martes, enero 29, 2008

Martín Adán.(ANTRO)

¿Cómo, Cosa, así… vacía,
A cima de espina y pena,
Como ninguna… serena:
Deshumana todavía?
¿Dónde el dios y su agonía!…
¿Dónde la tumba y la esposa!…
¿Dónde la lengua gloriosa!…
¿Dónde el azar que a ti se eche!…
¿Dónde la sangre y la leche!…
¿Dónde, Capullo de Rosa?…

(De La rosa de la espinela)




Paisaje tropical sobre tela
para tres pelícanos en un amanecer



…la verdadera historia está en las conciencias, no en los papeles, y la lengua florea menos que la pluma a la hora de “llamarle al pan, pan y al vino, vino”.
Belisario Carlos Pi.



A través de los tiempos ha podido comprobarse que la nacionalidad no está definida en ningún pasaporte —aunque los siguen emitiendo y solicitando en todas las fronteras— pues más allá de una preferencia por un tipo de cocina, una música o una actitud comunicativa, hay una nacionalidad que se lleva más adentro y que se manifiesta cuando el individuo percibe como propio un detalle de sus orígenes que, a pesar del tiempo y la distancia, le impide actuar contra ese sentimiento.
Encerrados en estuches valiosos o recogidos en la última espiral del cerebro, tales recuerdos se manifiestan en circunstancias precisas y otorgan un sentido de clan, de gens, de tribu, que no hay úkase en el Universo que pueda neutralizar; es por eso que no ha podido negarse que la ciudadanía, es una relación legal del individuo con el Estado, pero la nacionalidad es una sensación de pertenencia que no tiene en cuenta las leyes.

Así los colonizadores desembarcados —sin pasaportes ni salvoconductos— en los albores de nuestra identidad emplearon la cómoda estructura de las redondillas aprendidas en la infancia para entonar sus glosas a lo que habían dejado del otro lado del Atlántico, es por eso que hoy, dispersos por todo el mundo, los cubanos seguimos guardando décimas en la memoria, no importa que hablen de amor o se burlen de un defecto físico, no importa que canten a un poblado o censuren a un personaje; tras la blanca rosa de la espinela van las espinas que el recuerdo llenó de sentido, porque sin memoria no hay historia.

El cultivo de la décima escrita ha estado vinculado a la cultura cubana desde su propios orígenes; más allá de las peculiaridades fonéticas y la ductilidad expresiva del octosílabo, quizás haya sido la plasticidad de los diez versos, que dan capacidad a un promedio de tres o cuatro habituales oraciones del habla, lo que hizo que esta forma estrófica se aclimatara en tierras del Caribe y cantara por igual las bellezas del amanecer, la furia de un ciclón, las penas de un patriota o la humorada de una reunión amistosa. Ya sea en cultos escenarios como en improvisadas tertulias, desde el pescante de una carreta o en la presurizada cabina de un avión, mujeres y hombres, niños o ancianos, con nasalizada voz o engolados tonos, la espinela dejó de ser —al decir de uno de sus más expertos cultores— una viajera peninsular para «aplatanarse» en la tierra que produce la caña.

Así cultivada, en todos los significados de la palabra, no ha quedado cubano que “de su propia inspiración” o de memoria no la haya dicho en algún momento de su vida, pues tanto el que la rechaza creyéndola demasiado popular como quien la considera incapaz de grandes temas, saben que no puede hacerse la Historia de Cuba —sí, esa, la que se escribe con mayúsculas— sin la décima. Si alguna duda quedara basta recordar que para Fina García Marruz, los Versos sencillos de Martí no son más que décimas a las que en un ejercicio emotivo se les ha obviado los dos versos de enlace que nuestros decimistas conocen como «puente».

Ahí está el mérito de Tres pelícanos de tela libro de poesía de Belisario Carlos Pi, diestro poeta que ha puesto todos los recursos de la práctica y el estudio para (con)versar —o «co-versar» sobre nuestros pasos como pueblo donde no ha faltado la nota lírica y el clarín épico para asumir aspectos que se prefiere tener por olvidados y que la identidad no permite soslayar.

Las décimas de Belisario se entretejen entre la memoria y la pertinencia no solo porque en ellas se muestre el quehacer nacional sino porque a partir de la reflexión que despoja al verso de sílabas y acentos inoportunos se percibe no solo la nación sino también el pueblo que la ha vivido como experiencia y como herencia.

No importa que se quiera concentrar en tan poco espacio cinco siglos, o medio milenio, —la nomenclatura poco interesa en este momento— lo significativo radica en qué ha pasado al verso y qué se ha quedado en el tintero; si lo expuesto en estas estrofas impresiona por el juicio que se expresa de cada hecho y personaje, lo que no se cuenta es también significativo en tanto retoma un criterio de selección que subraya cual nación se estaba diseñando para los nuevos compatriotas, urgidos, más que nadie, de identificarse con esta isla que, como los pelícanos, no puede apartarse del mar ni dejar de buscar.

Un detalle significativo en estas décimas radica en el uso mesurado de la ironía; habituados a un uso pedestre de esta estrofa falsamente adornada con un supuesto gracejo y doble sentido de una sola dirección, encontrar en estos versos un balance entre la sátira y el juicio permite valorar mejor el retazo de historia que se comenta. No se entra tampoco en rejuegos técnicos para impresionar al graderío, el verso, metafórico cuando es preciso y en símiles cuando hace falta, mantiene la fluidez comunicativa y más que acercarnos al clásico guateque nos remite a la tertulia familiar que, a la luz de las llamas o de un farol del parque, ha creado tantos vínculos y ha formado tantas conciencias.

Autor de otros textos poéticos y narrativos, Belisario trasmite la emoción del protagonismo dotando al auditorio del inigualable placer de opinar sobre hechos acaecidos en la distancia temporal y espacial como si fuéramos partícipes de un diálogo fraterno que subraya otro de sus certeros criterios: “La oralidad conserva un recuerdo de lo que fue. La historia y la literatura elaboran un concepto de acuerdo a como mejor conviene que hubiera sido”.

Literatura por la forma empleada para recoger tantos avatares, su disfrute acerca un imprescindible referente; hace pocos años otro recalcitrante cubano, Premio CERVANTES, Guillermo Cabrera Infante, abrumado en todo el sentido de la palabra por las nieblas de Londres, no pudo dejar de añorar una Vista del amanecer en el trópico, que, en condensada y lírica prosa, recorriera la historia de “la tierra más fermosa del mundo” hasta nuestros días; no pudiera asegurarlo ante un Tribunal, pero siento que aquellas miradas incluían, como sonido acompañante, las cuerdas de guitarra, tres y laúd, tres pelícanos sonoros que , al decir martiano, dibujaban “sobre las telas del viento” La Palma y el Tocororo.

por: Rafael A. Bernal Castellanos.


Agradecimientos a la: web1,


No hay comentarios: