miércoles, septiembre 19, 2007

César Ángeles L.(Aproximación a la poesía peruana de los 80.)


Punto de partida: la poesía de Róger Santiváñez * 3

César Ángeles L.



Antología breve de Róger Santiváñez



*De Reyes en el caos

Morada del río, morada de
las piedras relucientes y las luces
de la caseta de la hidroeléctrica
Urb. Niágara —Chaclacayo-
Siempre encuentro silencio entre estos muebles,
no brillantes pero dueños del frescor
con que ahora siento que puedo escribir,
aunque sea unas líneas iniciales
el primer canto del poema, aunque
luego tenga que salir, abandonar
este trozo de tiempo detenido y
en un micro Lima-Ricardo Palma
ser testigo de una declaración de amor:
El, delgado, pelo corto, voz quebrada
por la circunstancia. Ella, azul,
segura, voz natural con una
tímida ternura, musical, urbana

El: ¿Por qué estabas tan sola? ¿Por qué?
Ella: Me molesta, me aburre. No sé.
El: ¿No te gustaría? Salir, conversar
Ella: Desde Ventanilla se ven esas luces
El: Sí, es como si estuvieran en el aire

Un rato después, ella ha puesto
su mano sobre la de él, encima
del respaldar del asiento. La
de ella sólo se distingue de la de él
por el cuidado que presentan las uñas.
De Huampaní a Lima, un
viernes al anochecer, en el
pasadizo de un microbús
renació el amor en dos jóvenes
de mi país ¿Y Edith Lagos?
¿Quién es Edith Lagos? ¿Sarita Colonia? El rostro
de ella me hace recordar al de ella,
el mismo trazo oval, el mismo pelo lacio
en los costados de la frente

Ella dice: ¿Vamos a una discoteca? ¿En Lima o Miraflores?
El: Las de Lima son monse
Ella: Pon el cassette de Amanda Miguel

OBREROS GUERRILLA ES TU CAMINO

Así reza una inscripción en la pared
de una fábrica. De pronto, tomo
conciencia de que estoy en la Carretera Central.
Una tras otra, las fábricas se suceden
(Ya no soporto el penetrante olor
del polvo acumulado entre los libros
dispersos en mi mesa)
Cerros de libros / cerros habitados,
en El Agustino veo
el cambiante resplandor de un TV
iluminando en lo alto una ventana
.....................................El micro
da la vuelta en el paradero final.
Se acerca el cobrador y detiene a
una muchacha antes de bajar y
dice: Espérese, no baje.
Yo: ¿Qué pasa?
El cobrador: Allí está el policía
Yo: ¿Cuál policía?
El: Cómo que cuál policía

(en La Última Cena, 1987)



La guerra con Chile




*
A Miguel Grau



Y nos quedaremos encerrados
..........viendo fluir mansamente las aguas de la piscina
tu rostro de alabastro adornaré
con oro rubíes una diadema de semen
en la pureza de tu frente
.....un símbolo de libertad
aunque nada se escuche de tus aes de amor
...........................y soledad
................placer y destrucción
entre las cortinas y las alfombras persas
la guerra es un ruido demasiado lejano
...........................................demasiado imbécil
y nadie habrá que merezca mi canción
todas las familias han emigrado
................o entregado su culo al enemigo

La Virgen del Carmen protegió
........a mi amada de una violación
........en los alrededores del olivar
Ahora se santiguan las viejas
........al ulular de las sirenas
¿Quién vive? se escucha entre la noche
........y una bala perdida va a caer
........junto a la orquídea —apuramos el
........jarro de limonada y beso tus pezones
entreabriendo la bata/ la seda no
es más suave que los pétalos de
las rosas amarillas rojas y grosella con
que estrenas tu concha
..............................................para mí
.......................................................este esplendente amanecer

Verano liba el jardín y el recuerdo
........de las grandes celebraciones en la terraza
Dale luz a los muslos de mi amada
........inclínala sobre el paño verde
y prohíbele juntar las piernas para siempre
Que los sótanos se abran de par en par
........sea bebida toda la reserva de licor
hagamos posible la dulce ceremonia del suicidio
.................................en vida
el enemigo hallará nuestros cadáveres
....ebrios desnudos gozando de la
................gamuza de tus pies con el cristal bohemia
roto sobre nuestros sexos calientes

Porcelana, baños, yerba de los
........prados, grifa, dedicarse al polvo
lenguaje de la música en el
..........silencio de los pasillos, sólo los
abrazos y las caricias alucinadas
derramándose en copones lubricados

....................................D e c a d e n c i a

esta es tu canción
los libros encuadernados y
........los salones de lectura
serán quemados o saqueados por el enemigo
..........y no sé que haya nadie erguido
a la altura de mi falo puro contra la indignidad

Reynaldo el buen salvaje viajó a
......................defender la patria ¿cuál —Dios o
.......Diablo?— en la ciudad de las acequias
muchacho querido entre las moras y el ciruelo
chico de brazos delgados arrullado
...............por la sombra del paraíso. ¿A qué
fuiste a morir por las güevas
......................................con tus ojos verde agua
llorando contra la soledad de mi masturbación
........pensando en ti, Reynaldo de Vivanco
valiente príncipe de la gran cloaca de Lima
...........mi amada será el recuerdo por esta noche

Envejezco. El enemigo ocupa nuestras calles
.........preña con odiosa semilla a las mejores hembras
ante la deserción de nuestros jefes
.........ante sus gestos de aristócratas bambeados
........................................................................cerdos vendidos
Yo me niego / opto por el culo de mi amada
..................................................................................limpiamente
me encierro me entrego a mis delirios
sólo mi cuerpo bendito mi cuerpo maldito
opto por mi suave individualidad/ narciso
Soy el loco de Lima el que más ama
a sí mismo y al cuerpo de mi amada

Ella la sin nombre la hija del poema y la poesía
la encerrada la sirvienta la esclava
la pasión más cierta de los grupos feministas
Con ella no veré más la luz de los ficus
ni el hedor de las calles llegará
hasta el refugio de tu concha feliz
tendidos día y noche cachando bellamente
como flores de un jardín helado en el verano
.........................sol canción mar
ANARQUÍA de M. G. P. silencio delicioso
de tu cuerpo cuando las das sensitiva
prostituida lindura calzón de seda
en la oscuridad de El Tiburón
nuestro sótano de putas y cabrones
cabros y manzanas california licor
macerado y muerte
....................................D e c a d e n c i a
esta es tu canción

(en Homenaje para iniciados, 1984)



Triunfo

Nunca pensé llegar a esta palabra nunca me dijo nada
tan sólo apagar y prender la luz ya era una señal,
extraña como la madre delicada y quieta en su noche perfecta:
nadie debía penetrar los recintos sacros del poema,
uno tiene que cumplir sin decir nada y dejar sonar
tu ritmo en la camioneta del deseo (que odias)
y lo buscas para liberarte de tus fantasmas exquisitos,
algo has de lograr pero no lo que tu alma te exige.

para ver el sol te oscureces uszas otro dialecto
sales hasta donde te aguarda esa abierta puerta,
que es lo mismo que soñar con estos versos
hundidos en tu bella soledad perdida iluminada
por tu neón chibolo bajo el tintineo de la incertidumbre,
pero así continuabas amando con los símbolos
de tu ríspida tristeza color rosa de amargura urbana
caminando con tu puta belleza desolada.

El triunfo llegará así ni tú ni yo lo comprobemos
no te prostituyas más de lo recomendado
acuérdate del pájaro solitario y su dulce condición
no desesperes en hallar un bar abierto en la midnight
siempre es una forma distinta en la reja de tu sensualidad
o es la llamada del padre «alta como un penacho de plumas»
destruyendo tu lucha interna / tu blanca vestimenta
obligándote a una lúcida apariencia sin rencor

Levantarse es volver a sentirte como canto
lluvia que me baña con tu lindura todo fin
menos el amor que se parece a la victoria pero
no es aún el designio equidistante sino tu bella
aparición en blanco comunión sin reservas
con la frecuencia modulada de tu divina agonía
nada estalla sólo vibra la noche de tu útero
oculta como madre que se quita sin despedirse.

(en Symbol, 1991)



Liberación

*

*
Tu primera respuesta fue el llanto o unas voces
que a esa hora ya no tenían base, sólo Dios
decía su sabiduría fresca, su son diurno
superando la separación de las duras paredes
que en tu sensitiva alucinación era distinta
pero similar al pensamiento que te invoca día a día
o es la madrugada la flor renaciente de tu extrañeza,
no lo sabes, si lo supieras no escribirías poesía

Para avanzar sobre la noica de los brazos
impones tu sencilla rebeldía y despachas sin violencia
al salir haces un ruido incomputable revelas tu nada
o la prefiguración de las universales paradojas
A esta práctica llamarás provocación o nueva estrella
lo bello y lo triste una llamarada que nunca se extinguió
tus batallas por el lado de la luna, divertida
lucidez que ibas aprendiendo con sólo desear

Así temías el agua de tus ojos, el reino de la
dorada y putrefacta incertidumbre casi amoenus
divisada en el insomnio de la máscara impaciencia
no te salgas de tu sangre y verás sin mácula ni odio
los puntitos rosados en el hombro de tu alma son
historias dibujadas en el sol vibrátil de tu sombra
buscada entre los perros cuando escapan por calor
si asciende tu alcohol es entonces que el ángel continúa

Sabías que era un sinuoso y largo recorrido
aspiraste el dolor de todo un pueblo y
rezando en el imperio de la infancia divertida
como el viento remueve las prendas colgadas del alambre
nunca púas nunca heridas una voz que te dictaba entre sueños
y su risa te pudo dar lástima porque en su hueco
expresaba otro sentimiento que atraparás el día de la porciúncula
«ya me cachaste» dijo en la puerta de la Iglesia

Doctrina no te encuentro no me bacila tu falsa minifalda
No sé lo que me gusta de tu cara llena de monos
de efigies arrancadas a la cábula de tu pierna izquierda
colocada como un picasso sobre el ocaso de tu beso
Juega me decías no te canses por qué no te burlas
como yo de ti y de tu amor cojudo como burro en primavera
es que yo no soy vallejo yo soy santiváñez el que no
comprendió el feo saludo del lumpen cuando nadie lo detesta

(en Symbol, 1991)


Paz

*
La palabra se funde con el viento
y de pronto ya no quiere expresar nada
ha de ser el secreto que te revelara durante la boda
el influjo de tu alma sobre esta poesía

En la noche plástica el noctívago se prende
y busca calma pero no la paz de los panteones
menos el silencio de las celdas para alta peligrosidad
/es un ritmo por donde la vida continúa/

Las ventanas de Tamputokto suenan a clarín de berlín
y tú sientes el amor convertido en calle, en ti
que eres la sin rostro, la que sólo con la chukcha
mueve la bandera de sangre de su pueblo desolado

y es virgen like you Rose, mil veces
arrancada y todavía pura y todavía puta
para ennoblecer la dignidad de la noche
y dejar el semen cubrir la entera tierra

porque te sigo sólo hasta el calzón en los tobillos
y atraco en el sokotroko de tu vulva
«Tú estás enamorado» sentenció mi Lola
mientras yo te negaba afirmando tu experiencia sutil

Hacer el bien no cuesta nada —escuchó
«yo no quería una cerveza» y tomó
Mejor Excelente / O Peor Divertido.
No has perdido Nada. Sólo lo blanco te curaba

Tenebrae si he pecas con Ella es
El miedo al suicida, el silencio de la calle,
la sangre que se derrama por ti, la luz
que sigue a la sombra te hace vivir.

