jueves, septiembre 27, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)

CUENTO MENSUAL

El pequeño vigía lombardo

Sábado, 26


En 1859, durante la guerra por el rescate de Lombardía, pocos días después de la batalla de Solferino y San Martino, ganada por los franceses y los italianos contra los austríacos, en una hermosa mañana del mes de junio, iba un pequeño escuadrón de caballería de Saluzo por estrecha senda solitaria hacia las posiciones enemigas, explorando el campo atentamente el terreno.

Mandaban el escuadrón un oficial y un sargento; todos miraban a lo lejos, delante de sí, con los ojos fijos y silenciosos, preparándose para ver blanquear a cada momento a otro, entre los árboles, y las divisiones los uniformes militares de las avanzadas enemigas.

Llegaron así a una casita rústica, rodeada de fresnos, delante de la cual sólo había un muchacho de cómo unos doce años, que descortezaba una gruesa ramita con una navaja para hacerse un bastoncito; en una de las ventanas de la casa tremolaba al viento una bandera tricolor; dentro no había nadie; los aldeanos, después de izar la bandera, habían desaparecido por miedo a los austríacos.

En cuanto el chico divisó la caballería, tiró el bastón y se quitó la gorra. Era un guapo muchacho, de aire descarado, con ojos grandes y azules, los cabellos rubios y largos; estaba en mangas de camisa y se le veía el desnudo pecho.

-¿Qué haces aquí? -le preguntó el oficial, parando el caballo-. ¿Por qué no has huido con tu familia?

-Yo no tengo familia -respondió el muchacho-. Soy huérfano. Trabajo algo de servicios para todos. Me he quedado aquí para ver la guerra.

-¿Has visto pasar a los austríacos?

-No, desde hace tres días.

El oficial se quedó pensativo; después se apeó del caballo, y, dejando a los soldados allí, frente al enemigo, entró en la casa y subió hasta el tejado... La casa era baja y desde el tejado sólo se abarcaba una pequeña extensión de terreno. «Es menester subir sobre los árboles», dijo para sí el oficial; y bajó.

Precisamente delante de la era había un fresno muy alto y flexible, cuya cumbre casi se mecía en el azul del cielo en las nubes.

El oficial permaneció un instante indeciso, mirando ya al árbol, ya a los soldados; después de pronto preguntó, al muchacho:

-¿Tienes buena vista, chico?

-¿Yo? -respondió el muchacho-. Le aseguro que veo un gorrioncillo a una legua de distancia.

-¿Sabrías subir a lo alto de aquel árbol?

-¿Dice usted a la cima de aquel árbol yo? En medio minuto estoy arriba.

-¿Y sabrás decirme lo que veas desde allí arriba, si son soldados austríacos nubes de polvo por esa parte, fusiles que relucen, caballos...?

-¡De seguro que sí sabré!

-¿Qué quieres por prestarme este servicio?

-¿A mí? ¡Qué ocurrencia! -¿ Qué quiero? -dijo el muchacho, sonriéndo-. ¡Nada, naturalmente! ¡Faltaría más! Y después Si fuese por los alemanes, ¡ni hablar!; pero se trata de los nuestros, ¡Si yo soy lombardo!.

-Bueno. Subete, pues.

-Espere que me quite los zapatosd.

Se quitó el calzado, se apretó el cinturón, tiró la gorra a unas matas de hierba y se abrazó al tronco del fresno.

-Pero oye mira... -exclamó el oficial con ánimo de detenerlo como sobrecogido por repentino temor.

El muchacho se volvió hacia él, mirándole con sus hermosos ojos azules, en actitud interrogante.

-Nada, nada -dijo el oficial-. Sube.

El muchacho se encaramó como un gato.

-Vosotros -¡Mirad delante de vosotros! Grito el oficial a los soldados- mirad hacia adelante.

En un santiamén estuvo el chiquillo en lo más alto del árbol, abrazado al tronco, con las piernas entre las hojas, pero dejando al descubierto su pecho; dábale el sol en la rubia cabeza, que brillaba como el oro. El oficial apenas le veía, por lo pequeño que resultaba a aquella altura.

-Mira hacia el frente y nuy lejos -díjole el militar.

El chico, para ver mejor, sacó la mano derecha del árbol y se la puso sobre la frente a manera de pantalla.

-¿Qué ves? -preguntó el oficial.
El muchacho inclinó la cara hacia él y, haciendo bocina con una mano, respondió:

-Dos hombres a caballo en lo blanco del camino.

-¿A qué distancia de aquí?

-Sobre media legua.

-¿Se mueven?

-Están parados.

-¿Qué otra cosa ves? -le volvió a preguntar el oficial tras un momento de silencio-. ¡Mira hacia la derecha!

El chico volvió la vista hacia el lado indicado, y luego dijo:

-Cerca del cementerio, entre los árboles, se ve relucir algo que brilla. Parecen bayonetas- declaró el pequeño

-¿Ves gente?

-No, señor. Se habrán escondido en los sembrados.

En aquel momento un silbido de bala muy agudo se oyó por el aire, yendo a perderse lejos, detrás de la casa.

-¡Bájate, muchacho! -gritó el oficial-. Te han visto. No quiero saber más. Vente abajo..

-Yo no tengo miedo- respondió el valiente muchacho.

-¡Baja!... -repitió el oficial-. ¿Qué más ves ala izquierda?

-¿A la izquierda?

-Sí, a la izquierda.

El chico volvió la cabeza hacia la izquierda; en aquel instante otro silbido más agudo y más bajo que el primero cortó el aire. El muchacho se oculto todo lo que pudo.

-¡Vaya- -exclamó-. ¡La han tomado conmigo! -La bala le había pasado muy cerca.

-¡Abajo! -gritó el oficial con energía y furioso.

-Bajo en seguida bajo -respondió el chico-; pero el árbol me resguarda; no tenga usted cuidado. ¿A la izquierda quiere usted saber?

-A la izquierda -repuso el oficial-; ¡pero bájate!

-A la izquierda -gritó el niño inclinando el cuerpo hacia aquella parte-, donde hay una capilla, me parece ver...

Un tercer silbido rabioso pasó por lo alto, y casi al instante se vio al muchacho venir abajo, deteniéndose un segundo en el tronco y en las ramas, para luego caer al suelo de cabeza con los brazos abiertos.

-¡Maldición! -gritó el oficial, acudiendo en su ayuda.

El chico había caído de espaldas, quedando tendido con los brazos abiertos, hacia boca arriba; un arroyo de sangre le salía del pecho por la parte izquierda. El sargento y dos soldados se apearon de sus caballos; el oficial se agachó y le separó la camisa: la bala le había penetrado en el pulmón izquierdo.

-¡Está muerto! -exclamó el oficial.

-No, ¡vive! -replicó el sargento.

-Ah, ¡pobre niño, valiente muchacho! -gritó el oficial-. ¡Animo, ánimo!
Pero mientras decía «ánimo» y le oprimía el pañuelo sobre la herida, el muchacho giró los ojos e inclinó la cabeza: había muerto.

El oficial palideció y estuvo contemplándole unos instantes; luego lo acomodó poniéndole la cabeza sobre la hierba; se levantó y permaneció un momento mirándole. También le miraban, inmóviles, el sargento y los dos soldados; los demás estaban vueltos hacia el enemigo.

-¡Pobre muchacho! -repitió tristemente el oficial-. ¡Pobre y valiente niño!
Luego se acercó a la casa, quitó de la ventana la bandera tricolor y la extendió como paño fúnebre sobre el niño muerto, dejándole la cara al descubierto. El sargento colocó junto al muerto los zapatos, la gorra, el bastoncito y el cuchillo.
Aún permanecieron un momento silenciosos; después el oficial se dirigió al sargento y le dijo:

-Mandaremos que venga a recoger la ambulancia; ha muerto como soldado, y justo es que como a tal le demos enterrarlo.

-Dicho esto, dio al muerto un beso en la frente y gritó:

-¡A caballo!

Todos se aseguraron en las sillas, reuniose la sección y volvió reuniéndose el escuadrón, y reanudaron emprender su marcha.

Pocas horas después se rindieron los honores de guerra al valiente muchacho.
Al ponerse el sol, toda la línea de la vanguardia italiana avanzaba hacia el enemigo, y por el mismo camino que había recorrido por la mañana el escuadrón de caballería marchaba en dos filas un batallón de «bersalleros», el cual pocos días antes había regado, valerosamente, de sangre la colina de San Martino.

La noticia de la muerte del muchacho se había corrido ya entre aquellos soldados antes de que dejaran sus campamentos. El sendero del camino, flanqueado por un arroyuelo, pasaba a poca distancia de la casa. Cuando los primeros oficiales del batallón vieron el cadáver del pequeño tendido a los pies del fresno y cubierto por la bandera tricolor, lo saludaron con sus sables, y uno de ellos cogió en la orilla del arroyo, que estaba muy florecida, arrancó un puñado de flores y se las esparció por encima del cuerpo.

A continuación, conforme iban pasando todos los «bersalleros» cogían flores que arrojaban sobre el muerto; así es que en pocos minutos estuvo cubierto el muchacho de flores silvestres, y tanto los oficiales como los soldados le saludaban al pasar, diciendo saledos al pasar:

-¡Bravo, pequeño lombardo! ¡Adiós, niño! ¡Para ti, rubio! ¡Viva el héroe! ¡Loor a ti! ¡Adiós, precioso, Bendito seas! ¡Adiós!

Un oficial le puso la medalla al mérito su cruz roja, otro le besó en la frente. Y continuaban lloviendo las flores sobre sus desnudos pies, sobre el ensangrentado pecho y sobre la rubia cabeza. El parecía dormido sobre la hierba, envuelto en su bandera, con el rostro pálido y casi sonriente, como si se oyese aquellos saludos y estuviese contento de haber dado la vida por su Lombardía.


Noviembre

Los pobres

Martes, 29



Dar la vida por la patria, como el muchacho lombardo, es una gran virtud; pero no olvides tú, hijo mío, no descuides otras virtudes menos brillantes. Esta mañana, yendo delante de mí cuando volvíamos de la escuela, pasaste junto a una pobre que tenía en sus rodillas a un niño extenuado y pálido, que te pidió una limosna. La miraste y no le diste nada, aunque llevabas dinero en el bolsillo.

Mira, hijo mío, no te acostumbres a pasar con indiferencia delante la miseria que tiende la mano, y mucho menos por delante de una madre que implora imosna para su hijo.

Piensa en que quizá aquel niño tuviera hambre; piensa en la desesperación de aquella mujer. Imagínate el desesperado sollozo que sufriría tu madre si un día tuviese obligada a decirte:

«Enrique, hoy no puedo darte ni un pedazo de pan.» o Cuando doy diez céntimos a un pobre y éste me dice:

«Que Dios se lo pague y les dé mucha salud a usted y a los suyos», no puedes comprender la dulzura que experimenta mi corazón ante tales palabras y lo agradecida que le quedo al menesteroso. Me parece que con semejante augurio voy a poder conservaros con buena salud durante mucho tiempo; vuelvo a casa contenta y pienso: «¡ Oh, aquel pobre me ha dado bastante más de lo que yo le he entregado!»


