miércoles, enero 30, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)

Abril

CUENTO MENSUAL

Valor cívico





A mediodía estábamos con nuestro maestro ante el palacio municipal para presenciar el acto de entrega de la medalla del valor cívico al chico que salvó a un compañero suyo de perecer ahogado en el Po.

Sobre la terraza principal de la fachada ondeaba una gran bandera tricolor.

Entramos en el patio del palacio municipal que se hallaba lleno de gente. Al fondo había una mesa con tapete encarnado; encima, papeles, y por detrás una hilera de sillones dorados para el alcalde y los componentes de la junta.

También había ujieres municipales con dalmáticas azules y calzas blancas. A la derecha del patio estaba formado un piquete de guardias municipales que ostentaban en el pecho muchas condecoraciones, y junto a ellos un grupo de carabineros; en la parte opuesta había los bomberos con uniforme de gala, y bastantes soldados de caballería, de infantería y de artillería, en grupo, que habían acudido para presenciar la ceremonia. Los laterales estaban ocupados por gente del pueblo, algunos militares, mujeres y niños, todos apretados.

Nosotros nos situamos en un ángulo, donde ya había muchos alumnos de otras escuelas con sus respectivos maestros, y había cerca de nosotros un grupo de muchachos del pueblo, entre los diez y los dieciocho años, que se reían y hablaban fuerte, notándose que se comprendía que eran todos del barrio del Po, compañeros o conocidos del que iba a recibir la medalla.

Arriba en las ventanas del edificio estaban asomados los empleados del Ayuntamiento. La galería de la biblioteca estaba también llena de gente, que se apiñaba contra la balaustrada, y en el lado opuesto, en los huecos que hay encima de la puerta de entrada, había gran número de chicas de las escuelas públicas y muchas huérfanas de militares con sus oscuros uniformes, luciendo todas ellas en los sombreros cintas celestes.

Aquello parecía un teatro en función de gala. Todos charlábamos animadamente, mirando de vez en cuando hacia donde estaba la mesa, para ver si llegaban las autoridades. La banda municipal, situada en el fondo del pórtico, amenizaba el acto tocando diversas composiciones en tono bastante bajo. Las paredes estaban iluminadas por el sol. Resultaba un espectáculo realmente muy hermoso.

De pronto cuantos estábamos en el patio lo mismo que quienes se hallaban en los pisos superiores, empezamos a aplaudir, en las galerías, en las ventanas. Yo para ver me puse de puntillas para ver mejor.

La multitud que se hallaba detrás de la mesa presidencial dejó paso a un hombre y a una mujer. El hombre daba la mano a su hijo, el muchacho que había salvado a un compañero.

El hombre era albañil e iba vestido de fiesta. Su mujer, la madre, pequeña y rubia, estaba vestída de negro. El muchacho, también rubio y más bien bajo para su edad, llevaba una chaqueta gris.

Al ver tal gentío y escuchar la estruendosa ovación, los tres se quedaron tan sorprendidos que no acertaban a mirar hacia ninguna parte ni a mover un solo pie. Un guardia les acompañó al sitio que se les había designado, a la derecha de la mesa a la derecha.

De momento se produjo un gran silencio, y después se empezó a aplaudir por todas partes. El muchacho miró hacia las ventanas y luego a la galería de las Huérfanas de los militares; tenía el sombrero en las manos y parecía no comprender dónde estaba. Yo diría que en la fisonomía se parece bastante a Coreta en la cara, aunque tiene color más encendido. Su padre y su madre no levantaban la vista de la mesa.

Entretanto los chicos del barrio del Po, que se hallaban cerca de nosotros, procuraban ponerse en sitio preferente y hacían señas a su compañero para hacerse ver, y le llamaban en voz baja, pero insinuante: «¡Pinot! ¡Pinot! ¡Pinot!» A fuerza de llamarle se hicieron oír. El muchacho los miró y ocultó su sonrisa poniéndose delante el sombrero.

A cierto punto todos los guardias se cuadraron, a un momento dado, todos los guardias se cuadraron. Entró el señor Alcalde, acompañado por muchos señores.

El Alcalde, vestido de blanco, con una gran faja tricolor en bandolera, se situó de pie junto a la mesa, quedando los demás detrás y a los lados.

La banda de música cesó de tocar, y a una señal del señor Alcalde, y callaros todos.

Empezó a hablar. Sus primeras frases no las oí bien, pero comprendí bien que estaba relatando la hazaña del comportamiento del muchacho. Después levantó más la voz, y se esparció con tal claridad y sonoridad por todo el patio, que no perdí ya ni palabra...

...”Cuando vio desde la orilla al compañero que se evolvía en el río, presa ya del terror de la muerte, él se quitó la ropa y se dispuso a tirarse al agua sin titubear para acudir en socorro del que estaba en peligro de muerte. Le gritaron:

- `¡No te tires -le dijeron-, que te ahogas!¡No!' Y le sujetaron. Mas él logró desasirse de todos, y se lanzó resueltamente al agua.

El río estaba muy crecido, constituyendo un gran riesgo terrible, era terrible incluso para un hombre. Pero él desafió la muerte con todas las fuerzas de su pequeño cuerpo y gran corazón, consiguiendo llegar junto al que se hundía, agarro y saco a tiempo. Luchó furiosamente con la corriente, que le quería envolver, y con el compañero que se le enroscaba; varias veces desapareció y volvió a salir a la superficie haciendo esfuerzos desesperados; con admirable obstinación en su santo propósito, no parecía un muchacho con deseos de salvar a otro muchacho, sino como un hombre, como un padre que lucha pora salvar a su hijo, que es su esperanza y su vida.

En fin no permitió Dios que una hazaña tan generosa resultase inútil, y el nadador arrebató su presa al gigantesco río, la sacó a tierra y aun le arrebató, juntamente con otros, los primeros auxilios; después de lo cual marchó a su casa, sereno y tranquilo, para referir ingenuamente su meritísima acción.

Señores: hermoso y admirable es el heroísmo de un hombre; pero el de un niño en el cual no es posible aun ninguna mira de ambición o de interés alguno, que debe tener tanto más atrevimiento cuanto menores son sus fuerzas; el de un niño al que nada le exigimos y que a nada está obligado, pareciéndonos un ser notable y noble de ser amado, no ya cuando cumple sus pequeños deberes, sino cuando se percata del sacrificio ajeno, el heroísmo de un niño, digo, raya en lo divino. Nada más quiero añadir, señoras y caballeros. No he de adornar con palabras superfluas una grandeza tan manifiesta. Aquí tienen ustedes delante de vosotros al generoso y admirable salvador. Saludadlo, soldados, como a un hermano; vosotras, madres, bendecidlo como a un hijo; vosotros, chicos aquí presentes, recordad su nombre, grabad bien en vuestra memoria su rostro, y que su figura no se borre jamás ni de vuestra mente ni de vuestro corazón. Acércate, muchacho. En nombre del Rey de Italia, prendo en tu pecho la cruz al mérito beneficiencia.

