelvo sin un céntimo pobre. Pero de todas formas me quieren lo mismo que mis hermanos. Tengo cuatro hermanitos, todos pequeños. Yo soy la mayor de mi casa y les ayudo a vestirse. Se pondrán muy contentos cuando me vean. Entraré en casa de puntillas...

¡Qué malo está el mar!

Después preguntó al muchacho:

-¿Y tú? ¿Vas a vivir con tus parientes?...

-Sí..., si ellos quieren -le respondió.

-¿Es que no te quieren bien?

-No lo sé.

-En Navidad cumplo trece años -dijo la muchacha.

Luego empezaron a charlar sobre el mar y la gente de a bordo. Todo el día estuvieron juntos, intercambiándose algunas palabras. Los pasajeros creían que eran hermanos. La chica hacía punto de media; el muchacho estaba pensativo. El mar continuaba cada vez más borrascoso.

Por la noche, en el momento de separarse para ir a dormir, la chica dijo a Mario.

-Que duermas bien.

-Nadie dormirá bien esta noche, amiguitos míos -exclamó el marinero italiano, pasando de prisa porque le había llamado el capitán.

El muchacho estaba para corresponder a su amiguita y desearle también una buenas noches, cuando de pronto un inesperado golpe de mar lo lanzó violentamente contra un banco.

-¡Madre mía, sangras! -gritó la muchacha corriendo hacia él para atenderlo.

Los pasajeros, que se apresuraban a bajar a los dormitorios, no les hicieron el menor caso. La chica se arrodilló junto a Mario, que había quedado aturdido por el golpe; le limpió la frente, que le sangraba y, quitándose el pañuelo rojo, se lo ató alrededor de la cabeza; luego la apretó contra sí para hacer el nudo, quedándole una mancha de sangre en el vestido amarillo, a la altura de la cintura. Mario se repuso y se levantó.

-¿Te sientes mejor? -le preguntó la muchacha.

-Ya no tengo nada -contestó.

-Que descanses bien -dijo Julia.

-Buenas noches -respondió Mario.

Y ambos bajaron por dos escaleras próximas a sus respectivos dormitorios.

El marinero había acertado. Aún no se habían dormido cuando se desencadenó una horrible tempestad.

Fue como un asalto inesperado de tremendas olas que en pocos minutos rompieron un mástil y arrastraron consigo, como si hubiesen sido hojas, tres de las barcas colgadas de las grúas y cuatro bueyes que se hallaban en la proa. En el interior del buque se produjo gran confusión y un espanto imposible de describir: un griterío estremecedor, con mezcla de llantos y de plegarias, que ponía los pelos de punta.

La tempestad fue arreciando su furia toda la noche y, al amanecer, aún se encrespó más. Las enormes olas azotaban el barco por los costados e irrumpían sobre la cubierta, destrozando, barriendo y arrastrándolo todo. Se hundió la plataforma que cubría la maquinaria, y el agua se precipitó al interior con ruido infernal; las calderas se apagaron y los maquinistas huyeron; por todas partes penetraron impetuosos torrentes de agua. Una voz fuerte gritó:

-¡A las bombas!

Era la voz del capitán.

Los marineros echaron mano a las bombas. Pero un rápido golpe de mar, que se abatió por detrás sobre el buque, deshizo gran parte del casco y se precipitó al interior de manera incontenible y echó dentro del mar.

Todos los pasajeros, más muertos que vivos, se habían refugiado en la sala del centro del barco.

A cierto momento apareció el capitán.

-¡Capitán! ¡Capitán! -gritaron todos a la vez-. ¿Qué hacemos? ¿Cómo estamos? ¿Hay alguna esperanza? ¡Sálvednos!

El capitán esperó a que todos callasen, y dijo:

-¡Resignémonos!

Una mujer lanzó un grito:

-¡Piedad!

Nadie más pudo hablar, porque a todos los tenía paralizados el pánico. Así transcurrió mucho tiempo en medio de un silencio sepulcral. Todos se miraban con el rostro blanco. El mar se enfurecía cada vez más. El barco a duras penas podía navegar.

A cierto punto el capitán intentó echar al agua una lancha. Cinco marineros se metieron en ella; la lancha se sostenía, pero una ola la volcaron, y perecieron dos marineros, uno de los cuales era, precisamente, el italiano; los otros, con mucho esfuerzo, lograron asirse de nuevo a las cuerdas y subir a bordo.

