sábado, junio 16, 2007

Fernando Ampuero (Voces)

Recordé con exactitud que ella era la mujer de la que Juan Ramón me estaba hablando porque desde un principio había reparado en ciertos detalles: el traje sastre, las anticuadas gafas de carey, el moño cuidadosamente peinado.

–Tú tienes que haberla visto, Fernando. Fue hace una semana, el martes pasado.

–Sí, claro – repuse con total seguridad –. A eso de las siete, se estaba haciendo de noche. Por lo menos estuve viéndola unos diez minutos –y no me costó nada rememorarla, como si la tuviera de nuevo enfrente de mí.

Era una mujer bajita, pálida y, mirándola bien, bastante delicada, aunque ella parecía empeñarse en reflejar todo lo contrario. Lucía una expresión severa, casi hombruna. ¿Qué edad tendría? Yo le calculé treinta y uno, a lo sumo treinta y dos, pero luego Juan Ramón me dijo que veintisiete clavados. Era ella, no cabía duda, y además estaba con el chico, un niño de unos ocho años. Ella, el niño, yo, y tres individuos más, a quienes desconocía, aguardábamos entonces en la salita de espera del consultorio de Juan Ramón, un sitio fresco, bien ventilado, con vistosas macetas y sillones confortables en el piso doce de un moderno edificio de Miraflores.

Juan Ramón es otorrino, pero antes que nada es un viejo amigo. Esta amistad me permitió fingir una dolencia grave y saltarme el turno. Me recibió en seguida. Luego, unos veinte minutos después, atendería a la mujer del traje sastre.

– Alguna gente tiene memoria para las imágenes – reflexioné –. Otra, para las situaciones. A mí los recuerdos se me vienen con todo: imágenes, situaciones, incluso sonidos, como en las películas. Y respecto a este asunto, lo que de hecho tengo más presente es la relación de la madre con el chico... Ella tenía una actitud vigilante, pues el niño de cuando en cuando perdía la paciencia. ¡El pobre estaba con una cara de aburrimiento! – y eso también lo tengo frente a mis ojos. Lo estoy viendo.

El niño corretea de un lado a otro de la salita, lo cual suscita llamadas de atención de parte de ella, o bien permanece quieto, silencioso, absorto, con las manos pegadas al vidrio de una ventana contemplando la noche salpicada de lucecitas titilantes.

– Pero lo curioso, Fernando, es que ese mismo día yo te estuve hablando sobre casos extraños que se nos presentan a los otorrinos, ¿recuerdas?
Cómo no lo iba a recordar. Yo había ido a consultarlo ese día para hacerme ver los oídos, y en algún momento temí que lo mío también pudiera clasificarse de extraño.

Juan Ramón fue directo al grano tan pronto me recibió.
– ¿Qué tienes, Fernando?

– Nada grave, espero – dije con la inquietud propia de todo inerme mortal que acude al médico –. Pero digamos que cuando en la casa el televisor está encendido, el mundo puede venirse abajo y yo ni cuenta me doy.
Abrigaba la esperanza de que todo se redujera a un taco de cerumen, como me había vaticinado un compañero del diario.

– ¿Estás sordo o sordito? – preguntó sonriendo.

– Una pizca más que sordito.

– Bueno, hermano, deja que te examine – y con una linternilla y un monitor de videotoscopía comenzó a revisarme.
Medio minuto después, concluyó:

– Lo que tienes es oído de nadador, Fernando. Pero tranquilo, tranquilo, no te preocupes. Se trata de algo bastante común.
Si su diagnóstico requería de una semejanza, yo habría preferido, por cuestión de formas, que me dijera algo más acorde con lo que sentía.

– Mejor cambia de metáfora – repliqué entonces –. Yo me siento más con oído de picapedrero, o de obrero de fundición, o de como se llame el trabajo de esos pobres tipos con orejeras de los aeropuertos que van delante de los aviones aturdidos por el fragor de las turbinas.

– ¿Qué quieres decir?
– Pienso que, más que no oír, ocurre que confundo ruidos. Por ejemplo, suena una bocina en la calle y yo le respondo a mi mujer, que se encuentra en otra habitación: "Ya voy, mi amor, espérame un segundo". Es un poco ridículo, lo sé. Patricia se me acerca a cada rato a preguntarme: "¿Con quién estás hablando?".
Juan Ramón se echó a reír:

– Asegúrale que solamente estás un poco sordo, no loco – dijo. Y de pronto, volviendo a su tono profesional, añadió –: Y en cuanto a lo que dices, respecto a la metáfora, estás en un error. Yo no he recurrido a una metáfora. Sencillamente he descrito el estado de tu oído, que es el mismo de muchas personas aficionadas a los deportes marinos o a las piscinas, como es tu caso. Gente que está expuesta a que le penetre agua por el oído, lo cual motiva que el cartílago crezca en tamaño y se desempeñe como una suerte de muro de defensa, impidiendo el paso del agua al conducto auditivo. Es una defensa natural. Ahora bien, la consecuencia negativa de esto es que acabas oyendo menos.
Y fue en eso que, tal como dijera Juan Ramón, nuestra charla derivó a las raras anomalías de otros pacientes.

– Aunque en ese trance de confundir ruidos tomándolos por voces, algunas personas van más allá. Hay gente que puede oír parlamentos completos.

– ¿Cuántas frases?

– Dos o tres frases seguidas.

– ¡Qué extraordinario! – exclamé –. Eso ha debido ser lo que le sucedía a Ginsberg.

– ¿A Ginsberg? ¿Quién es Ginsberg?

– Un poeta... un poeta que tuve la ocasión de entrevistar en New York. Él me dijo que no era el autor de sus poemas. Dijo que apenas se consideraba a sí mismo un simple secretario, en vista de que solamente oía voces, unas voces que le dictaban versos, y que todo su trabajo consistía en copiarlos en un cuaderno. Yo interpreté aquello, naturalmente, como una lírica exaltación del hecho artístico, de la creación literaria. Pero tal vez me equivoco, ¿no?

– No lo sé – sonrió Juan Ramón –. Para darte una respuesta tendría que examinar los oídos de ese tal Ginsberg – me abstuve de informarle que eso ya no era posible, pues el poeta acababa de morir unos días atrás; pero seguí escuchándolo con creciente atención–. Pero, eso sí, da por sentado que él, Ginsberg, no ha sido más que uno de tantos escritores en esa circunstancia... ¿Qué crees que les pasaba a los desconocidos autores de la Biblia? Ellos también oían voces. Para ser más exactos, oían voces todo el tiempo, casi como si estuvieran escuchando la radio. En los relatos del Antiguo Testamento, incontables veces resuena la poderosa voz de Jehová hablándoles a los judíos desde el firmamento, sin contar la infinidad de ángeles y arcángeles con recomendaciones celestes que se les aparecen cada dos páginas –y de pronto, entusiasmado, Juan Ramón se adentró en el terreno patológico–. ¡Uy, Fernando, sobre este tema podríamos hablar horas! ¡No tienes idea! Un colega mío, que vive en Filadelfia y da charlas en universidades norteamericanas, conoce los casos más variados. Él ha conocido a gente que oye voces en determinadas horas del día, horas muy específicas; me habló cierta vez de alguien que las oía de nueve a diez de la mañana y el resto del día vivía normalmente.