Un viva estruendoso, dicho a la vez por centenares de gargantas, hizo retemblar las paredes del edificio.

El señor Alcalde tomó de la mesa la condecoración y la puso en el pecho del muchacho, y, acto seguido, lo abrazó y besó.

La madre se llevó una mano a los ojos y el padre tenía la barbilla sobre el pecho.

El Alcalde estrechó la mano de ambos y entregó el diploma de la concesión, atado con
una cinta de seda se le entregó a la venturosa madre.

Después, dirigiéndose al muchacho, le dijo:

-Que el recuerdo de este día tan fausto para ti y tan honroso, tan feliz para tu padre y tu madre, te sostenga toda la vida por el camino de la virtud y del honor. ¡ Adiós!

El Alcalde, seguido de su acompañamiento, salió del patio; la banda de música empezó a tocar y, cuando todo parecía terminado, el grupo de bomberos se abrió para dejar paso a un chico de ocho o nueve años, impulsado por una señora que en seguida se ocultó; el niño corrió a abrazar dejandose caer con toda efusión al muchacho condecorado.

Volvieron a repetirse los vítores y aplausos de la multitud. Todos comprendieron al punto que se trataba del niño librado de perecer en el Po, que daba gracias públicamente a su salvador. Después de besarlo, se agarró a su brazo para acompañarlo fuera. Ellos dos delante primero, y detrás el padre y la madre del homenajeado, se dirigieron a la puerta de salida, pasando con dificultad por entre la gente, que se apretujaba para hacerles calle, entre mezcla de guardias, chiquillos, soldados y mujeres. Todos intentaban ponerse delante y se empinaban para ver al heroico muchacho.

Los que estaban en primer término le tocaban cariñosamente la mano.

Cuando pasó ante los niños de las escuelas, todos agitaron sus sombreros por el aire. Los del barrio del Po eran los más bulliciosos de grandes aclamaciones, le estiraban de los brazos y de la chaqueta, gritando: «¡Pinot! ¡Viva Pinot! ¡Bravo, Pinot!»,

Pasó muy cerca de mí, pudiendo ver que estaba colorado, que se encontraba contento y que la cinta de la condecoración llevaba los colores nacionales. Su madre lloraba y reía a la vez: su padre se retorcía las puntas del bigote con una mano que le temblaba mucho, como si hubiese estado acometido por la fiebre. Desde la ventanas y galerías continuaban asomándose y aplaudiendo. Cuando el condecorado y los suyos iban a entrar bajo el pórtico de la galería ocupada por las huérfanas Hijas de militares cayó sobre la cabeza del muchacho y de sus padres una verdadera lluvia de pensamientos, ramilletes de violetas y margaritas. Muchos se apresuraron a recoger las flores esparcidas por el suelo para ofrecerlas a la madre. En el fondo del patio, la banda tocaba en tono bajo un precioso motivo, que parecía el canto de muchas voces argentinas alejándose lentamente por las orilla del gran río.

martes, enero 29, 2008

Martín Adán.(POEMAS UNDERWOOD)

Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad
sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas
de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza.
Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y
tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezan tienen la carne encallecida de
oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está
de otro modo.
Pasaban obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la
ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino
tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna
clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido,
casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas:
las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria,
etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que
ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría
nunca. Él no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta
apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado
decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho.
Cuando no lo está, abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los
hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a
cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas
ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son
tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi
nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser
como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando
manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única
caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana
pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos
un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con
serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo
vacío…
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser
completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser
completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de
oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que
ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de
embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y
fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las ojeras demasiado grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con
esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con
perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando
durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a dónde iría yo?
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no puedo desmenuzarlo en pequeñas
satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más…
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Los yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi
muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las
esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas
de cigarrillos. Pero ésta no es la escena final. Pero ello es por lo que
el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección,
satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?
La tarde ya se habría acabado en la ciudad. Y yo todavía me
siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los
malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre
que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa…

(Publicados en La casa de cartón)

Martín Adán.(ANTRO)

¿Cómo, Cosa, así… vacía,
A cima de espina y pena,
Como ninguna… serena:
Deshumana todavía?
¿Dónde el dios y su agonía!…
¿Dónde la tumba y la esposa!…
¿Dónde la lengua gloriosa!…
¿Dónde el azar que a ti se eche!…
¿Dónde la sangre y la leche!…
¿Dónde, Capullo de Rosa?…

(De La rosa de la espinela)




Paisaje tropical sobre tela
para tres pelícanos en un amanecer



…la verdadera historia está en las conciencias, no en los papeles, y la lengua florea menos que la pluma a la hora de “llamarle al pan, pan y al vino, vino”.
Belisario Carlos Pi.



A través de los tiempos ha podido comprobarse que la nacionalidad no está definida en ningún pasaporte —aunque los siguen emitiendo y solicitando en todas las fronteras— pues más allá de una preferencia por un tipo de cocina, una música o una actitud comunicativa, hay una nacionalidad que se lleva más adentro y que se manifiesta cuando el individuo percibe como propio un detalle de sus orígenes que, a pesar del tiempo y la distancia, le impide actuar contra ese sentimiento.
Encerrados en estuches valiosos o recogidos en la última espiral del cerebro, tales recuerdos se manifiestan en circunstancias precisas y otorgan un sentido de clan, de gens, de tribu, que no hay úkase en el Universo que pueda neutralizar; es por eso que no ha podido negarse que la ciudadanía, es una relación legal del individuo con el Estado, pero la nacionalidad es una sensación de pertenencia que no tiene en cuenta las leyes.

Así los colonizadores desembarcados —sin pasaportes ni salvoconductos— en los albores de nuestra identidad emplearon la cómoda estructura de las redondillas aprendidas en la infancia para entonar sus glosas a lo que habían dejado del otro lado del Atlántico, es por eso que hoy, dispersos por todo el mundo, los cubanos seguimos guardando décimas en la memoria, no importa que hablen de amor o se burlen de un defecto físico, no importa que canten a un poblado o censuren a un personaje; tras la blanca rosa de la espinela van las espinas que el recuerdo llenó de sentido, porque sin memoria no hay historia.