Senté a la cerveza en el paladar
y la encontré amarga y la injurié,
ya son las once ya las doce campanadas
de las canículas penetrando el marzo:
Oi Konchetumá’ «¿Te lo has comido?»

(en Symbol, 1991)

Agradecimientos a la Web.

*

*


martes, septiembre 18, 2007

César Ángeles L.(Aproximación a la poesía peruana de los 80.)

Punto de partida: la poesía de Róger Santiváñez 2


César Ángeles L.



6. Segunda descripción

Leche condensada o pasaje de condensación son los versos de Symbol, que dicen el mundo de los otros libros de Santiváñez: «para ver el sol te oscureces uszas otro dialecto / sales hasta donde te aguarda esa abierta puerta, / que es lo mismo que soñar con estos versos / hundidos en tu bella soledad perdida iluminada / por tu neón chibolo bajo el tintineo de la incertidumbre, / pero así continuabas amando con los símbolos / de tu ríspida tristeza color rosa de amargura urbana / caminando con tu puta belleza desolada.» («Triunfo»).

Y Symbol es también el máximo punto de llegada del trabajo musical, en la poesía, emprendido por Santiváñez desde su primer libro. Basta escuchar: «bella-soledad- perdida-iluminada»; «ríspida-tristeza-color-rosa- de-amargura-urbana»; «tu-puta-belleza-desolada». Sin darse cuenta uno ya tiene la espalda arañada: «BELLA-soledad»; «RÍSPIDA-tristeza»; «PUTA-belleza». Un amor con sangre.

Los acordes se juntan para provocar mayor intensidad: «Juega me decías no te canses por qué no te burlas / como yo de ti y de tu amor cojudo como burro en / primavera» («Liberación»). Cierra la boca en U, en I y dice «juega», «burlas»; junta palabras (o golpes) rápidos: «yo de ti»; junta insultos cerrando la boca: «tU amor cojUdo como bUrro», y la abre finalmente —un chorro— en E, en A: «en primavera». Conciencia extrema del ritmo. La poesía. El ritmo.

En tanto conciencia de la poesía, Santiváñez es un autor muy atento a la palabra. Al sonido de cada una y a las melodías organizadas en/con ellas; a la manera de José María Eguren, pero invertido —quizá cabe decir—, considerando la diferente estética «cultista» que tenía el célebre poeta limeño. Y en el Perú. Trágica y finalmente atrapado/atraído por esta porción de historia que le tocó vivir: «Este libro está escrito en peruano; es decir, en el castellano hablado en esta parte de América Latina, que se llama Perú. Pero, más exactamente, está escrito en el idioma que se habla por las calles de Lima, después de la medianoche» («Colofón» de Symbol)11.

7. Epílogo

Aunque individualista, «noctívago», crepuscular y solitario, alumbrado por un «neón chibolo bajo el tintineo de la incertidumbre», algo rosa y amargo pero siempre «urbano» y con una «puta belleza desolada» (giro radical /K/ de la «impecable soledad» de Juan Ojeda & Luis Hernández12), como queda dicho, el sendero de gente como Santiváñez no se ha manchado con ningún acomodaticio arribismo. La poesía y vida de Santiváñez aún mantienen una impronta «subte» (UnDeRgRoUnD), y con un filo pequeño-burgués lumpenizado, pero no se han subastado al sistema político-cultural del Estado peruano.: «[...] cuando yo digo lo que / voy a hacer es que / de todos modos será y me da asco el comercio con / la cultur» —«Aventura», de Symbol. «Cultur» o la faz alienada de una sociedad, y principalmente un Estado, sujetos a los designios del gran capital. En un medio con tales características, no quedar atrapado en el abrazo (del) «cultur(oso)» es un punto importante que Santiváñez suma a su favor.

Cerrado en sí, con un estilo profético: «para ver el sol te oscureces uszas otro dialecto» («Triunfo»), el poeta de Symbol dice chau invocando a «el amor convertido en calle», a «[...] la luz / que sigue la sombra», a un Rimbaud-limeño: «Senté a la cerveza en el paladar / y la encontré amarga y la injurié»13, y hasta a Vallejo: «ya son las once ya las doce campanadas14 / de las canículas penetrando el marzo», para cerrar con su propio lenguaje subte, duro y callejero: «Oi Konchetumá ‘¿Te lo has comido?’» («Paz»). Se va, entonces, con la vanguardia —francesa y peruana— en el corazón, y con una terca ansia de luz y calor, atravesada sin embargo por una percepción apocalíptica y fatal de la violencia que en esos años vivía el Perú: «[...]eres la sin rostro, la que sólo con la chukcha / mueve la bandera de sangre de su pueblo desolado» («Paz»).

El individualismo (matriz creativa) de Santiváñez le ha permitido llegar hasta cierto infierno en Lima-PERÚ. Pero ese mismo individualismo (techo) le ha impedido hasta hoy desarrollar otros elementos menos personalistas, más sociales y populares operantes en su poética. Como, por ejemplo, prosperar en ese potente camino suyo de hablar desde una cultura cosmopolita y, a la vez, desde una expresa asimilación de nuestra condición social mestiza o «chola» en el Perú actual. El ánimo decadentista y de mística suburbana lo ha absorbido, en cambio, a tal punto que es difícil imaginarle mayores variantes en esa línea que tiene su clímax en Symbol.

La bohemia centrolimeña —o sus correlatos más o menos pitucos— definitivamente no lo van a ayudar (y a nadie, en realidad)15 a responder con luz esa bella pregunta que incrusta en un artículo periodístico: «¿Dónde estará la estrella que pueda recuperarnos para esta historia de frío y poesía?» (Santiváñez 1991). Quizá alguien como Rimbaud —ídolo juvenil—, precozmente harto de la bohemia parisina, de los intelectuales y artistas de su tiempo y capaz de derruir el viejo status del poeta y la poesía —abandonándolos por completo, en vida— pueda respondérsela con mayor sustancia social: «No obstante, hoy creo haber terminado el relato de mi infierno [...] Siempre en el mismo desierto, en la misma noche, mis ojos cansados se despiertan ante la estrella de plata, sin corazón, el alma, el espíritu. ¿Cuándo iremos más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, la nueva sabiduría, la huida de los tiranos y de los demonios, el fin de / la superstición, para adorar —¡los primeros!— la Navidad en la tierra? // El canto de los cielos, la marcha de los pueblos ¡Esclavos, no maldigamos la vida!» (Una temporada en el infierno -«Mañana»). Y originalmente «Navidad» es parto, estado de gracia (sin «des»), purificación, fiesta, victoria y pueblo.

8. Colofón: Reyes en el caos

Un texto donde Santiváñez, sin abandonar su mundo adolescente, enamoradizo, fresco y lúdico, alcanza a morder lo popular de modo más claramente político es «Reyes en el caos» (poema publicado en la revista Hueso Húmero #17 y en La Última Cena: selección poética del 80)16. Ofrece aquí una variante —colocándole un rótulo difundido pero en realidad insuficiente— de poesía social, y del 80. Generalmente este tipo de poesía ha tenido una solemnidad y dureza extremas, que hacían del poema un aburrido híbrido entre (lo que se entiende por) poema y panfleto político: con un mensaje directo hasta la chatura —debido a la modesta imaginación del autor— antes que un poderoso símbolo de la realidad social. Sucede que la creación literaria no es copia de la realidad; quiere ser su versión (subversión) más condensada y a la vez desarrollada. La palabra justa. De ahí que un buen autor sea a la vez síntesis de su tiempo y visionario de su futuro. Por cierto, conforme sea el desarrollo ideológico del autor, menos o más hondas serán las raíces de su creación.

En «Reyes en el caos», Santiváñez evidencia una claridad política, al tope, de lo que pasa en su país. E inscribe este poema en la vanguardia de la heterogénea y fértil tradición poética peruana (Cf: Antología Breve, al final).

El poeta —cronista— cuenta una historia de amor en un pasaje bucólico-urbano y popular: «Morada del río, morada de / las piedras relucientes y las luces / de la caseta de la hidroeléctrica / Urb. Niágara-Chaclacayo». Como suele suceder en estos tiempos tan modernos, el campo (río) es atravesado por la tecnología (hidroeléctrica): Dialéctica del espacio. Ése fue el paisaje más amplio. Hay otro, segundo, más pequeño, el cuarto del poeta: «Siempre encuentro silencio entre estos muebles, / no brillantes pero dueños del frescor / con que ahora siento que puedo escribir, / aunque sea unas líneas iniciales, / el primer canto del poema, aunque / luego tenga que salir, abandonar / este trozo de tiempo detenido y / en un micro Lima-Ricardo Palma / ser testigo de una declaración de amor». Hay otro contrapunto al interior de esta habitación: Pobreza («muebles no brillantes») — Comfort («muebles dueños del frescor»). Y además, un espacio tercero; popular: el microbús.

El poeta, o nuevo cronista, describe así a los personajes: «Él, delgado, pelo corto, voz quebrada / por la circunstancia. Ella, azul, / segura, voz natural con una / tímida ternura, musical, urbana». Lo de «tímida-ternura» resuena a sierra, a yaraví o a algo semejante. Por las características de los espacios descritos, uno se imagina a estos personajes, casi automáticamente, como jóvenes de condición económica media o baja, de ningún modo alta.

Su primer diálogo es: «Él: ¿Por qué estabas tan sola? ¿Por qué? / Ella: Me molesta, me aburre. No sé. / Él: ¿No te gustaría? Salir, conversar / Ella: Desde Ventanilla se ven esas luces / Él: Sí, es como si estuvieran en el aire». Conversación informal y quebrada. Ventanilla: otro referente urbano-popular. El poeta cede la voz al íntimo diálogo entre dos personajes (dramaturgia lírica); punto de vista objetivo: recurso no inusual en la poesía de Santiváñez, en verdad.

Sigue: «Un rato después, ella ha puesto / su mano sobre la de él, encima / del respaldar del asiento. La / de ella sólo se distingue de la de él / por el cuidado que presentan las uñas. / De Huampaní a Lima, un / viernes al anochecer, en / el pasadizo de un microbús / renació el amor en dos jóvenes / de mi país [...]».

Hasta acá, marcamos el típico mundo del autor: el poeta dice que hace «el primer canto del poema», hay jóvenes enamorados, es de noche, es el margen: afueras de Lima y «en / el pasadizo de un microbús». Romántico, nuevamente. Pero hasta acá, también, sólo tienen nombre los espacios; es la pasión según San Tiváñez, de dos jóvenes anónimos (Él / Ella) «de mi país», incluso parecidos étnicamente: sus manos (o sea, sus pieles, sus cuerpos) son semejantes. ¿Cuál país? Los nombres que siguen, para insinuar la definición de Ella, dicen —más completamente que los nombres de los lugares— de cuál país se trata; y, más allá del nombre, tocamos a fondo la situación político-cultural. Y Ella —la mujer— pasa a ser desde ahora la protagonista de la historia; como efectivamente ocurrió, en diferentes niveles de la sociedad peruana, durante los 80.

