lunes, noviembre 19, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Febrero

Medalla bien concedida

Sábado, 4



Esta mañana vino a repartir los premios el Inspector de escuelas, un señor con la barba blanca y vestido de negro. Entró con el Director poco antes de terminar las clases y tomó asiento al lado del maestro. Hizo varias preguntas a varios niños y luego entregó la primera medalla a Deroso. Y antes de dar la segunda, estuvo oyendo un momento al al maestro y al director, que le hablaban en voz baja. Todos nos preguntábamos:

«¿A quién dará la segunda?»

El Inspector dijo entonces en voz alta:

-En esta semana se ha hecho merecedor de la segunda medalla el alumno Pedro Precusa; y la merece, no sólo por los trabajos lo que ha trabajado en su casa, si no también por las lecciones, la caligrafía, el comportamiento en suma : y todo en general.

Todos se volvieron a mirar a Precusa, y en todos los semblantes pudiéndose apreciar que aprobábamos tal distinción en la expresión de nuestros rostros se reflejaba la misma alegría. Precosa se levantó, pero estaba tan confuso que no sabía a dónde ir.

El Inspector lo llamó: Ven aca y él salió del banco, yendo a situarse al lado del maestro.

El Inspector, después de fijar atentamente en la cara color de cera, en el desmedrado cuerpo enfundado en su ropa remendada y que no había sido hecha a su medida de nuestro ejemplar compañero, así como en sus bondadosos y tristones ojos que rehuían enfrentarse con los suyos, dejando adivinar una historia de grandes sufrimientos.

Al prenderle después la medalla en el pecho, le dijo con voz llena de cariño:

-Precusa, te concedo la medalla. Nadie más digno que tú para llevarla, no sólo por tu clara inteligencia y la buena voluntad de que has dado pruebas, sino también por tu corazón, por tu valor, por ser un hijo magnífico. En ti resplandecen.

¿No es verdad -añadió, dirigiéndose a nosotros- que también la merece por eso?

-Sí, sí –respondieron todos a una voz a coro.
Precosa, contrayendo su garganta como si necesitace tragar alguna cosa, y dorigió sobre los bancos una dulcísima mirada por los bancos para expresarnos su mirada llena de inmebnsa gratitud.

-Puedes retirarte, querido muchacho -Añadió el Inspector-, y que: ¡Dios te proteja.!

Era la hora de salida, y los de mi clase fuimos los primeros en salir, antes que todas, y apenas estuvimos fuera de la puerta… ¡A quién vemos alli, en el salón de espera, precisamente a la puerta!, vimos en el gran zaguán, al padre de Precusa, el herrero, pálido como de costumbre, con su torva mirada, con el pelo hasta los ojos, la gorra madio ladeada y tambaleándose.

El maestro lo reconoció en seguida y se dijo unas palabras al oído del Inspector, quien éste se fue presuroso en busca de Precusa, le tomó de la mano y lo llevó a su padre. El chico temblaba. También se acercaron el maestro y el Director, se habín acercado , y muchos chicos habían formado círculos les hicieron corro.

-Usted es el padre dé éste muchacho, ¿no es verdad? -preguntó el Inspector al herrero con aire jovial, como si hubiesen sido amigos. Sin esperar la respuesta, añadió:

-Le felicito. Me alegro mucho. Mire: ha ganado la segunda medalla a cincuenta y cuatro de sus compañeros; y se la ha merecido por la Redacción, la Aritmética y por todo. Es un muchacho de inteligencia despierta y de gran voluntad, que, sin duda, hará carrera; todos lo aprecian; es querido y estimado por todos; le aseguro que puede usted estar orgulloso de él.

El herrero, que había permanecido escuchando con la boca abierta, miró fijamente al Inspector y al Director, y luego a su hijo, que estaba delante de él con la ojos baja, sin parar de temblar; y como si recordase o comprendiese entonces por primera vez lo que había hecho padecer a su pequeñuelo, así como la bondad y constancia heroica y perseverancia con que le había aguantado, se le advirtió de pronto en su cara cierta estupefacta admiración, luego una amarga pena, y por fin, una ternura violenta y triste; y tomando fuertemente rápido gesto al muchacho por la cabeza y lo estrechó fuertemente contra su pecho. Todos nosotros pasamos por delante de él. Yo le invité a que viniese a casa el jueves con Garrón y Crosi; otros le saludaron; unos le daban golpecitos cariñosos, otros se limitaban a tocar la medalla; todos le decían algo.

El padre nos miraba con cara de atontado, apretando contra su pecho la cabeza del hijo, que no paraba de sollozar.



Febrero

Buenas propósitos

Domingo, 5



La medalla dada a Precusa ha despertado en mí cierto remordimiento. ¡Yo todavía no he ganado ninguna! De un tiempo a esta parte no estudio lo suficiente y estoy descontento de mí, de igual modo que también lo están el maestro, mi padre y mi madre. Ni siquiera me divierto con la misma satisfacción que antes, cuando trabajaba de buena gana. Recuerdo que de la mesa corría a mis juegos lleno de alegría, como si no hubiera jugado en un mes entero. Ahora no me siento con los míos a la mesa con el mismo gusto de tiempos atrás. Parece que me persigue una sombra en el ánimo y que una voz interior me dice continuamente: «Esto no marcha, no va de ninguna manera.»

Cuando a primeras horas de la noche veo pasar por la plaza a tantos jóvenes y mayores, que regresan del trabajo, visiblemente cansados, pero alegres y satisfechos, su paso impacientes que apresuran el paso para llegar pronto a su casa, lavarse y ponerse a comer, hablando fuerte, riendo y golpeándose las espaldas con las manos ennegrecidas por el carbón o blanqueadas por el yeso y la cal, y pienso que han estado trabajando de sol a sol en los tejados, delante de los hornos, entre máquinas o dentro del agua, o bajo la tierra, sin comer, quizá, más que un pedazo de pan, me siento avergonzado, yo, ya que en todo ese tiempo no me ha faltado nada y me he limitado a emborronar de mala gana cuatro paginas.

¡Ah, sí! ¡Sí. Estoy descontento, me encuentro insatisfecho.!