Pues bien, haz que pueda oír alguna vez ese augurio provocado y merecido por ti; prívate de algo o saca de vez en haz tú por oír aguna vez buenoa auguriosanálogicos provocados, merecidos por ti; cuando saca unas monedas de tu bolsillo para ponerlo en la mano del viejo sin protección, de una madre sin pan, de un niño sin madre.

A los pobres les gusta la limosna de los niños porque no los humilla y porque se parecen a ellos al tener necesidad de otros. Por eso suele haber pobres en la puerta de las escuelas.

La limosna de un hombre es acto de caridad; pero la de un niño, además de caridad, es también como una caricia, ¿comprendes? Es como si de su mano se desprendiesen al mismo tiempo una moneda y una flor.

Piensa que a ti nada te falta, y que a ellos les falta todo; que mientras tú anhelas ser feliz, ellos con vivir se contentan con poder seguir viviendo.

Piensa que es un horror social que en medio de tantos palacios, por las mismas calles que pasan lujosos carruajes y niños elegantemente vestidos de terciopelos, haya mujeres y niños que no tienen qué comer.

¡No tener qué comer horror, Dios mío, que chicos como tú, tan buenos e inteligentes como tú, viviendo en populosas ciudades, no tengan qué llevarse a la boca y arrastren una existencia infrahumana, parecida a las fieras perdidas en un desierto! ¡Oh, Enrique No pases nunca más por delante de una madre que pide limosna sin dejarlev socorro en su mano una moneda!

TU PADRE"


lunes, septiembre 24, 2007

EDMUNDO DE AMICIS (CORAZÓN)

Noviembre

Los soldados

Martes, 22



Su hijo era voluntario del ejército cuando murió; por eso el Director va siempre a la plaza a ver pasar a los soldados cuando salimos de la escuela. Ayer pasaba un regimiento de infantería y cincuenta muchachos se pusieron a saltar alrededor de la música, cantando y llevando el compás con las reglas sobre la cartera. Nosotros estábamos en un grupo, en la acera, mirando. Garrón, oprimido entre su estrecha ropa, mordía un pedazo de pan; Votino, aquel tan elegantito, que siempre está quitándose las motas; Precusa, el hijo del forjador, con la chaqueta de su padre; el calabrés; el albañilito; Crosi, con su roja cabeza; Franti, con su aire descarado, y también Roberto, el hijo del capitán de artillería, el que salvó al niño del ómnibus y que ahora anda con muletas. Franti se echó a reír de un soldado que cojeaba. Pero de pronto sintió una mano sobre el hombro; se volvió: era el Director.

-Oyeme -le dijo el Director-, burlarse de un soldado cuando está en las filas, cuando no puede vengarse ni responder, es como insultar a un hombre atado; es una villanía.

Franti desapareció. Los soldados pasaban de cuatro en cuatro, sudorosos y cubiertos de polvo, y las puntas de las bayonetas resplandecían con el sol. El Director dijo:

-Debéis querer mucho a los soldados. Son nuestros defensores. Ellos irían a hacerse matar por nosotros si mañana un ejército extranjero amenazase nuestro país. Son también muchachos, pues tienen pocos más años que vosotros, y también van a la escuela: hay entre ellos pobres y ricos, como entre vosotros, y vienen también de todas partes de Italia. Vedlos, casi se les puede reconocer por la cara: pasan sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Este es un regimiento veterano, de los que han combatido en 1848.

Los soldados no son ya aquéllos, pero la bandera es siempre la misma. ¡Cuántos habrán muerto por la patria alrededor de esa bandera, antes que hubierais nacido vosotros!

-¡Ahí viene! -dijo Garrón. Y en efecto, se veía ya cerca la bandera, que sobresalía por encima de la cabeza de los soldados.

-Haced una cosa, hijos -dijo el Director-; saludad con respeto la bandera tricolor.

La bandera, llevada por un oficial, pasó delante de nosotros, rota y descolorida, con sus medallas sobre el asta. Todos a la vez llevamos a tiempo a una mano a las gorras. El oficial nos miró sonriendo y nos devolvió el saludo con la mano.

-¡Bien, muchachos! -dijo uno detrás de nosotros. Nos volvimos a verle: era un anciano que llevaba en el ojal de la levita la cinta azul de la campaña de Crimea; un oficial retirado-. ¡Oh Bravo! -dijo-; habéis hecho una cosa que os enaltece.

Entretanto, la banda del regimiento volvía por el fondo de la plaza, rodeada de una turba de chiquillos, y cien gritos alegres acompañaban los sonidos de las trompetas, como un canto de guerra.

-¡Bravo! -repitió el bravo oficial mirándonos-. El que de pequeño respeta la bandera, sabrá defenderla cuando sea mayor.


Noviembre

El protector de Nelle

Miércoles, 23



También Nelle, el pobre jorobadito, miraba ayer el paso del regimiento a los militares; pero de un modo así, como pensando: «¡Yo no podré nunca ser soldado!» Es un buen chico y, además, estudioso; pero esta demacrado y pálido, le cuesta trabajo respirar. Lleva siempre un delantalde tela negra lustroza. Su madre es una señora pequeña y rubia, vestida de negro, que acostumbra acudir a la puerta de la escuela a la salida para evitar que salga en tropel con los demás, y lo acaricia mucho.

Como tiene la desgracia de ser jorobado, muchos chicos se burlaban de él en los primeros días y hasta le pegaban en la espalda con las bolsas; pero él nunca se enfadaba ni decía nada a su madre, para no darle el disgusto de saber que su hijo era objeto de burla por parte de sus compañeros. Se mofaban de él y el pobre chico sufría y lloraba en silencio, apoyando la frente sobre el banco.

Pero en la mañana se levantó Garrón y dijo:

-¡Al primero que toque a Nelle o se meta con él, le doy un testarazo que le hago rodar tres vueltas por el suelo!

Franti no hizo caso y recibio el testarazo de Garrón le propinó y el burlador dio tres vueltas sobre el pavimento. A partir de entonces, nadie se metió con Nelle.

El maestro le puso cerca de Garrón, en el mismo banco, y se han hecho se hicieron buenos amigos. Nelle ha tomado mucho cariño a su corpulento amigo;

Apenas entra en la escuela, le busca en seguida por donde anda, y nunca se va sin decirle: «Adiós, Garrón». Y lo mismo hace éste con él.

Cuando a Nelle se le cae una pluma o un libro debajo del banco, Garrón en seguida para que no tenga el trabajo del banco, enseguida para que no tenga de agacharse, Garrón anda se inclina y se los recoge el libro o la pluma, y después le ayuda a ordenar la bolsa y a ponerse el abrigo. Por todo ello, Nelle le quiere mucho, le mira constantemente y, cuando el maestro lo alaba, se pone tan contento como si le alabase, a él. Nelle tuvo que referírselo todo a su madre, tanto las burlas y lo que le hacían sufrir los primeros días como el comportamiento del compañero que le defendió y a quien tanto quiere y defendió y lo tomó tanto carino; debe habérselo dicho por lo sucedido esta mañana.

El maestro me mandó llevar al Director el programa de la lección media hora antes de la salida. Y yo Estando en su despacho entró la señora rubia, vestida de negro, madre de Nelle, la cual dijo:

-Señor Director, ¿hay en la clase de mi hijo un chico llamado Garrón?

-Sí, señora hay – respondió el director.

-¿Quiere ud tener la bondad de hacerle venir aquí un momento? Es que deseo decirle algunas palabra.

El Director llamó al bedel el portero y lo mandó al aula. Un minuto después llegó Garrón, muy extrañado con su cabaz grande y rapada, a la puerta. Apenas lo vio, salió la señora corrió a su encuentro, le echó los brazos al cuello, le dio muchos besos en la frente diciendo:

-¿¡Eres tú Garrón, el amigo de mi hijo, el protector de mi pobre niño!? Eres tú, hermoso…

Después buscó precipitadamente en sus bolsillos y en su bolso y, no encontrando nada, se quitó del cuello una cadenilla con una crucecíta y se la puso a Garrón por debajo de la corbata, diciéndole:

-¡Tómala, llévala en recuerdo mío, querido niño, en recuerdo de la madre de Nelle, que te da un millones de millones de gracias y te bendice!.


Noviembre

El primero de la clase

Viernes, 25


Garrón se atrae el cariño de todos, y Deroso, la admiración. Ha obtenido el primer premio y, con toda seguridad, será también el primero de la clase de este año, pues nadie puede competir con él; todos reconocen su superioridad en todas las asignaturas.

Es el primero en Aritmética, en Gramática, en Redacción, en Dibujo... Todo lo comprende al vuelo, tiene una memoria prodigiosa, en todo sobresale sin esfuerzo; parece que el estudio es un juego para él. El maestro le dijo ayer:

-Has recibido grandes dones de Dios; procura únicamente no malgastarlos.

Es también, por lo demás, alto, guapo, de pelo rubio y rizado, tan ágil, capaz de saltar por encima de un banco sin apoyar más que una mano sobre él; y ya sabe esgrima. Tiene doce años; es hijo de un comerciante; va siempre vestido de azul, con botones dorados; es vivaracho, alegre, amable con todos, ayuda a cuántos puede en el examen y nadie se atreve jamás a desairarlo o dirigirle una palabra malsonante.

Solamente le miran de reojo Nobis y Franti, y a Votino le salta la envidia por los ojos; pero él no parece darse cuenta. Todos le sonríen y le dan la mano o le cogen cariñosamente el brazo cuando pasa a recoger, con su acostumbrada afabilidad, los trabajos que hemos hecho. Regala periódicos ilustrados, dibujos, cuanto a él le regalan en su casa; para el calabrés ha hecho un pequeño mapa de Calabria; todo lo da sonriendo, sin pretensiones, a lo gran señor, y sin hacer distinciones de predilección por ninguno. Resulta imposible no envidiarlo y no sentirse inferior a él en todo.

Ah, yo también lo envidio, como Votino, y alguna vez experimento cierta amargura y siento una especie de inquina hacia él cuando apenas logro hacer los deberes en casa y pienso que Deroso los habrá terminado con muy poco esfuerzo. Pero luego, al volver a clase, viéndole tan sencillo, sonriente y afable; oyéndole responder con tanta seguridad a las preguntas del maestro, arrojo de mi pecho todo rencor, y me avergüenzo de haber dado cabida a tales sentimientos. Entonces quisiera estar siempre a su lado y seguir todos los estudios con él. Su presencia, su voz, su camaradería me infunden valor, ganas de trabajar, alegría y placer.

