miércoles, noviembre 21, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)


Febrero

El tren

Viernes, 10


Ayer vinieron a casa Precusa y Garrón. Yo creo que no se les habría recibido con mayor alborozo y atenciones de jovialidad, si hubiesen sido hijos de príncipes. Garrón, porque era la primera vez que venía, porque es bastante huraño y se avergüenza un tanto de ser compañero nuestro de clase por ser grande y todavía cursa el tercer año siendo tan grande. Todos los de casa salimos a abrirles la puerta en cuanto llamaron.

Croso no vino, porque al fin ha llegado su padre de América, después de seis años de ausencia. Mi madre besó inmediatamente a Precosa, y mi padre le presentó a Garrón. diciéndole:

-Aquí tienes a este compañero de tu hijo, que no es solamente un buen muchacho, sino todo un gentilhombre.

Garrón bajó su rapada cabeza, sonriéndose a escondidas conmigo. Precusa llevaba su medalla, y estaba contento porque su padre ha reanudado el trabajo y hace cinco días que no prueba la bebida, quiere que esté con él en la herrería, y parece otro.

Yo saqué todos mis juguetes y empezamos a entretenernos. Precusa quedó encantado ante el trenecito que anda cuando se le da cuerda; nunca lo había visto, y devoraba con la vista la maquinita y los vagoncitos rojos y amarillos. Le entregué la llave para que se divirtiera a sus anchas; se arrodilló y ya no volvió a levantar la cabeza.

Nunca le había visto tan contento. A cada instante nos decía:

-Perdonad, perdonad.

Y nos apartaba las manos si intentábamos detener la máquina; luego cogía y ponía los vagoncitos con mucho cuidado, como si fueran de frágil vidrio. Temía estropearlos hasta con el aliento, y los limpiaba mirándolos por arriba y por abajo, sin dejar de sonreír con satisfacción.

Todos nosotros estábamos de pie, sin cesar de mirar con la mayor complacencia aquel cuello tan delgadito, las torturadas orejas que yo había visto sangrar cierto día, aquel chaquetón con las bocamangas vueltas, por donde salían los dos bracitos de enfermo que tantas veces se habían levantado para defender la cara de los golpes.

¡Oh! En aquel momento le habría regalado todos mis juguetes y todos mis libros, me habría quitado de la boca el último pedazo de pan para dárselo, me habría despojado de mi ropa para vestirlo y me habría arrodillado para besarle las manos. «Por lo menos he de entregarle el trenecillo», pensé entre mí; pero tendría que pedir la debida autorización a mi padre. Entonces noté que me ponían un papelito en una mano; lo había escrito mi padre con lápiz y en él decía: «A Precosa le gusta tu tren. El no tiene juguetes. ¿No te dice nada el corazón?» Al instante cogí con ambas manos la máquina y los vagoncillos, y se lo puse todo en sus brazos, diciéndole:

-Tómalo, es tuyo.

El se quedó mirándome sin comprender.

-Es tuyo -le repetí-; te lo regalo.

Precusa miró a mi padre y a mi madre, la mar de aturdido, y les preguntó:

-Pero, ¿por qué?

Mi padre le respondió:

-Te lo regala Enrique porque es amigo tuyo, porque te aprecia... y para celebrar que te hayan concedido la medalla.

El chico preguntó con timidez:

-¿Podré llevármelo... a mi casa?

-¡Pues claro! -le dijimos todos.

Ya estaba en la puerta y aún no se atrevía a marcharse. ¡Se sentía muy feliz! Pedía disculpa y su boca temblaba y reía al mismo tiempo. Garrón le ayudó a envolver el trenecillo en el pañuelo, y al inclinarse, se notó el ruido que producían los trozos de pan al chocar entre sí en su bolsillo.

-Un día -me dijo Precusa- tienes que ir a la herrería para ver cómo trabaja mi padre. Te daré unos clavos.

Mi madre puso un ramillete en el ojal de la chaqueta de Garrón para que se lo entregase a su madre.

-Gracias -le contestó, sin levantar la barbilla del pecho, pero brillándole en los ojos su alma noble y llena de bondad.

Febrero

Soberbia

Sábado, 11
*

¡Y decir que Carlos Nobis se limpia con afectación la manga cuando le toca Precusa al pasar! Es la encarnación personificada de la soberbia, y todo porque su padre es un ricachón.