Sigue: «[...] de mi país ¿Y Edith Lagos? / ¿Quién es Edith Lagos? ¿Sarita Colonia? El rostro / de ella me hace recordar al de ella, / el mismo trazo oval, el mismo pelo lacio / en los costados de la frente». Estas evocaciones aparentemente accidentales las promueve la conciencia del poeta. Equivalen a una dialéctica político-religiosa. Pero no cualquier política ni cualquier religión; no las oficiales, al menos. El carácter de ambas citas que ahora enmarcan a los personajes de la historia de amor (principalmente a Ella) es más que i-legal o in-formal, es contra-legal. Edith Lagos —importante guerrillera acribillada por el Ejército— simboliza a «Sendero Luminoso»; mientras que el culto a Sarita Colonia —santa consagrada principal pero no exclusivamente por los sectores populares (lumpen-proletariado inclusive)— se halla al margen y contrario a las jerarquías y normas de la iglesia católica, a pesar aun de la larga pelea por su reconocimiento oficial. Sus devotos la han consagrado sin la autorización oficial del catolicismo, o sea sin la Iglesia, sin el veredicto del Papa. Ambas personalidades —citas en el poema— no corresponden al orden establecido, sino que insurgen de distintos modos contra él, lo subvierten.

Un segundo diálogo entre los personajes incorpora otro paisaje que porta mayor dosis de realismo: «Ella dice: ¿Vamos a una discoteca? ¿En Lima o Mi- / raflores?/ Él: Las de Lima son monse / Ella: Pon el cassette de Amanda Miguel // OBREROS GUERRILLA ES TU CAMINO // Así reza una inscripción en la pared / de una fábrica. De pronto, tomo / conciencia de que estoy en la Carretera Central. / Una tras otra, las fábricas se suceden / (Ya no soporto el penetrante olor / del polvo acumulado entre los libros / dispersos de mi mesa) / Cerros de libros/cerros habitados, / en El Agustino veo / el cambiante resplandor de un TV / iluminando en lo alto una ventana».

Pasaje clave, acercándose —en el microbús— a la candela: Lima es el infierno. El espacio cambió de bucólico-urbano (Chaclacayo) a otro de fábricas (Carretera Central), tradicionalmente tildado de «zona roja» por su tradición de lucha obrera y la supuesta presencia senderista en esta zona fabril limeña. La enorme pinta en una pared dice del Perú de esos años: en conflagración interna. El poeta toma conciencia de este nuevo país en su pequeño-espacio de libros con polvo. Dialéctica de espacios: Cerrado / Abierto; Pequeño-burgués / Popular; Literatura / Política. El sacro cuarto del poeta es (auto)intervenido —»cerros de libros/cerros habitados»— por la marea popular de los migrantes andinos simbolizados en El Agustino (heterogénea barriada limeña); y aquí también se presenta otro contrapunto realista con uno de los mayores símbolos de la modernidad burguesa: la TV.

Se cierra el círculo, en la conciencia del poeta y en el viaje del micro, con un diálogo: Vendedor (el cobrador) / Cliente (la pasajera) que inmediatamente pasa a último plano por la principal contradicción Estado (el policía) / Población popular, sospechosa de delito (la pasajera); en una suerte de contemporánea desconfianza ante las instituciones oficiales y de consiguiente paranoia, no tan gratuita en el Perú aun de estos años (basta observar qué grupos sociales sufren el acoso y la violencia de las fuerzas represivas): «El micro / da la vuelta en el paradero final. / Se acerca el cobrador y detiene a / una muchacha antes de bajar y / dice: Espérese, no baje. / Yo: ¿Qué pasa? / El cobrador: Allí está el policía / Yo: ¿Cuál policía? / Él: ¿Cómo que cuál policía?»17.

El desconcierto del poeta, ante la encrucijada final de «Reyes...», contrasta con la rapidez en la comprensión y el accionar de los otros quienes cotidianamente viven los riesgos y consecuencias de situaciones semejantes. Ese desconcierto conduce al poeta a formular, al final, lo único que se le ocurre: preguntas ante el peligro inminente.

«Reyes en el caos» tiene la riqueza, y la complejidad, de ser el lúcido y feliz diálogo entre los elementos típicamente románticos y lúdico-juveniles de Santiváñez, con un acercamiento hondo a la situación política y cultural del Perú más reciente. He aquí, sin duda, un poema perdurable.


* * *


Continúa...


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Bibliografía citada

Bedoya, Jaime. 1987. «Apache soledad». Caretas. Lima: 25 de mayo, pp. 40-0/40-P.

Buntinx, Gustavo. 1987. «La utopía perdida: Imágenes de la revolución bajo el segundo belaundismo». Márgenes 1. Lima: SUR, marzo 1987. pp. 52-98.

Croce, Benedetto. 1969. Estética. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión S.A. (11ª edición).

Delgado, Arturo. 1998. «Adiós a las cloacas». Entrevista a Róger Santiváñez, en El Sol. Lima: 15 de marzo.

Escribano, Pedro. 1998. «La salvación del poeta». Entrevista a Róger Santiváñez, en suplemento Domingo de La República. Lima: 1 de marzo.

Hernández, Luis. 1983. Obra poética completa. Lima: Punto y trama. (1º edición, Lima, 1978).

Mazzotti, José Antonio y Miguel Ángel Zapata. 1995. El Bosque de los Huesos. Antología de la nueva poesía peruana 1963-1993. México: Ediciones El Tucán de Virginia.

Rimbaud, Arthur. 1979. «Rimbaud / Obra completa». Madrid: Ediciones 29. Traducción de J. F. Vidal Jover. (Novena edición).

Santiváñez, Róger. 1979. Antes de la muerte. Lima: Cuadernos del hipocampo.

------------------—. 1984. Homenaje para iniciados. Lima: REYES EN EL CAOS/ Editores.

------------------—. 1988. El chico que se declaraba con la mirada. Lima: ASALTOALCIELO / editores.

------------------—. 1991. «Frío y poesía». En ECO, suplemento de Expreso, Lima.

------------------—. 1991. Symbol. Princeton: ASALTOALCIELO / editores.

------------------—. 1992. «Mística subceleste». En La Tortuga Ecuestre, 88. Lima: julio.

------------------—. 1995. Cor Cordium. Amherst: ASALTOALCIELO/editores.

------------------—. 1997. «Santísima Trinidad» (nouvelle). Lima: Walter Cier / Editor.

------------------—. 2001. «E-Mail a César Ángeles L.»; Piura: 22 de mayo.

Varios. 1987. La Última Cena. Lima: ASALTOALCIELO / editores.


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Notas

11 Si la música es la armonización de sonidos para expresar mensajes, la música de Santiváñez no es, por cierto, aquella apacible, amena ni clásicamente ordenada. Es otra música. Es la violencia sonora de la calle; la estridencia de la urbe actual y de sus personajes más agresivos. Desde allí, Santiváñez nutre temática y musicalmente su lenguaje poético. De ahí que es muy probable que quien esté ajeno a ese «mundanal ruido» (del cual es una expresión contemporánea el rock), o en contra de él, perciba la poesía de Santiváñez como instrumento de sonoridad cacofónica, criatura de un poeta con mal oído que (des)articula versos. Es que esta poesía, en verdad, no se entiende ni se siente adentro si se le saca de este ruido-urbano, de esa ex-profesa desarticulación de la sintaxis amena y convencional. La música de Santiváñez es la música de la violencia urbana, y nada de esto puede ser, pues, una melodía amena para agarrar sueño o para elevar el alma a estados de paz. Cabría ver este aserto, sin embargo, con más cuidado; porque es posible que en ese bombardeo melódico se revelen estaciones de sosiego, en diálogo con lo anterior. Así se expresaría, además, el modo real de cómo es la vida: unidad de contrarios, dialéctica.

12 Luis Hernández Camarero —Cf. Nota 17— hizo conocida esta imagen acuñada por Juan Ojeda (Chimbote 1944 - Lima 1974) —otro poeta insular de los 60, de estro metafísico—.

13 Aquí parodia versos de Rimbaud en Una temporada en el infierno.

14 Cf. El poema «Fue domingo en las claras orejas de mi burro[...]» (César Vallejo, en Poemas humanos).

15 Conviene también aquí volver a lo manifestado en la nota 10.

16 Santiváñez 1983 y Varios 1987. Se trataría, en realidad, de un libro inédito y definitivamente perdido de este autor (Ver Bedoya 1987): apenas sobrevivieron un par de fragmentos; uno de los cuales se reprodujo en La Última Cena, y es el que se toma aquí con el título de dicha obra. En reciente correspondencia personal (Santiváñez 2001), me dice que el texto original era «un poema muy largo» donde se trataba de la fundación de Kloaka, Lima y la vida misma en las calles de esta ciudad a principios de los 80, y del que sólo se conservan esos dos fragmentos.

17 Dicho sea de paso, aquí también se toca con Luis Hernández —juvenil y alucinado «poeta maldito» del 60, significativamente retomado por varios del 80— quien en una Dedicatoria dice: «A todos los que tiemblan al ver un guardia». Después de todo —y esto siempre conviene ver para no limar las aristas de los escritores—, Hernández tiene varios versos directamente contra el Estado y el establishment cultural: «He visto a viejos calcáreos / Enjoyar las jóvenes / con telenovelas / casos judiciales/ revistas femeninas / y huevadas / y llamarlas luego / Madres del futuro».

Agradecimientos a la Web.


lunes, septiembre 17, 2007

César Ángeles L.(Aproximación a la poesía peruana de los 80.)

Punto de partida: la poesía de Róger Santiváñez* 1

César Ángeles L.



1 En la primera mitad de los 80, autores como Róger Santiváñez (Piura, 1956) —entonces joven poeta que venía de politizados grupos poéticos: Hora Zero, La Sagrada Familia— cierran un estilo colectivo de ofrecer poesía e inauguran otro más individualista. Dentro de la tradición poética peruana (pequeño-burguesa y más que nada limeña, en verdad) engendra con otros jóvenes creadores un movimiento, o collera, literario-artística con eje en la poesía: el Movimiento KLOAKA 1; el cual extremó los postulados de Hora Zero en tanto no se limitaba a salir a la calle y sus habitantes/hablantes sino que se mimetizaba con la realidad más marginal y subterránea de la urbe, incluido el lumpen2.

Sus actividades públicas, imbuidas del espíritu underground de la época3, tuvieron mediano éxito en tanto provocación a los gurúes del establishment cultural limeño4. Desde la disolución de este grupo a mediados de los 80 (ya sea por expulsiones orquestadas lúdica y alucinadamente por el propio Santiváñez; ya sea porque no dio más la cuerda) no ha habido otro movimiento poético sacarronchas en el medio peruano. La cofradía Comité Killka, aparecida a fines de los 80, fue en realidad algo así como un fugaz segundo aire de los Kloaka; un aire que paulatinamente tuvo más smog que frescura, más frágil desconcierto que ácida rebeldía en las viejas calles de Lima-bohemia. Y lo del Movimiento Neón, a inicios del 90, no cuajó como contestación radical sino que fue un grupo de jóvenes poetas que aparecieron en recitales varios para sentar su presencia en la escena poética oficial.

La vital poesía de Santiváñez es, pues, representativa de los años 80, y por eso vale aproximársele. Ahora.