El maestro le ha dado a copiar el cuento mensual que leerá mañana: El pequeño vigía lombardo. Lo estaba copiando esta mañana, y estaba conmovido por el hecho heroico que se relata; se le veía el rostro encendido, los ojos húmedos y la boca temblorosa. Yo le miraba admirando sus hermosas cualidades, y con mucho gusto le habría dicho en su cara con toda franqueza: “ ¡Qué hermoso esta!” con gusto le hubiera dicho en su casa, francamente: «¡Deroso, tu vales mucho más que yo !Tú eres el hombre a mi lado!, ¡me aventajas en todo! ¡Yo Te respeto y te
admiro!»

domingo, septiembre 23, 2007

César Ángeles L.(La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros.)

*
La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros

4

César Ángeles L.
*

Breve Antología de Domingo de Ramos

*
(Advertencia del editor: La organización espacial de los poemas aquí antologados puede no ajustarse a la versión original o a la intención del autor. Esto es una consecuencia de que, en formato HTML, la diagramación suele depender de muchos factores no fácilmente controlables, que van desde tamaño de pantalla hasta de letras.)


El viaje... primer encuentro

(fragmento final)

II

Llovizna de otoño Se descorre el día con sus criaturas eléctricas
frescas radiaciones manaban de las paredes de los bronces de los troncos el parque...
La pólvora que se enciende como una calabaza en los cerros
aroma y muerde la madera dormida de las bancas
La avenida (nemorosa visión del caos contra las calles puras y solitarias)
donde soñolientos paseamos la bajeza del cielo
algo grasientos y humorosos mientra el rumor del gentío
nos ahoga hasta taparnos la boca del estómago
y arrojar arrojar lo sucio inimaginable de la noche que se avecina
que nos atrae a sus ojeras a sus oscuras azoteas a su sagrada floración
que nos desnuda los pulmones
y el trozo de fuego que nos llevamos a la boca
navegamos madurando las formas del asalto
agazapados bajo un toldo de agua y colectores de basura
pasa uno pasan dos y saltaron las puntas como una cicatriz elástica
sobre la espalda entrecerrándonos los ojos
como rasguño de chaira deslineando la calva calma del estanque
desfalleciente las piernas se doblan sobre un charco de grasa
un hilillo albo corre hacia los huecos y una sarta de filtros
cae sobre la noche bajo el dulce resplandor de las luciérnagas
más allá nuestras mentes turbulentas confluyendo con el viento
que se inclina en el mar y en el pecho que vuela devorado por la luna
Rosa y verde son las calles y sus bombas
con perros empalados al inicio del crepúsculo
berridos subterráneos con remezones rojos y negros
bajo un fango de vidrios relucen los miembros blancos
de las torres tranquilas Mostaza y orín
Fríos goterones grasientos resbalan sobre estas piedras aromáticas
que nos llegan como ombligos y serpientes que nos perforan
y nos llagan que nos limpian de estas ramas que crecen inexplicablemente
en las axilas a una incierta temperatura de las cuatro
mientras presurosos y desconfiados gatos se alejan
carros y triciclos vagan fantasmales por el asfalto
y entre magros edificios se eleva el Humo
tropezamos con fronterizos vigías y tranqueras eléctricas
pasivas fieras que aguardan el día para huir y dejarnos
caminar solos contra la marea
por las esquinas abordadas y repletas de cuerpos sudorosos
la calle se hinca a la hora de la imagen
profanos negros danzan sobre el manto morado
frente al templo pasan las rezadoras de octubre
interminables con sus gruesos cirios alumbrando el paso redoblado
de la muchedumbre profusas y cínicas lágrimas caen en las túnicas
como una columna de cera se derraman sus pies al amanecer
oliendo a cieno a hierbajo puro
Avanzamos con los pies morados y la cabeza caliente
con el pecho abollado y el color de la bandera
de los que jamás vuelven incomprensiblemente del miedo
de aquellos que hacen parajes en los pueblos
con sus días inexplicables y su mutismo sanguíneo
de piedra y plomo quebrados por rodajas candentes
cortando campánulas de humo con esos ojos
que allanan los profundos cuencos de los topos
y nos detuvimos bajo la cruz del cerro Hora del contacto
de estos billetes que serán dados a cambio del Humo
el Pastor nos llama para estar reconciliados con nuestra angustia
oh tú que tomas el timón del vuelo nítido y sabio
condúcenos por estos caminos para estar tranquilos y aparejados
con la brisa marina idénticos como un país en ciernes
anochecidos y abrumados sin más señal que tenues brasitas entre los dedos
A la bajada sueltos como botadura de un sueño
el Pastor y sus perros nos envuelve en una larga conversación
arisco ininteligible paciente nos invita
a la choza de la Tía donde todos lo abrazan y los perros esperan
hay algo bajo el efecto de la bebida que los emparentan
zamboshijos chinocholos noteconozco santos y beatas pintadas de coloretes
cuarterones quinterones grifos sacatrás sebosos íncubos desnudos
el Patrón del infinito vírgenes del acasito octavones y melchoritas
el Señor de la vela y de la paja
y en medio el pastor proxeneta el repartidor de claveles
el que nunca acaba como una ola de fondo
que no sabe qué arrastra si una ciudad o una invasión
o nada rodeado de perros y hermosas perras haraposas y violentas
resuelto y altivo en sus palabras hay otra voces otras sombras
que se colisionan que defecan se desaliñan al instante que se abisma
sobre una almohada de clavos y se desuella el cuerpo como cascajos
y sentimos el suelo como corredores de plumas
o cuchillos como pájaros tajándonos las piernas
Es el fin Es el comienzo de las desfiguraciones
atrás están los rayos los temblores los ekekos borrachos
los ángeles levitando con sus esqueletos desprendiéndose entre las llamas
perros apocalípticos racimos de credos carniceros seccionando repollos
genios y madrastras rodando el mundo grutas de incienso y mirra
abovedando el cielo salino espiritistas y chamanes thimolina
y agua de rosas flores y cartuchos de hostias cántaros fundiendo el rostro
de la zozobra la avaricia de un sueñohalcón rasgando las altas copas
de donde se empieza o se acaba como el filo del hacha
siempre un comienzo siempre un final
una nueva choza nos protege
una nueva estación donde pasar las noches
con una llovizna diáfana un agosto tranquilo lejos de septiembre
con sus viejas horas cayéndose a pedazos
sin ninguna referencia de volverse atrás
sólo el gentío en un bloque de sal corroe el camino
y barridos por un viento que presagia esta dicha o desdicha
de volcarnos año tras año con toda nuestra escuadra
brutos por el Humo quemándonos bajo la suave ala de la noche.

(de Pastor de perros)



De la madre

Bendijese oh sí el altar de este catre desnudo
Allí entre velas que calentaban las arrugadas manos de la madre
Vacié todo mi aliento y sobre un puñal de cenizas recordé
La nervuda arena que entraba hasta taparme los pies
torciéndome en un lado diurno y otro oscuro en esta pared
de esteras como plástico barroso que el invierno apaga
y me hablasen de aquella que sobre el polvo me ha hecho
Ella que transida bajaba ululando su tordilla cabellera
por la pendiente haciendo trazos torpes por el peso de la tardanza
O por el sol lastimando sus pómulos su frente sudorosa
Como creí verla al ser arrojado sobre unas sábanas
blancas que amortiguaban mi caída En ese lejano
sembrío de viñas y yo como un recién llegado recibí
estos ecos como si me aserrase el pecho lentamente
entre el rumor de los primus y voces que se cuelan
y hachan las sombrosas telas que aún apañan las hendiduras
del tiempo y ella se levantase y yo en el sitio donde no debo
y me dijese como un arrebol curtido racha y silente
con que me despierta y aún cegado por lo inesperado
me levanto a tientas a danzar alrededor de su falda
y ella cavilosa y runa contempla el paisaje
donde dirigió su rostro limpio hacia todos los aires
!Oh ya no será más el aceite tierno de las madrugadas violáceas
ya no seré el hijunagramputa que se incendia falcado
en su regazo y me abrace con su chompa podrida sus cerezos
sus agujas su jardín metálico en que el padre se arrecuesta
como un ocaso mi arrobamiento ante sus palabras necias y dulces
como machacados ajos me llega su llanura sus manos
sus consejos escayolados sobre mi mente que se acrece y se arruga
en tiempos en que me devoran estas faenas impuras y sangrientas
que partían mis noches oh la oscura y china noche como diría
el padre al cerrarse el bar al borde del estribo
una mujer como el día me golpea en la nuca y yo quisiera
al voltear mi tristeza en su tristeza
y bendijese oh sí el altar de este catre desnudo me dé
su inextirpable sonrisa que me azula.

(de Pastor de perros)


La cena de las cenizas

(fragmento)

Dormí así y traspasé el clima de mi vida
con una mujer de labios impresionista que ha retorcido los ejes de este cielo amanerado
que ha guíado mis labios a su epicentro a ser manchas balbucientes y cuando quise subir
por sus rampas la ciudad se desvaneció y quedó un cúmulo de nombres conchos y necróforos
salvajes saltando desde las llamas

......................Perverso mes de leopardante luz bajo sus zarpazos pienso y pierdo metros de películas
¿Ser o no ser? Los actores sienten un terror primitivo Renuncian y Altamira agoniza Es entonces que me siento
dios e interpreto y dirijo como un Orson Welles a los espectros que mi mente mueve como moviolas
sobre la tela negra de esta historia que termina de cuyas cenizas son mis ojos porque mis ojos no ven más
que ciudades hostiles y aldeas sucias Reinos de bonzos Vertebradas maldiciones Marejadas campesinas
en los chichódromos en los salsódromos en los hipódromos la rancia multitud hueca que a las 5 estallan
girando en los espacios sus roncos alientos oliendo a condones a animales desconocidos
justo en el crepúsculo que bardaban sus catres en silencio
Esto era yo a lo largo de la calle central oyendo canciones que ya nadie conoce Los muchachos del barrio
navegan en sus ciberespacios compran todo aquello foráneo a sus corazones y yo vuelvo los ojos
a esos ligeros virajes a los que me aferraba cada vez más viejo y menos sabio pero más altísimo
valveneando como trozos de papel en la llanura y llegaba sombrío arrellanándome en el sofá polvoso
mirando en la tv. mi enemiga imagen ya no la casta de mis abuelos ni mi descendencia migrada
sino otros colores otros sabores que no se parecen a un caucau con tallarines Confusión
¿Seré una procrita casta? ¿De ellos me recaeré como una vieja utopía? ¿Será esto un honor o un sacrificio?
Basculaba mi alma como una pluma arraigada en el aire Arcaicas son mis palabras
y desconozco las playas de Pompeya como ahora veo Altamira barro volcánico y escenas campestres
tiznados de lenguajes caóticos como corre el agua ante el verdor derrotado de sus pastos

(...)