¡También es rico el padre de Deroso! Carlos desearía tener un banco para él solo; teme que todos lo ensucien, mira a todos los compañeros por encima del hombro y siempre tiene a flor de labios una sonrisa de desdén.

¡Ay si se le pisa un pie cuando salimos en fila de dos! Por nada lanza al rostro una palabra injuriosa o amenaza con hacer venir a su padre a la escuela. ¡Y cuidado que su padre le regañó cuando trató de andrajoso al hijo del carbonero! Nunca he visto semejante altanería. Cuando nadie le habla ni se despide de él a la salida, ni hay quien le apunte lo más mínimo cuando no se sabe la lección. El no se interesa por nadie, y finge despreciar a todos, en especial a Deroso, por ser el primero, y luego a Garrón porque todos le quieren bien; Pero Deroso ni siquiera repara en mirarlo, y en cuanto a Garrón, cuando le refieren que Nobis hablaba mal de él, responde:

-Tiene una soberbia tan estúpida, que no importa un higo ese orgulloso tonto. A decir verdad ni merece que le toque, ni siquiera con el castigo de mis coscorrones.

El mismo Coreta, un día sin embargo, un dia que Nobis se burlaba de su gorra de piel de gato, llegó a decirle:

-Vete con Deroso, para aprender un poco a ser caballero y tener educación.

Ayer fue a lamentarse al maestro porque el calabrés le había tocado una pierna con el pie. El maestro preguntó al calabrés:

-¿Lo has hecho adrede?,

-Que no, No señor- al responderle con toda franqueza

-Eres demasiado quisquilloso, Nobis. –dijo al maestro y Nobis, con su aire acostumbrado de mimado, contestó:

-¡Se lo diré a mi padre!.

El maestro se encolerizó entonces y repuso:

-Tu padre no te hará caso, como ha ocurrido otras veces. Además, en la escuela es el maestro quien únicamente juzga y sanciona -luego añadió con dulzura-:

Vamos, Nobis, cambia de modales, sé bueno y cortés con tus compañeros. Mira aquí hay hijos de trabajadores y de señores, de ricos y de pobres; todos se aprecian bien y se tratan como hermanos... como lo son. ¿Por qué no haces tú lo mismo que los demás? ¡Qué poco te costaría hacerte querer por todos y encontrarte más contento en este ambiente!... ¿Qué? ¿No tienes nada que contestarme?

Nobis, que había escuchado las reflexiones del profesor con su acostumbrada semblante de sonrisa despreciativa, le respondió fríamente:

-No, señor.

-Siéntate -le dijo el maestro-; te compadezco. Eres un chico sin corazón.

Todo parecía haber terminado; pero el albañilito, que está en el primer banco, volviendo su cara redonda hacia Nobis, que se sienta en el último, le hizo la acostumbrada mueca, poniéndole hocico de liebre, con tanta exactitud y gracia, que en toda la clase estalló una sonora risotada.

El maestro le regañó, pero tuvo que remedio; taparse la boca para ocultar su risa con la mano. Nobis también se rió, si bien su risa no pasaba de los dientes.



Febrero

Los heridos del trabajo


Lunes, 13



Nobis puede hacer pareja con Franti: ni uno ni otro se conmovieron esta mañana ante lo que pasó delante de nuestras narices.

Fuera ya de la escuela, estaba yo con mi padre mirando a unos pilluelos de la sección segunda que se arrodillaban para restregar el hielo con las carpetas y las gorras y poder resbalar mejor, cuando vemos venir por medio de la calle una multitud de gente con paso precipitado, serios, espantados, hablando en voz baja.

En medio venían tres guardias municipales, y detrás de éstos dos hombres que llevaban una camilla. De todas partes acudieron los muchachos. La muchedumbre avanzaba hacia nosotros. Sobre la camilla venía tendido un hombre, blanco como un muerto, con la cabeza caída sobre un hombro, el pelo enmarañado y lleno de sangre, que también le salía de la boca y de los oídos. Al lado de la camilla venía una mujer con un niño en brazos; parecía loca; a cada paso gritaba:

-¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Está muerto!

Seguía a la muchedumbre un muchacho con su cartera bajo el brazo y sollozando.

-¿Qué ha pasado? -preguntó mi padre.