Este ensayo indaga en las claves poéticas de uno de los autores más honestos e innovadores, así como cada vez más celebrado, de la poesía peruana actual escrita en castellano. Como se verá, quedan abarcados sólo los libros de poesía publicados por Róger Santiváñez, especialmente el arco trazado hasta el penúltimo de ellos: Symbol. La poesía del siguiente, Cor Cordium, aparece como su secuela —dicho esto en el mejor sentido—, siendo un libro breve con el que dicho autor decanta más ese lenguaje erótico-mundano a la vez que místico-pagano que le ha dado el perfil actual por todos —los iniciados en la poesía peruana culta— conocido. Este rasgo hoy dominante en su poética también opera, interactuando con otros elementos más directamente autobiográficos, en su con justicia celebrada prosa Santísima Trinidad. Suerte de beat/beato, reciclado con anclaje en la urbe peruana, principalmente Lima, o Piura: ciudad peruana de la costa norte.

Esta poesía tiene en su individualismo pequeño-burgués a ultranza, su Matriz creativa y también su Techo. Uno sigue pensando que es la empatía con los muchos otros donde está la aventura más compleja y más solar. ¿Cómo se llega a esto? Es decir, ¿cómo me meto en mí metiéndome en otros? Esclareciéndonos puede ser un punto de partida.

2. Libros de poesía publicados por Róger Santiváñez:


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Antes de la muerte (Lima, 1979).
Homenaje para iniciados (Lima, 1984).
El chico que se declaraba con la mirada (Lima, 1988).
Symbol (Princeton, 1991).
Cor cordium (Amherst, 1995).

3. Descripción


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3A. Santiváñez o el recuerdo de Piura. La cuadra; la iniciación sexual; la familia y la adolescencia o inocencia perdidas; la muerte del padre: «Mi padre no debió morirse nunca»5 (El chico..., p. 27); el lumpen en cada esquina y la soledad ya sin horizonte: «[...]La negra, que ya es sólo el recuerdo de una / infantil arrechura, me besa en el aire, y con su alma de sogas / acariciando el torso de su piel me alejo buscando a mis amigos. Qué / miedo. Ya no están. Volaron a los paraísos equidistantes de la / memoria» (El chico... p. 11; todos los subrayados, de aquí en adelante, son míos).

3B. Una puntuación nerviosa, de conversación, rápida como la memoria, los sueños, las visiones, el conjuro, el ritmo de la ciudad, el rock y los video-clips: «Tengo 16 años. Pienso en Toña. Pienso en tu sexo. Vallejo. México. / Estudio en el Colegio San Ignacio de Loyola. Masturbación. Soy un / solitario. Soy un asesino en potencia. Stephen Hero. Muerte. Quiero / escribir una Canción[...]» (El chico... p. 15).

Donde el lenguaje estalla a veces hacia la casi ininteligibilidad o hacia el mundo de los acordes, donde la música o pura sonoridad manda: «Blanco balón-blavnn / gusta a Jerry Rubin ruber -bol / el río del Este cous-noce tu sup / serpentea sagrado hacia el mar / aceite-slaks el halo de tu falo chivreled mut» (Homenaje... p. 41).

Todo ello es el antecedente a ese chorro que será/es luego Symbol (título más que elocuente; libro de poemas-símbolos; y el símbolo no nombra directamente la realidad sino que la asedia, la nombra indirectamente como asimismo hace la música, la máxima abstracción). Symbol. Simbolismo: poetizar al modo francés. Baudelaire, Apollinaire, Rimbaud. En Symbol la dedicatoria de «san tiváñez» (sic) reza así: «éste es mi cuaderno músico»; tres años antes, en El chico..., ya decía: «¿Para qué?/¿Para ké ssssscccrrriiiibbbbiiiirrr / Omphalos. He allí la Música. La divina pomada. La quinta esencia. La / última cocacola helada en el desierto. Y Cuál es tu proyecto? Nunca / llegarás a nada» (p. 21).

3C. En los libros de Santiváñez, el poeta usa las palabras que sea(n) (necesarias) para expresarse. Un lenguaje realista que explora tanto el universo «culto» de la lengua como el «coloquial-callejero»: «Con ella no veré más la luz de los ficus / ni el hedor de las calles llegará / hasta el refugio de tu concha feliz / tendidos día y noche cachando bellamente / como flores de un jardín helado en el verano» (Homenaje... p. 25). Y encarna, con humor cachoso, diferentes lenguajes o normas lingüísticas; entre ellas, la de la modernidad según el imperialismo anglosajón, nuestro neo-latín: el inglés: «[...] Night Club. / Parejas. Chapes. Tú & Yo. Sudada. Calor. Piura en Diciembre. Caminamos / por la calle Arequipa, / [...] Plaza Salaverry. Vicky Boni. Sandwich de pavo. Infancia, 5 / soles. Un polvo, 5 libras. Y para ti Anamaría 241490, una carta con / plumón negro. Tu alma de Academia Brown y María Goretti» (El chico... p. 20).

Más que un desarrollo del lenguaje cosmopolita y más bien «cultista» del 60, donde los poetas intercalan versos de la tradición norteamericano/europea, acá se trata del estallido de ese postulado tan horazeriano: salir-a-la-calle- de-la-ciudad-peruana; porque es allí donde abundan las señales (o despojos) de esa modernidad: carteles, etiquetas, nombres de grupos y canciones... ALL IN ENGLISH MADE IN PERÚ.

3D. «s o l i t a r i o s *s o n* l o s* a c t o s* d e l *p o e t a *c o m o *a q u e l l o s*d e l a m o r* y* d e *l a *m u e r t e» dice Luis Hernández (Lima 1941-Buenos Aires 1977) y Santiváñez lo repite en conversaciones.

Más allá de la idílica y (no tan) perdida adolescencia, en esta poesía, el poeta no ha vuelto a tocar la luz de un cielo claro, encendido, sino más bien otro «encapotado» o el sub-suelo de una ciudad, dicen que en ruinas. ¿Filosofía trágica de la vida? Más bien dramática, por el importante sustrato de humor con el que parodia lenguajes y con el que disfruta haciendo poesía: un humor sensual y material6.

El lumpen se instala ya como nunca antes en la poesía peruana, como actitud prevaleciente sobre cualquier otra (arañada) alternativa: «ANARQUÍA de M.G.P. silencio delicioso / de tu cuerpo cuando las das sensitiva / prostituida lindura calzón de seda / en la oscuridad de El Tiburón / nuestro sótano de putas y cabrones / cabros y manzanas california licor / macerado y muerte / D e c a d e n c i a / ésta es tu canción» (Homenaje... p. 25): «En este cuento de amor / yo no sé si habré cantado / yo no sé si mi canción / será de amor o / soledad o frío de noche / por la noche / Oscuridad de Rimbaud / en Abisinia / sin ningún amigo en París / sin nada sin nadie / paria como tanto senderista / puro / solo / oskuro / duro / pasteleado / pastelero / refugio / rolling / stone / Aún / Vivo» (Homenaje... p. 38).

Esta experiencia y actitud lumpen, conectadas con drogas duras como la pasta básica de cocaína (PBC), están más presentes en algunos poemas de Homenaje... (como «Super-Soul», «Lechuga», «Muchachos echados en 2 camas paralelas») que en otros trabajos de Santiváñez. En Symbol más bien afila otra vertiente muy suya: la mística pagana, la onda del poeta/profeta y en su tierra.

Decir «Homenaje para iniciados» ya suponía asumir toda la visión profética, de clan y mística (pero mística-pagana: «Dad de beber al diablo en vuestras manos», dice la contratapa del libro citando a Vallejo, y «Suavena el diablo es tu animal vital» es un verso de Symbol) de la poesía romántica, la simbolista y hasta la de vanguardia. Santiváñez quiso acceder a una poesía y vida atravesadas por un esoterismo o una mística, pero desde la asimilación —vía licuadora— de cierto caos urbano y desde su arrechura callejera y para-religiosa: «´ya me cachaste’ dijo en la puerta de la iglesia» (Symbol). Lo viene logrando mediante una atractiva síntesis dialéctica entre un sentimiento religioso y la zona urbana más agresiva de la modernidad. De ahí nace y renace un lenguaje para-religioso desde lo profano; y «un afán exorcista del poeta» (Symbol) para expulsar lo negro. Dramático pasaje de iniciación ¿hacia?.

4. Primeras conclusiones

*
Este proyecto poético, bastante individualista, socialmente hablando no halla la-luz-al-final- del-túnel y, por ello, se va cerrando cada vez más sobre sí mismo: un lenguaje que se cifra, como el de un clan, como una jerga, lumpen o no. Únicamente halla lo grupal en el recuerdo —Piura— o, fugazmente, mediante el desbande de la energía sexual (eros/tánatos) en pareja; atravesado casi siempre por la melancolía del humor, y alimentado por lo que la imaginación recreadora del poeta ve en la realidad: despojos de un naufragio personal y social. De ahí que, sin importarle atender a las especificidades de los diferentes hechos culturales, el poeta los yuxtapone para expresar su particular emoción e idea de la vida. No recoge los significados que cada hecho ya porta: todo tiene valor cero, y lo que le da sentido es la versión lírica del Yo-poeta. Así, para expresar su soledad recurre a nombrar «paria como tanto senderista» (¿son efectivamente «parias» los senderistas?) y, al mismo tiempo «puro / solo / oskuro / duro / pasteleado / pastelero»; para expresar su pasión amorosa toma hechos políticos ateos y subversivos, y los subordina a su lúdica visión para-religiosa del amor: «Gracias Santo Insólito / con este mañanero misterio / de la belleza constreñida / bajo la Dictadura del Proletariado // Señor llévala hacia el sendero luminoso donde / sólo arda el amor» («Mística subceleste», Santiváñez 1992).

5. La guerra. Los poetas

*
«Soy el loco de Lima el que más ama
a sí mismo y al cuerpo de mi amada»
(de «La guerra con Chile», en Homenaje para iniciados p. 25)

5A. El realismo y la dialéctica del lenguaje de Santiváñez no siempre atrapan integralmente al poeta. Aunque éste sí destruye el modo de pensar y hablar convencional, caracteriza la violencia y la muerte negativamente; no como elementos objetivamente integrados a la historia y a la vida mismas. En ello existe coincidencia, en lo fundamental, con lo hecho por otros escritores y artistas del período: «Pronto vendrá la noche, oscura como la muerte» (El chico... p. 9)7.

Para ver esto, resulta clave el poema «La guerra con Chile», de Homenaje... He aquí su concepción ante la guerra: «la guerra es un ruido demasiado lejano / demasiado imbécil». El poeta no dice esta guerra (la de Perú contra Chile) sino la guerra, en general8. El poeta acierta eligiendo este motivo-literario —tan popularizado en nuestro imaginario como el cebiche— pero evidencia confusión: «Reynaldo [...] / [...] ¿A qué / fuiste a morir por las güevas?» Sitúa el drama en las coordenadas para-religiosas: «viajó a / defender la patria ¿cuál —Dios o / Diablo?», y aunque —a lo Manuel Gonzales Prada: MGP— reconoce que el verdadero enemigo está en casa: «[...] El enemigo ocupa nuestras calles / preña con odiosa semilla a las mejores hembras / ante la deserción de nuestros jefes / ante sus gestos de aristócratas bambeados / cerdos vendidos», opta, como desesperada salida, por la música, la poesía y el aislamiento con su mujer o consigo mismo: «[...] opto por el culo de mi amada / limpiamente / me encierro me entrego a mis delirios / sólo mi cuerpo bendito mi cuerpo maldito / opto por mi suave individualidad/narciso / Soy el loco de Lima el que más ama / a sí mismo y al cuerpo de mi amada».