¿Dónde están los demás? Calles con perfume de cantinas y boticas ahora chamuscadas por la sal del verano
Doblo hacia el centro Cuevasanta me espera bajo los tilos sin hojas Orinientas paredes como muelas de
mula se inclinan a mi paso Al fondo veo la endentadura de sus iglesias y giré hacia mi pasado
cuando pobladas sendas llenas de almas sumisas se tropezaban torpes y mareadas por el olor del tocuyo
y el ram ram de las mujeres en flor y yo yéndome con mi quimingo a la escuela fisgoneado
por sobones y maestros donde entro y salgo de una infeliz historia Ocaso repollo ocaso ya no hay
memoria y horneo la tierra plasmo vasijas para las lluvias y la desolación de un puñado de elefantes
con plantaciones locas e ilusiones y aluviones que vienen por mí Oh el norte no es un buen lugar
para morir La plaza es un desierto amotinado La niebla azogaba las piedras y se hace añicos su época
dorada como mi vida cuando era un obrero despedido y fatigado mientras voltejeaba las cometas
incoloras e inmerso en el silencio mestizo de sus playas de sus mercados tiempos con música
de grandes telenovelas Ahora Altamira yace en su tumba de estiércol y moco pero YO por el ser
el único sobreviviente sin pereza sin avaricia sin gula sin desprecio sin orgullo sin lujuria
sin traición sin patria armaré tu caos como un sueño de cachina arrancado de cualquier camino
y con gozozo afán de verdad dirigiré mi destino como ebrio policía de tránsito
Oh si volví casi quebrado atravesado cortado por un farol alejandrino
y dudé de lo que hice dudé como un condenado faite dudé del Supremo como Nazarín
dudé y dudé más
............................Oh si se rompiese estas tierras

.........................................................Oh rocas

....................................................................Oh espesura
..............................................................................Hasta cuándo?

(de Las cenizas de Altamira)


* * *

Agradecimientos a la Web.


sábado, septiembre 22, 2007

César Ángeles L.(La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros.)

La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros

3


César Ángeles L.



Final


La segunda parte del libro contiene otros siete textos de extensión más breve. El primero y tercero retoman con mesura el experimentalismo visual que la poesía concreta llevara a extremos. Pero, en fin, del conjunto queda decir que afinan más íntimamente el universo de los signos hasta aquí hallados en la lectura de la primera parte; y que, por cierto, hay un poema gigante que expresa muy bien y en este modo más intimista dicha sensibilidad: «El iniciado». En la misma altura se hallan el poema «Del Hijo» y ese otro bello poema «De la Madre», con hálito melancólico, de final vallejiano, entrañable y clamando por claridad.

Este libro, hecho desde «la nuca» (imagen reiterada), desde la memoria de país, expresa la agonía de un individuo y de un grupo —mediante la voz colectiva— que finalmente no encuentran alternativa viable en lo social, y que por ello postulan un viaje hacia otra percepción de las cosas que el propio autor —en la mentada entrevista: Cf. parte II— posiciona como subte. Y por todo lo leído y comentado, nos parece acertado.

Este universo juvenil, de alucinógenos y con un pie en lo lumpen, es propuesto como contraparte y opción ante el caos y deterioro que se percibe en la realidad. La cuestión, entonces, se resuelve en las percepciones; porque si algo caracteriza con fuerza la poética de de Ramos es, como se dijo, no dar la espalda a la realidad urbana y cotidiana sino asumirla y procesarla.

*
Sólo en este tenor podríamos aceptar que con esta poesía se dobla el brazo a una realidad principalmente antagónica. Sólo así cabe hablar de épica y héroe[18], y siempre para quienes vivan y perciban la vida de igual modo en una ciudad como la nuestra.
El posicionamiento de esta poesía es de evasión, en un grupo guiado por el Pastor de perros y donde el ánimo escéptico y destructivo prevalece sobre sus contrarios dialécticos: «este desdichado terror al mundo al látigo [...] / Oh es lo que heredo Un cráneo mi dulce cráneo / un manojo de nombres un país vetusto una porción de carne» (de «El iniciado», p. 48); donde toda construcción social es obviada y la salida estaría, como dice su autor, en el lenguaje mismo. Es decir, en la literatura.

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Y a diferencia de otra conciencia agónica como en Habitación en Roma (1952), del peruano Jorge Eduardo Eielson —un célebre caso de confrontación entre el poeta (o conciencia poética) y la urbe moderna—, aquí en Pastor de perros esta conciencia no se extingue en su autoanulación y la página en blanco, sino que se subsume en la banda para vivir la opción subte y allí encuentra una viabilidad al mundo de la experiencia vivida. Es un encuentro de modo fatal, porque no queda otra: «[...] barridos por un viento que presagia esta dicha o desdicha / de volcarnos año tras año con toda nuestra escuadra / brutos por el Humo [...]» (p. 24). Casi una «Oda a la vida retirada»; pero en lugar del encuentro armónico y pleno con la naturaleza del clásico español, el retiro es hacia las cloacas —amarga ironía contemporánea—: mucha agua y de otros colores ha corrido bajo los puentes para que esta conciencia advenga.

Si el arte y la literatura son ineludiblemente expresiones de los tiempos que le tocan vivir a cada autor, esta opción y este libro, en particular, constituyen testimonios, mediante la transposición poética, sobre todo de esa porción decadentista de nuestra sociedad. Como ha sugerido Domingo de Ramos, hacer poesía, ejercitar la creación y plasmar la vivencia de todo ello en una obra literaria constituyen, que duda cabe, un triunfo sobre las sombras y el dolor que viene de arriba abajo. De ahí su fe en el lenguaje como alternativa de salvación a las fuerzas corrosivas a la vez que a la destructibilidad de una sociedad —o un Estado, un orden, cabría precisar— como la peruana. Pastor de perros en esa medida es una victoria.

Creo también, sin embargo, que cabe esperar de autores potentes como de Ramos una capacidad para vivir y recrear otros lados y rasgos de esa misma historia y realidad, que contengan signos de afirmación y cambio. Creo que un mismo tiempo, y más en países en trance dramático como el Perú, da para muchos tipos de arte y literatura. Es tarea elevada de sus artistas no cerrarse a esa heterogeneidad problemática y ser capaces de recibir en sus antenas las diversas voces, experiencias e influencias, y no estacionarse en una sola sombra, en una misma y rediviva subterraneidad. Es, para ser más claros, una necesidad a gritos.

Ciertamente, cada autor opta por el camino creativo que se le aparezca como el más coherente con su trayectoria vital. Asimismo, y como queda dicho al principio, un nuevo tipo de crítica puede ayudar a aclarar cosas en una escena cultural tan necesitada de ello como la limeña / peruana.

* * *

BIBLIOGRAFÍA CITADA

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Anónimo (Arévalo, Javier). 1993. «Un subterráneo es protagonista de la poesía de Domingo de Ramos». En Sección Cultural del diario El Comercio. Lima: 27 diciembre, ¿pp. 8-9?

Freyre, Maynor. 1996. «Cómo construir un subterráneo». En revista Sí. Lima: 22 abril, pp. 44-47. (Las imágenes en el presente artículo han sido trabajadas a partir de fotos publicadas en esa entrevista.)

Mazzotti, José Antonio y Miguel Ángel Zapata. 1995. El Bosque de los Huesos. Antología de la nueva poesía peruana 1963-1993. México: Ediciones El Tucán de Virginia, 243 pp.

Ramos, Domingo de. 1988. Arquitectura del espanto. Lima: ASALTOALCIELO/editores, 62 pp.

--------------------- — 1993. Pastor de Perros. Lima: ASALTOALCIELO/editores & Colmillo Blanco, 62 pp.

--------------------- — 1995. Luna cerrada. Filadelfia: ASALTOALCIELO/editores. Edición artesanal de 100 ejemplares, 34 pp.

--------------------- — 1996. Ósmosis. Lima: Ediciones Copé, 60 pp.

--------------------- — 1999. Las cenizas de Altamira. Lima: edición del autor en cooperación con Charo Torres y La Noche Bar, 111 pp. (incluye diez fotografías de diversos autores).

Varios. 1987. La Última Cena. Lima: ASALTOALCIELO/editores, 127 pp.

Continúa...

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Notas

[18]Ya el romanticismo y el simbolismo francés terminaron de cambiar para la literatura contemporánea el punto de vista acerca del «héroe»; dando cuenta de un individuo que, como tal, fracasaba socialmente, pero lograba revertir esto potenciándolo como radical y digna contestación al frívolo mundo burgués. En cualquier caso, extrapolaron su escenario de victoria a otro territorio, lejos del fallido racionalismo y más cerca de lo ignoto, lo inefable. Expandieron el alma-oscurecida para espantar a esa conciencia infestada de armonía y confort fatuos. Este decurso individual fue llevado a extremos, en el siglo pasado —sobre todo por el existencialismo-; y entonces fue más evidente que si «héroe», al clásico modo, encarnaba positivamente valores y conductas del orden social imperante, la nueva alternativa era un sujeto —heredero del siglo XIX— que asumía radicalmente lo contrario: el pecado, el mal, la marginalidad, el vicio, el absurdo... y por ello convenía percibirlo provocadoramente como «antihéroe».
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viernes, septiembre 21, 2007

César Ángeles L.(La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros.)

La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros

2

César Ángeles L


Uno

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Domingo de Ramos estudió sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y fundó, con otros autores, el polémico «Movimiento KLOAKA»[5] a inicios de los 80. En dichos años, hizo periodismo, publicó en la selección de nueva poesía peruana La Última Cena (Lima, 1987) así como un libro individual de poemas. Su familia había migrado a Lima, centro político y económico del país, asentándose en la barriada de San Juan de Miraflores donde aún vive actualmente.

Con él sucedió —sucede— lo que con otros jóvenes escritores y artistas de extracción popular. Cuando evidencian su talento y capacidad de análisis, como es su caso, son recogidos por la crítica literaria como diamantes en medio del pantano. Y corren el peligro que desde entonces todo lo que hagan sea definido como bueno por ser «popular» o que toda mostración de inteligencia sea apreciada, por el mismo criterio, como una rareza. De ahí que no haya sido un gesto gratuito sino más bien lúcido y rebelde, que el día de la presentación pública de Pastor... en «La Noche», un bar de moda en el tradicional barrio bohemio de Barranco, el propio autor reclamara que no se viera a los pobladores de las barriadas (o Pueblos Jóvenes, según la retórica impuesta por el populismo militar del gobierno del general Velasco) como seres-raros, de otro planeta.

En efecto, con el tiempo, los descendientes de los primeros migrantes (colonos) provenientes en su mayoría de la sierra, han accedido a niveles de educación escolar y universitaria, además de otras formaciones tipo institutos, escuelas técnicas, academias varias...[6]. De ahí que incluso en la literatura culta[7] existan, desde hace décadas, voces que provienen de este sector social. El grupo de poetas reunidos desde 1970 bajo el nombre de «Hora Zero» fue un caso-espectáculo, pero luego hubo otras voces. Domingo de Ramos entre ellas.

*
Es decir, se ocuparon no sólo parcelas desérticas y abandonadas del territorio costero peruano, sino también su cultura dominante, su idioma, en una suerte de intercambio sincrético. No debe llamar a sorpresa, pues, a estas alturas, que escritores provenientes de estos sectores dialoguen en diferentes niveles, y con diferentes resultados, con la literatura culta peruana y occidental.