Bien yo veo que mi padre está de mal humor y quisiera decírmelo, pero aguanta con pena y espera todavía. ¡Querido padre! ¡tú que tanto trabajas!

Tuyo es cuanto veo y toco en casa. Todo lo que me abriga y alimenta, lo que me instruye y me divierte, todo es fruto es de tu trabajo, y yo, en cambio, no me esfuerzo; todo te ha costado preocupaciones, priva ciones, sinsabores, fatigas, disgustos, esfuerzos y yo no te correspondo cumpliendo debidamente mi obligación:

¡Ah,y no me esfuerzo yo!¡Ah no! ¡esto es demasiado injusto y me roba la paz.!

Desde hoy quiero empezar una nueva vida, estudiar, como Estardo, con los puños y los dientes apretados, quiero ponerme a ello con toda la fuerza de mi voluntad y de mi alma; trabajar en los quehaceres de la escuela con toda la fuerza de mi voluntad y de mi corazón; quiero vencer el sueño por la noche, saltar temprano de la cama, avivar mi inteligencia sin cesar, dominar plenamente mi pereza, fatigarme y hasta sufrir, para no arrastrar ya más esta vida de debilidad y de desgana, que me envilece y llena de tristeza a mis padres.

¡Animo y a trabajar! ¡A trabajar con toda el alma y las fuerzas de que soy capaz! ¡Al trabajo me dará tranquilo reposo, juegos alegres y comidas satisfactorias; me traerá de nuevo la complaciente sonrisa de mi maestro y el bendito beso y cariño de mis padres.!
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sábado, noviembre 17, 2007

((MIRADOR TUMBES_2))

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Las garzas son conspicuas habitantes de los esteros y manglares. Se alimentan de la abundante fauna marina y suelen cobijarse y anidar en las ramas de los mangles.

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El ceibo es un árbol de tronco grueso y gran tamaño que florece durante la estación seca. Durante esta época pierde todo su follaje para concentrar sus energías en la producción de flores y frutos.

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El puma es un felino extremadamente adaptable. Se le encuentra en toda América, desde Canadá a la Tierra del Fuego, pues puede vivir tanto en selvas tropicales como en altiplanos nevados.

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El clima subtropical propio de Tumbes permite el desarrollo de una fauna única, más emparentada con el ecosistema del golfo de Guayaquil que con el resto de la costa peruana.

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(¡¡¡TUMBES 2!!!)

Playas de Tumbes


Playa El Bendito

Se llega a esta playa recorriendo la carretera Panamericana Norte ingresando por una trocha carrozable desde Zarumilla. Comprende desde la altura del salto hasta la misma altura del estero. Muy cerca de la playa hay un poblado con el mismo nombre.

MANGLARES - CORRALES DE CONCHAS Y PLAYA DE LA COMUNIDAD RURAL DEL BENDITO - COMPARTIR NUESTRA VIDA CON LA NATURALEZA - EL ECOSISTEMA MANGLAR Y LA PLAYA DEL BENDITO EN TUMBES.















martes, noviembre 13, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Enero
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El amor a la Patria

Martes, 24


Puesto que el cuento del Tamborcillo te ha conmovido tu corazón, fácil te será escribir esta mañana la redacción sobre el tema del examen:

«¿Por qué se ama a la Patria? ¿Por qué quiero a mi Patria?» ¿No se te han ocurrido en seguida cien respuestas? Amo a mi Patria porque mi madre ha nacido en ella, porque sangre suya es la que corre por mis venas, porque es la tierra donde están sepultados los muertos por los que reza mi madre y a los que venera mi padre, porque la ciudad donde he visto la luz, la lengua que hablo, los libros que me instruyen, mi hermano y mi hermana, mis compañeros, el pueblo del que formo parte, el bello paisaje que me rodea, cuanto veo, lo que amo, lo que estudio y lo que admiro pertenece a mi Patria.

¡Oh!¡Tú no puedes sentir todavía ese gran afecto en toda su intensidad! Lo sentirás cuando seas un hombre, cuando retornes a ella tras un largo viaje, después de una prolongada ausencia, y asomándote una mañana desde la cubierta del buque, contemples en el horizonte las grandes montañas azules de tu país; entonces lo sentirás con el ímpetu de ternura que te llenará los ojos de lágrimas y te arrancará un grito del corazón.

Lo sentirás en alguna gran ciudad lejana por el impulso del alma quete empujará, entre la desconocida multitud, te llevará hacia un trabajador desconocido, al que, pasando,a su lado le habrás oído decir alguna palabra en tu propia lengua.

Lo sentirás en la dolorosa y profunda indignación que te hará subir la sangre a la cabeza, cuando de la boca de algún extranjero salgan expresiones injuriosas para la tierra que te vio nacer, y con mayor violencia y alteración todavía si la amenaza de un pueblo enemigo levanta una tempestad de fuego sobre tu Patria y veas el desasosiego por doquier, a los jóvenes que acuden en masa a tomar las armas, a los padres besar a sus hijos gritando: «¡Animo¡ , y las madres despedir a los jóvenes gritando ¡Vence!!Adiós! ¡Volved victoriosos!»

Lo sentirás con insuperable júbilo si tuvieres la dicha de presenciar en tu ciudad los regimientos diezmados, cansados, endidos, destrozados con el uniforme destrozado, con aire terrible, con el brillo de la victoria en los ojos y las banderas atravesadas por las balas, seguidos por un número interminable de valientes que llevarán sus cabezas vendadas y brazos sin manos, entre una multitud enfervorecida por el entusiasmo, que los cubrirá de flores, de bendiciones y de besos. Entonces: ¡Ah, comprenderás lo que es el amor a la Patria, entonces lo sentirás tú, Enrique mío!.

La Patria es algo tan grande y tan sagrada, que si un día te viese regresar salvo y sano de una batalla en la que te hubieses hallado, por haberte escondido para conservar la vida, a pesar de ser carne de mi carne y alma de mi alma, yo, tu padre, que te recibo con tanta gritos de alegría cuando vuelves de la escuela, te acogería con sollozos de angustia, de no poderte querer ya, y moriría con ese puñal clavado en el corazón.