El cultivo de la décima escrita ha estado vinculado a la cultura cubana desde su propios orígenes; más allá de las peculiaridades fonéticas y la ductilidad expresiva del octosílabo, quizás haya sido la plasticidad de los diez versos, que dan capacidad a un promedio de tres o cuatro habituales oraciones del habla, lo que hizo que esta forma estrófica se aclimatara en tierras del Caribe y cantara por igual las bellezas del amanecer, la furia de un ciclón, las penas de un patriota o la humorada de una reunión amistosa. Ya sea en cultos escenarios como en improvisadas tertulias, desde el pescante de una carreta o en la presurizada cabina de un avión, mujeres y hombres, niños o ancianos, con nasalizada voz o engolados tonos, la espinela dejó de ser —al decir de uno de sus más expertos cultores— una viajera peninsular para «aplatanarse» en la tierra que produce la caña.

Así cultivada, en todos los significados de la palabra, no ha quedado cubano que “de su propia inspiración” o de memoria no la haya dicho en algún momento de su vida, pues tanto el que la rechaza creyéndola demasiado popular como quien la considera incapaz de grandes temas, saben que no puede hacerse la Historia de Cuba —sí, esa, la que se escribe con mayúsculas— sin la décima. Si alguna duda quedara basta recordar que para Fina García Marruz, los Versos sencillos de Martí no son más que décimas a las que en un ejercicio emotivo se les ha obviado los dos versos de enlace que nuestros decimistas conocen como «puente».

Ahí está el mérito de Tres pelícanos de tela libro de poesía de Belisario Carlos Pi, diestro poeta que ha puesto todos los recursos de la práctica y el estudio para (con)versar —o «co-versar» sobre nuestros pasos como pueblo donde no ha faltado la nota lírica y el clarín épico para asumir aspectos que se prefiere tener por olvidados y que la identidad no permite soslayar.

Las décimas de Belisario se entretejen entre la memoria y la pertinencia no solo porque en ellas se muestre el quehacer nacional sino porque a partir de la reflexión que despoja al verso de sílabas y acentos inoportunos se percibe no solo la nación sino también el pueblo que la ha vivido como experiencia y como herencia.

No importa que se quiera concentrar en tan poco espacio cinco siglos, o medio milenio, —la nomenclatura poco interesa en este momento— lo significativo radica en qué ha pasado al verso y qué se ha quedado en el tintero; si lo expuesto en estas estrofas impresiona por el juicio que se expresa de cada hecho y personaje, lo que no se cuenta es también significativo en tanto retoma un criterio de selección que subraya cual nación se estaba diseñando para los nuevos compatriotas, urgidos, más que nadie, de identificarse con esta isla que, como los pelícanos, no puede apartarse del mar ni dejar de buscar.

Un detalle significativo en estas décimas radica en el uso mesurado de la ironía; habituados a un uso pedestre de esta estrofa falsamente adornada con un supuesto gracejo y doble sentido de una sola dirección, encontrar en estos versos un balance entre la sátira y el juicio permite valorar mejor el retazo de historia que se comenta. No se entra tampoco en rejuegos técnicos para impresionar al graderío, el verso, metafórico cuando es preciso y en símiles cuando hace falta, mantiene la fluidez comunicativa y más que acercarnos al clásico guateque nos remite a la tertulia familiar que, a la luz de las llamas o de un farol del parque, ha creado tantos vínculos y ha formado tantas conciencias.

Autor de otros textos poéticos y narrativos, Belisario trasmite la emoción del protagonismo dotando al auditorio del inigualable placer de opinar sobre hechos acaecidos en la distancia temporal y espacial como si fuéramos partícipes de un diálogo fraterno que subraya otro de sus certeros criterios: “La oralidad conserva un recuerdo de lo que fue. La historia y la literatura elaboran un concepto de acuerdo a como mejor conviene que hubiera sido”.

Literatura por la forma empleada para recoger tantos avatares, su disfrute acerca un imprescindible referente; hace pocos años otro recalcitrante cubano, Premio CERVANTES, Guillermo Cabrera Infante, abrumado en todo el sentido de la palabra por las nieblas de Londres, no pudo dejar de añorar una Vista del amanecer en el trópico, que, en condensada y lírica prosa, recorriera la historia de “la tierra más fermosa del mundo” hasta nuestros días; no pudiera asegurarlo ante un Tribunal, pero siento que aquellas miradas incluían, como sonido acompañante, las cuerdas de guitarra, tres y laúd, tres pelícanos sonoros que , al decir martiano, dibujaban “sobre las telas del viento” La Palma y el Tocororo.

por: Rafael A. Bernal Castellanos.


Agradecimientos a la: web1,


lunes, enero 28, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Abril

La madre de Garrón

Viernes, 29




Apenas volví a la escuela, me dieron una triste noticia:

Hacía varios días que Garrón no concurría a clase por estar su madre gravemente enferma. Esta falleció el sábado por la tarde.

Ayer por la mañana, en cuanto entramos en el aula, nos dijo el maestro:

-Al pobre Garrón le ha sucedido la mayor desgracia que puede sobrevenirle a un niño: la muerte de su madre. Desde ahora os suplico, queridos muchachos, que respetéis el tremendo dolor que destroza su alma. Cuando venga, saludadlo con cariño y seriedad; que nadie le gaste bromas ni se ría en su presencia. Os lo recomiendo encarecidamente.

Esta mañana se ha presentado en clase Garrón algo más tarde que los demás y, al verlo, he sentido una gran angustia en el corazón. Tenía la cara mustia y apenas se sostenía en las piernas; parecía que hubiese estado un mes enfermo; viste de luto riguroso y daba compasión verlo.

Todos hemos contenido la respiración mirándolo. En cuanto ha entrado, al volver a ver la escuela, a la que su madre acostumbraba acudir para acompañarlo; el banco en donde tantas veces se había inclinado los días de examen para hacerle las últimas recomendaciones, y en el que tantas veces había pensado en él con impaciencia, anhelando salir a su encuentro, no pudo menos que estallar en un golpe de llanto desesperado.

El maestro se le ha acercado, lo ha estrechado contra sí y le ha dicho:

-¡Llora, llora, pobre chico, pero no pierdas el ánimo y ten valor!. Tu madre ya no está aquí, pero te ve, te quiere y no se aleja de tu lado... y un día la volverás a ver, porque tienes un alma buena y honrada como ella. ¡Mucho valor, hijo mío!