Sin embargo, ahora la encerrona tiene el sello de la descomposición. A diferencia de las poéticas dominantes durante los 60 e inclusive los 70, que a su manera solían porfiar por hallar alguna claridad (ver los febriles manifiestos de Hora Zero), la poesía de Santiváñez a principios de los 80, y con la marca de KLOAKA, canta instalada en la descomposición, como si el sentimiento de deterioro se hubiera extremado. Esto puede ser indicio del sentimiento más bien decadentista, como se dijo, de un sector de la intelectualidad peruana, que en los 80 se sintió más desubicada que nadie en un país donde las contradicciones se radicalizaban aceleradamente. Así, un verso como «Decadencia / ésta es tu canción», de «La guerra con Chile», sólo pudo ser escrito por un agudo poeta de esa década, como Santiváñez; quizá no por alguno de períodos anteriores.

La importancia del excelente poema que es «La guerra...» está en condensar esa actitud interiorista que marca la poesía del 80. Y ésta es también una actitud política9. Mientras el ocasional enemigo —Chile— ataca y los políticos nacionales se venden, el poeta se recluye en la poesía. No importa el barrio que sea. Para el caso, Miraflores, Lima o el Rímac son lo mismo. Se encierra: quiere evadir la guerra social. ¿Pero conseguirá hacerlo efectivamente?; una cosa es querer, otra son los hechos mismos. Pienso que no, como lo demuestra el propio proceso de la poesía de Róger Santiváñez; en el que el desgarrado dislocamiento de lenguaje y sujeto poéticos expresa de muchas maneras que esa violencia política vivida en casi las últimas dos décadas en el Perú, los ha impregnado y transformado de modo sensible, semejante a lo ocurrido en otros niveles de la sociedad peruana. Estaremos de acuerdo con que después de lo vivido desde inicios del 80, nada en el país fue ni será igual. La ulterior década del 90, de carácter fundamentalmente represivo y antidemocrático, entra también en correspondencia con todo lo anterior. Es verdad que el llamado «neoliberalismo» ajustó, entonces, las clavijas en el mundo; pero en el Perú, en concreto, tal hecho tuvo estrecha relación con la guerra interna experimentada desde los 80. Como queda indicado en la nota 7, tales experiencias, como no podía ser de otro modo, han ido marcando nuestro propio quehacer cultural, poesía y poetas incluidos. Así, casos como el recorrido trazado por el lenguaje de Santiváñez son importantes muestras de lo dicho. (Para una mejor sistematización de todo esto, puede verse la Introducción a El bosque de los huesos —en especial los acápites 3 y 4—, Mazzotti y Zapata 1995).

5b. A los anteriores comentarios en torno al poema «La guerra con Chile», cabe añadir otras afirmaciones. En principio, Santiváñez coincide con Eduardo Chirinos y José Antonio Mazzotti (representativos poetas del 80, con Santiváñez) en algo fundamental: el virtuosismo, ese esplendor verbal que a veces ciega; algo camuflado bajo el ropaje raído y sucio de los poemas de Santiváñez, o bajo las desapasionadas menciones político-populares de Mazzotti. Los tres se cuentan entre los jóvenes autores con mejor formación en la década. Los tres coinciden, a su modo, en una poesía culta (callejero-cultural, en Santiváñez) que los define como sumos artesanos —y estetas— de la palabra poética, más diestros en musicalidad y tekhne lingüística que la mayoría de poetas horazerianos y, a veces, tan buenos hacedores de poemas como los poetas del 60. Los tres viajan: Chirinos y Mazzotti hacia un cosmopolitismo (más literaturizante, el primero; más combinado con lo nacional-popular, el segundo); Santiváñez, hacia una onda solitaria, de mística-pagana, con una jerga cada vez más dislocada —al modo de los conjuros— que lo convirtió en una suerte de autoexiliado en su propia patria, a lo Martín Adán pero en la Lima de los últimos años10.

Continúa...

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Notas

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* Remito al lector interesado en los temas aquí tratados a otros dos ensayos míos incluidos en Ciberayllu,con los que existen, al respecto, útiles vasos comunicantes: «Los años 90 y la poesía peruana» (20/12/00) y «La poesía de Domingo de Ramos y Pastor de perros» (31/3/01).
La mayor parte del presente trabajo fue redactada en 1995, y se entregó luego para el proyecto trunco —coordinado por Gustavo Buntinx— de un libro colectivo sobre poesía y violencia política en el Perú de estas últimas dos décadas. Permítaseme, por otro lado, un uso del lenguaje particularmente libre y no pocas veces coloquial, espontáneo, para acercarnos aquí a la poética de alguien como Santiváñez que asimismo tiene mucho de todo ello.

1 Al respecto, puede consultarse la nota 5 del mencionado ensayo sobre la poesía de Domingo de Ramos.

2 Recordemos sino que en los 70 se hacían recitales muy concurridos, manifiestos fervorosos de proclamas colectivas y cosas así. En los 80, y luego de una intensa experiencia grupal de KLOAKA (cabe añadir: y de quienes fundaron la revista Macho Cabrío en Arequipa, con una actitud rebelde más «ilustrada») que lleva todo esto hasta sus últimas consecuencias, los poetas entran en un proceso de archipielagización creciente. Cada vez es más evidente la poca voluntad e interés por hacer las cosas grupalmente. Siempre habrá recitales, claro, pero ya no sorprenderemos un manifiesto colectivo digno de este nombre, ni un grupo contundente u homogéneo de contestación cultural o de activismo poético. KLOAKA aparece, por ello, como el último epígono de esa actitud. El propio Santiváñez asumió, cada vez más, lo que ya le latía desde siempre: aislarse, ensimismarse en sus particulares visiones de la poesía y la vida. Vale la pena remarcar, por último, que aquí se habla de cómo se ofrecía la poesía y no de cómo se hacía: es evidente que crear literatura es (desde la irrupción del individualismo burgués en la escritura durante los siglos XIII-XIV) un oficio de autores individuales. Sin embargo, se la puede ofrecer dentro de una comunidad de corte generacional, o sencillamente como expresión de un individuo.

3 Me refiero a cosas como al apogeo del rock «subterráneo» o también al «pop-achorado» del colectivo Huayco EPS. («Pop achorado» es un término reelaborado por el crítico de arte Gustavo Buntinx a partir de una sugerencia del artista Jesús Ruiz Durand. Ver Buntinx 1987).

4 Ver la revista Caretas (Lima, marzo 1983 y octubre 1983).

5 Ver el excelente poema «Conversación con mi padre en su lecho de enfermo», en Homenaje... También el texto 9 de El chico...

6 Y es que el humor no excluye sino más bien incluye, dialécticamente, la actitud trágica. «Lo humorístico será la sonrisa entre lágrimas, la risa amarga, el brinco de lo cómico a lo trágico y de lo trágico a lo cómico, lo cómico romántico, lo sublime al revés […] la compasión que se avergüenza de llorar […]» (Benedetto Croce, p. 176).

Por otro lado, se podrá argüir que la autodeclarada —por el propio autor— estación «iluminada» de Santiváñez contradice lo aquí expresado. Sin embargo, considerando atentamente la misma en su última producción (incluida la nouvelle Santísima Trinidad), estoy más dispuesto para caracterizar todo ello como una inteligente y hábil vuelta de tuerca, en el lenguaje, de una semejante sensibilidad que claramente no pone ninguna esperanza en la realidad social. En este sentido, la mentada iluminación es una variante más actual de su individualismo creativo y fértil a la vez que sobre todo desencantado y corrosivo en su interacción social con la realidad misma. Por cierto, en esto, y como ya es conocido en estos tiempos, no se halla solo ni en el oficio de la poesía ni fuera de él, ni en el Perú ni fuera del Perú. Al respecto, cedámosle la palabra al propio autor: «Yo no creo actualmente en ninguna alternativa grupal para nada. Creo solamente en los programas personales, en las artes poéticas individuales, y dentro de ese arte individual puede estar una proyección de tipo socialista como utopía, como alcanzar el amor verdadero, que es imposible» ( de «Adiós a las cloacas», Delgado 1998), y: «[…] R. Es difícil explicártelo. El norte ideológico de Kloaka era la anarquía, la rabieta. Sí, también fue la sonaja, como dijiste alguna vez […] P. ¿No tuvo acaso una tentación ultraizquierdista? R. Pero no se materializó, porque el Movimiento Kloaka siempre mantuvo la bandera negra, como ideología pura. Nunca jamás Kloaka tuvo la bandera roja. Eso es falso, y gracias por la oportunidad de aclararlo de una vez por todas» (de «La salvación del poeta», Escribano 1998).

7 Pienso aquí en videos, películas, obras de teatro, muestras de arte (plástica, fotografía) y libros de literatura o ensayos donde la sangre, la destrucción, la muerte y demás se han solido ofrecer como rasgos absolutos e identificatorios de la violencia política por la que nuestro país ha surcado desde el inicio de los 80. Pocas veces se ha podido visualizar, en todo ese trance dramático, otros elementos, otros colores. Y es que hay algo incontrastable: todas las épocas —y más aún aquéllas convulsionadas— cifran hechos de significados contradictorios. No hacer conciencia de esto, es perder de vista la totalidad. En buena cuenta, este ánimo gris que ha guiado la heterogénea creatividad de buena parte de la pequeña-burguesía peruana (sobre todo, limeña) testimonia nuevamente la mayor zozobra y desgarro con que esta clase social vive los períodos históricos de conflagración.

8 La única guerra que asume este poeta es la de una lúdica contestación literaria, y al romántico modo, del individuo contra «el mundo» (término gigante): «La Poesía es un texto contra el Mundo»; «[...] allí fue donde citó / esa rara relación relativa einsteniana entre poetas y / militares» —en «Guerra», de Symbol.

9 A propósito, versos como «tendidos día y noche cachando bellamente / como flores de un jardín helado en el verano» —del mismo poema— podrían firmarlos varias de las mujeres que protagonizaron, en esos años, la irrupción de la poesía hecha por ellas. La poesía de las mujeres, años 80: o la expresión extrema de una lucha de larga data; la mujer, su alma/su cuerpo, frente al yugo machista. Finalmente, otra expresión del «individualismo anárquico», del «desgarramiento ambulatorio». Otra manifestación, bien a los 80, del intimismo: la presencia explosiva del cuerpo en la poesía.

10 Aunque cabría relativizar lo afirmado, teniendo en cuenta la aparente, o al menos manifiesta, reconciliación de este autor con su medio social desde su última estación creativa, sobre todo con Santísima Trinidad: «He llegado a la conclusión de que a la vida hay que cuidarla muchísimo. He vivido de una forma maldita y salvaje durante por lo menos unos diez o quince años, jugando con mi vida, poniéndola en riesgo todos los días. He llegado a un punto en que tuve una revelación mística y me dije: ‘Voy a cambiar’, y he cambiado. La novela también ha cambiado mi vida, porque me voy a tomar en serio como escritor. Voy a escribir novelas y poesía, nada más» (de «Adiós a las cloacas», en el diario El Sol, 1998).