TU PADRE



Enero

Envidia

Miércoles, 25


El que ha hecho mejor la composición sobre la Patria ha sido Deroso. ¡Y Votino, que creía seguro el primer premio! Yo quería mucho a Votino, aunque es algo vanidoso y presumido; pero me disgusta ahora que estoy con él en el banco ver cómo envidia a Deroso.

Y estudia para competir con él; pero no puede en manera alguna, porque el otro le da cien vueltas en todas las asignaturas, y a Votino se le ponen los dientes largos.

También siente envidia de Carlos Nobis; pero éste tiene tanto orgullo, que la misma soberbia no le deja descubrir. Votino, por el contrario, se traiciona, se vende, se queja de las notas en su casa y dice que el maestro comete injusticias; y cuando

Deroso responde a las preguntas tan pronto y tan bien como siempre, él pone la cara hosca, baja la cabeza, finge no oír y se esfuerza por reír, pero con la risa del conejo.

Y como todos lo saben, en cuanto el maestro alaba a Deroso todos se vuelven a mirar a Votino que traga veneno, y el albañilito le hace la mueca de hocico de liebre.

Esta mañana, por ejemplo, lo ha demostrado. El maestro entró en la escuela y anunció el resultado de los exámenes: «-Deroso: diez décimas y la primera medalla»

-Votino estornudó con estrépito. El maestro le miró, porque la cosa estaba bien clara.

-Votino -le dijo-, no dejes que se apodere de ti la serpiente de la envidia: es una serpiente que roe el cerebro y corrompe el corazón.

Todos le miraron, menos Deroso. Votino quiso responder y no pudo; quedó como petrificado y con el semblante pálido. Después, mientras el maestro daba la lección, se puso a escribir, en gruesos caracteres, en una hoja:

«Yo no tengo envidia de los que ganan la primera medalla por enchufe y con injusticia. » Este papel quería mandárselo a Deroso. Pero entretanto observé que los que estaban junto a Deroso tramaban algo entre sí y se hablaban al oído, y uno hacía con el cortaplumas una medalla de papel, sobre la cual habían dibujado una serpiente negra.

Votino mismo no advirtió nada. El maestro salió por breves momentos. En seguida, los que estaban junto a Deroso se levantaron para salir del banco y presentar solemnemente la medalla de papel a Votino.

Toda la clase se preparaba para presenciar una escena desagradable. Votino estaba temblando. Deroso gritó:

-¡Dádmela!

-Sí, es mejor -respondieron los demás-; tú eres el que debe llevársela.

Deroso recogió la medalla y la hizo mil pedazos. En aquel momento volvió el maestro y se reanudó la clase. Yo no quitaba ojo a Votino, que estaba rojo de vergüenza. Tomó el papel despacito, como si lo hiciese distraídamente, lo hizo mil dobleces a escondidas, se lo puso en la boca, lo mascó un poco y después lo echó debajo del banco. Al salir de la escuela y pasar por delante de Deroso, a Votino, que estaba un poco confuso, dejó caer el arrugado papel. Deroso, siempre noble, lo recogió y se lo puso en la cartera, ayudándole a abrocharse el cinturón. Votino no se atrevió a levantar la cabeza.

Enero

La madre de Franti


Sábado, 28


Pero Votino es incorregible. Ayer, en la clase de religión, en presencia del Director, el maestro preguntó a Deroso si se sabía de memoria las dos estrofas del libro de lectura que empiezan con las palabras:

«Dondequiera que extienda la mente mía, sus alas rápidas llevate veo, inmenso Dios...» Deroso dijo que no las sabía y Votino se apresuró a decir que él sí las sabía. Lo dijo sonriéndose, para mortificar a Deroso, pero el mortificado fue él, pues no pudo recitar la poesía, por entrar en el aula, mientras tanto, la madre de Franti, angustiada, despeinados sus grises cabellos, toda llena de nieve, llevando como a la fuerza a su hijo, que ocho días antes había sido expulsado de la escuela.

¡Qué escena más triste tuvimos que presenciar!

La pobre señora se hincó casi de rodillas delante del Director, con las manos cruzadas y diciéndole en tono suplicante:

-¡Tenga la bondad, señor Director, de admitir de nuevo a mi hijo en la escuela! Hace tres días que está en casa, pero lo he tenido escondido. ¡No permita Dios que su padre lo descubra, porque es capaz de matarlo! ¡Tenga compasión de esta madre infeliz, que no sabe qué hacer! ¡Se lo pido con toda mi alma!

El Director procuró llevarla fuera, pero ella se resistía sin dejar de suplicarle y de llorar.

-¡Si usted supiese lo que este hijo me hace sufrir, tendría compasión de mí! ¡Por favor, admítalo!¡Hágame el favor! Yo creo que llegará a enmendarse. No espero vivir mucho tiempo, pues llevo la muerte dentro de mí. Pero antes de expirar desearía verle cambiar, porque...

El llanto ahogó sus palabras y no pudo terminar la frase; luego añadió:

-Es mi hijo, lo quiero y moriría de pena; admítalo de nuevo, señor Director, para que no sobrevenga una desgracia en la familia. ¡Hágalo por caridad hacia una pobre madre! -y se cubrió el rostro con ambas manos, sin parar de sollozar.

Franti permanecía impasible, con la cabeza baja. El Director le miró, estuvo un rato pensativo y, al fin, le dijo:

-Vete a tu sitio.

La madre se quitó entonces las manos de la cara, muy consolada, y empezó a darle las gracias, sin dejar de hablar al Director, y se marchó hacia la puerta, enjugándose los ojos y diciendo atropelladamente:

-Hijo mío, sé bueno. Tengan paciencia con él. Muchas gracias, señor Director; ha hecho usted una gran obra de caridad. Adiós, hijo. Pórtate bien. Buenos días, niños. Gracias, señor maestro; hasta la vista. Perdonen tanta molestia. ¡Soy una madreque ha sufrido tanto...!

Y dirigiendo desde el umbral una mirada más de súplica a su hijo, se fue, recogiendo el chal que le iba arrastrando, pálida, encorvada, temblorosa, y aún la oímos toser cuando bajaba por la escalera.