– ¡Pero qué son esos patas! ¿Dementes con horario?

– Bueno, sí, es un tipo de esquizofrenia. Aunque no todos lo que sufren de esto lo saben, y por eso mismo caen en los consultorios de los otorrinos. Piensan que su mal se debe a una causa física.

– ¿Y qué hacen los otorrinos en tales casos?
– Teatro.
– ¿Qué?

– Teatro, un poco de teatro – reiteró Juan Ramón –. Mira, hermano, buena parte del modus operandi en varias profesiones depende del dominio de escena. Hay que observar al paciente con serenidad, asentir con la cabeza en tren comprensivo, sonreír a fin de infundir ánimos o sacar a relucir un par de términos especializados, lo suficientemente rebuscados y ambiguos como para no decir nada pero dando la sensación de que se está arribando a un punto esencial. Con este teatro, en suma, el médico puede ganar tiempo y hallar una salida.

Sin embargo, para ir de una buena vez a lo que aquí nos interesa, una cosa es decir lo que se suele hacer, y otra, muy distinta, demostrarlo en los hechos.

La teoría histriónica de Juan Ramón tendría la excepcional ocasión de confrontarse de inmediato con la práctica, y la verdad es que, al levantarse el telón, mi amigo trastabilló. Perdió aplomo, control emocional. Ciertamente fueron apenas unos segundos, pero eso bastó para echar por tierra su teoría. La siguiente consulta, que correspondió a la mujer del sastre y el niño, lo puso en evidencia.

–Fue una consulta singular desde el primer momento –Juan Ramón hablaba ahora en la terraza de su casa de playa, donde me había invitado a tomar una copa. Ya había pasado una semana, en la que no nos habíamos visto, y, si bien la turbadora impresión ante la experiencia que le tocó vivir estaba superada, algo anidaba en su alma, como un remanente, como la secuela de una oscura frustración –. Para empezar, el niño, que era obviamente a quien tenía que revisar (de lo contrario ella habría venido sola), no respondió a ninguno de mis cordiales gestos de bienvenida, mostrándose esquivo, como si desconfiara de las sonrisas. No debí sorprenderme ante ello. A los niños no les gustan los médicos, y a ese respecto son muy transparentes en sus sentimientos. Pero sospeché algo raro, sin llegar a determinar qué era. Luego, tropecé con la preocupación de la madre, una preocupación lógica, especialmente cuando se tiene un hijo enfermo. Pero aquello, también, me daría mala espina. Más que una preocupación, ella se sentía más bien incómoda ante la actitud de su hijo...

Juan Ramón decidió reconstruir la escena de esa consulta justamente como en un montaje teatral. O así, al menos, yo lo imaginé: la mujer y el niño, formalitos, sentados frente a su fino escritorio de caoba; él, en impecable bata blanca, haciendo anotaciones en una ficha nueva.

– No sé qué hacer con mi hijo, doctor –dijo ella –. Pero tengo la esperanza de que usted me ayudará a solucionar su problema.

– ¿Problema de garganta o de oído?

– De oído.

– ¿Qué es lo que le pasa?

– No oye bien, doctor. O mejor dicho, puede oír unas cosas y otras no las oye... Al principio, por supuesto, pensé que se conducía así por pura malcriadez. Pero ahora, no sé cómo decirlo... me parece que hay cosas que él realmente no alcanza a oír.

El niño, callado y con las manitos entrelazadas, miraba de reojo a su madre.
Juan Ramón iba a proseguir con su rutinario interrogatorio preliminar, pero se detuvo en seco. E impulsivamente se incorporó de su asiento y se aproximó al niño, a fin de cuchichearle algo al oído. Luego, le preguntó:

– ¿Has escuchado lo que te dije?

– Sí – murmuró el niño.

– ¿Qué te dije?

– Me ha dicho: "Los enanitos tienen patas rojas".
Juan Ramón le guiñó un ojo:

– Es correcto – dijo, y volviéndose un segundo hacia la madre, acotó –: No es un problema de baja audición.

El niño le parecía normal en sus reacciones al diálogo que los tres sostenían, pero a ratos lo percibía hostil y hasta atemorizado. Como si ellos lo quisieran molestar, como si no le gustara el mundo de los adultos. Sea como fuere, sabía muy bien que el único camino para formarse una opinión demandaba otras pruebas: examinarlo con el videotoscopio o hacerle una audimetría. Aquello le tomaría cierto tiempo. Se dirigió sin dilación hacia un recodo del consultorio, dispuesto a alistar su instrumental. Y mientras tanto, prosiguió distraídamente su interrogatorio, desgranando preguntas, acopiando toda suerte de datos sobre su joven paciente.

La mujer, muy aplicada, daba las respuestas. El niño no sufría enfermedades crónicas, nunca había padecido de otitis, no oía música en walkman, no utilizaba Q-tips en su aseo personal, no registraba antecedentes familiares de sordera. Sebastián, a cada respuesta, iba descartando posibles causales. Hasta que, en una de esas, la mujer soltó algo que no venía al caso. Afirmó que el padre del niño, del cual estaba divorciada y al que no veía hace dos años, tenía pie plano, y que esa desagradable malformación la había heredado su hijo.

Sebastián paró la oreja, como si ese comentario estuviera repleto de secretos, y advirtió que el niño se miraba los pies. Luego, concentrándose otra vez, o simulando que se concentraba en la conexión del cable de su linternilla, sufrió un leve acceso de tos.

– Hay una pregunta que no le he hecho – dijo entonces, lentamente. – ¿Puede decirme qué es lo que su hijo oye y qué es lo que no oye?
La mujer levantó la barbilla para responder:

– Lo que oye no tiene importancia, doctor. Escucha perfectamente la televisión, los ruidos de la calle, y a usted o a mí cuando le hablamos. Me inquieta más bien lo que no oye. Nunca obedece lo que le dice mi madre, ni tampoco lo que le dice mi padre –y dirigiéndose al niño –: ¿Es cierto lo que digo o no?

– Sí – dijo el niño, enfurruñado.

– ¿Y por qué no lo haces? – insistió la mujer.