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Agradecimientos a la Web.


domingo, septiembre 16, 2007

César Ángeles L.(¿Un ave que duerme tranquila?)

En torno a un nuevo libro de poesía de Miguel Ildefonso

César Ángeles L.


¿si estos años ya no enseñan nada
más que el mismo sol ocultándose en cualquier cosa
qué pasión queda entonces en los signos?
(en Canciones de un bar en la frontera, fragmento, p.69)



Miguel Ildefonso (Lima, 1970) es uno de los autores más conocidos en el panorama de la última promoción de poetas peruanos. Es egresado de la Universidad Católica (donde obtuvo el premio de los Juegos Florales en 1995) y desde hace un tiempo radica en el sur de los Estados Unidos; más concretamente en El Paso, Texas, en cuya universidad está por terminar una maestría en «escritura creativa». A mediados de este año visitó Lima, y aprovechó para presentar su segundo libro: Canciones de un bar en la frontera (Ediciones El Santo Oficio, Lima, 2001). El anterior fue Vestigios (Lima, 1999). Ha sido parte del Movimiento Neón: activo grupo de artistas a comienzos de la pasada década.

*
La poesía de Ildefonso, en sus dos libros editados, ancla sus filiaciones en el pathos del artista marginal, rebelde, callejero. De ahí que no llame la atención que en su primera publicación hubiese un declarado homenaje al pintor puneño, radicado y fallecido en Lima, Víctor Humareda. Más específicamente, diremos que, en la tradición literaria occidental, Ildefonso parece aunarse sobre todo a la veta abierta por los poetas del simbolismo francés: Baudelaire, Verlaine, Apollinaire, así como al mismísimo Rimbaud, más joven que todos ellos y correspondiente más bien a una poética post-simbolista.

En términos locales, y por esa mencionada vocación callejera, mundana y de cierto
individualismo que lo conduce a asumir el oficio de poeta como arte de iluminación («...agujero negro has que todo/en mí sea original/con metáforas indescifrables que ya no sean/del amor y de la muerte/que ya no sean de mí/te ruego oh Señor que aparezcas de una vez», de Canciones..., p.64), Ildefonso se aproxima a otras propuestas semejantes que, en los 80, tuvieron en el Movimiento Kloaka su más descarnada expresión1. De hecho, dos de sus más preclaros exponentes, como Róger Santiváñez y Domingo de Ramos, hoy por hoy transitan sendas poéticas que ellos mismos han denominado «mística negativa», y que también podría denominarse «mística pagana»: en el sentido de buscar cierta redención y exorcismo existencial mediante un lenguaje poético que, al mismo tiempo que exprese las voces íntimas del poeta, no descuide su conexión y referencia a signos, motivos y temas de la realidad urbana; esta realidad limeña, cotidiana, conflictiva e intensamente mestiza, no pocas veces lumpenizada, en deterioro.

El título del segundo libro de Ildefonso remite a «cantar desde un bar». Al mismo tiempo sitúa ese canto en una «frontera»; que es tanto la actual ubicación geográfica del autor2, como esa condición o anhelo fronterizos de este poeta y esta poética aludidas anteriormente. Se trata, sin duda, de una publicación superior a la anterior, en tanto existe mejor dominio del lenguaje, mayor soltura y plasticidad, y que anuncia en su autor la mentada madurez como creador verbal, en este caso mediante la poesía.

El libro se divide en cuatro partes: Cuaderno del desierto de El Paso, Cuaderno del invierno de Lima, Cuaderno de los mitos muertos y Cuaderno de las palabras muertas. Esta organización en «cuadernos» evoca los cuadernos de gráfica y poesía, otrora dispersos e inéditos, de Luis Hernández (Lima 1941-Buenos Aires 1977): otro autor marginal —y hasta no hace mucho marginado por la institucionalidad literaria—, aunque de la promoción de los 60.

Quizá si de algo se resiente la poesía de Ildefonso es de no procesar sus adhesiones de modo tal que finalmente desaparezcan más de la superficie, y queden en cambio asumidas en las profundidades del lenguaje y sensibilidad del poeta. Esto vale asimismo para sus referencias y guiños a la tradición literaria de Occidente: a alguna escenas de íconos prestigiados como Dante, Homero, Lorca, Neruda, Kavafis, Holderlin, Kafka... En la primera parte del libro, que contiene buenos poemas, se ahonda en referencias al movimiento beat, a sus autores; y asimismo se inicia al lector en ese tópico actual del «desierto», como espacio de tránsito solitario donde se busca algún tipo de iluminación3. Pero podría, digo, hacerse todo ello desapareciendo esas referencias. Y es que para hablar de un sentimiento o de un lugar no hay necesariamente que nombrar a autores o lugares concretos. Lo importante siempre es que el torrente pase/viva/palpite por dentro. Es curioso, sin embargo, que un autor de los 90 -cuando, al menos en la poesía que ha circulado más, predomina este vaciamiento de referentes notorios, y se deja prevalecer, en cambio, una palabra que no remite claramente a nombres o lugares- realice precisamente este ejercicio de denotaciones.

Las partes 3 y 4 son más originales y personales. Hay allí un poema desmesurado, ejemplar barroco y sensual, que cifra muy bien lo dicho y que así resulta de los mejores del libro: «Pachakamak» (ver fragmento, al final). Y es en ellas donde se da curso más libre al acento puesto por muchos autores surgidos en esta última década; algo que, parafraseando a Martín Adán, podría llamarse el síndrome de la mano desasida: siendo que se tematiza (y ya sé que toda generalización de este tipo puede inducir a errores, por las excepciones a la regla) ese No-Hallazgo de la plenitud, ese tender hacia una dimensión donde ya no es vigente la palabra, ningún tipo de palabra, sino sólo ese recorrido, de antemano perdido, hacia una suerte de primer paraíso, irrecuperable. Creo que muchos creadores de los 90 enfatizan esto, y de manera desencantada dialogan con una tradición literaria y artística donde, en medio de todo, había rendijas para que asome su cabeza la utopía, el sentimiento de cambiar la vida4. En las creaciones de estos años —y el poemario de Ildefonso es una muestra— el distinto sentimiento discurre más bien por sendas vacías de ello, y que son habitadas sólo por la pretensión de coherencia entre el desencanto, la sinceridad de los gestos mínimos y un lenguaje que sirva para recomponer cierta armonía que en cualquier otro campo es imposible de hallar, de asir: «(...) nunca había sentido esa sensación en toda su vida, era como una idea en blanco que se había anclado en su corazón. No importaba si estaba con la soga en el cuello colgado en su cuarto, o somnoliento en la ventana de un tren, la sensación de haber sido herido mortalmente era contundente. Nunca en toda su vida había sentido la verdad con tal estremecimiento (...)» (del poema «Quimera vacía o la perversión del aire», p.72).

He aquí el aporte novedoso de esta década en la que Ildefonso inscribe un buen libro, con justicia representativo —con sus contradicciones incluidas— de todo ello.

Ese espacio, donde se halle cierta paz para que «un ave duerma tranquila» (p.73), será a costa de pagar el precio del fin de los grandes sueños; o como dice el último poema del libro, de donde se toma el verso como título a este artículo, el adiós a «los grandes temas de la poesía» (íbid). Será con esta actitud que, como se dice en el mismo poema, supuestamente se irán también como si de lo mismo se tratase «la semilla y los horros del sueño» (p.73)

Pero quizá esos «grandes temas» (¿cuáles? ¿el amor, el desencuentro, la vida, la muerte...?) sí están finalmente en esta poesía; y el cambio se dé en la actitud ante ellos. Algo que surge como repliegue y descreimiento ante los grandes proyectos del hombre, especialmente al interior de las clases medias de Occidente, debido a varias razones; quizá sobre todo a dos: 1) la decidida expansión del liberalismo, en su fase actual, durante los 80-90, acompañada de variadas formas de represión contra todo lo que se le opusiera, y 2) el envejecimiento y devaluación de la retórica falsa de aquellos políticos y organizaciones que desde décadas anteriores, y aun en los 80, hablaron de cambios y revoluciones mientras que en la práctica sólo labraban en pro de sus propios intereses individuales y grupales.

Extrapolando ello a la poesía, es quizá a lo que también se alude en esos últimos versos citados del libro de Ildefonso. Estas voces literarias y artísticas, escépticas, nihilistas, centradas en el individuo, provienen de autores forjados en esa realidad anteriormente reseñada. ¿Es aquella actitud aludida la única posible y existente en estos tiempos recientes? ¿O es una entre otras? ¿Y de qué están hechas esas otras voces, si fuese así?5

En todo caso, la poesía de Ildefonso se ubica en la tendencia más notoria de estos años, aquella del desencanto histórico y la apuesta por hallar alguna alternativa en la concreción, más pura y dura, del individuo. Y, sin embargo, encierra en sus elementos contradictorios las posibilidades de otras respuestas, otra poética, en relación con el presente. Su devenir dependerá del proceso y práctica de su autor, de su modo de interacción con la realidad misma, con la historia cotidiana de nuestras sociedades. Pero esto ya pertenece al futuro, y es mejor detenernos por ahora aquí. El tiempo dirá en qué rumbo se asienta mejor un poeta de talento como Ildefonso.

4 diciembre, 2001.

* * *


PACHAKAMAK
(Fragmento final)


«más allá todo ha de perdurar allí habitaremos
allí la razón copulará con nuestras bajas pasiones
como un sesgo de vitrales inextinguibles y blasonados
de clorofila los cadmios la polinización de los opuestos
mundo de arriba y mundo de abajo
la fotosíntesis de la mente y la antera de mi sexo vellos
pétalos cabellos zarzarrosa los gemidos suben bajan
se aproximan rojos y dorados con incrustaciones moradas
conculcadas del bacanal anonadadas en el tiempo
y la violencia mezclándose mi pene de barro en tu vagina de cenizas
naciendo destellos rosas de tus mejillas oh Santa Rosa
oh mujer omniamorosa gozas en tu delirio sadomasoquista
yo sin embargo seré otra vez tu esclavo embarázame
hágase en mí según tu palabra señora viólame
viólame con tu sufrimiento extasiados siendo para no ser
en el cuarto en el abismo los apóstatas de la noche
entreabiertas nuestras mezquindades nuestros cuerpos desnudos
creados de palabras muertas
y para este vano descubrimiento nos inmolaremos por enésima vez
y esperaremos esperaremos a esos pelícanos hambrientos
verdugos del mar nocturno esperaremos a esas hienas que husmean
en el sexo con un soliloquio esperaremos en la oscuridad
de la noche porque esa es la ley que nos corresponde
como hace siglos aquí te estoy esperando a ti
tú que no habéis muerto te espero desde el otro tiempo.»