El señor Director miró fijamente a Franti en medio del silencio de la clase, y le dijo con una inflexión de voz que hacía temblar:

-¡Franti, estás matando a tu madre!

Todos miramos a Franti, y el sinvergüenza infame ¡se sonreia!.




Enero

Esperanza

Domingo, 29


Mucho me ha complacido, Enrique mío, el gesto que has tenido cuando, al volver de la clase de religión, te has echado en mis brazos. ¡Qué cosas tan hermosas y tan consoladoras te ha dicho el maestro! Dios, que nos ha puesto al uno en los brazos del otro, no nos separará nunca; cuando muramos tu padre y yo, no nos diremos las tremendas y desalentadoras palabras:

«Madre, padre, Enrique, ¡no te veré ya más!» Nos volveremos a encontrar en otra vida, y el que hubiere sufrido mucho en ésta, quedará ampliamente recompensado; quien ame intensamente en la tierra estará con las almas de los seres queridos en un mundo sin culpas, ni aflicciones, ni muerte. Pero debemos hacernos todos dignos de esa otra vida.

Mira, hijo mío: cada buena acción tuya, cada palabra de cariño para quien bien te quiere, cada acto de cortesía hacia tus compañeros, cada pensamiento noble tuyo, es como un paso adelante hacia aquel mundo. Y también te elevan hacia él todas las desgracias y las penas, porque las penas son la expiación de una culpa y toda lágrima borra una mancha. Proponte cada día ser mejor y más amable que el día anterior. Di todas las mañanas:

«Hoy quiero hacer algo que pueda alabarme la conciencia pueda alabarse, y contente a mi padre, aestará contento, algo que aumente el aprecio de tal o cual compañero, el afecto del maestro, de mi hermano o de otros.»

Y pide a Dios que te dé fuerzas para poner en práctica tus buenos propósitos. Dile:

«Señor, quiero ser bueno, tener nobles valiente, delicado, con sentimientos, ser animoso, afable y sincero. ¡Ayudadme! ¡Haced que cada noche, al darme mi madre el último beso, pueda decirle: Esta noche besas a un chico mejor, más digno que el que besaste ayer!»

Ten siempre en tu pensamiento al Enrique sobrehumano y feliz que podrás ser después de esta vida. ¡Y luego reza!

¡Tú no puedes imaginar la dulzura y la satisfacción que experimenta una madre cuando ve a su hijo arrodillado y con las manos juntas en actitud de oración. Cuando te veo rezando, de rodillas! Me parece imposible que no haya quien te esté viendo y escuchándote. Creo entonces más firmemente que nunca , hay una Bondad suprema y una Piedad infinita; te quiero más; trabajo con mayor ardor, sufro con más fortaleza, perdono de todo corazón y pienso en la muerte con serenidad.

¡Qué dicha, Dios mío, volver a oír después de la muerte la voz de mi madre, volver a encontrar a mis hijos, ver de nuevo a mi Enrique, a mi Enrique bendito e inmortal, y estrecharlo en un abrazo que ya no tendrá fin nunca jamás, en una eternidad...!

¡Reza, recemos; querámonos, seamos buenos, y llevemos en el alma, adorado hijo mío, esa celestial esperanza!


TU MADRE
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miércoles, noviembre 07, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Enero

CUENTO MENSUAL


El tamborcillo sardo


En la primera jornada de Custozza, el 24 de julio de 1848, primer día de la batalla de Custozza, unos sesenta númerosos soldados de un regimiento de infantería de nuestro ejercito, enviados a una colinita para ocupar cierta casa solitaria, se vieron de repente acometidos por dos compañías de soldados austríacos que, disparándoles desde diversos sitios, apenas les dieron tiempo para refugiarse en la casa y cerrar precipitadamente las puertas, reforzándolas, después de haber dejado en el campo algunos muertos y heridos.

Una vez aseguradas las puertas, los nuestros acudieron presurosamente a las ventanas de la planta baja y del primer piso de arriba, y empezaron a hacer certero fuego cerrado sobre los asaltantes, quienes, acercándose poco a poco, colocados en forma de semicírculo, respondín vigorosamente con sus disparos.

A los sesenta soldados italianos los mandaban dos oficiales subalternos y un capitán viejo, alto, delgado y severo, con el pelo y el bigote blancos. Estaba con ellos un tamborcillo sardo, chico de poco más de catorce años, que representaba escasamente tener doce, de cara morena aceitunada, con ojos negros y hundidos, que parecían desprender chispas.

El capitán desde una habitación del primer piso dirigía la defensa dando órdenes el capitán, cursando órdenes como pistoletazos, sin que en su cara de hierro se notase sin signo alguno de conmoción. El tamborcillo, un poco pálido, pero firme sobre sus piernas, subido a una mesa, alargaba el cuello, aporrándose a las paredes, para mirar al exterior de las ventanas; por los campos, a través del humo, or los campos veía los blancos uniformes de los austríacos, que avanzaban lentamente. La casa situaba en lo alto de una escabrosisima pendiente, no tenía y por la parte de la cuesta sólo tenía una ventanilla alta, correspondiente al único hueco de una pequeña habitación del último piso; por eso los austríacos no amenazaban la casa por aquella parte; y en la cuesta no había nadie, solamente se hacía fuego contra la fachada y los dos flancos.

Pero era un fuego infernal, una nutrida verdadera granizada de balas, que desde la parte exterior resquebrajaba las paredes, y despedazaba hacía trizas las tejas y destrozaba en el interior techumbres, muebles, puertas, arruinándolo todo, arrojando al aire astillas, nubes de yeso y fragmentos de vasijas de barro y de vidrios, silbando, rebotando, rompiéndolo todo con un fragor espeluznante todo con un fragior que ponía los cabellos de punta. De vez en cuando, uno de los soldados que tiraban y caía al suelo alguno de los que disparaban por las ventanas, siendo llevado aparte y era echado a un lado. Otros iban vacilantes, de habitación en habitación apretándose las heridas con las manos. En la cocina había ya un muerto, con la frente agujereada. El cerco de los enemigo se iba estrechando.

En cierto llegó un momento en que se vio al capitán, hasta entonces impasible, dar muestras de inquietud y salir precipitadamente del cuarto, seguido de un sargento. Al cabo de tres minutos volvió corriendo el sargento y llamó al tamborcillo, haciéndole señas para que le acompañase. El muchacho le siguió, subiendo rápidamente por una escalera de madera, y entró con él en un desván desmantelado, donde estaba el capitán escribiendo con lápiz en una hoja de papel, apoyándose en la ventanilla; a sus pies, enrollada en el suelo, había una soga de las que se usan en los pozos.

El capitán dobló la hoja, y clavando bruscamente, clavando sobre el muchacho sus pupilas grises y fríos, ante los cuales temblaban todos los soldados, le dijo a bocajarro:

-¡Tambor!

El muchacho tamborcillo se llevó la mano a la visera, y el capitán le preguntó:

-¿Tú eres valiente?, ¿Tú tienes valor? – Preguntó el capitán

-Sí, si mi capitán -respondió el chico, relampagueándole los ojos del muchacho.

-Mira allá a lo lejos -dijo el militar, llevándole a la ventanita-, en el suelo junto a la casa al llano que hay próximo de Villafranca donde brillan aquellas bayonetas.

Allí están los nuestros inmóviles. Toma este papel, agárrate a la cuerda, baja por la ventanita, cruza, atraviesa toda a prisa la cuesta, ve corriendo a campo traviesa, procura llegar cuanto antes a los nuestros y entregas el papel al primer oficial que veas. Quítate en seguida el cinturón y la mochila.

El tamborcillo se quitó el cinturón y la mochila y se colocó el papel en el bolsillo del pecho; el sargento echó la cuerda fuera y agarró con ambas manos uno de los extremos; el capitán ayudó al muchacho a salir por la ventana, de espaldas al campo.

-¡Ten cuidado! -le dijo-; la salvación del destacamento depende de tu valor y de tus piernas.

-Confíe usted en mí, mi capitán -respondió el tamborcillo descolgándose.

-Agáchate mientras bajas -le dijo aún el capitán, agarrando la cuerda, juntamente con el sargento.

-¡No tenga usted cuidado!

-¡Que Dios te ayude!

En los pocos instantes estuvo el tamborcillo en el suelo; el sargento subió la cuerda y él desapareció. El capitán se asomó precipitadamente a la ventanita y vio al muchacho corriendo cuesta abajo.

Esperaba ya que hubiese confiaba que logrado pasar inadvertido, cuando cinco o seis nubecillas de polvo, que se elevaron del suelo por delante y detrás del muchacho, le dieron a entender que le habían sido descubiertopor los Austríacos y le disparaban desde un alto de la cuesta.

Aquellas pequeñas nubes eran de tierra levantada por las balas. Pero el chico tamborcillo seguٌía corriendo precipitadamente sin reparar en nada. De pronto, exclamó consternado:

-¡Le han dado! -¡Muerto!

Pero no había terminado de decir la palabra cuando vio levantarse de nuevo al tamborcillo.

«¡Ah, no ha sido más que una caída!», dijo para sí y respiró. El muchacho, efectivamente, volvió a correr con todas sus fuerzas, aunque cojeaba. «¡Se ha debido torcido un pie!», pensó el capitán.

Todavía se levantó alguna que otra nubecilla de polvo en torno del valiente soldadito, pero cada vez más lejos de él. ¡Estaba a salvo! El capitán lanzó una exclamación de alivio y triunfo. Con todo le siguió con la vista y temblando, porque era cuestión de unos minutos; de no llegar a tiempo con el escrito en el que pedía inmediata socorro, o todos sus soldados caerían muertos o tendría que rendirse con los supervivientes, como prisionero.

El pequeño sardo corría velozmente un rato, mas luego aminoraba la marcha, cojeando; después reanudaba la carrera, pero con indudables muestras de agotamiento, deteniéndose a cada instante.

«¡Le habrá rozado un pie alguna bala!», pensó el capitán. No le quitaba ojo, sumamente angustiado, y le daba ánimos como si le pudiera oír. Medía incesantemente con la vista la distancia que le faltaba para llegar al sitio donde se veían relucir bayonetas, allá en la llanura, en medio de los campos de unos trigales dorados por el sol.»,

Entretanto oía el silbido y el estrépito de las balas en las dependencias de abajo, las voces de mando y los gritos de rabia de los oficiales y sargentos, los agudos quejidos de los heridos, el ruido de los muebles y de los desconchados de pared que se iban desprendiendo que se desmoronaba.

-¡Animo, valor!- gritaba siguiendo con la mirada al tamborcillo se alejaba, que ya apenas divisaba-. ¡Adelante! ¡Corre!... ¡Se para!... iMaldición! ¡Ah, vuelve a emprender la marcha a correr!...

Un oficial se acerca para decirle que los enemigos, sin interrumpir el fuego, ondean un pañuelo blanco intimando la rendición.

-¡Que no se responda! -grita el capitán sin apartar la vista del muchacho, que ya había llegado a la llanura, pero que no corría ya, parecía moverse a duras penas. Desalentana al llegar. !

-¡Anda!... ¡Corre!
-decía el capitán apretando los puños y los dientes-. ¡”Desángrate, muere, desgraciado, si es preciso, pero da el papel, pero llega”!

Después lanzó una horrible imprecación.

-¡Ah! ¡El infame holgazán se ha sentado!

El chico, en efecto, cuya cabeza había visto sobresalir hasta entonces por encima de un campo de trigo, había desaparecido, como si se hubiese caído. Mas, pasados unos instantes, su cabeza volvió a emerger. Finalmente se perdió por detrás de los setos y ya no le vio más.

Entonces bajó impetuosamente; las balas entraban a granizadas; las habitaciones estaban llenas de heridos, algunos de los cuales se retorcían como embriagados, agarrándose a los muebles; las paredes y el pavimento estaban teñidos de sangre; había cadáveres en los umbrales de las puertas; el teniente tenía el brazo derecho destrozado por las balas, y todo estaba envuelto por el humo y el polvo lo envolvín todo.

-¡Animo! -gritó el capitán-. ¡Permaneced firmes en vuestros puestos! ¡Van a llegar socorros! ¡Un poco de valor todavía!