Dicho esto, lo ha acompañado al banco, cerca de mí. Yo no me atrevía a mirarlo. Al sacar los libros y cuadernos, que no había abierto desde hace muchos días, y ver en el libro de lectura un dibujo que representa a una madre llevando al hijo de la mano, ha vuelto a llorar copiosamente, inclinando la cabeza en el brazo. El maestro nos ha hecho señal de dejarlo en paz, y ha comenzado la lección.

Me habría gustado decirle muchas cosas; pero no se me ocurría nada. Al fin le he puesto una mano en el brazo y le he dicho al oído:

-No llores, Garrón.

El no me ha respondido, limitándose a colocar un ratito su mano encima de la mía, pero sin levantar la cabeza, asڛ latuvo un buen rato.

A la salida, nadie le ha hablado, pero todos le hemos rodeado con respetuoso silencio.

Viendo a mi madre que estaba esperándome, he corrido a abrazarla; mas ella me ha rechazado, mirando a Garrón. En seguida he conocido la causa, al darme cuenta que Garrón, ya solo, me estaba mirando con expresión de suma tristeza, como diciendo:

«Tú tienes la dicha de abrazar a tu madre; yo ya no la abrazaré jamás!¡Tu madre vive y la mía ha muerto.»

Por eso me ha rechazado mi madre, y he salido sin ni siquiera darle la mano.



Abril

José Mazzini

Sábado, 29



Garrón vino también hoy por la mañana a la escuela; estaba pálido y tenía los ojos hinchados de llorar; apenas miró los regalillos que le habíamos puesto sobre el banco para consolarlo.

El maestro había llevado, sin embargo, una página de un libro de lectura para reanimarlo.

Primero nos advirtió que fuésemos todos mañana a las doce al Ayuntamiento para asistir a la entrega de la medalla al mérito a un muchacho que ha salvado a un niño en el Po,

Y que el lunes dictaría él la descripción de la fiesta, en vez del cuento mensual. Luego, volviéndose a Garrón, que estaba con la cabeza baja, le dijo:

-Garrón, haz un esfuerzo, y escribe tú también lo que voy a dictar.

Todos tomamos la pluma. El maestro dictó:

-José Mazzini, nacido en Génova en 1805, murió en Pisa en 1872; patriota de alma grande, escritor de preclaro ingenuo, inspirador y primer apóstol de la revolución italiana, por amor a la patria vivió cuarenta años pobre, desterrado, perseguido, errante, con heroica consecuencia en sus principios y en sus propósitos. José Mazzini, que adoraba a su madre, y que había heredado de ella todo lo que en su alma fortísima y noble había de más elevado y puro, escribía así a un fiel amigo suyo para consolarle de las desventuras. Poco más o menos,. he aquí sus palabras:

«Amigo: No, no verás nunca a tu madre sobre esta tierra. Esta es la tremenda verdad. No voy a verte, porque el tuyo es de aquellos dolores solemnes y santos que es necesario sufrir y vencer por sí mismo.

¿Comprendes lo que quiero decir con estas palabras? ¡Hay que vencer el dolor! Vencer lo que el dolor tiene de menos santo, de menos purificante; lo que, en vez de mejorar el alma, la debilita y la rebaja. Pero la otra parte del dolor, la parte noble, la que engrandece y levanta el espíritu, ésta debe permanecer contigo y no abandonarte jamás. Aquí abajo nada sustituye a una buena madre. En los dolores, en los consuelos que todavía puede darte la vida, tú no la olvidarás jamás. Pero debes recordarla, amarla, entristecerte por su muerte de un modo que sea digno de ella.

¡Oh, amigo, escúchame! La muerte no existe, no es nada. Ni siquiera se puede comprender. La vida es la vida, y sigue la ley de la vida: el progreso. Tenías ayer una madre en la tierra; hoy tienes un ángel en otra parte. Todo lo que es bueno sobrevive, con mayor potencia, a la vida terrena. Por consiguiente, también el amor de tu madre. Ella te quiere ahora más que nunca, y tú eres responsable de tus actos ante ella más que antes. De ti depende, de tus obras, encontrarla, volverla a ver en otra existencia. Debes, por tanto, por amor y reverencia a tu madre, llegar a ser mejor; que se alegre de ti en tu conducta. Tú, en adelante, deberás en todo acto tuyo, decirte a ti mismo:

«¿Lo aprobaría mi madre?» Su transformación ha puesto para ti en el mundo un ángel custodio, al cual debes referir todas las cosas. Sé fuerte y bueno; resiste el dolor desesperado y vulgar; ten la tranquilidad de los grandes sufrimientos en las almas grandes; esto es lo que ella quiere.»


-¡Garrón! -añadió el maestro-, sé fuerte y está tranquilo; esto es lo que ella quiere. ¿Comprendes?

Garrón indicó que sí con la cabeza; pero gruesas y abundantes lágrimas le caían sobre las manos, sobre el cuaderno, sobre el banco.


viernes, enero 25, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Abril

En convalescencia

Jueves, 20


¿Quién me había de decir, cuando volvía tan grata de aquella hermosa excursión con mi padre, que pasaría diez días sin ver el campo ni el cielo¡ He estado muy malo, en peligro de muerte.

He oído sollozar a mi madre y he visto a mi padre muy pálido, mirándomecon los ojos fijos, a mi hermana Silvia y a mi hermano, hablando en voz muy baja, y al médico de las anteojos, que no se separaba de mi lado y me decía cosas que no comprendía.

He estado bien cerca de dar el último adiós a todos para siempre ¡Ah. Pobre madre mía! Pasé tres o cuatro días por lo menos, de los cuales no recuerdo nada en absoluto, como si hubiese estado en medio de un sueño embrollado y obscuro. Me parece haber visto al lado de mi cama a mi buena maestra de secció primera superior, esforzándose por sofocar la tos con el pañuelito, para no molestarme; recuerdo muy confusamente a mi maestro, que se inclinó para besarme y me pinchó un poco la cara con la barba.

Vi pasar, como en medio de espesa niebla, la rubia cabeza de Crosi, los dorados rizos de Deroso, al calabrés vestido de negro, y a Garrón, que me trajo una naranja mandarina con hojas, y que se marchó en seguida porque su madre estaba enferma.