– Porque no los oigo – dijo el niño.

– Ya ve, doctor. Dice que no los oye.
Juan Ramón se vio obligado a intervenir:

– ¿Por qué no oyes a tus abuelos? – indagó –. ¿Acaso hablan muy bajito?

– No lo sé –dijo el niño.

– ¿No te llevas bien con ellos?

– No lo sé – repitió –. No los oigo.
La mujer meneó enérgicamente la cabeza, como dando a entender que todo lo que le ocurría a su hijo la estaba poniendo muy nerviosa.
Procurando calmarla, Juan Ramón se volvió esta vez hacia ella:

– ¿Y usted vive hace mucho con sus padres? – preguntó.

– Sí, desde que me divorcié – dijo ella –. Una vez que me divorcié, regresé a la casa de mis padres. Eso habrá sido tres meses antes del accidente.

– ¿De qué accidente?

– Del accidente de mis padres – la mujer hablaba ahora más tranquila. Su hijo, que ya no se miraba los pies, había puesto una de sus manitos sobre el regazo materno –. Mis padres fallecieron en ese accidente horrible, el del avión que cayó al mar, hace un año.

Juan Ramón la observó en silencio, presa de un ligero temblor, como si una ventana se hubiera abierto de pronto dejando entrar un viento helado.

– Pero yo hablo con ellos todos los días, doctor – prosiguió ella –. A la hora del desayuno, antes de salir a trabajar, y también en las noches, antes de irnos a dormir. En casa todos vemos juntos la televisión, y charlamos animadamente largo rato. Mis padres son muy conversadores. ¡Pero este chico ni caso les hace!

Fernando Ampuero 2005

Fernando Ampuero concedió en exclusiva a The Barcelona Review su relato "Voces", como un adelanto de su libro, Mujeres difíciles, hombres benditos, que la editorial Alfaguara publicará en julio de 2005.


Agradeciemientos a la Web, Web

Mujeres y cuentistas!!

“Hay que confiar en nuestro trabajo, que es hacer que el mundo desencantado pueda volver a ser encantado”, afirmó Mary Louise Pratt, ensayista y profesora canadiense miembro del Jurado del Premio Extraordinario de ensayo sobre estudios de la Mujer Casa de las Américas. En la tarde del martes 27 de enero las cinco mujeres jurados abrieron los conversatorios en la sala Manuel Galich.

Luz Elena Gutiérrez de Velasco (México), coordinadora del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer del Colegio de México, contó sus experiencias en dicho centro, mientras que Lea Fletcher, ensayista y profesora estadunidense residente en Argentina, habló del papel de SUDESTADA – Asociación de escritoras de Buenos Aires– y de la revista y editorial que dirige: Feminaria, fundada en 1988 y de un amplio prestigio internacional en el campo de los estudios de género.

Fletcher anunció que el próximo número de Feminaria estará dedicada al tema de la mujer en Cuba y se refirió a la necesidad de propiciar un conocimiento entre las féminas, “incomunicadas y aisladas” por muchas razones.

La ensayista y profesora chilena Kemy Oyarzún –quien dirige la revista feminista Nomadías y la maestría en Estudios de Género y Cultura de la Universidad de Chile– habló de las experiencias resultadas de los seminarios mixtos que imparten en dicho centro con el concurso de un grupo de investigadores de varias disciplinas.

Al tomar la palabra Mary Louise Pratt se refirió a los logros y retos en los estudios de género, “cuyo propósito no es solo hacerle justicia a la mujer reconociéndole su espacio, sino entender cómo funcionan las sociedades.”

La profesora canadiense, Doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Stanford (Estados Unidos), hizo un recorrido por la historia de los estudios de género y las nuevas teorizaciones en torno al tema. “Los movimientos internacionales de mujeres han sido modelos de las luchas por la justicia incluyendo de la actual antiglobalización”, afirmó Pratt quien recalcó el trabajo colectivo que caracteriza a las investigaciones en torno a la mujer.

Por su parte María del Camen Barcia (Cuba) -ganadora del Premio Casa 2003 en la categoría de ensayo histórico-social y quien fungía como moderadora de la mesa– expresó su preocupación por la aplicación directa de teorías que surgen en lugares con otras realidades. “Nuestro trabajo no es teorizar, no es para quedar en el plano teórico o narrativo sino para propiciar cambios y soluciones a problemas”, afirmó la ensayista, investigadora y profesora.

Una vez concluido este conversatorio fue presentado –por la investigadora cubana Maggie Mateo– el primer número de este año de La Gaceta de Cuba, concebido como homenaje a la mujer en la vida cultural cubana. Entonces se recordó que la primera revista femenina en lengua española apareció precisamente en Cuba en fecha tan temprana como 1811.

Los jurados del género de cuento definieron –algunos de manera más práctica otros teóricamente, pero siempre contando– sus ideas sobre lo que es el cuento y cómo se concibe.



Luis Aceituno (Guatemala) narró, de manera jocosa, su entrada en la literatura y afirmó “No hay verdadera escritura sin fascinación, sin obsesión”, “La literatura es un riesgo, ¡y un riesgo cabrón!”. Por su parte José Alcántara, narrador, ensayista y sociólogo dominicano, describió el cuento como “un chispazo que deslumbra” y leyó uno suyo: «El Zurdo», contenido en el libro La carne estremecida.

El narrador, poeta, dramaturgo y periodista peruano Fernando Ampuero afirmó que describir cómo contar un cuento es ir al corazón del escritor. “Me interesan los cuentos sencillos, sin ornamentos, que atacan desde la primera línea”, declaró. Luego de contar su acercamiento a la literatura y una hermosa vivencia en Hungría, Ampuero dijo: “Todo relato debe entregar una verdad poética, eso es fundamental en el cuento”.

María Laura Restrepo, reconocida narradora y ensayista colombiana dio lectura al prólogo de su libro Historia de un entusiasmo, originalmente titulado Historia de una traición. Ese texto fue escrito “compulsivamente” en 1984 en el Hotel Habana Riviera, luego del trágico final del primer intento para lograr un acuerdo entre el Gobierno y la guerrilla colombiana y en el cual la escritora tomaba parte como miembro de la Comisión negociadora.

Restrepo recordó ese triste momento de la historia colombiana donde las esperanzas de alcanzar la paz se vieron sangrientamente truncadas y expresó su entusiasmo actual, y el de su pueblo, por el hecho de que la Alcaldía de Bogotá está en manos del líder izquierdista Luis Eduardo (Lucho) Garzón. La escritora colombiana –premios Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1997), y Prix France Culture (Francia, 1998) por su novela Dulce compañía (1995)– es actualmente directora de cultura del distrito de Bogotá.