*
Hablo de apropiación creativa de la retórica poética, en el caso concreto de Domingo de Ramos; y a la vez, también, apropiación de esquemas ideológicos. De ahí que, contra lo que ligera y populistamente podría esperarse, en su poesía —y coincidiendo con el sentimiento de otros poetas y artistas peruanos— predomine el testimonio de cierto naufragio ideológico en medio de un país-desgarrado casi como el cuerpo y las entrañas de Túpac Amaru. Es decir, a diferencia de aquella mejor parte en la trayectoria del pueblo peruano, enriquecida con una mística colectiva y transformadora nunca recogida por los textos escolares de historia, la poesía de este autor echa raíces en una posición signada por el desgarramiento individual.

*
Y es que resulta iluso y mecánico pensar que de los «sectores populares» —vistos así en bloque— nazca espontáneamente una conciencia de ello. En cada sector o clase social existen diversos decursos e individualidades también. Sí, el ser social determina la conciencia; pero este conocido aserto no debe tomarse mecanicistamente. La conciencia es algo que se forja mediante cierta práctica y politización, no viene sola con el mero nacimiento. Así como no todo en el campo popular posee una clara y radicalizada posición de cambio, no todo el que provenga de allí la tendrá necesariamente, o al menos no la tendrá de la misma manera que otros individuos de semejante extracción social. En relación con esto, y como cualquier mortal, un autor como quien ahora nos ocupa no deja de portar sus propias contradicciones. Domingo de Ramos proviene de esas masas desplazadas, que a la vez constituyen una fuerza y potencial importantes en el presente y futuro del Perú. Pero de Ramos también accedió a una educación universitaria, y en San Marcos tuvo la oportunidad de relacionarse y vincularse con otros sectores de la sociedad limeña. Como escritor amplió aun más su radio de conocidos y amistades como aquellas de la pequeña burguesía ilustrada. Él mismo es consciente de estas múltiples influencias, que enmarcan a la vez sus diferentes opciones en distintos momentos[8]. Efectivamente, como queda dicho, alguien como él no está solo. Las siguientes páginas quieren acercársele a través de uno de los hitos en su considerable producción poética, y ver allí de qué están hechos el cuerpo, la protesta y la propuesta de este ya maduro poeta colocado por méritos propios en el lugar destacado que hoy ocupa.

Quizá no sea jalado de los pelos, por otro lado, iniciar una aproximación a la poética de este autor cruzando la de los escritores que hicieron la presentación de Pastor de perros, ese día en Barranco: Rodolfo Hinostroza, Abelardo Sánchez León y Rodrigo Quijano. El primero marcó, en sus poemarios, la voz apocalíptica, a ratos profética, quinto jinete en el cuestionamiento de la fe en el progreso y la modernidad occidentales[9]; el segundo, el autoanálisis duro y desencantado desde y para la pequeña burguesía: sus sujetos y circunstancias, además de aportar algo tan consustancial a de Ramos como el discurso largo, el poema largo, operístico. Después de todo, Sánchez León sacó buen provecho de su profesión —coincidentemente la misma que la de Domingo de Ramos— para su trabajo literario: la sociología. El tercero, joven autor incluido también en La Última Cena, y con una fresca e inteligente (aunque poco comprometida) sensibilidad ante el proceso de mestizaje y su no muy antigua resultante que apodan «cultura chicha».

Dos

«¡Oh el deslumbramiento del horror! Mejor será largarnos / de esta ciudad a la que nunca pertenecimos / y ya no tengo banderas ni multitudes / Estoy perdido / entre los edificios / entre las calles / y bocacalles / entre los cerros y basurales / deambulando con tu imagen impregnada en mi mente / (y tú Sarita eres como un rockanrol en mi pecho / oliendo a pasta que consume mi banda pensando en ti / en el cielo que le ofreces por unas monedas) / ¿Qué puedo hacer? [...]»
(de «Banda nocturna», en Arquitectura del espanto).

«[...] Y así se vence la noche / se vence solitaria río abajo donde hacemos rodar / nuestros ojos como piedras rugosas bajo el agua.»
(de «A la hora del pay», en Pastor de perros).

«[...] mi mente que se acrece y se arruga / en tiempos en que me devoran estas faenas impuras y sangrientas / que partían mis noches oh la oscura y china noche como diría / el padre al cerrarse el bar al borde del estribo.»
(de «De la madre», en Pastor de perros).


El libro que nos convoca consta de dos partes: «Pastor de perros» y «Mientras yo agonizo»;la primera agrupa tres largos poemas, mientras la segunda, los restantes siete.
En una breve pero sustancial entrevista concedida al diario El Comercio (1993), el propio autor reafirma que el conjunto se articula en torno a un personaje, quien tiene «una voz mucho más íntima en la segunda parte del libro».

*
No nos detengamos en cada uno de los diez textos, sino sólo en algunos pocos que nos ofrezcan momentos representativos en función de lo que vayamos indagando.

Domingo de Ramos da varias pistas, en la mentada entrevista, para ingresar a la lectura: «P. Tu libroes un canto épico, una epopeya de un poblador suburbano ¿Este personaje qué percepción tiene de la vida? R. No tiene esperanza [...] Alguien que estáconstantemente en peligro. P. Tu personaje puede sucumbir ¿ante qué? R. Ante su propia soledad, a la estructura social que vivimos, a su propia marginación. Aunque más que un marginal es un subterráneo. Uno es marginal ante un grupo que le margina. Pero un subterráneo tiene una opción, ha decidido vivir en las cloacas [...] Ellos tienen una férrea lucha por la supervivencia también, pero dentro de lo oscuro siempre hay cierta luz. P. ¿Cuál es esa luz? R. La luz viene a ser el lenguaje mismo, la esperanza de vivir en el momento que viene».

En una épica, el héroe encarna un horizonte solar, un camino edificador y edificante, ante todo. Y si él, como individuo, no siempre necesariamente gana, su ejemplo trasciende por aquella voluntad de querer triunfar sobre las adversidades que se le oponen. De ahí que un héroe aun vencido inspire una épica vindicativa, de estro noble y positivo. En Pastor..., ¿quién gana?. Con ingenio y verdad, de Ramos responde testimonialmente que ve más «oscuro» que «negro» dando cuenta de cierta luz. Aunque sea una luz tenue, casi un rayito de luz. Pero si así está la claridad del horizonte, no parecemos convocados a un sentimiento de victoria sino a otro de derrota; ni a una épica o un héroe, en consecuencia, sino a una antiépica y su correspondiente antihéroe. No nos entretengamos con esto ahora; al final haremos precisiones al respecto.

Como dice el autor, por otro lado, en el libro el poeta da cuenta de la «marginalidad»; y aun aclara que, siendo ésta voluntaria, es mejor denominarla «subterraneidad». El matiz entre estos conceptos puede descifrarse como Marginal-Pasivo ante Subterráneo-Activo: «tener una opción»; ser subte implica una cultura, como buena parte de la juventud rokera de los 80 (y aún ahora hay tozuda resaca en esta «opción») en Lima y hasta en otros espacios urbanos de América Latina[10]. Pero ser subte es vivir «en las cloacas» de la ciudad, metáfora para expresar este modo de nutrirse de la descomposición del sistema. Ésta fue —y es— una opción, como dijimos, de parte significativa y estruendosa de la juventud pequeño-burguesa limeña[11]. El problema es que esta fuente nutricia tiene por lo pronto dos metabolismos: uno (matriz creativa) positivo, porque alimenta en fuertes dosis la desmitificación de la cultura burguesa, rompiendo con radical provocación las convenciones insoportables para sensibilidades vivas; dos (techo) negativo, porque impide alcanzar horizontes amplios, con mayores dosis de oxígeno y claridad, y como el propio autor declara en El Comercio (¿autocríticamente?) se caracteriza por «sus horizontes demasiado estrechos». He compartido vida y obra con esta cultura (sin yo ser propiamente subte) y puedo decir que a esa dura y justa rebeldía y radicalidad se aúna (aunaba) un persistente individualismo y consecuente desencanto que no halla, en la recurrente soledad destructiva y autodestructiva del individuo, ningún vínculo duradero ni fértil con proyectos colectivos. Es como si, en general, la mierda cayera con ventilador sobre cualquier afán progresista, democrático y finalmente constructivo. El malestar, escepticismo y deterioro suelen, entonces, prevalecer en la cultura subte. De ahí que su signo sea el decadentismo, y que el techo prevalezca sobre la matriz creativa.

Por todo ello, no es raro que al romántico modo, de Ramos, coincidiendo con otros escritores y artistas sólo pueda hallar armonía y luces en «el lenguaje mismo». Así, este autor impregnado de realismo urbano culmina su actual estación en el lenguaje mismo, es decir: en la poesía misma. El suyo es un realismo sobre todo expresionista, pleno de lirismo. La épica de la que hablaba(n) es en el fondo lírica, es decir canto del individuo. Más exactamente, canto oscuro del individuo. Y a la vez es cierto que lo que redime y parcialmente salva a una sensibilidad como la de Domingo de Ramos —y hasta le confiere ese perfil épico que encandila— es la expresión poética de su agonía (de agón: combate).

Esto mismo, si quisiéramos ir a la historia literaria de la joven poesía peruana, es lo que identifica a quienes integraron el representativo (de la cultura subte) grupo artístico y poético KLOAKA en los 80, del que aquél fue conspicuo miembro-fundador. Aristokracia del kaos.


Tres

El libro se abre con el propio canto del Pastor de perros, el personaje protagónico. Melancólicamente, abre con un recuerdo: «Y me sumergí en mis recuerdos hoy que es otoño / con aquel silencio quieto de la altura / los temblores de la huida que sacudió mi pelo / yo al abrazarte mis recuerdos se me revelan suavemente». (Todos los subrayados en las citas de poemas, de aquí en adelante, son míos.) De este modo, abre un círculo ya que al final del volumen, el recuerdo, presencia constante en el libro, vuelve a iniciar el último poema.

La melancolía queda remarcada con el paisaje objetivo: «es otoño», símbolo de la decadencia por el caer de las hojas y el cese de la luz y el calor estival. Además, los términos subrayados aquí, nos dicen que todo queda dispuesto para ir hacia adentro. Esta memoria (¿de qué?) está anclada en la desesperanza, como anuncia el epígrafe de Walter Benjamin: «Sólo gracias a aquéllos sin / esperanza nos es dada la esperanza». Adentrémonos un poco más para conocer de qué está hecho cada elemento de esta pareja contradictoria.

*
Que el personaje —voz poética— carga con su derrota social a la espalda —como Eneas con su padre muerto: su pasado derrotado-, es algo que los propios versos se encargan de recordarnos martilleantemente, como martilleante (a lo yunque) es el ritmo de esta poesía: «este mundo que yo ya perdí», «Dejo mi realidad mi más profunda desnudez / y veo la arena como calma la leche la sombra / con un horizonte clavado en la espina», «Para entonces un viento feyo y bronco me atravesaba hacia el / extravío en medio de dos caminos [...] / doblándose en el desierto[...]» y «Otoñal mi corazón yace desolado / entre las sábanas engañosas mar y arena / Imposible lecho donde ya nadie se levanta» (pp. 10, 13). Hay que tener en cuenta que este sentimiento se hilvana, dialécticamente, con un amor ¿a quién? Con una lectura ingenua podemos pensar que a una mujer —o, en general, a otro sujeto— dadora de confusa vitalidad, pero vitalidad al fin: «tú me abrías a toda esa locura inalusiva y pura»; y, a veces, de cierta armonía: «al abrazarte mis recuerdos se me revelan suavemente». Pero si reparamos en algunas frases sospecharemos que más bien ello nos remite al amor-vicioso a la droga, que estimula artificialmente los sentimientos anteriores: «[...] esta tiesura desmesurada que aborda solitaria / en mi cama pesadumbre de humo tiznando / el papel que no grita ni chilla que se abre / y se cierra ciclos de hierro festoneando / mi puerta al pie de las aguas más oscuras», o «una boca un vicio una mano / la curvatura la dulce colina la faz umbría» (p. 9). De cualquier modo, podemos intersectar ambas interpretaciones, pero priorizando la segunda; la perspectiva alucinada que organiza la sintaxis del poema así lo permite.

Este amor así liberador sucede en medio de lo «oscuro», en un paisaje de salvaje autenticidad y de flores del mal; sin embargo, el malestar que proviene de la realidad aparece como más potente que estos frágiles paraísos: «y lo que miro / y lo que palpo / y lo que siento / no eres tú / sino ese aguado rumor de piedras / alzados por aleteos de aves y me detuve en medio del camino / desolado polvo tragando mis horas repicando mis palabras / en tu cemento en tus brazos de escoba que armé en cruz / para no pensar en la cocina o cuando me mira Sarita / desde su cuadro sin vela pareciera que el pasado le hedía / al verme [...]» (p. 13).

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Retengamos que aquí el personaje-poeta fabrica imaginariamente un espantapájaros «para no pensar»; ¿en qué?, en su cotidiana realidad, o culposamente en la beata popular «Sarita» Colonia[12], quien parece acusarlo desde su sencilla estampa.

El paisaje desértico —arena, piedras, cerros— reiterado a lo largo del libro es simbólico; no sólo tomado de la costa peruana sino más exactamente del habitat de los migrantes que, como la familia de Domingo de Ramos, lo poseen por su pretérita y justa ocupación. Este paisaje lo asimila el Pastor de perros como expresión poética de su desolación: «me he hermanado al miedo / me he retumbado entre perros entre muros de caña / membranoso viento que va marchando y yo en ella / ladeándome fecal y arcilloso mientras una turba de niños / me ondean desde los cerros y feroces hacedores de antiguas señas / han desvicerado en mi pecho un conejo blanco» (p. 14).

Dicho sentimiento se amplifica con las palabras de una «niña coja», además «semienterrada en mi brebaje», quien dice: «es tiempo de pérdidas y peregrinajes / aquí y allá el fuego se atiza / viciado el espejo en su redondez / no veo la preñez sino el extenso mar desgarrado», y luego «[...] tu cuerpo se confunde entre pezuñas y pelos / no hay abertura no hay salida entonces / [...] ya no es tiempo de alardear es tiempo de guerrear».

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Es notorio que esta p.14 concentre a la niñez: la beata (usualmente representada a partir de una foto donde tenía doce años), los niños que ondean y la niña coja, quienes sumándose producen en el Pastor un acentuado sentimiento de derrota y abatimiento que, hacia el final del poema, culmina en algo así como un desesperado y último recurso de patear el tablero de estos potenciales recuerdos del deterioro y el desgarramiento —personal y social—, para volver al paraíso artificial vía «un tabacazo» (cigarro hecho con pasta básica de cocaína, o PBC). Como si la niñez, al decir del viejo refrán, expresase la palabra verdadera. Y como si estos niños fuesen portadores de conocimientos, conductas y realidades imperecederas, encarnando la violencia social de antes: «hacedores de antiguas señas», o de mañana, cuando la niña coja convoca al Pastor a reproducir la propia condición apocalíptica que ella y su circunstancia simbolizan: «[...] no hay salida entonces / tómame tómame hazme el amor por nuestra continuidad».

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No es fácil, a veces, interpretar algunas imágenes del libro; existe, pues, un grado de hermetismo generado, precisamente, por el extremo lirismo de esta poesía.

El pasaje final del poema, como se dijo, hace prevalecer el desgarramiento sobre cualquier nacimiento o «preñez», mediante una serie de situaciones. Y a pesar de la batalla (agon-ía) del personaje contra ello, hay «un suelo inafectivo con raras esferas arrugadas» (p. 16). Para sortear el dolor opta, individuo solitario, por una doble despedida: física y, a la vez, subjetiva, ya que abandona sus «presagios» y «recuerdos»: «Les digo adiós en este mes de otoño en que los recuerdos / se me suben suavemente a la cabeza como un tabacazo para / el olvido». Y así mismo «suavemente» había abrazado, al inicio del poema ¿a quien?: aparece obvia la respuesta. Dice adiós a sus recuerdos y presagios; es decir, a sus perros, que muerden la memoria.

TRES COSAS ADICIONALES Y ALGO SUELTAS:

a. No quiero callar mi interés por esa capacidad de Domingo de Ramos para hablar de lo personal desde la realidad urbana (suya, nuestra): concretamente, Lima. Una serie de personajes, objetos, símbolos siempre, circunstancias, oficios y creencias se engranan en estos versos haciendo sistema para hablar siempre de lo propio.

b. Tanto el léxico como la sintaxis de este autor han alcanzado mayor libertad y elaboración ofreciendo importantes cuotas de densidad; también con el cultismo esporádico, asumido no sin cierto hedonismo de la palabra y, a la vez, ironía. Lo que da pie para situarlo en una corriente barroca, donde se encuentra con no pocos poetas peruanos actualmente, por lo que sería interesante un análisis más refinado sobre este punto. ¿Por qué ironía? Porque el mentado cultismo adquiere un aire de parodia dialogando con el coloquialismo, que ha venido desatado —no pocas veces lindando con una simple falta de rigor expresivo— desde hace varios años en la poesía (no sólo) peruana. Términos como fulgir, hacedores, desnóchese, oración maneada..., conviven y dialogan con otros como cuyada, robachancho, cagándome...

c. Es importante retener la mordacidad de la imagen central que da título al libro, a la primera parte, al primer poema y al personaje protagonista: Pastor de perros. En la literatura clásica y renacentista, el pastor bucólico conducía ovejas —como suele ser en realidad. En una ciudad como Lima, la fauna se ha trocado por «perros», más abundantes entre nosotros y en nuestras calles que cualquier otro ganado. Además, la imagen clásica e idealizada nos remite a la ideología cristiana (rebaño de almas guiadas por el pastor divino), mientras que «perros» nos sitúa en un escenario no sólo urbano-contemporáneo, sino hasta más bestial e incluso demoníaco si de expiaciones se trata, como en este libro. Animales, por lo general, sin dueños, sin hogar seguro, sin rumbo, por las calles siempre, viviendo de los desechos: fauna subte. Y este Pastor, ¿qué da de pastar a sus fieles, voraces y adictos perros?: pastar PBC, pasta básica. (Cf. Nota 14).

El segundo texto es muy significativo: «El viaje... primer encuentro». Una voz colectiva se relaciona con el Pastor[13]. Éste aparece como poseedor de «pájaros blancos», del «queso», aquello que «aquí [...] se hornea y se seca» y «se vende». Es decir, la droga blancuzca, la pasta[14].

*
Y, entonces, las palabras del Pastor combinan su voluntad de comercializarla —al colectivo que por ella viaja físicamente, pero no subjetiva o alucinadamente aún: «este viaje sin viaje»— con la típica actitud del desprecio lumpen[15] y aludiendo al vicio (precipicio): «No me digan nada ya sé quién los mandó / esto es lo que tengo lo compran o lo dejan / y no me busquen más no los quiero volver a ver / porque ya los conozco a todos / la misma angustia los ojos aplastados / las palabras babeantes atados locamente al precipicio» (p. 18).

Luego viene el descenso, desde el cerro a la ciudad, en medio de «pistolas» (cartuchos de PBC) y del caos contemporáneo que vence a la armonía clásica de Natura: «[...] huye el arroyo / a la mar y la mar resoplando una melodía cadenciosa y amarga / aburrida por instantes nefasta en el ahogo de sus aguas» (p. 18), y la oscuridad y desolación se acentúan. Este descenso físico nuevamente tiene su correlato subjetivo, ya que así es también la droga: eleva y luego postra, y da hambre: «Con el humilde tufo de cebollas trinches y palas / con que despedazamos vorazmente el mendrugo / para luego echarnos sobre barbechos de alfalfa oliendo a alfalfa / lilas en el pelo rocío y verdor de aguardiente». Pero rápidamente este paisaje fresco y bohemio-juvenil se va perdiendo, cómo no, por un realismo con situaciones y personajes de la urbe pero impregnados de expresión nerviosa y negativa violencia: «[...] nada es sereno ni aquí ni allá entre esta vereda y la otra / hay brazadas inútiles [...] / brotan y corren escombrosos y alargados por las esquinas / bajo un barullo de sedosos mosquitos [...]» (p. 19). Finalmente, estación del desencanto e irreverente anarkía: «[...] El cielo esculpe / su inextinguible plumaje donde se reposa y se duerme / sin ningún tiempo sin oráculos / ni curas...» (p. 20). Ahora es cuando la sensación apocalíptica adviene, y el «Humo» (¿de la guerra?) se constituye como símbolo elocuente del reciente paisaje de una ciudad incendiada como Lima, con bombardas en sus cerros populosos, cinturones de miseria: «La pólvora que se enciende como una calabaza en los cerros / aroma y muerde la madera dormida de las bancas» (p. 20).

Y como hace poco, la multitud encarna el ruido (fuerza negativa) antes que la armonía (fuerza positiva): «[...] el rumor del gentío / nos ahoga hasta taparnos la boca del estómago». Desfallece la voz colectiva: «desfallecientes las piernas se doblan sobre un charco de grasa / [...] bajo el dulce resplandor de las luciérnagas», siempre bajo el signo de la guerra: «Rosa y verde son las calles y sus bombas / con perros empalados al inicio del crepúsculo / berridos subterráneos con remezones rojos y negros / bajo un fango de vidrios relucen los miembros blancos / de las torres tranquilas[...]» (p. 21). Legítimamente podemos interpretar hasta aquí que las «bombas», los «perros empalados» y hasta el «crepúsculo» (cambio de luz), aluden a la guerra que iniciara Sendero Luminoso en 1980. El derrumbe de la tradicional urbe —fundada en Occidente— está metaforizado por la destrucción de sus «torres» (símbolo de prestigio y poder) y sus «miembros blancos».

Así, se refiere una ciudad en estado alterado: «[...] estas ramas que crecen inexplicablemente / en las axilas [...] / mientras presurosos y desconfiados gatos se alejan / carros y triciclos vagan fantasmales por el asfalto / y entre magros edificios se eleva el Humo»; y todo, como sabemos, se cerca porque la propiedad y sus propietarios, y los guardianes del orden se afectan de inseguridad: «tropezamos con fronterizos vigías y tranqueras eléctricas / pasivas fieras que aguardan el día para huir y dejarnos / caminar solos contra la marea / por las esquinas abordadas y repletas de cuerpos sudorosos» (p. 21).

Luego de la caminata, rápidamente se retoma el hilo vertebrador de esta poesía y el signo «Humo» se torna ambivalente, siendo más claramente signo de la droga ansiosamente procurada: «y nos detuvimos bajo la cruz del cerro Hora del contacto / de estos billetes que serán dados a cambio del Humo / el Pastor nos llama para estar reconciliados con nuestra angustia» (p. 22). El Pastor-proveedor aparece como exorcista del temor y la confusión. El encuentro se resuelve al interior de «la choza y la Tía»: micro espacio eminentemente popular (en jerga, «Tía» nombra a cualquier mujer adulta con quien se establece un nivel de complicidad) y lumpenizado por la ocasión. El grupo aumenta cuando allí dentro «todos lo abrazan» (al Pastor). Y en este micro-espacio el primer plano se multiplica, los matices se amplifican y se desencadena, por efecto del alcohol y la droga, una suerte de Aleph mestizo o cholo porque aceleradamente se suceden grupos étnicos, mitos católicos y paganos, supersticiones, el propio Pastor «proxeneta el repartidor de claveles» (en jerga, «clavo» nombra a la droga porque su consumo te clava, es-claviza), sensaciones alucinadas con imágenes de intensidad, destrucción y autodestrucción, apocalipsis con perros, y flores; todo en esa contundente página 23 cuyo pasaje culmina, hacia el final del poema, «con una llovizna diáfana» y vallejianamente con «un agosto tranquilo lejos de septiembre». Sólo que, a diferencia de Vallejo, todo es finalmente deterioro y la multitud «en un bloque de sal corroe el camino» y aquella voz colectiva que abre y cierra el poema no erige nada por amor(a diferencia de en «Masa», el célebre poema vallejiano) sino que se apaga «brutos por el Humo quemándonos bajo la suave ala de la noche». Destaquemos: brutos, Humo y noche.

Lo que sigue, «A la hora del pay» (en jerga, pay nombra a la PBC), tercer y último texto de la primera parte, es la acentuación y vindicación de lo anterior. El grupo camina en la urbe, de noche, con sensaciones de liviandad generadas por la droga: «Se acoda el humo frondoso en la madrugada Es el himno nuestro himno / Humo fértil que roe el muro [...]» (p. 26). La reaparición del Pastor vuelve a oscurecerlo todo, y hasta la escena objetiva corresponde a un «apagón» (oscuro total producido en nuestras ciudades, de noche, por actos de sabotaje senderista contra la red del alumbrado eléctrico).

Y continúa el recuento de personajes y circunstanciasde ambientes grises, crepusculares o de «zonas punk-metal-chicha» (p. 27) por estos «extraños linderos», «bocacalles confusas». La dura marginalidad y desencuentro con el sistema social establecido son reiterados por la voz colectiva: «Y ya no confiamos en nadie hastiados como un ciclón a volarlo todo / Este sucio reino que nos raja los pies nos exilia nos dopa / desde sus gordos edificios [...]» (p. 28).

Esta percepción se oscurece más y generaliza la sin-salida a toda la ciudad: «La ciudad apesta las flores exhalan su último perfume». Luego de volver a atacar los símbolos del Poder (algo en lo que este poema no se queda corto): «Templos y palacios asediados por aves de presa», la voz colectiva dice: «y su sombra cayéndonos encima desmembrándonos con su torpeza / nuestra transparencia de andar solos y puros / [...] / Somos demasiado cristalinos y analfabetos yendo de balde al día / con nuestra bruta inocencia como una palmada en la suave nalga del niño / como un dios nocturno mojándonos la sangre hemos llegado / principiantes de las tinieblas más claras de los cerros» (p. 29). Expresa así, al maldito modo del simbolismo francés, una voluntad de expiar el mal (esta civilización y sus sombras) que contamina la «bruta inocencia». Domingo de Ramos logra, en estos términos:

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1) No salirse del marco popular mestizo e intenso que es hoy Lima, para expresar una posición metafísica de iniciación en una plenitud trascendente y 2) Simultáneamente evita diseñar una contra-imagen angelical o de oveja violentada por lobos (el mal); pues lo ensombrecido es esa «bruta inocencia», ese «dios nocturno» y «esas tinieblas claras de los cerros». Es, finalmente, una mística subte(o mística-del-kaos como decíamos alguna vez con Róger Santiváñez, destacado ex-KLOAKA), y las aparentemente irresolubles contradicciones citadas se resuelven dialécticamente en este concepto.[16]

Me parece que, sólo en cierta medida, esta búsqueda explica la opción oscura de la que habla el autor en la entrevista de El Comercio. Este pasaje por lo oscuro es voluntario, como inevitable (¿pero necesariamente terminal?) proceso de exorcismo que se propone como alternativa. Contaminarse con el mal, para expiarlo. Casi una vacuna.
Son otras maneras de nombrar la doctrina subte y esa forma tan suya de liquidar en el imaginario aquel mundo burgués, evidenciando hasta lo grotesco su decadencia. Pero el individuo que realiza esto, lo hace propiamente de modo individual; consecuentemente contaminado de caos y escepticismo, porque solo no puede nada, políticamente hablando, y finalmente se estrella contra ese gran muro de templos y palacios que no termina de caer.

Es esta propuesta del «anti-», que porta los rasgos antedichos, la esgrimida en este libro: «[...] Y así se vence la noche / se vence solitaria río abajo donde hacemos rodar / nuestros ojos como piedras rugosas bajo el agua.» (p. 31). Al final, el decadentismo de esta alma es paradójicamente fruto de su agónico trance con las sombras despreciadas: fatal organicidad a un universo de valores deteriorados[17].

Esta poesía es seria. Sólo podemos hallar sonrisa-heavy si entendemos que este proceso de expiación, con recuerdos y presagios de esa sensibilidad religiosa-pagana, ocurre en los falsos paraísos que el Pastor provee; y que simultáneamente se nutre de la dinámica mestiza, chicha, chola o como prefiera llamársele a este encuentro y desencuentro de todas las sangres que es Lima. Y si observamos, también, que los alucinados monólogos del Pastor portan solemnidad retórica y apocalíptica, parodiando el tono profético asaz bíblico; pero siempre desde una actitud nihilista y destructiva que prevalece en la cultura subte, situándose asimismo en una ciudad mestiza y tercermundista y no en un ágora clásica.
En concreto, ni esta voz del Pastor redime, ni el material redentor (la droga) es siquiera auténtico: «a dónde voy? / mi lengua es falsa / impostada mi voz / mis drogas adulteradas / mis perros / fieles» (p. 35).

Para cerrar lo que veníamos comentando, quiero citar el final de la última y clave intervención del Pastor en la primera parte, muy panteísta: «Oh río alto río [...] / Lávame el cráneo [...] / Lávala a ella con voluptuosa ternura / abrázala sin sentido oriéntala en su fobia / [...] / desenrédame de mis confusiones con tu sabia corriente / despéjame el pecho [...] / Evócame en tus ratos grises tú mi dios tú mi hermano / llévame y deja mi cuerpo sobre la orilla que natura / sabrá qué hacer con ella porque tú eres el Retorno / El ángel de mis soledades» (pp. 35-36).
El poema concluye asimismo con la reduplicada visión grisácea de la multitud: «desgarrados en sus dolores / se vuelven hacia el día / como a la noche mugrientos y rutinarios / obedeciendo a las señales de tránsito».

Continúa...

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Notas

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[5] Copio aquí la referencia a dicho grupo tomada de la Introducción a El bosque de los huesos/ Antología de la nueva poesía peruana 1963-1993: «Kloaka se formó en septiembre de 1982, tras varias rondas de conversaciones, en un bar del populoso distrito del Rímac, al norte de Lima, por decisión de los poetas Róger Santivánez, Guillermo Gutiérrez y Mariela Dreyfus, y el narrador Edián Novoa. Al poco tiempo se unieron los poetas Domingo de Ramos, José Velarde, Julio Heredia, Mary Soto y el pintor Carlos Enrique Polanco. Juntos publicaron numerosos manifiestos literarios y organizaron recitales en distintas zonas de la capital, en lugares tan disímiles como el bar `La Catedral´ (el mismo utilizado como referencia y escenario en Conversación en la Catedral, la célebre novela de Vargas Llosa), en los extramuros de Lima cuadrada o colonial, o como el `Auditorio Miraflores´, en el corazón del homónimo distrito tan representativo en el imaginario —aunque ya no tanto en la realidad— de la clase media alta limeña. También concedieron entrevistas en las que se declaraban una suerte de `conciencia vigilante´ de la sociedad peruana y en que adoptaban un aire anarcoide pero firme y directo en su denuncia de la `albañalización´ progresiva de la sociedad peruana» (p.31). Más adelante se lee: «(...) la caprichosa `K´ con que los miembros de Kloaka gustaban firmar el nombre del grupo obedecía no sólo a un afán de contradecir la convención ortográfica, sino también a una búsqueda de contacto directo y sin ambigüedades con la oralidad que pretendían privilegiar dentro de la escritura y como práctica de llegada.» (p.37).

[6] La educación es un buen negocio (no sólo) en el Perú. Las urgentes necesidades que al respecto tiene la creciente población migrante, facilita que éstas sean explotadas normalmente sin escrúpulos por los aludidos centros (negocios) educativos; cuya competencia y eficacia como tales conviene, en la mayoría de casos, poner en duda. Dicha práctica de explotación está amparada, cómo no, por la precaria o incluso cómplice acción del Estado en materia educativa.

[7]No quiero extenderme en la precisión de este polémico concepto. Repetiré lo ya divulgado: la literatura reseñada privilegiadamente por diarios y revistas, especializadas o no; la que figura en antologías y libros de historia.

[8] Un buen repaso a la trayectoria familiar y política de Domingo de Ramos —desde cuando era precoz líder estudiantil en la secundaria— se halla en la crónica: «Cómo construir un subterráneo», de Maynor Freire (Ver bibliografía).

[9]Aunque, por otro lado, es verdad lo que me dijera el crítico Abelardo Oquendo a comienzos de los 90: que, con todo, la poesía de Hinostroza sea en los 60 la única que propone una utopía, expresamente además; ésa nutrida de la ideología hippie (en el sentido fundacional del término). Habría que añadir el nombre de Javier Heraud, aunque con otras características para el mismo período, a pesar de que su temprano asesinato impidiese su maduración.

[10]En España llaman «cultura alternativa» a aquella que se gesta a espaldas de lo establecido y convencional burgués. No es propiamente equivalente a «cultura subte», aunque tengan elementos coincidentes. Más bien entendámosla como cultura-protesta, heredera de la contestación hippie y anarca de los 60-70s.

[11] En torno a la «subterraneidad» y los «subterráneos» en la Lima de los 80 —que es de cuando data esa movida— conviene matizar el alcance real de estos términos, agregando que aquí las referencias se sitúan y entienden mejor en el imaginario de dichos grupos, muchos de cuyos individuos no vivían en la práctica concreta aquella «vida en las cloacas» —su temporada en el infierno, digamos— sino más bien otra menos dramática y desamparada.

[12] Sarita Colonia (Huaraz, 1914-1940) migró tempranamente con su familia a Lima. Allí fue vendedora de mercado y empleada doméstica. Se cuenta que unos hombres intentaron violarla en el Callao, donde vivía; pero milagrosamente su sexo se cerró de súbito impidiendo el acto. Es éste uno de los motivos más recurrentes en la génesis de su leyenda en torno a su biografía, bondad y milagros. Al principio, el culto a Sarita creció entre delincuentes, estibadores y prostitutas, ampliándose cada vez más hacia otros sectores del pueblo e incluso, luego, a diversas capas de la sociedad peruana. A pesar de reiterados intentos de sus fieles, la Iglesia católica no la reconoce en su santuario, por lo que el culto a esta joven mestiza se mantiene y crece masivamente en la informalidad. Todo ello la ha convertido también en símbolo estimulante y poderoso, para varios escritores y artistas, del mestizaje: de sus dramas, triunfos y caídas. En esto, como pasa con casi cualquier cosa de factura popular, se cuelan a menudo interpretaciones, usos y reciclajes populistas que sería conveniente diferenciar.

[13]La voz plural en el poema es un rasgo valioso de la poética de Domingo de Ramos. Ya en su Arquitectura... la empleó con acierto en quizá su mejor poema de entonces: «Banda nocturna». Difícilmente hallamos esta línea de trabajo en la joven poesía limeña (no sé si en la peruana) donde el YO individual domina la escena. Sin duda, rasgos de escritura como el mencionado, mueven también a caracterizar Pastor de perros como una «epopeya», un «canto épico».

[14]Otra pista aparece en el tercer poema: «[...] el Pastor nos dice garrs / garrs sin respirar en codeína en trance [...]» (p. 27).

[15]Después de todo, la propuesta subte tiene fibras comunes con el lumpen; recordemos que aquélla se recicla con el deterioro humano y las excrecencias de la ciudad. No creo equivocarme si afirmo que el Movimiento KLOAKA exploró más decidida y claramente, desde la literatura, el mundo lumpen y sus sujetos, dando no pocas veces testimonio de parte.

[16] En la citada Introducción a la antología El Bosque de los Huesos, se lee que: «El mismo pseudónimo de Domingo de Ramos (correspondiente al individuo Rómulo Domingo Ramos) insinúa un sincretismo religioso y una actualización del tópico del poeta como mártir, no sin cierta dosis de ironía y parodia en una adaptación informalizante de la plantilla eclesial. (...) Pastor de perros denota claramente la situación marginal del hablante poético en un mundo donde las praderas han sido sustituidas por los basurales y el aire azul de los valles interandinos por el olor a kerosene en las fronteras de la capital» (p.38).

[17] Sin embargo, para que esta interpretación no rompa la coherencia de lo expresado hasta aquí, hay que ampliar el significado de esas «sombras despreciadas» hasta ser símbolo de la decadencia de la sociedad en su conjunto. El lumpen sólo es una expresión de esto, que más bien se funda Arriba y que paulatinamente ha alcanzado los últimos peldaños sociales —sótano y cloacas incluidos, por supuesto.

Continúa...


-------------------------------------------------------------------------------- Agradecimientos a la Web.


jueves, septiembre 20, 2007

César Ángeles L.(La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros.)

La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros

1

César Ángeles L.



Noticia preliminar

Domingo de Ramos (Ica, 1960) es uno de los poetas peruanos más destacados en los últimos veinte años. Con cinco libros publicados, su singular talento y capacidad para ofrecer una visión profunda desde las entrañas mismas de ese caldero en ebullición permanente que es la ciudad mestiza de Lima tienen mucho que decir, no sólo a los peruanos, sino asimismo a quienes se interesen por las realidades y la literatura de las ciudades contemporáneas; especialmente de aquéllas que son centrales en países oprimidos.

Desde sus comienzos como escritor, a principios de los 80, hasta ahora, entrados ya en el siglo
XXI, su voz ha ido madurando y ofreciendo ricas variantes en torno a sus principales temas y motivos.
Se podrá decir que su lenguaje poético muestra imperfecciones; pero esto no es sino parte de su propia condición de poeta y poema diferentes, estallados desde y para una sociedad e historia igualmente estallados. Se trata así de un lenguaje herido durante nuestro duro proceso como país. Por ello, la corrección academicista no es pertinente para esa poética que se presenta como oceánica, exagerada, tumultuosa, y que al interior de una estética que para no complicarnos innecesariamente llamaremos «realista»[1] quiere ser auténtica y original. En realidades e historias oficiales como las nuestras, nada —o casi— ha sido ni es correcto; por lo que su arte y literatura más representativos a la vez que contestatarios pueden bien argüir que cualquier aspereza o desorden en el lenguaje no es mera coincidencia.[2]

De cualquier modo, aun viniendo y manteniéndose en una posición más bien de confrontación y rebeldía con el «discurso poético convencional», Domingo de Ramos ha sabido ganar espacios y lectores en base a su sostenido quehacer literario; al punto que en 1995 ganó con su libro Ósmosis el Premio Copé de Plata, sin duda, el premio de poesía más reputado en el Perú. (Con el dinero obtenido por ello, se financió un viaje a Europa por tres meses, relevante como se verá luego.)
Asimismo, su poesía aparece ya antologada dentro y fuera del país, y diversos comentarios positivos, reseñas y entrevistas se suceden cuando da a conocer algún nuevo trabajo.

Cinco libros publicados constituyen su cosecha: Arquitectura del espanto (Lima, 1988), Pastor de perros (Lima, 1993), Luna cerrada (Filadelfia, 1995), Ósmosis (Lima, 1996) y Las cenizas de Altamira (Lima, 1999)[3]. El presente ensayo se dedica al segundo de ellos, porque es allí donde —como conjunto, como libro— me parece que alcanza dicho autor su mejor plasmación. Alguien como de Ramos, y algo como Pastor de perros, no están solos sino que condensan y resuelven —o no— a su modo varias contradicciones que otros autores, jóvenes y no tan jóvenes, comparten en Lima o en el Perú. Arquitectura del espanto es a la vez que el estreno de un nuevo poeta, en los turbulentos y dramáticos años 80, el anuncio de lo que luego se plasmaría en Pastor de perros. Por otro lado, su tercer y más reciente libro mayor, Las cenizas de Altamira, es también excelente anuncio[4] (manifestado además expresamente por el propio autor) de un nuevo libro más ambicioso que, de alcanzar sus objetivos, sería estimable no sólo para el propio de Ramos sino para nuestra tradición poética y, en consecuencia —por el alto nivel de la misma—, para la poesía contemporánea de Occidente. Quiero citar íntegramente el texto que ofrece Domingo de Ramos en la contraportada de este libro (concebido a raíz de su mencionado viaje) no sólo porque caracteriza bien al mismo sino porque además cifra aquel otro por venir: «Cuando empecé a escribir poemas sueltos y organizarlos como un libro —escritos en una playa lejana después de mi periplo por el viejo continente—, pensé que lo que estaba gestándose era el producto de mi fructífero encuentro con Europa. Sin embargo, al cuarto texto todo cambió: fue como una inesperada tormenta que alumbró la idea, el tono y la melodía final en que terminó siendo: el contrarretrato de una ciudad a punto de colapsar y, en medio de su brutal decadencia, decidí darle un nombre y algunos personajes para que hablen de su descalabro. El resto vino como por magia, liso y llano, y se convirtió en un canto alegórico. Supongo que este libro es uno de los eslabones que me conducirá a otra obra que ya tiene varios años rondando en mi cabeza, como un nonato azulino, palpitante, aún sin habla, ni ritmo, ni tono, ni nada. Pero con la idea desenvainada. Escribir una obra de las migraciones humanas. Ese sería mi libro utópico y bello, y éste es el comienzo sin tener final.»

Como se verá a continuación, pocos mejor dotados que de Ramos para conseguir este declarado propósito. ¿De qué depende que un creador logre plasmar en su obra su utopía, o al menos acercarse a ella? De él mismo, de su oficio, compromiso, autenticidad y, por supuesto, talento. Quizá también el diálogo con una crítica atenta y, en la medida de lo posible, veraz, ayude; y es eso lo que se propone este ensayo. De ser así, habría colmado con creces sus propósitos.

Continúa...


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Notas


  • Inicié la redacción de este texto en 1995, en Barcelona, sobre todo lo concerniente a este libro. Al año siguiente lo entregué para el proyecto, lamentablemente trunco, de un libro colectivo sobre poesía y violencia política en el Perú de los 80-90, coordinado por Gustavo Buntinx. La versión que aquí aparece corresponde a diciembre del 2000


[1] Aludo con este concepto a poéticas con constantes referencias a la realidad social e histórica. Es, por cierto, una definición amplia; e inclusive hay quienes piensan que todo arte es «realista», en la medida que nadie crea de la nada. De cualquier modo, en el desarrollo de este ensayo se aportan elementos que precisan mejor la variante realista ofrecida por el autor que ahora nos ocupa.

[2] Vale citar aquí un pasaje del ensayo inédito de Jorge Frisancho (escritor de la misma promoción que de Ramos e incluido en la antología La Última Cena: ver bibliografía) precisamente sobre Pastor de perros: «Es tentador, ante un libro tan intensamente aleatorio e imaginativo como Pastor de perros, atribuirle a la estética un alto contenido de descontrol, un automatismo sin mayor conciencia. Quiero proponer, por el contrario, que la presencia de estos tres poemas al final del libro indican lo opuesto. Domingo de Ramos acumula imágenes y versos, quebrando con frecuencia la lógica y la normatividad del discurso poético convencional, y ésta es una opción plenamente conciente. Lejos de anunciar una ausencia de rigor, los agresivos gestos (como he sugerido previamente, expresionistas) de su poética constituyen un método hábilmente manejado para componer significados precisos, originales e inseparables de su complejo aparato formal. El trabajo de este libro es sistemático, y en esa sistematicidad residen su brillantez y su extrema importancia.» (de: «La pobre aventura del hombre en el vacío: La construcción del sujeto marginal en la poesía de Domingo de Ramos»; Nueva York, 1995).

[3] Luna cerrada apareció en edición artesanal con el sello ASALTOALCIELO/editores. Este breve conjunto de cuatro poemas constituyó luego la segunda parte de Ósmosis, con el título: Luna serrada.

[4] Me refiero en especial a los poemas: «La cena de las cenizas», «Las cenizas de Altamira» y «Ulladina».

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