Los austríacos se habían aproximado más, y a través del humo se veían sus caras descompuestas. En medio de los tiros se les oía gritar salvajemente, que insultando a los nuestros e intimándoles a que se rindiesen, so pena de degollarlos. Algún que otro soldado, inducido por el miedo, se retiraba de las ventanas y los sargentos le empujaban hacia adelante.

Pero el fuego de todas formas iba disminuyendo la resistencia de los sitiados y el desaliento se manifestaba en todos los rostros, no pareciendo posible que pudiese continuar la defensa. En cierto momento, el que el ataque de los austríacos fue remitiendo, y una voz de trueno gritó, primeramente en alemán y luego en italiano:

-¡Rendíos!

-¡No! -respondió el capitán desde una ventana. Y el tiroteo se reanudó con mayor rabia por ambas partes. Cayeron otros soldados, y ya había más de una ventana sin defensores. El momento fatal parecía inminente. El capitán gruñía entre dientes con voz que se le ahogaba en su garganta:

«¡No vienen! ¡No vienen!», y corría furioso de un lado para otro, doblando el sable con mano convulsa, resuelto a morir, hasta que un sargento, bajando apresuradamente del desván, gritó con voz estentórea:

-¡Ya llegan, ya llegan!

Ante semejante anuncio, grito de alegría el capitá. Al oir aquellos gritos todos -sanos y los heridos, los sargentos y los oficiales- acudieron presurosos a las ventanas, y se prosiguió la resistencia con renovado esfuerzo.

En poco tiempo de ahí a pocos instantes se advirtió una especie de vacilación y un principio de desorden entre los enemigos. De pronto, a toda prisa, reunió el capitán un grupo de soldados en el piso bajo para contener el ímpetu de afuera, realizar una salida con bayoneta calada; luego subió a la planta superior. Apenas llegó, los defensores empezaron a dar saltos de alegría y a lanzar hurras por haber visto desde las ventanas entre el humo de la pólvora los sombreros de dos picos de los «carabineros» italianos, un escuadrón arrastrándose por tierra y un brillante centelleo de espadas arremolinadas por encima de las cabezas, sobre los hombros y encima de las espaldas. Entonces el pequeño grupo ordenado por el capitán salió de la casa con la bayoneta calada, los enemigos se desconcertaron, dieron media vuelta y se batieron y comprendieron en retirada. El terreno quedó despejado, la casa, libre, y poco después ocupaban la altura dos batallones de infantería italianos que disponían de dos cañones ocuparon la altura.

El capitán, con los soldados que le quedaban, se incorporó al regimiento, peleó y continuó luchando, y fue ligeramente herido en la mano izquierda por una bala que rebotó en el último ataque a la bayoneta.

La jornada acabó con la victoria de los nuestros.

Pero al día siguiente, habiéndose reanudado la lucha, los italianos fueron derrotados, a pesar de su indudable valor, por la abrumadora mayoría de los austríacos; y en la mañana del 26 tuvieron que emprender la retirada tristemente hacia el Muncio.

El capitán, aunque herido, fue a pie juntamente con sus soldados, cansados y silenciosos, y llegando al ponerse el sol a Goito, a orillas del Mincio, buscó en seguida a su teniente, que había sido recogido por una ambulancia con el brazo roto y debía haber llegado allí antes que él. Le indicaron una iglesia, donde se había improvisado un hospital de campaña. Entró y vio que el sagrado recinto se hallaba lleno de heridos colocados en dos hileras de camas y de colchones extendidos en el suelo; dos médicos y varios practicantes iban de un lado para otro venian afanosamente oyéndose gemidos y quejidos ahogados.

Al entrar apenas el capitán, se detuvo y dirigió la mirada en torno suyo en busca de su oficial.

En aquel momento oyó que le decían con una voz apagada muy próxima:

-¡Mi capitán!

Se volvió. Era el tamborcillo.

Estaba tendido sobre un catre, cubierto hasta el pecho por una tosca cortina de ventana, de cuadros rojos y blancos con los brazos fuera: pálido, demacrado, pero con sus ojos siempre brillantes, como dos preciosas gemas.

-¿Aquí estás tú? ¡Cómo! ¿Eres tú? -le preguntó el capitán, extrañado, pero con brusquedad-. ¡Bravo, muchacho! Has cumplido con tu deber.

-He hecho lo que he podido -le respondió el tamborcillo.

-¿Estás herido? -dijo el capitán, tratando de ver a su teniente en las camas próximas.

-¡Qué vamos a hacer! ¡Qué quiere usted! -dijo el muchacho, a quien daba alientos para hablar la honra de estar herido por primera vez, y sin lo cual no se hubiera atrevido a abrir la boca delante de aquel capitán-; a pesar de que procuré ocultarme, no pude evitar que me viesen en seguida. Si no me alcanzan, habría llegado veinte minutos antes.

Afortunadamente, encontré pronto a un capitán de Estado Mayor, a quien entregué el papel. Pero me costó gran trabajo llegar después de la caricia recibida. Me moría de sed; temía no poder llegar donde estaban los nuestros, y lloraba de rabia pensando que cada minuto de retraso se iba al otro mundo uno de los de arriba. En fin, he hecho lo que he podido. Estoy contento. ¡Pero mire usted, y dispense, mi capitán, está perdiendo sangre!.

Efectivamente, de la palma de la mano, mal vendada, del capitán salían algunas gotas, que se escurrían por los dedos.

-¿Quiere que le apriete la venda, mi capitán? Acérquese un poco más.
El capitán le dio la mano izquierda, y alargó la derecha para ayudarle a soltar el nudo y volverlo a hacer; pero el chico se puso más pálido en cuanto se alzó de la almohada y tuvo que volver a apoyar la cabeza sobre ella.

-¡Basta, basta! -dijo el capitán mirándolo y retirando la mano vendada que el soldadito quería sujetar-. Cuida de lo tuyo en vez de pensar en los demás, porque las cosas ligeras, si se descuidan, pueden traer malas consecuencias.

El tamborcillo movió la cabeza.

-Pero tú -repuso el capitán, mirándolo más atentamente-, has debido perder mucha sangre para estar tan débil.