Me después desperté como de un sueño muy largo, y comprendí que estaba mejor viendo sonreír a mi madre y oyendo canturrear a Silvia. ¡Oh, qué sueño tás triste ha sido! Luego empecé a mejorar día a día, me sentía mejor…

El albañilito, que me hizo reír por primera vez, después de tanto tiempo poniéndome su acostumbrado hocico de liebre. ¡Qué bien le sale ahora que se le ha alargado un poco la cara por la enfermedad! Han venido Coreta y Garofi, éste con el fin de regalarme dos participaciones de su nueva rifa para «una cortaplumas con cinco sorpresas», que compró a un vendedor ambulante en la calle Bertola. Ayer, por último, mientras dormía vino Precusa, poniendo la mejilla debajo de mi mano, pero sin despertarme, y como venía de la herrería, con la cara ennegrecida por el carbón, me dejó tiznada la manga, cosa que me ha gustado ver al despertarme.

¡Qué verdes se han puesto los árboles en estos pocos días! ¡Y qué envidia me dan los chicos que van a la escuela con sus libros, cuando mi padre me asoma a la ventana! Pero también empezaré a ir yo otra vez pronto. Estoy impaciente por volver a ver a mis compañeros, mi banco, el jardín, las calles de costumbre, saber todo lo que me ha sucedido estos días, coger de nuevo mis libros y cuadernos, que me parece no los haya tocado hace un año.

¡Qué delgada y pálida está mi pobre madre mía! ¡Qué expresión de cansancio tiene mi pobre mi padre mío! ¿Y qué decir de mis buenos compañeros, que vinieron a verme, y caminaban de puntillas y me besaban en la frente?. Me da tristeza pensar que un día tendremos que separarnos. Tal vez continúe los estudios con Deroso y algún otro, pero ¿y los demás? Una vez terminados los estudios primarios, ¡Adios! ya no volveremos a vernos; ya no vendrán a visitarme cuando esté enfermo. Me tendré que separar definitivamente de Garrón, de Precusa, de Coreta, de tantos buenos y queridos compañerosmíos, ésos no los volveré VER PROBABLEMENTE.



LOS AMIGOS ARTESANOS

Jueves, 20



“¿Por qué, Enrique, no les volverás a ver? Esto dependerá de ti. Una vez que termines cuarto año, irás al bachiller superior y ellos se pondrán a trabajar. Pero permaneceréis en la misma ciudad quizá por muchos años. ¿Por qué no os volveréis a ver? Cuando estés en la universidad o en la academia, les irás a buscar a sus tiendas o a sus talleres y te alegrarás de encontrarte con tus compañeros de la infancia, ya hombres, en su trabajo. ¡Cómo es posible que tú no te encuentres con Coreta y Precusa, donde quiera que estén!

Irás y pasarás con ellos horas enteras en su compañía, y verás, estudiando la vida y el mundo, cuántas cosas puedes aprender de ellos, y que nadie te sabrá enseñar mejor, tanto sobre sus oficios, como acerca de su sociedad, como de tu país.

Y ten presente que si no conservas estas amistades, será muy difícil que adquieras otras semejantes en el futuro; amistades, quiero decir, fuera de la clase a que tú perteneces; y así vivirás en una sola clase; y el hombre que no frecuenta más que una clase sola, es como el hombre estudioso que no lee más que un solo libro. Proponte por consiguiente, desde ahora, conservar estos buenos amigos aun cuando os hayáis separado, y procura cultivar su trato con preferencia, precisamente porque son hijos de artesanos.

Mira: los hombres de las clases superiores son los oficiales, y los obreros son los soldados del trabajo; pero tanto en la sociedad civil como en el ejército, no sólo el soldado no es menos noble que el oficial, ya que la nobleza está en el trabajo, y no en la ganancia, en el valor, y no en el grado, sino que, si hay superioridad en el mérito, está de parte del soldado y del obrero, porque sacan de su propio esfuerzo menor ganancia.

Ama, pues, y respeta sobre todo, entre tus compañeros, a los hijos de los soldados del trabajo; honra en ellos el sacrificio de sus padres; desprecia las diferencias de fortuna y clase, porque sólo las gentes superficiales miden los sentimientos y la cortesía por aquellas diferencias; piensa que de las venas de los que trabajan en los talleres y los campos salió la sangre bendita que redimió la patria; ama a Garrón, ama a Precusa, ama a Coreta, ama a tu albañilito, que en sus pechos de obreros encierran corazones de príncipes; júrate a ti mismo que ningún cambio de fortuna podrá jamás arrancar de tu alma estas santas amistades infantiles.

Jura que si dentro de cuarenta años, al pasar por una estación de ferrocarril, reconocieras bajo el traje de maquinista a tu viejo Garrón, con la cara negra... ¡Ah! No quiero que lo jures; estoy seguro que saltarás sobre la máquina y que le echarás los brazos al cuello, aun cuando seas senador del Reino.



TU PADRE


martes, enero 22, 2008

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)

Abril

El maestro de mi padre

Martes, 11



¡Qué expedición tan hermosa hice ayer con mi padre! He aquí como. Anteayer, durante la comida, leyendo mi padre el periódico, Saltó de repente una exclamación de maravilla. Después añadió:

-Y yo que lo creia muerto hace por lo menos veinte años! ¿No sabéis que todavía vive mi primer maestro, Don Vicente Croseti, que tiene ochenta y cuatro años? Veo de enterarme de que el Ministerio le ha concedido la medalla del trabajo benemérito por los sesenta años que ha dedicado a la enseñanza. ¡Sesenta años!... ¿Qué os parece? Y no hace solamente dos que dejó de dar clase. ¡Pobre señor Croseti! Vive a una hora de ferrocarril de aquí, en Condove, el pueblo de nuestra antigua jardinera del Chieri -Y luego añadió-: Enrique, iremos a verlo.

Y en toda la tarde estuvo hablándonos más de él.

El nombre de su primer maestro de escuela le traía a la memoria mil cosas de cuando era muchacho, de sus primeros compañeros, de sumadre, ya difunta.

-¡El señor Croseti! -exclamaba-.Tenía unos cuarenta años cuando yo iba a la escuela. Aun me parece estar viéndolo: un hombrecillo ya algo encorvado, de ojos claros y la cara siempre afeitada. Severo, pero de buenos maneras, que nos quería como un padre, aunque sin consentirnos nada que no estuviese bien. Era hijo de campesinos, e hizo la carrera a fuerza de estudio y de muchas privaciones, un hombre honrado. Mi madre le apreciaba mucho y mi padre lo trataba como amigo. ¿Cómo habrá ido a parar a

Condove, desde Turín? Seguramente que no me reconocerá. Pero no importa cietamente. Lo reconoceré yo. ¡Han pasado cuarenta y cuatro años! Cuarenta y cuatro años, Enrique; iremos a verle mañana.

Ayer de mañana, estábamos en la estación de Susa. Yo habíese querido que nos acompañase Garrón; pero no pudo, porque tiene a su madre enferma. Era una hermosa mañana de primavera. El tren corría por entre verdes prdos y setos floridos, se percibía un aire cargado y perfumado. Mi padre estaba contento,, y, de vez en cuando, me echaba un brazo al cuello y, mirando el panorama que se iba ofreciendo a nuestra vista, me hablaba como a un amigo.

-¡Pobre señor Croseti! -decía-. El es el primer hombre que me quiso y ha mirado por mi bien, después de mi padre. No he olvido, nunca sus buenos consejos suyos, y hasta ciertos regaños desbridos que me hacían volver a casa col el corazón triste. Tenía las manos gruesas y pequeñas. Me parece estar viéndolo cuando entrar en la escuela: ponía el bastón en un rincón y colgaba su capa en la percha, siempre con idénticos movimientos. Conservaba todos los días igual humor, tan concienzudo, metódico, atento, voluntarioso y lleno de cariño como si diese clase por primera vez. Lo recuerdo como si ahora mismo me gritase:

«¡Chico, eh, chico! ¡El índice y el del corazón sobre la pluma» ¡Seguramente como habrá cambiado después de cuarenta y cuatro años!.

Apenas llegamos a Condove, fuimos en busca de nuestra antigua jardinera de Chieri, que tiene una tiendecita en una de las callejuelas. La encontramos con sus muchachos, y se alegró mucho de vernos. Nos dio noticias de su marido, que estaba para regresar de Grecia, a donde estaba trabajando hace tres años, así como de su primera hija, que se halla en el colegio de Sordomudos de Turín. Luego nos indicó por dónde debíamos ir a casa del maestro de mi padre, quien todos conocen en el pueblo.

Salimos del pueblo y tomamos un caminito por una senda en cuesta flanqueada por floridos setos en flor. Mi padre no hablaba, parecía que fuera absorto en sus recuerdos, y tan pronto en cuando se sonreía y luego sacudía la cabeza. De pronto se detuvo y dijo:

-¡Allí está. Apostaría seguro que es él!.

Venia bajando por la senda por el caminillo, un anciano pequeñito, de barba blanca, con ancho sombrero en la cabeza, apoyándose en un bastón. Arrastraba los pies y le temblaban las manos.

-¡Es él! -repitió mi padre, apresurando el paso.

Cuando nos detuvimos estábamos cerca. También se detuvo el anciano, que miró a mi padre. ¡Todavía tenia la cara fresca, y los ojos claros y vivos!.

-¿Es usted -le preguntó mi padre al tiempo que se quitaba el sombrero- el maestro don Vicente Croseti?


-El mismo -respondió con voz algo temblona, pero llena-. ¿En qué puedo servirle?

-Yo soy.

-Mire, Pues permita - dijo mi padrte asiéndole de una mano-, permita apretar su mano a un antiguo discípulo suyo, y preguntarle cómo está. He venido de Turín expresamente para ver a usted.

El anciano le miró, asombrado. Luego dijo:

-Es demasiado honor para mí... no sé... ¿Cuándo fue discípulo mío? Perdone ¿quiere hacer el favor de decirme su nombre?

-Alberto -le contestó mi padre, añadiendo el lugar y el año en que había ido a su escuela-. Usted, claro está, no se acordará de mí. Es natural. ¡Pero yo sí le reconozco a usted tan bien!...

El maestro inclinó la cabeza y se puso a mirar al suelo, pensativo, y murmurando por dos o tres veces el nombre de mi padre. El cual, entretanto, lo miraba con los ojos fijos y sonriente.

De pronto, el anciano levantó la cabeza, dijo lentamente:

-¿Con que Alberto? ¿El hijo del ingeniero, Aquél que vivía en la plaza de la Consolación?

-El mismo -le respondió mi padre, tendiéndole las manos.

-Entonces …permíteme, mi querido amigo, que te dé un abrazo. -Así lo hizo, y su blanca cabeza apenas si llegaba al hombro de mi padre, quien apoyó su mejilla en la frente del anciano. Luego me presentó:

-Este es mi hijo Enrique.

El anciano me miró con complacencia y me besó en la frente. A continuación nos dijo:

-Tenga la bondad de Venir conmigo.

Sin añadir más, se volvió y nos encaminamos hacia su casa.

Llegamos a en pocos minutos , una pequeña explanada, ante la cual había una casita con dos puertas, a un corral, una de las cuales tenía encalado un trozo de pared en su derredor.

El maestro abrió la segunda y nos invitó a pasar, en un cuarto, en una pequeña estancia, con sus cuatro paredes encaladas. En un rincón había una cama de tablas con jergón de hojas de maíz y una cubierta de cuadros blancos y azules. En otro se veía una mesita y una pequeña biblioteca. Cuatro sillas completaban el modesto mobiliario. En una de las paredes, un viejo mapa sujeto con tachuelas. Se percibía olor a manzanas.

Nos sentamos los tres. Mi padre y el maestro se miraron un rato en silencio.

-¡Ya, ya! -exclamó el maestro, fijando su mirada en el suelo enladrillado, donde el sol reflejaba un tablero de ajedrez-. ¡Oh, me acuerdo muy bien! Tu madre era una señora muy buena. Tú estuviste el primer año en el primer banco, junto a la ventana. ¡Vea usted si me acuerdo perfectamente!. Aún me parece estar viendo tu cabeza rizada -luego pensó un momento-. Eras un chico muy vivo…¡Vaya! ¡Mucho!. El segundo año estuviste enfermo de garrotillo. Me acuerdo que te llevaron después a clase muy demacrado, envuelto en un mantón. Han pasado cuarenta años, ¿no es verdad? Has hecho bien en acordarte de tu pobre maestro. Han venido otros a visitarme, entre ellos un coronel, sacerdotes y otros de diversas profesiones

-Luego preguntó a mi padre a qué se dedicaba, y a continuación añadió-:

Me alegro, me alegro de todo corazón que hayas venido, y te doy las gracias. Hacía tiempo que no veía a ninguno de mis antiguos alumnos, y temo que seas precisamente tú el último.

-¡No diga usted eso!¡Quién piensa en eso! -exclamó mi padre-. Usted está bien y aún esta bien y es robusto; tiene mucha vitalidad, no debe decir semejante cosa.