Hoy en la tarde concluyen los conversatorios con el de los jurados de Literatura brasileña. João Almino, Walter Galvani y Beatriz Jaguaribe hablarán sobre el Pensamiento y literatura en el Brasil de hoy, y dos horas después –a la cinco de la tarde– tendrá lugar la presentación de los libros ganadores del Premio Casa 2003, uno de los platos fuertes dentro del programa del certamen.

Enlaces Relacionados
· PEM - Casa de las Américas
· Más Acerca de Estudios de la Mujer
· Noticias de editor

Agradecimientos a la Web


Jurados del Premio Casa comienzan su trabajo de poda

La Habana, 20 ene (PL) Retirados del mundanal ruido, en la central provincia de Cienfuegos, los jurados del Premio Casa de las Américas 2004 se entregan de lleno a un trabajo de poda que les despeje el camino hacia las obras con mérito para erigirse ganadoras.

Es una labor de arduo desbroce, si se tiene en cuenta que deben remontar verdaderos bosques de páginas impresas: 526 textos de 24 naciones en los apartados de poesía, cuento, literatura brasileña. literatura caribeña de expresión francesa o créole y estudios sobre la mujer, que merecerá un lauro aparte.

De ese total, 240 volúmenes corresponden a poesía, lo cual contradice la tesis de que es un género en crisis; 165 a cuento, 82 a literatura brasileña, 15 a literatura caribeña y 23 a las investigaciones o ensayos sobre el tema de la mujer.

Argentina, un país de larga tradición literaria, encabeza la lista de participantes con 161 volúmenes, seguida de Cuba con 96, Brasil con 82, Perú con 29, Chile con 28 y México con 21. Esas son las cifras más relevantes.

Un grupo de personalidades relacionadas con el mundo de la literatura, bien como escritores o especialistas habituados a escrutarla, tienen a su cargo la tarea de leer a un ritmo trepidante y mantener indemne el juicio crítico.

Entre ellos se destacan la narradora colombiana Laura Restrepo, la poeta argentina Diana Bellesi y el peruano Aeruro Corcuera, el ensayista hatino Maximilien Laroche y el poeta y narrador guadalupeño Ernest Pepin.

Pero como los jurados no quieren, por deseo expreso, encerrarse en un metafórico castillo para devorar, como émulos de Pantagruel, toneladas de páginas, reclamaron su derecho de palpar de cerca la realidad cubana.

A tono con esa voluntad, Casa les preparó un programa de visitas a lugares de interés social, cultural e histórico, encuentros con escritores cubanos, conciertos. En reciprocidad, ellos ofrecerán mesas redondas y conferencias sobre temas como el Caribe en la hora actual, Pensamiento y literatura en el Brasil de hoy.

Un taller que ha despertado mucho interés es el titulado Cómo se cuenta un cuento, a cargo de narradores como la colombiana Laura Restrepo y el peruano Fernando Ampuero, entre otros.

Casa festeja por todo lo alto el XLV aniversario de un concurso que ha llegado a sus cuatro décadas y media de vida sin perder su dinamismo ni capacidad de renovarse.

También mantiene invicta la divisa bajo la cual fue creado: servir de puente para que cualquier escritor, residente lo mismo en una gran capital que en un pueblo remoto del continente, pueda llegar a entablar un diálogo palpitante con los lectores.

Enlaces Relacionados
· CIL - Casa de las Américas
· Más Acerca de Literatura
· Noticias de editor

martes, mayo 29, 2007

Fernando Ampuero (LibrosI)

Cuentos escogidos (Cuento)
Ampuero, Fernando

PRECIO: S/. 66.00 Editorial Alfaguara
ISBN
Edición Lima
Páginas
Formato

Sinopsis 19 títulos componen esta selección de cuentos que nos permite conocer la obra narrativa de Ampuero desde sus primeros relatos -escritos a los 19 años- hasta los más recientes.

Sin embargo, la mayor parte se podría ubicar en una etapa de madurez tanto vital como literaria.


.
El placer de su estilo espontáneo, su ingenio, la calidez de su prosa y su versatilidad han hecho que Ampuero sea considerado uno de nuestros mejores cuentistas activos hoy.


Mujeres difíciles, hombres benditos (Cuento)
Ampuero, Fernando


PRECIO: S/. 32.00 Editorial Alfaguara
ISBN
Edición Lima, 2005
Páginas 141
Formato

Sinopsis Es otra excelente colección de cuentos de una de las voces más destacadas del cuento de América Latina. Fernando Ampuero, reúne en este libro ocho historias que nos hablan con rigor e ironía de cosas que siempre hemos sabido, pero que rara vez vemos plasmadas con tan deslumbrante eficacia.


Bicho raro (Cuento)
Ampuero, Fernando


PRECIO: S/. 35.00 Editorial Jaime Campodónico
ISBN 9972-729-03-6
Edición Lima, 1996
Páginas 176
Formato 3ra. Edición

Sinopsis Siete cuentos conforman este nuevo libro de Fernando Ampuero. Conocedor del poder evocador de la palabra, lleva esta vez su ironía hacia el borde del abismo, donde el avisado lector podrá constatar el vértigo de sensaciones, temores y ansiedades que sacuden a sus personajes, individuos que discurren en la vida doméstica o en sus extramuros, bichos raros y lúcidos que de alguna manera reclaman el derecho de ser diferentes. Con su prosa sobria y transparente, y su habitual sentido del humor, Ampuero vuelve a conmovernos, a divertirnos, a hacernos partícipes de su demoledora ternura.


Malos Modales (Cuento)
Ampuero, Fernando





PRECIO: S/. 35.00 Editorial Jaime Campodónico
ISBN
Edición Lima
Páginas
Formato


Sinopsis Amantes ingenuos, héroes de la tabla hawaiana, taxistas melómanos, asesinos que leen tiras cómicas, poetas sonámbulos y bellísimas adolescentes en flor se dan cita en este intenso y excepcional volumen de relatos. Cada una de sus historias, de hecho, hinca el diente en esos momentos cruciales, aunque efímeros, que conducen al desgarro existencial.


.
MALOS MODALES, libro irónico, ambiguo y de una rara elegancia -y a lo mejor el más personal de Fernando Ampuero- nos ofrece, mediante una prosa tersa y aparentemente sencilla, la turbadora posibilidad de instalarnos por algún tiempo en el lado oculto de la Luna.



Voces de luna llena (Poesía)
Ampuero, Fernando




PRECIO: S/. 25.00 Editorial Jaime Campodónico
ISBN
Edición Lima, 1998
Páginas 56
Formato

Sinopsis Fernando Ampuero añade a su ya reconocida producción literaria, esta sorprendente y madura colección de poemas. Su lenguaje diáfano, sencillo, al igual que su rigor técnico, deslumbran desde un primer momento.