INÚTILES AIRES QUE MOLDEAN LOS DÍAS

entre los bosques de tu sueño se abriga mi alma
atado al sol que entre las hojas borra el tiempo


ella era una mujer que había mirado siempre
pasar el tren desde la puerta de su casa
ella sólo soñaba con viajar en algún tren
no quería saber hacia dónde se dirigían los trenes
que pasaban por la puerta de su casa
cuando pasaba el último tren de la noche
ella podía soñar que viajaba en el primer tren de la mañana
en toda su vida habrá visto cientos y cientos
de trenes pasar por la puerta por la ventana
o por el espejo de su casa
de día los trenes vienen —decían todos
de noche los trenes se van
pero para ella todos los trenes se iban sin llevarla
ella sólo quería que un tren —cualquier tren—
de día o de noche la llevara
se había hecho un vestido floreado
se había comprado una maleta
había imaginado que al voltear un pañuelo blanco se despedía
desde el último vagón
cuando pasaba el primer tren de la mañana
ella quería rogaba que el próximo tren parase
en la puerta de su casa
pero nunca los trenes pararon ni en la puerta
ni en la ventana ni en el espejo
y aunque una vez se colocó el vestido y cargó su maleta
nunca un tren ni de día ni de noche paró
sólo el pañuelo que había bordado en años se fue diciendo adiós
por el riel que pasaba por la puerta de su casa vacía


LA MUERTE SOLAR DE LOS TÉMPANOS DESLIZÁNDOSE POR TUS MEJILLAS

un ave duerme en el estanque
un ave de materia o de sueño recibe el homenaje del limo
las transparencias de los juncos
¿acaso la noche lo vio con la embestida del aura
y las rutas rotas con pirruelas y sarros en sus plumas?
la espuma ardiente de la luna consuela su sueño suelto
..................de barro en la barra
estrellas callan sus ardides de horquilla
y hierros de grano buscan una forma de abrigarlo
podría descansar en los centenos en obsidiana encantada
de flancos suaves pero el viento sopla para las vendimiadas
oleadas de riberas vienen a verlo entre el gladio y la pestaña
..................de la luna
un sapo palpa sus orlas y el tiempo es grande
de la arcilla de su boca apenas flotan algunas burbujas
rutas rotas en la intemperie y la versificación se funde en su hedor
en los élitros verdes:
..................los escombros de los Progresos
la palpitación se va a lo lejos sin que nadie se de cuenta
sólo ven un ave que duerme tranquilo
la semilla y los horros del sueño se fueron también
y con ellos los grandes temas de la poesía
(poemas del libro Canciones de un bar en la frontera)

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Notas

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1
Al respecto, una referencia pertinente se da también dentro del propio Movimiento Neón; con el caso de Carlos Oliva y su inconcluso proceso literario (debido a su temprana muerte) plasmado en su único libro editado: Lima o el largo camino de la desesperación (editorial Hispanolatinoamericana, agosto 1995).

2 En esa conflictiva frontera entre México-EE.UU., que es un espacio neurálgico donde se da la constante migración mexicana hacia el imperio del norte; lo cual produce diversos trasvases de todo tipo, como ése que en el plano social se denomina «cultura chicana», o esa otra resultante fronteriza que es la caprichosa mezcla lingüística entre español e inglés denominada «spanglish».

3.Las referencias al desierto en la poesía peruana más reciente son múltiples y variadas. Véase el primer libro de Róger Santiváñez Antes de la muerte (Cuadernos del Hipocampo, set. 1979), concretamente los poemas «Las persianas», «Poema al desierto», y este otro, «En el tiempo», dedicado a Luis Hernández, que termina diciendo: «En su paz partió [...] para ser acaso [...] el finísimo desierto». Domingo de Ramos, específicamente en Pastor de perros (Editorial Colmillo Blanco & Asaltoalcielo / editores, 1993), presenta al desierto (muchas veces denominado como arenal) como una referencia concreta dentro del «paisaje» o «lugar» en el que se desarrollan los poemas. Mario Montalbetti tiene un libro titulado precisamente Fin desierto y otros poemas (Studio A Editores 1995 y Hueso Húmero 1997). Eduardo Chirinos, en cuya poesía abundan sobre todo referencias al mar, tiene el poema «UN VIENTO CÁLIDO SOPLA EN LAS DUNAS DEL DESIERTO / Crónica novelada de dos conquistadores en el Reyno del Perú (homenaje a José María Arguedas & Pedro Cieza de León )» en Archivo de huellas digitales (Ediciones Copé, 1985), y que es de alguna forma una visión particular del Perú. Al igual que el extenso poema de Jorge Frisancho «Desiertos del Perú» (publicado en Márgenes, dic. 1998, pero escrito en 1992), mucho más reflexivo. Rocío Silva Santisteban en Mariposa negra (Jaime Campodónico / editor, abril 1993) tiene un largo poema en prosa dedicado a «El desierto de Atacama». También en el libro de Rodrigo Quijano Una procesión entera va por dentro (Ritual de lo habitual, mayo 1998), especialmente en los poemas 4, 11 y 14, el tema del desierto se pone de manifiesto. Finalmente está el caso de Paolo de Lima (otrora integrante de Neón, al igual que Ildefonso, y quien ya finalizó la misma maestría que éste viene estudiando en El Paso) con Mundo arcano (Contracultura ediciones: En prensa); fragmentos de un poema de este libro, titulado precisamente «De-ciertos», apareció en Sieteculebras Nº 15 (Cusco, diciembre/enero 2001).

4 Como esto no es un ensayo sino sólo una reseña crítica no hay espacio para ahondar en algunos temas aquí planteados (pueden verse, sin embargo, ensayos míos sobre poesía peruana actual en Ciberayllu). Mas sobre las diferentes actitudes y sensibilidades entre escritores y artistas peruanos aparecidos en las últimas décadas, y específicamente sobre la presencia o ausencia de utopías y mitos sociales, puede volverse la vista a un libro representativo de los 80: la polémica selección de poesía peruana en esos años, La Última Cena (Asaltoalcielo/editores & Naylamp editores, 1987). Allí se registran dos tendencias en los jóvenes autores de entonces; y se ofrece un prólogo (elaborado por tres conocidos escritores de aquel período, también presentes en dicha muestra: José Antonio Mazzotti, Róger Santiváñez y Rafael Dávila Franco) donde se aprecia que las referencias a la realidad social e histórica y correlativas tomas de posición, en concreto sobre el difícil momento bélico en el Perú de aquel entonces, son centrales en el análisis ahí emprendido y aun rescatadas como valor en el quehacer literario. Esas referencias se corroboran y muestran, «transposición poética» mediante, en algunos de los poemas seleccionados. Todo ello marca, sin duda, una diferencia cualitativa con el ánimo y poética que veo prevalecer en los 90; de lo cual, a grosso modo, se da cuenta en este artículo. Creo no equivocarme si trasladamos estos mismos supuestos a lo ocurrido en otras propuestas y lenguajes artísticos, como el rock peruano, las artes plásticas y el teatro.

5 Al respecto, es pertinente citar la opinión de otro poeta aparecido en la pasada década: Víctor Coral (lo dicho autocríticamente aquí por él sobre el centralismo limeño —que afecta también los ámbitos de la literatura y las artes— vale también para la historiografía y crítica literarias en nuestro país): «Acabo de escuchar en un coloquio a un norteamericano que hablaba sobre la violencia política y la narrativa en el Perú, y de todos los escritores que citó, la mayoría era escritores que en mi vida los había escuchado (...), y toda esa gente escribía y sigue escribiendo sobre la violencia, y sus libros se publican y tienen 500 ó 1000 ejemplares, como los libros de acá, sólo que se publican en Huancayo, Abancay, Ayacucho» ; y más adelante agrega: «Quería volver a que hay mucha gente escribiendo en provincias y es el viejo problema de siempre: nos reunimos los mismos —si es que nos reunimos— y siempre hablamos de lo que hacemos nosotros y hay (mucha) gente que está haciendo otras cosas (...). Y no se trata de un juicio de valor, no se puede decir que sea mejor, lo que pasa es que ocurre y no llegamos a conocerlo (...), pero hay que conocerlo» (del especial: Poesía de los noventa, p.55, en la revista Flecha en el azul, n° 15, 2001).

Agradecimientos a la Web.


sábado, septiembre 15, 2007

César Ángeles L.(Los monstruos (¿y las máquinas?) no lloran)

12 de julio del 2002

Mecánica de los sentimientos en tres películas contemporáneas

César Ángeles L.

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En primer lugar, debiéramos ponernos de acuerdo sobre el concepto de «monstruos» o «monstruoso». Lo uso ahora de forma bastante personal y libre, en realidad. Pienso que todo aquello que subvierta nuestra visión establecida y convencional de la realidad, posee características monstruosas. A la vez, sin embargo, eso que subvierte debe impresionarnos de alguna manera intensa para estar seguros de hallarnos cara a cara con cierta presencia o fenómeno extra-ordinario, que nos impacta vivamente por escapar a los parámetros tradicionales de la lógica que de común nos gobierna. Es así, pues, que no sólo considero monstruo aquello que provoca miedo, horror. En una película como «Eduardo, manos de tijera» (Edward Scissorhands, del director Tim Burton, 1990), Johnny Depp encarna a un ser con figura humana, hecho por un científico que muere antes de poder concluir su obra, abandonándolo para siempre con dos grandes tijeras colocadas provisionalmente como manos. Ello ocurre en una vieja mansión, en lo alto de una colina, vecina a un pueblo norteamericano de clase media ambientado en la estética coloreada y feliz de los 50. Es una versión particular del Frankenstein que todos conocemos. Sin embargo, el humor y la ironía que recorren la película le dan un carácter especial. Eduardo, manos de tijera, tiene una vestimenta y apariencia que evocan la estética punk de los 80: ropa negra de cuero, pelos hacia arriba, palidez extrema, ojeras, cadenas, clavos. Este personaje es adoptado casualmente por una familia del poblado, surgiendo un romance con la hija (Winona Ryder). En general, los vecinos, hipócritas y egoístas, van haciéndolo parte de su fauna, ya que Eduardo desempeña diversos oficios (peluquero, jardinero...) para ellos. Mas todo cambia cuando una vecina despechada por Eduardo y un enamorado celoso empiezan a complotar contra él, y es entonces que el rebelde Eduardo recupera, sin proponérselo, su dimensión de monstruo aterrando al vecindario y siendo perseguido por la policía. La doble moral, tan característica de la sociedad norteamericana, que quiere lo que no la toca o altera, y combate lo que la pone en cuestión, se evidencia excelentemente en este film. Así, el protagonista —sobrio en los variados matices de sus emociones— sirve de reactivo para que la aparente calma y armonía de este vecindario provinciano muestre su verdadero rostro: el de perro sabueso en pos del cuerpo y la sangre de aquel que no se ha sometido a sus prejuicios y convenciones1. Es así que lo que nos deja esta película es la sensación e idea de que el monstruo, en verdad, está encarnado en esos rostros, gestos y modales —esa ética, esa práctica— aparentemente civilizados, ordenados, más bien cínicos, y aquel que esa sociedad condena no es la criatura sin corazón que se come a la gente, sino más bien una versión contemporánea del romanticismo: cuando Eduardo quiere acariciar o tocar a alguien, termina haciéndole daño con sus manos-tijeras, rasgando la piel en sus objetos de afecto o amor. Este humor en clave gótica, contrastado con la artificialidad del pueblo-provincia, recorre la estructura de todo el film y expresa también, cinematográficamente, la sensibilidad punk y postpunk que a comienzos de los 80 fue una manera original de la contracultura en occidente; sobre todo en el ámbito de la música rock y del pop.