-¿Mucha sangre dice usted? -respondió el muchacho, sonriendo-. Algo más que sangre. ¡Mire!

Y se apartó algo la colcha.

El capitán dio un paso atrás horrorizado.

El chico no tenía más que una pierna; la izquierda se la habían amputado por encima de la rodilla; el muñón estaba vendado con tiras ensangrentadas.

En aquel instante pasó el médico militar, pequeño y regordete en mangas de camisa.

-He aquí, señor capitán -empezó a decirle, indicando al muchacho-, un caso realmente desgraciado; esa pierna se habría salvado con facilidad si él no la hubiese forzado tan atrozmente como hizo; se produjo una malhadada inflamación y al fin se le tuvo que cortar para salvarle la vida. Pero le aseguro que es un muchacho muy valiente; no ha derramado una sola lágrima ni se le ha oído ningún grito.

¡Palabra de honor que me sentía orgulloso de que fuese un chico italiano! A fe mía que es de buena raza, a fe mía.

Dicho esto, prosiguió su camino.

El capitán arrugó sus grandes cejas blancas y miró fijamente al tamborcillo, subiéndole la colcha con precaución; después lentamente, casi sin darse cuenta y sin parar de mirarlo, levantó la mano hasta la altura de la cabeza y se quitó el quepis.

-¡Mi capitán! --exclamó el muchacho, admirado-. ¿Qué hace usted, mi capitan? ¿Es por mí?

Entonces aquel rudo militar, que nunca había dicho una palabra suave a un subordinado a un inferior suyo, le respondió con una voz extremadamente dulce y extremadamente cariñosa:

-Yo no soy más que un simple capitán; tú, en cambio, eres un héroe.

Luego se arrojó con los brazos abiertos sobre el tamborcillo y le besó cariñosamente tres veces con todo su corazón.


EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)

Enero

Franti es expulsado del colegio


Sábado, 21


Sólo uno era capaz de reírse mientras Deroso declamaba el discurso por los funerales del rey, y fue, precisamente, Franti. se rio Lo aborrezco. Es un malvado, Cuando un padre viene a la escuela a reñir a su hijo delante de todos, él disfruta; si alguien llora, él se ríe. Tiembla ante Garrón, molesta y pega al albañilito porque es pequeño; atormenta a Crosi porque tiene imposibilitado un brazo; se burla de Precusa, a quien todos respetamos, y hasta se ríe de Robeto, el de la clase segundo, que anda con muletas por haber salvado a un niño.

Provoca a todos los que son más débiles que él y, cuando pega, se enfurece y procura hacer el mayor daño posible.

Hay algo que inspira repugnancia en su frente baja, en aquellos ojos torbos, que quedan ocultos por la visera de su gorra de hule. No teme ni respeta a nadie. Se ríe del maestro, hurta cuanto puede, niega desvergonzadamente, siempre ha de estar peleándose con alguno, lleva a la escuela alfileres para pinchar a los que están cerca de él, se arranca los botones de la chaqueta, se los arranca a otros y luego se los juega; no se esmera en nada; su cartera, sus libros, sus cuadernos, son una verdadera pena y da grima verlos, por lo deslucidos, destrozados y sucios que los tiene; su regla está mellada y la pluma las más de las veces inservible; se come las uñas; lleva la ropa llena de manchas y de rotos que se hace en las peleas.

Dicen que su madre está enferma de los disgustos que le proporciona, y que su padre lo ha echado ya tres veces de su casa; su madre acude a la escuela de vez en cuando a pedir informes y siempre se va llorando. El odia la escuela, a los compañeros y a los profesores.

Nuestro maestro hace alguna vez que no ve sus bribonadas; pero no por eso se enmienda, sino que, por el contrario, es cada vez peor. Ha intentado probar corregirle por las buenas, pero él se ríe del procedimiento lo que le dice o insinúa. Si le dice, regañándole, palabras tremendas, y se cubre la cara con las manos como si llorara, pero se está riendo por lo bajo. Estuvo expulsado tres días de la escuela, y volvió más granuja y más insolente que antes. Un día Deroso reconvino:

-Pero hombre, ¿por qué no te enmiendas? ¿No ves que haces sufrir demasiado al señor maestro?

Por toda contestación le amenazó con meterle un clavo en la barriga.

Pero esta mañana hizo que le echaran como a un perro. Mientras el maestro daba a Garrón el borrador del Tamborcillo sardó, el cuento mensual correspondiente para enero, para que lo pusiese en limpio, Franti tiró al suelo un petardo que estalló, haciendo retemblar las paredes como si fuera cañonazo. Toda la clase experimentó una sacudida. El maestro se puso en pie y gritó:

-¡Fuera de la escuela, Franti!
El respondió:

-¡No he sido yo! -pero se reía.

El maestro repitió:

-¡He dicho que te vayas, Anda fuera!

-¡Yo no me muevo! -replicó.

El maestro perdió los estribos, se fue hacia él, fuera de sí lo cogió de un brazo y lo sacó del banco. Franti se revolvía, rechinaba los dientes, y tuvo que arrastrarlo a viva fuerza. El maestro lo llevó casi en vilo a la dirección, y luego volvió solo a la clase, y, sentado a su mesa, cogiéndose la cabeza con las manos, todo agitado, con una expresión de cansancio y aflicción, que daba compasión verle, dijo tristemente, meneando la cabeza, exclamó:

-¡Después de treinta años de profesión todavía no me había ocurrido cosa semejante!

Todos conteníamos la respiración.

Le temblaban las manos de ira, y la arruga recta que tiene en la frente se le profundizó de tal manera, que parecía una gran herida. Daba pena verlo.

¡Pobre maestro! Todos nos compadecimos de él.

Derossi se levantó y dijo:

-¡No sufra usted, señor maestro, no se aflija! Nosotros le queremos mucho.

Entonces se tranquilizó algo después dijo:

-Hijos prosigamos a la lección.


domingo, noviembre 04, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)




Enero

Una visita agradable

Jueves, 12



Hoy ha sido uno de los jueves más gratos del año para mí. A las dos en punto han llegado a casa Deroso y Coreta, en compañía de Nelle, el jorobadito. A Precusa no le ha dejado venir su padre.