Puta linda (Narrativa)


Ampuero, Fernando



Precio: S/. 32.00
Editorial Planeta
ISBN 9972239020
Edición Lima, 2006
Páginas 128
Formato 14,5 x 23 cm.

Sinopsis: Todo empieza en un burdel de Lima, donde un muchacho y una apetecible prostituta, atrapados en una química misteriosa, ceden a las pulsiones eróticas de la palabra. El paga por oír; ella cobra por hablar.

Pero muy pronto, no bien ambos ponen en contacto sus cuerpos desnudos, esta apacible charla se multiplica y se transforma en una historia incierta que evoca playas remotas, niñas perversas y juegos que fija derroteros en varias vidas.

Agradecimientos a la Web


Fernando Ampuero (Libros),

CARAMELO VERDE (Narrativa )


*****************
Ampuero, Fernando


PRECIO: S/. 29.00 Editorial Alfaguara
ISBN 9972232247
Edición Lima, 2006
Páginas 160
Formato 12 x 20 cm.

Sinopsis Caramelo verde es una apasionada historia de amor y ambición. Carlos Morales, un cambista de dólares de los años ochenta, conoce a Mabel, una chica arisca y sensual. Este romance, en la atmósfera violenta de las calles de Lima, desata en ambos un sombrío desasosiego. Humor amargo, ritmo trepidante y lenguaje lacónico son los ingredientes básicos de un relato tenso, y por momentos febril, cuyas vicisitudes y vitalidad expresiva ponen al desnudo el atormentado espíritu de una época.


DELIREMOS JUNTOS (Cuento)


********************
Ampuero, Fernando



PRECIO: S/. 35.00 Editorial Jaime Campodónico
ISBN
Edición Lima, 1994
Páginas 148
Formato 1era. Edición

Sinopsis : La nouvelle "Irse por las ramas" y el cuento "Paren el mundo que acá me bajo" constituyen muestras considerables del talento de Ampuero. El protagonista del cuento mencionado posee una complejidad psíquica y moral difícil de plasmar con la solvencia artística lograda por Ampuero. Una encarnación modernísima del nihilismo.


CARAMELO VERDE (Narrativa)


*******************
Ampuero, Fernando




PRECIO: S/. 45.00 Editorial Jaime Campodónico
ISBN 9972-729-04-4
Edición
Páginas 140
Formato 6ta. Edición

Sinopsis Carlos Morales, reclutado como cambista el mismo dia que pierde su empleo penetra en el mundo de la calles de Lima, donde conoce a Mabel, una chica hosca y sensual.


*
El apasionado romance al que ambos se entregan, y que en ella espolea el deseo de una vida diferente, es el primer eslabón de una cadena de crímenes, sospechas e inevitables peripecias. Realismo de los años noventa, vitalidad expresiva, CARAMELO VERDE es, en el panorama de la literatura peruana, una de esas obras que logran calar en el espíritu de una época.


EL ENANO (Narrativa)


**********


Ampuero, Fernando


PRECIO: S/. 15.00 Editorial Mosca Azul Editores
ISBN 9972-9407-0-5
Edición Lima, 2001
Páginas 195
Formato

Sinopsis Empleando la aguda percepción del entomólogo y el fresco humor del cronista, Fernando Ampuero recrea en esta ocasión la historia de dos periodistas que, al poco tiempo de conocerse, entran en pugna.


.
Libro autobiográfico que participa de la memoria y el diario íntimo, recuento de veinte años de conflictos, anecdotario de vidas paralelas, el presente relato -ágil, punzante y por momentos salvajemente divertido- empuja al lector a cruzar y descruzar la línea divisoria entre el periodismo serio y la rastrera prensa amarilla.


Gato encerrado. Crónicas, entrevistas, reportajes


(Artículos y Crónicas )


*********************************
Ampuero, Fernando



PRECIO: S/. 45.00 Editorial Peisa
ISBN 9972-40-076-X
Edición Lima
Páginas 246
Formato 14,5 x 20,5 cm.

Sinopsis Crónicas, entrevistas y reportajes en los que Ampuero muestra lo mejor de su faceta como periodista enfrentándose a los personajes y los temas más variados: desde delincuentes y brujas, hasta mitos contemporáneos de la talla de un Borges o un García Márquez.



Hasta que me orinen los perros

Ampuero, Fernando



Precio: S/. 32.00
Editorial Planeta
ISBN
Edición Lima, 2008
Páginas 159

Sinopsis: A Alberto, que se gana la vida como taxista, acaban de robarle el coche. En su intento por salir del aprieto pide ayuda a Raimundo, otro taxista del que ha oído decir que participa de un singular negocio paralelo: recoger pasajeros borrachos, esperar a que se duerman en el trayecto y entregarlos con sus pertenencias a distintos grupos de ladrones a cambio de una comisión. La desenvoltura y prudencia de Alberto pronto le granjean el respeto de los compañeros implicados en el negocio, hasta el punto de que su liderazgo rivaliza con el de Raimundo. Sus ingresos extraordinarios han resuelto el problema económico y le han permitido hacerse con otro vehículo, pero despiertan la suspicacia de Rosa, su esposa, una honesta y esforzada mujer policía que trata de medrar en la jerarquía del cuerpo.

Pronto Alberto reestructura el negocio: alquila un local y propone al grupo hacerse cargo del circuito completo, asumir el «desvalijado» de las víctimas (efectivo, objetos de valor, tarjetas), lo que implica aumentar la plantilla y encargar a alguien el trabajo sucio de la obtención de las claves de las tarjetas, mediante torturas si fuera necesario. Las cosas se complicarán cuando descubran que el nuevo «socio» se apropia de una parte de las ganancias.


lunes, mayo 14, 2007

Fernando Ampuero (Mujeres difíciles, hombres benditos),

El título que Fernando Ampuero (Lima, 1949) le ha puesto a su último libro de relatos tiene una resonancia irónica y provocadora (sobre todo para la sensibilidad feminista), que seguramente el autor buscaba, pero creo que no corresponde bien al contenido del libro pues, aunque roza esos motivos, va en otras direcciones. En verdad, más le convendría el título del primer cuento del volumen: "Gracias por la fantasía"; la razón es que, sin dejar de operar básicamente como un realista, en estas nuevas narraciones Ampuero usa (más que en sus anteriores, según las recuerdo) ese plano como un simple punto de apoyo para alcanzar otro muy distinto, que podría llamarse fantasioso, pero sin dejar de tener una naturaleza ambigua: está en comunicación con lo real pero alterándolo de un modo inquietante o revelador. Es esa transición, ese pasaje (como lo llamaba Cortázar) lo que otorga interés a este libro.