Alguien contestó que era un pobre albañil que se había caído de un cuarto piso donde estaba trabajando. Los que llevaban la camilla se detuvieron un instante. Muchos volvieron la cabeza horrorizados. Vi que la maestrita de la pluma roja sostenía a mi maestra de clase superior, casi desmayada. Al mismo tiempo sentí que me tocaban en el codo: era el pobre albañilito, pálido y tembloroso de pies a cabeza. Pensaba seguramente en su padre; también yo pensé en él. Por mi parte, tengo al menos el ánimo tranquilo cuando estoy en la escuela, porque sé que mi padre está en casa, sentado a su mesa, lejos de todo peligro; pero ¡cuántos de mis compañeros pensarán que sus padres trabajan sobre un alto puente o cerca de las ruedas de una máquina y que sólo un gesto o un paso en falso les puede costar la vida! Son como otros tantos hijos de soldados que tienen a sus padres en la guerra.

El albañilito miraba y remiraba temblando cada vez más, y, al advertirlo mi padre, le dijo:

-Vete a casa, muchacho, vete a escape con tu padre, a quien encontrarás sano y tranquilo; anda.

El hijo del albañil se marchó, volviendo la cara hacia atrás a cada paso que daba. Entretanto la multitud se puso en movimiento, y la pobre mujer destrozaba el corazón gritando:

-¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Está muerto!

-No, no está muerto -le decían todos.

Ella no hacía caso y se arrancaba los cabellos. Oigo en esto una voz indignada que dice:

-¡Te ríes!

Era un hombre con barba que miraba cara a cara a Franti, el cual seguía sonriendo. El hombre, entonces, de un cachetazo le arrojó la gorra al suelo, diciendo:

-¡Descúbrete, mal nacido! ¡Pasa un herido del trabajo!

Toda la multitud había pasado ya, y se veía en la calle un largo reguero de sangre.


Febrero

El preso

Viernes, 17



¡Ah! He aquí seguramente el suceso quizá más extraño de todo el año.

En la mañana de ayer me llevó mi padre a los alrededores de Moncalieri para ver una casa que quería tomar en renta durante el próximo verano, porque este año no vamos a Chieri. Se encontró que tenía las llaves de la finca era un maestro, que, aparte de su labor escolar, hace a la vez de administrador de los bienes del dueño. Nos hizo ver la casa y luego nos acompañó a su habitación, donde nos obsequió con unas copas y bebieron.

Sobre la mesa escritorio había un tintero de madera, de forma cónica, tallado de forma singular. Viendo que mi padre lo miraba, le dijo el maestro:

-Aquel tintero lo tengo en mucha estima para mí. ¡Si usted supiese su historia... ! -Y nos la contó:

-Hace algunos años, siendo yo maestro en Turín, fui a dar clase todo un invierno a los presos de la cárcel. Explicaba las lecciones en la capilla del establecimiento penitenciario, un edificio redonda, de pare des altas y desnudas con muchas ventanitas cuadradas, cerradas por dos barras de hierro cruzadas, cada una de las cuales daba al interior de una reducida celda de hierro en cruz. Explicaba las lecciones paseando por la fría y oscura capilla, estando los escolares asomados por sus correspondientes agujeros, con sus cuadernos apoyados en los hierros, sin que se les viera más que los rostros entre sombras, unas caras escuálidas y ceñudas, con barbas enmarañadas y grises, con ojos fijos de homicidas y ladrones.

Entre todos, en el número 78, había uno que prestaba mayor atención, estudiaba mucho y me miraba con muestras de respeto y hasta de gratitud. Era un joven de barba negra, más desgraciado que criminal, un ebanista que, en un empetu momento de arrebato, había dado con un cepillo a su patrón, que desde algún tiempo le perseguía de mil maneras, dejándole mortalmente herido, por lo cual le habían condenado a varios años de reclusión.

En tres meses aprendió a leer y escribir, y no cesaba de leer; cuanto más aprendía tanto más parecía que se hacía mejor y se arrepentía de su delito. Un día, al terminar la clase, me hizo señas para que me acercase a su ventanita, anunciándole y me dijo con tristeza que al día siguiente lo sacarían de Turín para llevarlo a Venecia a terminar de cumplir su reclusión. Después de darme el adiós de despedida me suplicó con acento sumiso y conmovido que le dejase tocar mi mano. El maestro se la alarguó y él me la besó.

“¡Gracias!¡Gracias!” Le dijo y desapareció. Cuando retiró su mano comprobé que estaba cubierta de lágrimas. Desde entonces lo perdí de vista. Pasaron seis años. Lo que menos pensaba yo era en aquel desventurado, cuando ayer por la mañana veo que se presenta en mi casa un desconocido, con gran barba negra, un poco entrecana y pobremente vestido.