-¡Eh, no! -respondió él maestro-. ¿Es que no ves este temblor? -y enseñó sus manos-. Esto es un mal indicio. Me acometió el temblor hace tres años, estando en la escuela. Al principio no le hice caso, creyendo que se me pasaría; pero al contrario, no ha sido así, sino que ha ido en aumento.

¡Llego un día, cuando por primera vez hice un garabato en el cuaderno de un discípulo fue un golpe mortal para mí, puedes creerlo! Aún seguí dando clase por cierto tiempo, pero llegó un momento en que ya no me fue posible continuar. Al cabo de sesenta años dedicados a la enseñanza tuve que despedirme de la escuela, de los alumnos y del trabajo. Y lo sentí muchísimo, como puedes figurarte. La última vez que di la lección me acompañaron todos a casa y me festejaron mucho; pero yo estaba triste, comprendiendo que se me acababa la vida.

El año antes había perdido a mi esposa y a mi hijo único, que murió de apendicitis. No me quedaron más que dos nietos labradores. Ahora vivo con algunos cientos de liras que me dan de pensión. No hago nada, y los días parece que no tienen fin. Mi única ocupación, ya lo ves, es hojear mis viejos libros de escuela, colecciones de periódicos y diarios escolares, así como algunos libros que me han regalado... Míralos -dijo señalando la biblioteca-; ahí están mis recuerdos, todo mi pasado... ¡No me queda otra cosa en el mundo!

-Luego, cambiando de improviso jovial, dijo alegremente-:

-Voy a proporcionar una grata sorpresaquerido señor. Se levantó y, acercándose a la mesa, abrió un largo cajón, que contenía muchos pequeños paquetes, todos ellos atados con un cordoncito, apareciendo escrita en cada uno una fecha de cuatro cifras. Después de haber buscado un poco, abrió uno, hojeó muchos papeles y sacó_ uno amarillento, que presentó a mi padre.

¡Era un trabajo suyo de la escuela, realizado cuarenta años atrás. En el encabezamiento había escrito lo siguiente:

_(Nombre de mi Padre) Alberto. Dictado, 3 de abril de 1838.
Mi padre reconoció en seguida su letra gruesa de chico y empezó a leer, sonriéndose. Pero de pronto se le nublaron sus ojos. Yo me levanté a preguntarle qué tenía.

El me rodeó con un brazo la cintura y, apretándome contra él, me dijo:

-Mira esta hoja. ¿Ves? Estas correcciones las hizo mi pobre madre. Ella siempre me reforzaba las eles y las eres. Las últimas lineas son enteramente suyos. Había aprendido a imitar perfectamente mis rasgos y, cuando yo estaba rendido de sueño, ella terminaba el trabajo por mí. ¡Bendita santa madre mía! -Dicho esto, besó la página.

-Aquí están -dijo el maestro, enseñando otros paquetes- ¡mis memorias!. Cada año iba poniendo aparte un trabajo de cada uno de mis discípulos, teniéndolos todos ordenados y numerados. Muchas veces los hojeo, y leo al azar algunas líneas, volviendo a mi recuerdo mil cosas, con lo que me parece resucitar el tiempo pasado. ¡Cuántos años han transcurrido, querido señor! Yo cierro los ojos y veo caras y más caras, clases tras clases, centenares y centenares de muchachos, muchos de los cuales han desaparecido ya. De no pocos me acuerdo perfectamente. Me acuerdo bien de los mejores y de los peores, de los que me han proporcionado muchas satisfacciones y de quienes me han hecho pasar momentos tristes, porque de todo ha habido en la vida, como es fácil suponer. Pero ahora, ya lo comprenderás, es como si me encontrase en el otro mundo, y a todos los quiero igualmente.

Se volvió a sentar y tomando una de mis manos entre las suyas.

-Y de mí -le preguntó mi padre, sonriéndose-, ¿no recuerda ninguna travesura?

-De ti -respondió el anciano, sonriéndose también- por el momento, no. Pero eso no quiere decir que no hicieras alguna. Eras un chico juicioso, tal vez más serio de lo que correspondía a tu edad. Me acuerdo de lo mucho que te quería tu buena madre... Has hecho bien y te agradezco la atención que has tenido conmigo en venir a verme. ¿Cómo has podido dejar tus ocupaciones para llegar a la morada de tu pobre y viejo maestro?

-Oiga, señor Croseti -dijo mi padre con viveza-. Me acuerdo como si fuese ahora, la primera vez que mi madre me acompañó a la escuela, debiendo separarse de mí por espacio de dos horas y dejarme fuera de casa en manos de una persona desconocida. Esa es la verdad. Para aquella santa criatura, mi ingreso en la escuela era como la entrada en el mundo, la primera de una serie de separaciones dolorosas, pero necesarias; la sociedad le quitaba por vez primera al hijo para no devolvérselo ya por completo.

Estaba emocionada y yo también. Me recomendó a usted con voz temblorosa, y luego, al irse, aún me saludó por un resquicio de la puerta, con los ojos llenos de lágrimas. Y precisamente entonces le hizo usted un ademán con una mano, poniéndose la otra sobre el pecho, como diciéndole:

«Confíe en mí, señora». Pues bien, jamás lo he olvidado, sino que siempre ha permanecido en mi corazón aquel gesto suyo, aquella mirada, que eran expresiones de que usted se había percatado de los sentimientos de mi madre, y que constituían la honesta promesa de protección, de cariño y de indulgencia de mi madre; aquella mirada, que querí decir: “¡Vale!”. Ese recuerdo es el que me ha impulsado a salir de Turín. Y aquí me tiene, al cabo de cuarenta y cuatro años para decirle: “Gracias, querido maestro”.

El maestro no respondió; me acariciaba los cabellos con la mano, y su mano temblaba, saltaba del pelo a la frente, y de ésta al hombro.

Entretanto mi padre miraba las desnudas paredes, el mísero lecho, un pedazo de pan y una botellita de aceite que había sobre la ventana, como si quisiera decir:

«¿Pobre. Este es el premio que se te otorga después de sesenta años de intenso trabajo?»

Pero el anciano estaba contento y empezó a hablar de nuevo con gran vivacidad de nuestra familia, de otros maestros de aquellos años y de los compañeros de clase de mi padre, el cual se acordaba de unos, pero no de otros; los dos se comunicaban noticias sobre éste o aquél. De pronto interrumpió mi padre la conversación para rogar al maestro que bajase con nosotros al pueblo con el fin de almorzar juntos. El contestó con mucha espontaneidad:

-Te lo agradezco, te lo agradezco, muchas gracias. -Sin embargo parecía indeciso. Mi padre le tendió ambas manos y le reiteró la invitación.