En principio, no hay en él nada que los lectores no puedan reconocer como algo habitual o familiar, como arrancado de situaciones que cualquiera ha visto o vivido; de hecho, la mayoría de los relatos tienen una textura testimonial o cronística (fácil de asociar con su largo ejercicio periodístico), y hasta confesional, porque en algunos casos el autor aparece, con su propio nombre entre sus personajes. Ciertos localismos, además, acentúan ese efecto para el lector peruano, aunque varias narraciones ocurren en ambientes extranjeros. Pero todo es parte de una estrategia narrativa que nos hace creer que los textos van a moverse en la más llana realidad, donde todo es seguro o normal. La trampa que el autor nos tiende sólo surge en las últimas páginas de los textos, que demoran la sorpresa el mayor tiempo posible, con largos prolegómenos, preparativos e incidentes, que luego descubrimos eran laterales al nudo de la historia.

El libro está dividido, según la temática anunciada por el titulo, en dos partes desiguales: ocho relatos corresponden a "Mujeres difíciles", sólo dos a "Hombres benditos". Me resultó difícil, en ciertos casos, saber cuál era el criterio para esa clasificación. No creo que eso tenga demasiada importancia para disfrutar de estas narraciones. Una de sus virtudes es la de estar escritas sin recurrir a mayores artificios verbales o a técnicas aparatosas. Su prosa es esencialmente funcional, directa y fiel a una idea que cualquier buen realista aprobaría: contar una historia sin hacer sentir que algo o alguien se interpone entre la ficción y su correlato objetivo; es decir, que la representación literaria nos permite identificarla con nuestra percepción de lo real. Por supuesto que hay variantes y diferencias entre texto y texto, pero esa es la regla general, lo que bien puede ejemplificarse seleccionando cinco relatos del conjunto.

De ese grupo, el ya mencionado "Gracias por la fantasía" puede no ser el más logrado de ellos, pero sí un modelo característico de la hábil distorsión o salto cualitativo que se produce en los cuentos del autor. Al comienzo, parece una típica aventura erótica de ocasión, bastante trivial o previsible: en un viaje a México, el narrador encuentra a una hermosa muchacha, cuyo cursi nombre es Azucena y cuya destreza para el baile de inmediato lo fascina y lo lleva a una fugaz aventura sexual. Pero la muchacha es, o aspira a ser, lo que se llama una artista conceptual con disparatadas ideas ecológicas, que él comenta con burlón escepticismo. Hay una delirante escena en una plaza de toros, en la que sorpresivamente Azucena aparece disfrazada como una vaca, mugiendo en protesta por la crueldad del espectáculo. Lo erótico pasa de modo inesperado a un segundo plano y en los pasajes finales (lo mejor del relato) el narrador le agradece la fugaz fantasía que le ha hecho vivir, en privado y en público, y medita, melancólicamente, que todo eso se ha convertido en algo permanente en su memoria; esas líneas redimen al ocasional amorío de su frivolidad y lo muestran bajo otra luz: como algo casi del todo imaginario.

"La aventura", en cambio, puede considerarse, de comienzo a fin, el mejor relato del libro. Narra una excursión que consiste en la travesía de un torrentoso río andino; aunque hay dos botes, uno ocupado por los veteranos, todo se concentra en el tripulado por un grupo de jóvenes. Lo curioso es que las escenas que describen el viaje mismo apenas si ocupan las últimas dos páginas; el resto narra minuciosamente los preparativos, instrucciones y expectativas de los novatos aventureros, que van produciendo un creciente clima de tensión y que nos hace pensar que algo trágico va a ocurrir. Eso ocurre, pero no precisamente a los que creemos más vulnerables, pues hemos sido astutamente despistados por las largas escenas previas en las que percibimos el alto riesgo que los muchachos afrontan. El final es incierto y difuminado por un leve toque poético que adelgaza e interioriza el plano real en el que la historia ha transcurrido hasta ese punto.

"Voces" y "El padre de Sebastián" son cuentos breves que presentan dos casos, muy diversos, de la misma súbita irrupción de lo fantástico o extraño; ambos siguen, además, una línea muy simple, lo que aumenta el efecto de sorpresa que nos deparan. El primero es un diálogo de tema científico entre un especialista del oído y el narrador —su amigo y paciente— a propósito de una mujer que visita el consultorio para que el médico examine a su hijo, que parece tener problemas para escuchar ciertas voces. En un brusco salto narrativo, toda la historia se traslada a un nivel que colinda con el más allá. El segundo contiene dos episodios de experiencias inexplicables o religiosas (primero una curación milagrosa, luego una ceremonia de macumba) que crean la duda sobre lo que realmente ocurrió en ambas instancias.

Pero quizá el texto más paradigmático de todos sea el final: "Historia de la sábana y el vaso de agua". El cuento puede considerarse una especie de poética del autor, una reflexión autocrítica sobre su propio arte de contar, pues comienza señalando que le gustan los relatos que, al revés de los suyos, se ahorran los prolegómenos: "No me gustan los cuentos que tienen preámbulos, sino más bien aquellos que, yendo directamente al grano, arrancan con una primera frase que coge de la nariz al lector" (p. 135). Hay mucha ironía allí, porque lo que sigue es precisamente lo contrario: un largo preámbulo contado en un tono de confesión personal que incluye un comienzo alternativo para su propio texto.

Ese tono conviene al relato porque lo que va a contarnos es un episodio de su juventud aventurera y trotamundos. ¿O hacernos creer eso es su mayor trampa? La duda cabe, aunque yo prefiero desecharla porque es una historia que, como muchos, le escuché narrar en persona años atrás, como una anécdota de esos tiempos. El asunto me pareció fascinante y mi primera reacción fue decirle que debía escribirla. Ampuero, siguiendo similares consejos de otros, al fin se ha animado a hacerlo. Es imposible referir siquiera un detalle de ella —salvo para decir que ocurre en Hungría— sin revelar su secreto, sobre todo porque el autor la ha comprimido en apenas una página, reduciéndola a casi una sola imagen, más poética que narrativa. Y eso, después de haber jugado tanto con la expectativa del lector, tal vez no sea del todo suficiente para satisfacerla.