Necronom III, de H.R. Giger (1976)

En la película «Inteligencia artificial» (Artificial Intelligence, 2001, dirigida por Steven Spielberg en base a un antiguo como trunco proyecto cinematográfico del genial y fallecido Stanley Kubrick), una familia del futuro tiene un pequeño hijo gravemente enfermo, desahuciado. En un mundo crecientemente gobernado por máquinas y robots, el esposo decide regalarle a su esposa un niño-robot, fabricado por una empresa (Cybertronics Manufacturing) que tiene en este proyecto su trabajo más osado: hacer un niño que pase por tal, y que sea indistinguible de un ser humano. David es este niño (interpretado por Haley Joel Osment, el fantástico actor de «El Sexto Sentido»). Toda su apariencia es idéntica a un niño humano, y su madre adoptiva sólo debe ir programándolo para obtener de él diferentes reacciones y conductas que aún lo hacen más aparentemente humano. Luego de un primer dramático momento de aceptación-rechazo en la familia, David se queda a vivir allí y va adaptándose a los requerimientos, al punto de que, a pesar de algunos inconvenientes, la madre pasa a demandar su permanencia en el hogar cuando su esposo le ofrece devolverlo a la empresa. El niño-robot se ha ganado su corazón. Pero él carece de uno. Y esto pasa a primer plano cuando el niño real, de forma inesperada, se repone y vuelve, aunque algo lisiado, al seno familiar. Hay una serie de escenas donde David muestra, incluso grotesca, o monstruosamente, su naturaleza robótica. Quizá la mejor de ellas sea cuando el esposo llama a su mujer por teléfono, y al contestar David adquiere la voz de aquél para transmitirle el mensaje a ella, quien pierde paciencia y humor ante este niño tan evidentemente máquina.

Pero la fábula de esta película es aún más compleja2, ya que en esta sociedad hay un enfrentamiento entre robots, que por diversas razones prácticas —pragmáticas— han sido desechados, y bandas de personas que los destruyen en unas ferias de la muerte3 cuya puesta en escena evoca a esas mega competencias con autos y motos realizadas en EEUU para probar quién es el más osado, fuerte y hábil sobre las máquinas. Por eso es que la madre no quiere rechazar inicialmente a David, porque sabe que terminarán destruyéndolo en esas ferias. Sin embargo, una serie de accidentes provocados por los celos del niño-hijo terminan por convencerla de abandonar a David a su suerte en un bosque, advirtiéndole de los peligros que corre. Y es aquí cuando David revela lo que luego irá in crescendo a lo largo de la película: su capacidad de sentir, y su utopía de querer ser un niño de verdad, para que su madre adoptiva lo quiera como quiere a su hijo real. Es, pues, una versión futurista de ese bello cuento del italiano Carlo Collodi, «Pinocho». Al fin, el niño se integra a un grupo de máquinas y robots desechados que también huyen de los cazadores de chatarras; hasta que al final todo el alucinante grupo es capturado, enjaulado (cuándo no) y trasladado a una de esas ferias que destilan salvaje violencia humana por todos lados. Ruidos de motores, luces, voces estridentes y un público ávido de destrucción de esas máquinas que, dicen, amenazan su existencia al convertir a los seres humanos en sujetos prescindibles, conforman un escenario que recuerda una suerte de foro romano donde los leones son el mismo público. Una vez más, el monstruo va revelándose en el alma de ese tipo de sociedad, donde se disfruta al máximo la sed de venganza y masacre, y donde, paradójicamente, el humor, el placer de vivir y la solidaridad se hacen carne (o transistores) en esas máquinas perseguidas, inservibles, huérfanas y parias. No es difícil ver en todo esto una bella alegoría y posición crítica ante la deshumanización que cunde en occidente, y una utopía de amor paradójicamente situada en ese niño-robot que hacia el final de la película busca al hada que, como en el cuento de Pinocho, le dé un corazón tangible, material.

Este mismo amor salvará de morir al protagonista de «Matrix» (The Matrix, dirigida por Andy y Larry Wachowski, 1999), en un mundo gobernado por las máquinas, y luego de haber hecho conciencia de que tal realidad era sólo virtual —una matriz— y que el mundo real era otro de paisaje derruido, terminal, donde las máquinas cultivan embriones humanos para nutrirse de su energía. En esta fantástica como poderosa película, Neo (caracterizado por Keanu Reeves) es captado por un grupo de disidentes a ese mundo virtual y que merced a Morpheus (el líder de este contingente rebelde que habita una nave) vieron realmente cómo eran las cosas. Ellos creen que Neo es el enviado para terminar con este engaño y retomar el gobierno de la vida. Se trata, pues, de otra alegoría, en clave futurista, del poder y dominio de las máquinas sobre la sociedad humana. Cada vez que los disidentes viajan mentalmente a ese mundo virtual deben cuidarse de los «agentes», quienes son la temible fuerza de choque en la matriz4. Lo interesante de esta película es cómo, en medio de la velocidad de las acciones, se dan la mano una serie de temas en torno a la liberación de la mente respecto de diversas ataduras que bloquean la personalidad, su desempeño. Así, para luchar contra las mencionadas fuerzas de la matriz, Neo es preparado por Morpheus mediante una serie de entrenamientos virtuales donde practica técnicas de lucha a partir de la incorporación de programas de ataque y defensa, en diversas variantes. Mas Morpheus le recalca a Neo que la principal arma está en la mente, y es aquí donde radica la ventaja sobre los agentes ya que éstos carecen, como robots virtuales que son, de la capacidad de improvisación innata a las personas. La alegoría de la película es también —como en el caso de otras películas aquí revisadas— humanista, utopista (en el sentido positivo del término: lo posible e imperativo de ser realizado), e insufla en los espectadores más atentos la convicción de que sólo el día en que el ser humano pierda su capacidad de sentir y crear estaremos ante nuestra desaparición. Neo viaja al mundo virtual para rescatar a Morpheus cuando éste cae prisionero de los agentes. Junto con él viaja Trinity, una mujer del equipo; ambos se enfrentan a dichos agentes durante una serie de combates espectaculares debido al uso virtual de técnicas orientales de lucha y a la novedosa gama de efectos especiales empleada para ello. Luego de lograr su cometido, huyen y buscan retornar a la nave, con Morpheus, mediante contactos por teléfonos. Así salen siempre de la virtualidad para volver al mundo real. Mas Neo esta vez no logra hacerlo debido al ataque de un agente. Allí empieza otra secuencia espectacular de lucha entre ambos, hasta que el protagonista es abaleado y muere, virtualmente. En la nave, su cuerpo sangra por la boca porque, como dice Morpheus, la mente ha asumido esa muerte y la vive. Nadie allí puede creerlo, ya que supuestamente Neo era el enviado, el elegido para salvar a todos de la matriz. Cuando su cuerpo empieza a morir, realmente, Trinity le da a conocer, al oído, su amor secreto por él, y este sólo hecho lo hace volver a la vida en el universo virtual y le otorga, más que fuerza o técnica, toda la capacidad para situar su mente donde siempre debió estar: distinguiendo a esa réplicas de hombres —los agentes— y sus balas, y a toda esa realidad, en general, como mera virtualidad, apariencia que no existe. Es así que es capaz de detener, entonces, el curso de cada bala con sólo darse cuenta de su irrealidad5. Y así empieza a vencer, finalmente, a la matriz.

Ese sentimiento de amor auténtico es, una vez más, la fuerza que otorga capacidad de develar las flaquezas de esa realidad virtual que aparecía como invencible. Es casi una metáfora de la lucha entre David y Goliat, siendo que los sentimientos arrojan sus piedras contra el poder de la maquinización. El final de «Matrix», y algunas escenas que tienen relación con el entrenamiento de lucha, adolecen de un perfil muy característico del cine masivo norteamericano: esa mitificación del individuo salvador6. Pero creo que aun así no debe dejarse de lado lo interesante de su fabulación y los aportes de su lograda puesta en escena. Al igual que lo ofrecido por las otras películas revisadas aquí, nos coloca, todo ello, ante una cinematografía que a partir de ciertas claves de la modernidad contemporánea, con elementos de un paisaje gobernado —sobre todo en las metrópolis de occidente— por el amor compulsivo a las llamadas nuevas tecnologías, recrea un mundo donde los sentimientos más hondos y auténticos se disgregan en beneficio de una modernidad vacía, helada, con poco o ningún sentido.


De diferente manera, además, películas como las aquí reseñadas y comentadas nos colocan ante una necesidad tan humana como escasa en estos últimos tiempos: abrazar una meta, una fe, e impregnarlas de lo que es más inherente al hombre (tan inherente como negado, combatido): el sentimiento por la comunidad con el otro, o con los otros; lo que es una manera, quizá balbuceante, de referirnos a la gran necesidad (tan grande como reprimida) de todo tiempo y grupo humano: el amor. La ausencia, acallamiento y deformación de esto es lo verdaderamente monstruoso. ¿O no? Usted tiene la palabra.

* * *
Marzo-abril del 2002.
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Notas
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1 «Los muchachos no lloran» (Boys don’t cry, de Kimberly Peirce, 1999; título que recuerda al excelente tema de The Cure) es otra buena película, también situada en una provincia norteamericana aunque más contemporánea, y que igualmente revela esa doble faz y sed de castigo contra sus individuos disonantes, rebeldes. Aquí se trata de una lesbiana que se hace pasar por un muchacho seductor teniendo éxito entre las mujeres. El cruento castigo a esta «monstruosidad» acaecerá al ser descubierta por quienes hasta entonces eran sus compinches de aventuras.

2 Tanto ésta como la anterior película comentada comparten una semejante estructura narrativa derivada de los cuentos para niños; lo que a la vez que aumenta en ambas su plasticidad , belleza y resonancias semánticas, por la variedad de metáforas y símbolos, les otorga esa peculiar capacidad seductora que tanto bien hace a sus discernimientos críticos.

3 En la línea de tantas películas protagonizadas por «pandillas abominables», como algunas escenas de la mencionada «Los muchachos no lloran».

4 «Robots vestidos de negro como ‘los perros de la calle’ de Tarantino aunque con los poderes especiales del maligno robot de la secuela de Terminator», como los describe Melvin Ledgard en su artículo «Lo criminal y lo virtual/ Sin límites y Matrix» (en Revista de cine La Gran Ilusión, Nº 11, Lima, 1999-2).

5 «Darse cuenta» parece ser lo común entre «Matrix» e «Inteligencia artificial». En ambas películas, los sentimientos han volado de la sociedad. Y es en la primera donde el protagonista, al darse cuenta de que es amado, recobra vida en el mundo virtual y triunfa. En la segunda, y también en «Eduardo, manos de tijera», el espectador se da cuenta de la alienación en la sociedad, del predominio del egoísmo. Se trata de tres películas que promueven, cada una a su manera, la toma de conciencia acerca de la contradicción entre individuo y sociedad, entre frialdad y emoción. Lo más curioso en todo esto es que son «seres artificiales» quienes nos revelan nuestras miserias como seres humanos.

6 Lo que queda muy claro en ese final poco feliz, con resonancias de Superman, aun pudiendo considerarse tal escena como irónica. A lo que cabe agregar esa marca del cine norteamericano, al parecer inevitable, expresada en rasgos de coboyada futurista: el pistoletazo entre buenos y malos. Asimismo, en «Inteligencia artificial», su deslumbrante trabajo de efectos especiales y su sofisticada puesta en escena (acentuada hacia el final de forma manierista) contribuyen en conjunto, sin duda, a diluir la contundencia de la reflexión crítica allí expresada.
Agradecimientos a la Web.