-¿Cómo me las voy a arreglar con estas pobres manos que no paran de bailar, como ves? Es un martirio también para los demás.

-Nosotros le ayudaremos, señor maestro -le replicó mi padre. Entonces aceptó, procurando sonreírse y moviendo la cabeza.

-¡Hermoso día! -dijo cerrando la puerta desde fuera-. Un día inolvidable, querido amigo. Te aseguro que lo recordaré mientras viva.

Mi padre le dio el brazo, y él me cogió de la mano, bajando de ese modo por el caminillo. Encontramos a dos chicas descalzas, que cuidaban de unas vacas, y a un muchacho, que pasó corriendo con un gran haz de hierba a las espaldas. El maestro dijo que los dos eran alumnos de segundo, que por la mañana llevaban las vacas a pacer y trabajaban en el campo, con los pies descalzos, yendo por la tarde, calzados, a la escuela.

Era casi mediodía, y ya no encontramos a nadie más. En unos minutos llegamos a la posada, nos sentamos en una mesa grande, poniendo en medio al maestro, y en seguida empezamos a almorzar. Mi padre le cortaba la carne, le partía el pan y echaba sal a su plato. Para beber tenía que sujetar el vaso con ambas manos, y aun así chocaba en sus dientes.

El maestro se mostraba alegre, pero la misma emoción del feliz encuentro aumentaba su temblor, que casi le impedía comer.

Cuando entramos en la posada, reinaba en ella un silencio conventual; sin embargo, pronto quedó roto, porque el anciano hablaba mucho y con calor de los libros de lectura de cuando él era joven, de los horarios de entonces, de los elogios que le habían hecho los superiores, de la nueva reglamentación de las escuelas dispuesta por el Gobierno, sin perder su serena fisonomía, aunque con más colorido que al principio, la voz más agradable y la sonrisa casi propia de un joven. Mi padre lo miraba con gran atención, con la misma expresión que le veo a veces cuando se fija en mí, pensando y sonriendo a solas y la cabeza algo inclinada a un lado. Al maestro le vertió algo de vino en el pecho, y mi padre se apresuró a limpiárselo con la servilleta.

-¡No, eso no, hijo mío, no te lo consiento! -le dijo, y se reía. Decía algunas palabras en latín. Al final levantó el vaso, que le bailaba en la mano, y dijo con mucha seriedad:

-¡A tu salud, señor ingeniero, la de tus hijos y a la memoria de tu buena madre!

-¡A la suya, mi buen maestro! -respondió mi padre, estrechándole la mano.

En el fondo de la estancia estaban el posadero y otros que miraban y sonreían como si hubiesen participado de la fiesta que se hacía en honor del maestro de su pueblo.

Salimos después de las dos, y el maestro se empeñó en acompañarnos a la estación. Mi padre le dio el brazo otra vez y él me cogió de la mano; yo le llevaba el bastón. A nuestro paso deteníase la gente a mirar, por ser persona muy conocida, y algunos lo saludaban. En cierto punto del camino oímos salir por una ventana muchas voces que salian de una ventana chicos que leían a un tiempo juntos. El anciano se detuvo y pareció entristecerse.

-Esto es, mi querido señor mío -dijo-, lo que más me apena: el oír la voz de los muvhachoss en la escuela sin estar yo en ella y ser otro el encargado de dirigirlos. He escuchado esa música por espacio de sesenta años y mi corazón se había hecho a ella... Ahora me encuentro sin familia, ya no tengo hijos.

-No, no diga eso, señor maestro -replicó mi padre, reanudando el camino-; usted tiene muchos hijos esparcidos por el ancho mundo, que se acuerdan de usted lo mismo que yo me he acordado siempre.

-No, no -respondió el maestro con tristeza-; ya no tengo escuela y carezco de hijos. Así no creo poder vivir mucho tiempo. Pronto sonará mi última hora.

-¡Por Dios, no piense así! -le dijo mi padre-.. Mientras no lo piense, de todos modos, usted ha cumplido con su deber, ha hecho mucho bien y ha empleado noblemente su vida.

El maestro inclinó un momento su blanca cabeza en el hombro de mi padre y me dio un apretón.

Llegamos a la estación cuando el tren estaba para salir.

-¡Adiós, señor maestro! -dijo mi padre, abrazándolo y besándolo en ambas mejillas.

-¡Adiós, hijo, y muchas gracias! -respondió el maestro tomándole una mano entre las suyas temblorosas y llevándoselas al corazón.

Después lo besé yo, y noté que tenía mojada la cara. Mi padre me ayudó a subir al tren, y, cuando iba a subir él, cogió con rapidez el tosco bastón que llevaba en su mano el maestro y le puso en su lugar la hermosa caña con empuñadura de plata y sus iniciales, diciéndole:

-Guárdela como recuerdo mío.
El anciano intentó devolvérsela y recobrar su bastón; pero mi padre estaba ya dentro y cerró la portezuela.

-¡Adiós, querido maestro!

-¡Adiós, hijo -respondió él mientras el tren se ponía en movimiento-, y que Dios te bendiga por el consuelo que me has traído!

-¡Hasta la vista! -gritó mi padre, agitando la mano.
Pero el maestro movió la cabeza como diciendo: «Ya no nos volveremos a ver.»

-Sí, sí, hasta otra vez -replicó mi padre.

El respondió levantando su trémula mano, señalando al cielo:

-¡Allá arriba!

Y desapareció de nuestra vista con la mano en alto.

*

lunes, enero 14, 2008

((MIRADOR TUMBES_6))

El presidente José Balta encabezó un gobierno con gran énfasis en la realización de obras públicas, en particular ferrocarriles. Para ello, no dudó en embarcarse en una serie de empréstitos que terminarían por ahogar al fisco en un mar de deudas.


La guerra con Ecuador de 1941 tuvo a Tumbes como uno de sus principales escenarios. Entre los detonantes del conflicto estuvo el ataque ecuatoriano a la población fronteriza de Aguas Verdes, rechazado por tropas peruanas.


En 1981, las tensiones peruano-ecuatorianas aumentaron hasta llegar al conflicto armado por el establecimiento de puestos militares ecuatorianos dentro de territorio peruano. La reacción peruana culminó con la expulsión de los invasores.


El río Cenepa, en el departamento de Amazonas, fue el escenario de un nuevo enfrentamiento peruano-ecuatoriano en el verano de 1995. La intervención de los garantes del Protocolo de Río contribuyó a evitar el escalamiento de la guerra.


Fotos Tumbes