Hay que señalar, finalmente, que la prosa de Ampuero no está exenta de algunos deslices, prisas e imperfecciones. Por ejemplo, en "Voces", el personaje femenino usa la palabra "malcriadez" (p. 37) en vez de "malacrianza". Podría aducirse que ese barbarismo aparece en un diálogo, pero la verdad es que no cumple ninguna función para definir el perfil social o cultural de quien habla. - Por José Miguel


Aunque su obra literaria abarca casi todos los géneros (narrativa, poesía, teatro), Fernando Ampuero es conocido más que nada como cuentista. Su primer libro fue un conjunto de relatos, Paren el mundo que acá me bajo (1972), al que después seguirían otros, hasta llegar al consagratorio Cuentos escogidos (1998) editado por Alfaguara como parte de una colección dedicada a cuentistas latinoamericanos como Cortázar, Onetti y Monterroso. Tras publicar un par de poemarios y la polémica crónica novelada El enano (2001), Ampuero retorna a la narrativa breve con el libro de cuentos Mujeres difíciles, hombres benditos (Alfaguara, 2005).

Casi todos los relatos del libro están centrados, como se anuncia en el título, en las diferencias de caracteres y comportamientos de hombres y mujeres, más específicamente dentro de la relación de pareja. Gracias por la fantasía, el primero de los ocho cuentos, es la historia de un peruano maduro y sereno que conoce en México a Azucena, una hermosa artista "de avant garde". El amor entre ambos surge instantáneamente, a pesar de la fama de libertina de la artista, pero las locuras de Azucena (escándalos y protestas públicas) terminan separando a la pareja: "No la llamé al llegar a Lima, ni la volví a llamar nunca más... algunas personas contamos con una suerte de desidia que nos preserva de las chifladuras".

En la misma línea están La visita del cometa, previamente publicado en Cuentos escogidos, en el que un joven empresario enamora a una azafata sin saber que ella está a punto de estallar emocionalmente; y El deseo del abismo, sobre una mujer que busca un compañero que la ayude a superar el "bloqueo" sexual y la anorgasmia. En la mayoría de estos cuentos los narradores son los personajes masculinos, quienes desde el asombro y la perplejidad, como ha señalado el crítico Julio Ortega, se ven involucrados en sucesos que escapan de su control. Pero además de perplejidad, estos hombres dan muestras de una ingenua obsesión por lo bello y bastante superficialidad en su conocimiento de lo femenino.

Como ya señalamos a propósito de los cuentos de Bicho raro (1996), un libro demasiado disparejo, también en estos relatos Ampuero cae frecuentemente en ciertos lugares comunes y estereotipos, especialmente en lo que respecta a las descripciones de mujeres ("el ceñido polito... definía su angosta cintura y realzaba su busto generoso"), además de mostrar una marcada tendencia al esnobismo y al abuso de los referentes "culturosos". Sólo en el primer cuento se menciona a Dorian Gray, la pintura rococó, el Aleph, Isadora Duncan, Sergei Essenin y un largo etcétera.

Los mejores relatos de Mujeres difíciles, hombres benditos son aquellos que abandonan ese tipo de detalles y en los que el autor parece dejarse llevar por la trama, sin perder de vista el efecto final. En La aventura, que de alguna manera remite al cuento Malos modales, un grupo de jóvenes capitalinos enfrenta la aventura de hacer canotaje en el río Cañete, aunque en realidad el tema es las diferentes respuestas de hombres y mujeres ante esta experiencia. Y en Una vaga astrología, tres redactores de un periódico limeño tratan de descubrir la identidad de la secreta admiradora de uno de ellos. En ambos casos los aciertos parten de la elección del narrador, que no es el protagonista de la historia.

Hay además en este libro un abierta opción por la sencillez y claridad, que forma parte de la búsqueda del autor de un cierto carácter oral para sus relatos. No se apela a elipsis ni complicaciones estructurales; el lenguaje es gramaticalmente simple y sin adornos retóricos, salvo algún adjetivo poco común. Opciones que hacen que los textos resulten de fácil lectura, pero que también acarrean ciertos riesgos literarios. Mujeres difíciles, hombres benditos es, en conjunto, un buen libro de cuentos, más homogéneo y coherente que los publicados anteriormente por Fernando Ampuero.
Artículos recientes de Javier Agreda

Quien guste del libro divertido y fácil de leer encontrará lo que buscaba en Mujeres difíciles, hombres benditos, del escritor peruano Fernando Ampuero. Este requerimiento infravalorado por los críticos literarios con problemas de estreñimiento es precisamente lo que convierte a Fernando Ampuero en un escritor de éxito. Porque quién haya dicho que la literatura peruana necesita más literatura sesuda y comprometida se equivocó rotundamente. Se equivocaron aún más aquellos que recientemente, haciéndose pasar por literatos indigenistas en una mediática polémica, pretendieron vender su obra, al parecer, de más calidad y más necesaria que la que sí se vende, o se piratea. Lo que en realidad puede estar pidiendo a gritos la literatura nacional es simplemente más literatura y más géneros y más variedad, y menos infumables novelones de ochocientas páginas que a lo mejor nos narran la debacle de la democracia y el fin de la historia pero que son mortalmente aburridos. No cualquiera es Vargas Llosa. Tampoco digo que Ampuero sea el paradigma de lo que haya que hacer para sanear en algo el ajusticiado panorama literario. Pero sabe lo que hace. Supongo que la tarea de resucitar al paciente está en los jóvenes y en su capacidad para arriesgar más y presentarse como singularidades y buenas alternativas. De hecho, hay un agujero negrísimo en cuanto a géneros literarios se refiere. Sabemos muy poco de literatura de viajes, diarios, literatura infantil, ciencia ficción, terror, o novela fantástica.

En fin, volvamos a las mujeres difíciles y los hombres benditos de Fernando Ampuero. Para empezar diría que si me abrieran el libro sin mostrarme el nombre del autor lo reconocería al instante, creo que hasta oliendo la tapa. Porque Ampuero se ha reafirmado en su estilo sencillo, de frases eficientes antes que bonitas, diseñadas para no distraer al lector con detalles o descripciones abultadas. Es verdad que no hay esa profundidad psíquica que buscan los estreñidos de los que hablaba antes, a cambio los personajes se materializan a través de los actos. No sé si sea un defecto del libro pero las mujeres difíciles de este conjunto de relatos solo seducen al narrador, o al autor, que sospechosamente —y diría que hasta intencionadamente—, se parecen bastante en todos los cuentos; seguramente el papel adjudicado al lector radique exclusivamente en sorprenderse y admirarse con las audacias y excentricidades de estas sabinas, vaya que hay chaladas en libro.

A la primera de ellas, el autor ha acertado enmarcándola dentro de un ambiente surrealista, puesto que de otro modo habría resultado inverosímil. Creerse una vaca lechera no es moco de paco y mucho menos en la plaza Monumental del DF, la plaza de toros más grande del mundo. Esto es lo que le sucede a Azucena o quizá mejor dicho lo que le sucede al personaje masculino de "Gracias por la fantasía". En "Voces" las voces que se oyen como que no deberían oírse de ninguna manera a no ser que te falte un tornillo, a la protagonista del relato parece que le faltan por lo menos dos. En "El deseo del abismo", el abismo es un buen orgasmo a lo Meg Ryan en When Harry met Sally pero sin comprometer la amistad ni los locos años setenteros en los que la gente se decía de todo a la cara, por aquello de que eran hippies y Marx no había escrito nada de las mujeres sexualmente insatisfechas.