-“¿Es usted señor -me dijo- el maestro fulano de tal? que daba clase en la cárcel de Turín?

-El mismo. Pero, ¿Quién es usted? -le pregunté.

-“Yo soy -me dijo-el preso del número 78. Usted me enseñó a leer y escribir hace ahora seis años. Si se recuerda, en la última lección me dio usted su mano; ahora, que he cumplido la condena, vengo a verle... para suplicarle y le ruego que haga el favor de aceptar un recuerdo mío, una baratija que he hecho en la cárcel.

¿Quiere aceptarla como recuerdo mío, señor maestro?

Me quedé atónico, sin decir una palabra. El creyó que no quería aceptar el regalo, y me miró como queriendo decirme:

«¡Seis años de sufrimiento no han bastado, pues, para purificar mis manos!»

«Fue tal y tan viva la expresión de dolor de su mirada, que tendí la mano y tomé inmediatamente lo que me traía Helo aquí»

Examinamos atentamente el tintero; parecía haber sido trabajado con la punta de un clavo, a fuerza revelando grandísima paciencia. Tenía esculpida una pluma atravesando un cuaderno y aparecía escrito a su alrededor:

«A mi maestro. - Recuerdo del número 78. - «¡Seis años!» Y por debajo, en pequeños caracteres: «Estudio y esperanza»... El maestro no dijo nada más y nos marchamos.»

El maestro no dijo más; nos fuimos. En todo el trayecto, desde Moncalieri hasta Turín, yo no podía quitarme de la cabeza aquel preso asomado a la ventanita, aque «¡adiós!» al maestro, de despedida, el tintero labrado en la cárcel, que tantas cosas revelaba. Por la noche soñé con él y esta mañana todavía pensaba que lo tenía delante... iBien lejos estaba de imaginar la sorpresa que me esperaba en la escuela! Entretanto apenas me había colocado en mi nuevo banco, junto a Deroso, después de copiar el problema de aritmética para el examen mensual, referí a mi compañero toda la historia del preso y del tintero, refiriéndole cómo estaba hecho, con la pluma atravesando sobre el cuaderno y la inscripción grabada a su alrededor: «¡Seis años!» Deroso se sobresaltó ante semejantes palabras;comenzó a mirar tan pronto a mí como a Croso, el hijo de la verdulera, que estaba en el banco de adelante, dándonos la espalda, enteramente absorto en su problema.

-¡Silencio! -me dijo en voz baja, cogiéndome un brazo-. ¿No sabes? Croso me dijo anteayer que había visto por casualidad un tintero de madera en las manos de su padre, recién llegado de América:

Un tintero cónico, hecho a mano, con un cuaderno y una pluma. ¡Es el mismo del que me has hablado! «¡Seis años!»… El decía que su padre estaba en América, pero lo cierto es que se hallaba en la cárcel. Croso era muy pequeño cuando se cometió el delito; no lo recuerda. Su madre le ha venido engañando, y él no sabe nada. ¡Pero que no se te escape ni una sola palabra de esto!

Me quedé sin poder articular palabra, mirando fijamente a Croso. Deroso entonces resolvió el problema y se lo pasó a Croso por debajo del banco. Le dió una hoja de papel, le quitó de las manos El enfermero del chacho, cuento mensual que el maestro le había dado a copiar, para escribirlo él; le regaló plumas, le dio unos golpecitos cariñosos en la espalda, me hizo prometer bajo palabra de honor que no diría nada a nadie y, cuando estuvimos fuera de clase, me dijo precipitadamente:

-Ayer vino su padre por él; seguramente habrá venido hoy a esperarlo; tú haz lo que haga yo.

Al salir a la calle, vimos que, efectivamente, estaba el padre de Croso en lugar algo separado. Era un hombre de barba negra, más bien con algunas canas, malemente vestido, de semblante pálido y pensativo. Deroso estrechó la mano de Croso, para que le viese, y le dijo en voz alta:

-Hasta mañana, Croso -y le pasó la mano por debajo de la barbilla. Yo hice lo mismo. Pero Deroso, al hacer aquello, se puso rojo como una amapola, y yo también. El padre de Croso nos miró atentamente, con ojos de benevolencia, pero en ellos se traslucía una expresión de inquietud y de sospecha, que nos heló el corazón.
*

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