Tras esto, los mismos tripulantes perdieron toda esperanza. Dos horas después, el barco estaba sumergido hasta la altura de la borda.

Entretanto, sobre cubierta se desarrollaba un espectáculo estremecedor. Las madres estrechaban desesperadamente contra su pecho a los hijos; los amigos se abrazaban y se daban el adiós de despedida definitiva; algunos bajaban a los camarotes para morir sin ver el mar. Un pasajero se pegó un tiro en la cabeza, y fue rodando escaleras abajo hasta el dormitorio, donde expiró. Muchos se agarraban frenéticamente los unos a los otros y algunas mujeres padecían horribles convulsiones. No pocos se arrodillaban rodeando al sacerdote. Se oía un coro de sollozos, de lamentaciones infantiles, de voces agudas y extrañas, viéndose por aquí y por allá personas tan inmóviles como estatuas, atontadas por el pánico, con los ojos dilatados y sin vista, caras cadavéricas, y propias de locos. Mario y Julia, agarrados a un mástil, miraban el mar con los ojos fijos, como alucinados.

El mar se había aquietado un poco; pero el buque continuaba hundiéndose lentamente; sólo le quedaban unos minutos de vida.

-¡La lancha al agua! -gritó el capitán.

Una chalupa que quedaba, la última, fue lanzada al mar, y se metieron en ella catorce marineros y tres pasajeros.

El capitán permaneció a bordo.

-¡Venga con nosotros! -le dijeron desde la barca.

-Yo debo morir en mi puesto -contestó el capitán.

-Encontraremos algún barco -le gritaron los marineros- nos salvaremos. ¡Baje! ¡Está perdido!

Yo me quedo aquí. Iros vosotros.

-¡Todavía hay un sitio! -gritaron entonces, dirigiéndose a los otros pasajeros-. ¡Una mujer!

Entonces avanzó una mujer, sostenida por el capitán; pero, al ver la distancia que le separaba de la chalupa, no tuvo valor para dar el salto y cayó sobre cubierta. Las demás mujeres casi todas estaban desvanecidas y como muertas.

-¡Un muchacho! -gritaron algunos.

Al oírlo, el muchacho siciliano y su compañera, que hasta entonces habían permanecido como petrificados por un estupor sobrehumano, impulsados por el instinto de vivir, se apartaron a la vez del palo y corrieron al borde del buque, exclamando a la vez:

-¡Yo! -Y se rechazaban el uno al otro como dos fieras salvajes.

-¡El más pequeño! -dijeron los de la chalupa-. ¡La barca está sobrecargada! ¡El más pequeño!

Al oírlo, la muchacha, como herida por un rayo, dejó caer los brazos y permaneció inmóvil, mirando a Mario con los ojos apagados.

Mario la miró un instante, vio la mancha de sangre que había dejado en ella, se acordó de lo que había hecho por él y cruzó por su mente una idea divina.

-¡El más pequeño! -gritaban a coro los marineros con imperiosa impaciencia-. ¡Nos vamos!

Entonces Mario, con una voz que no parecía la suya, gritó:

-¡Ella es más ligera! ¡Vete tú, Julia! ¡Te cedo mi sitio! ¡Anda, mujer! Tú tienes padre y madre, y yo soy solo!-¡Te doy mi sitio! ¡Echala al mar! -corearon los marineros.

Mario cogió a Julia por la cintura y la echó al agua.

La muchacha dio un grito y cayó; un marinero la agarró de un brazo y la subió a la barca.

Mario permaneció firme sobre la borda del buque, con la frente erguida y el cabello flotando al viento, inmóvil, tranquilo, sublime.

La barca se puso en movimiento y apenas tuvo tiempo de esquivar el vertiginoso remolino de agua formado por el buque que se hundía y amenazaba volcarla.

La muchacha, que hasta aquel momento había estado casi insconciente, alzó los ojos hacia el chico y empezó a llorar desconsoladamente.

-¡Adiós,querido Mario! -gritó entre sollozos, con los brazos tendidos hacia él-. ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós!

-¡Adiós! -le contestó el muchacho elevando la mano al cielo.

La barca se alejó con la rapidez que le permitía el mar agitado, bajo un cielo oscuro. Sobre el buque siniestrado nadie hablaba ya. El agua lamía el borde de la cubierta.

De pronto se puso el muchacho de rodillas, juntó las manos y dirigió los ojos al Cielo.

La muchacha se tapó la cara.

Cuando alzó la cabeza, echó una mirada al mar. El buque había desaparecido.