De todos los relatos el mejor y quizá el mejor de Fernando Ampuero en su trayectoria de cuentista, sin contar o si quieren contando "Taxi driver sin Robert de Niro", es "Una vaga astrología". A manera de pesquisa policial se narra una intrigante historia de amor, con mensajes encriptados en los horóscopos que se publican en una revista de actualidad política. El sabotaje tiene como objetivo (u objeto de deseo) al jefe de redacción de dicha revista (que parece Caretas) pero las investigaciones acaban dando dos posibles sospechosas. Habrá que tomar una decisión salomónica. Este relato, junto con "El padre de Sebastián" y "La historia de la sábana y el vaso de agua", brillan por su originalidad temática dentro del libro y caracterizan mejor el estilo y la potencialidad de Fernando Ampuero como cuentista. Tres historias infalibles, escritas con audacia y pulso. En "El padre de Sebastián" se plantea el antiguo tema de la danza con la muerte, realzado con un viaje al Brasil que introduce en el cuento el elemento ritual Macumba, dotándolo así de un aura satánica y misteriosa. En "La historia de la sábana y el vaso de agua", el final parece sacado del mejor sueño dionisiaco que pueda imaginarse, cerrando el libro con una alegoría que a lo mejor pretende responder al por qué de los hombres benditos del título, no tanto por buenos, inocentes o en desventaja intelectual frente a las mujeres, sino por suertudos, que se las sacaron dicen que de las costillas. EEUU.

viernes, mayo 11, 2007

Fernando Ampuero (Cuentos escogidos )

La publicación ahora de sus Cuentos escogidos (Alfaguara, 1998), que lleva un estudio prologal de Gustavo Faverón Patriau —joven crítico de agudeza muy poco común—, permitirá apreciar mejor la extraordinaria flexibilidad creativa del autor. Ampuero ensaya registros distintos, como si cada historia demandase, además del placer de narrar, su propia estrategia de contar. Cada cuento se resuelve en su forma única, con precisión en el diseño y con pasión en la trama. Hasta las historias más evidentes, aquellas que son el cuento de un cuento, trazan una ceremonia que la historia recorre al modo de un breve laberinto favorable. Esa elegancia casual asegura el asombro del narrador, que no sabe más que el lector, y que vive la anticipación del relato como una clave sobre su propia vida. El candor con que el personaje de Taxi Driver, por ejemplo, narra el horror absurdo de su historia, se arma sobre lo que ignora de sí mismo, su humanidad puesta a prueba.

Muchos y muy diversos elementos se requieren para formar a un buen narrador: inteligencia y observación, una rica experiencia vital, habilidad para crear historias interesantes y a la vez significativas, una formación literaria que le permita manejar eficientemente el lenguaje y las técnicas narrativas. Son pocos los escritores que logran reunir todos estos elementos y llevarlos hasta sus creaciones, algunos sólo lo consiguen tras una paciente dedicación al género. El periodista y escritor Fernando Ampuero (Lima, 1949) ha ido afinando poco a poco todas estas habilidades en su ya larga trayectoria literaria -iniciada con el libro de relatos Paren el mundo que aquí me bajo (1972)- que ha alcanzado en el campo del cuento un especial éxito, tanto entre los lectores como entre los críticos. Ese éxito se ha visto confirmado con la reciente publicación de Cuentos escogidos (Alfaguara, 1998), libro que forma parte de una prestigiosa colección que reúne a los mejores cuentistas de nuestro continente.

Los cuentos más conocidos de Ampuero narran historias que los limeños creemos ya haber escuchado alguna vez, esa especie de mitos urbanos contemporáneos que de cierto modo expresan el ambiente social y cultural propio de nuestra época. En El departamento se trata de la historia del joven que es confundido con un terrorista y muere en un supuesto interrogatorio policial; en Taxi driver, sin Robert de Niro la de los taxistas que se dedican a buscar clientes borrachos para venderlos a pandillas de delincuentes. Y, en Malos modales, el sueño de todo adolescente: la joven hermosa y misteriosa que lo inicia sexualmente y que además lo trata como a una persona especial.

Dos son los recursos principales a los que apela el autor para otorgar realidad a este tipo de relatos. El primero, como señala Gustavo Faverón en el interesante prólogo del libro, es indirecto: "la presencia iterativa y acuciosa de la elaboración racional" (p. 32). De una manera casi borgiana, Ampuero se cuestiona constantemente acerca de la verosimilitud de los sucesos que está narrando: "Desconozco si la versión que doy ahora exagera o atenúa algunas escenas. Con otros que la oyeron, aparte de los hechos en sí, coincido en el patetismo." (El departamento). El otro recurso consiste en crear, a partir de la acumulación de elementos secundarios, la atmósfera apropiada para cada cuento. Estos elementos secundarios, como sucede en la realidad, suelen ser de naturaleza diversa, opuestos y hasta contradictorios: un Papá Noel asaltado por un grupo de "pirañitas" en Bicho raro, o la amabilidad y cortesía de un asesino en Mi buena estrella. En estos detalles radica gran parte del humor y la ironía tan característicos de esta narrativa.

Ampuero ha realizado para este libro una buena selección entre sus relatos, dejando de lado aquellos en los que los protagonistas buscan la belleza, artística o humana, como una evasión a los problemas de la vida diaria, como señaláramos con motivo de la publicación del libro Bicho raro en 1996. Por el contrario, los cuentos incluidos en esta antología se enfocan especialmente en aquellas situaciones y personajes que expresan los problemas y contradicciones del mundo moderno: la lujosa vida de unos perros en Europa (y los problemas del peruano que los cuida) en Más allá del amor a los perros; la soledad de una mujer joven, hermosa y asediada por los hombres en La visita del cometa; la siempre vigente disputa entre la libertad individual y el orden social en Pánico en la clínica de tartamudos.

Cuentos escogidos de Fernando Ampuero es una muy buena antología, una oportunidad para acercarnos a lo mejor de una obra narrativa algunas veces irregular pero que, tanto por su calidad como su originalidad, ha merecido elogios de críticos como José Miguel Oviedo y Julio Ortega. Un libro que representa para su autor una verdadera consagración internacional, pues en esta misma colección se han publicado libros similares de maestros del género como Cortázar, Onetti, Monterroso o Ribeyro.

Javier Ágreda