Deroso y Coreta apenas podían contener la risa contándome que por la calle habían visto a Crosi, el hijo de la verdulera -el del brazo inmóvil y pelirrojo- que llevaba a vender una col fenomenal y grandisima, la mar de contento porque con lo que le dieran pensaba comprarse una pluma y alguna otra cosita, y, además, estaba muy contento porque habían recibido carta de su padre, que se encuentra en América, diciéndoles que le esperasen de un día para otro.

¡Qué dos horas más felices hemos pasado juntos! Deroso y Coreta son los dos más alegres de la clase; mi padre estaba contento al verles en mi compañía. Coreta llevaba su inseparable jersey marrón oscuro y su gorra de piel. Es un diablillo que siempre quisiera estar haciendo algo; trajinar, no estar ocioso.

. Por la mañana, temprano, ya se había cargado en las espaldas media carretada de leña; sobre su espalda, y, sin embargo, no paró un instante, recorriendo toda la casa y hablando sin cesar, observándolo todo, con la listeza y viveza de una ardilla. Al pasar por la cocina preguntó a la cocinera cuánto le costaban diez kilos de leña, cosa que su padre vendía por cuarenta y cinco céntimos. Siempre está hablando de su padre, de cuando sirvió en el regimiento 49 y tomó parte en la batalla de Custoza, a las órdenes en la que se encontró, en la división del príncipe Humberto. Es un chico de modales más finos de lo que cabría esperar de él. Aunque ha nacido y se ha criado entre los leños, según mi padre, tiene distinción en la sangre.en el corazón, como dice mi padre:

Deroso nos ha divertido mucho; sabe la Geografía como un maestro. Cerrando los ojos decía:

«Estoy viendo toda la Italia, los Apeninos, que recorren la Península hasta el mar Jónico, los ríos que van de un lado para otro, fertilizando la tierra por donde pasan; las blancas ciudades, los golfos, los azules lagos, las verdes islas», y, al mismo tiempo, iba diciendo los correspondientes nombres, por su orden y con gran rapidez, como si hubiese estado leyéndolos en el mapa. Estábamos admirados de oírle y verle tan gallardo, con sus rubios rizos, los ojos cerrados, vestido de azul, con botones dorados, tan esbelto y bien proporcionado como una estatua...

En una hora se había aprendido de memoria casi tres páginas que deberá recitar pasado mañana en los funerales de Víctor Manuel. Nelle también le miraba con admiración y cariño, sonriéndose con sus ojos claros y melancólicos.

Me ha gustado muchisimo la visita, que me ha dejado gratas impresiones, como chispazos, en la mente y en el corazón y en la memoriua. También me ha satisfecho ver al pobrecito Nelle entre los otros dos, altos y robustos, cuando se han ido, haciéndole reír como hasta ahora nunca lo había hecho.

Al volver a entrar en nuestro comedor, me he dado cuenta de que no se hallaba en el sitio acostumbrado el cuadro que representa a Rigoleto, el bufón jorobado. Lo había quitado mi padre para evitar que lo viese Nelle.




Enero

Los funerales por Víctor Manuel

Martes, 17



Hoy tarde, a las dos, apenas habíamos entrado en la escuela, llamó el maestro a Deroso, que se puso junto a la mesa, en frente a nosotros, empezando a decir con acento sonoro, alzando cada vez más su clara voz y con el semblante animándose progresivamente empezó:

«Hace ahora cuatro años, tal día como hoy y a la misma hora, llegaba delante del Panteon, en Roma, el carro fúnebre con el cadáver de Víctor Manuel II, primer rey de Italia, muerto después de veintinueve años de reinado, durante los cuales la gran patria italiana, despedazado fragmentada en siete Estados, oprimida por extranjeros y tiranos, quedó constituida en uno su unidad, independiente y libre, tras veintinueve años de reinado que él había ilustrado y dignificado con su valor, con su lealtad, con su sangre fría en los peligros, con la prudencia en los triunfos y la constancia en la adversidad.

Llegaba el carro fúnebre, cargado de coronas, tras haber recorrido toda Roma bajo una lluvia de flores, en medio del silencio de una inmensa multitud enternecida, procedente de todas partes de Italia, precedido por un numeroso grupo de generales, de ministros y de príncipes, seguido por un cortejo de inválidos y mutilados de guerra, de un bosque de banderas, de los representantes de trescientas ciudades, de todo lo que tiene significado el poderío y de la gloria de un pueblo, deteniéndose ante el augusto templo en el que le esperaba la tumba.

En este preciso momento doce coraceros sacaban el féretro del carro, y por medio de ellos daba Italia el último adiós de despedida a su rey muerto, al viejo monarca que tan enamorado de ella había estado, el último saludo a su caudillo y padre, a los veintinueve años más afortunados y fructíferos de su historia patria. ¡Fueron unos momentos grandiosos y solemnes!. La mirada, el alma de todos temblaba de emoción entre el féretro y las enlutadas banderas de los ochenta regimientos portadas por otros tantos oficiales, formados a su paso; porque estaba representada toda Italia en aquellas ochenta oficiales de italia, que recordaban el paso los millares de muertos, los torrentes de sangre, nuestras glorias más sagradas, nuestros mayores sacrificios, nuestros más tremendos dolores.

Pasó el féretro llevado por coraceros, y ante él se inclinaron a un mismo tiempo todas las banderas de los nuevos regimientos, en señal de saludo, tanto las nuevas como las viejas rotas en Goito, Pastrengo, Santa Lucía, Novara, Crimera, Palestro, San Martin y Casteifidardo; cayeron ochenta velos negros; cien medallas chocaron contra el armon, y aquel estrépito sonoro y confuso que hizo estremecerse a todos fue como el eco de cien voces humanas que decían a un tiempo:

«¡Adiós, buen rey, valiente monarca, magnífico leal soberano! Tú vivirás en el corazón de tu pueblo mientras alumbre el sol de Italia.»

Después se volvieron a erguir las banderas, con el asta hacia el cielo, y el rey Víctor Manuel entró en la gloria inmortal del sepulcro».
*