miércoles, abril 18, 2007

Intima Gabriela

Intima Gabriela

Entrañable visión de la poetisa chilena a través del recuerdo de Ciro Alegría.

Este libro fue publicado por primera vez en 1969, en papel bulky, formato chiquitito y muy humilde. Veinte años después Editorial Antártica de Chile entrega una cálida e impecable edición, con fotografías inéditas, cartas y la prosa querendona de Ciro Alegría.


Escribe MARIA ELENA CORNEJO

Gabriela, su secretaria Margaritte Peterson y Ciro en Santa Bárbara en 1947.
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" Gabriela me extendió con llaneza no exenta de altivez, una mano tibia y fina, mano de india. Su rostro, pese a los ojos verdes, me hizo recordar el de las indias que acunaron mi infancia. La misma nariz aguileña, la misma boca pulposa, la misma sonrisa entre suavemente irónica y decididamente tierna." Ese es el primer recuerdo de nuestro escritor Ciro Alegría cuando conoció personalmente a la Premio Nobel chilena. Es cierto que años antes habían tenido un encuentro fugaz y varios desencuentros fortuitos, pero quiso la casualidad que Ciro y Ligia Marchand, su esposa en ese entonces, recalaran en la casa de Gabriela en Santa Bárbara, California, donde pasarían una semana muy rica en intercambio de experiencias y profundización de una afectuosísima amistad que duraría toda la vida.

El común de la gente tenía un erróneo concepto de la personalidad de Gabriela. La hacían altanera, hosca y hasta tacaña, con temibles altibajos de carácter. Ciro Alegría descubrió más bien a un ser de nobleza conmovedora, de risa fácil y conversación amplia e interesada "hasta en el menor asunto que saliera al paso. Desde el destino de la cultura grecorromana, hasta la utilidad del maguey". Era una india que, como Garcilaso, se enorgullecía de sus orígenes y reivindicaba su cultura.

Gabriela tenía la letra grande, extendida y ligeramente recostada. Cuando el trazo era tembloroso le echaba la culpa a la regadera de plantas.


Errabunda como su propio padre, con la salud resquebrajada a causa de una diabetes temprana y con el alma en añicos por sufrimientos que arrastraba desde siempre, Gabriela era una solitaria que gustaba de conversar con las personas con quienes se sentía bien pero evitaba el contacto con las que por alguna razón le disgustaban.

Ciro recuerda especialmente la mirada de la Mistral que por un extraordinario misterio parecía que traspasaba las gruesas gafas que la miopía diabética le imponía. "Gabriela me daba la impresión que veía las palabras. Los grandes ojos verdes miraban alternativamente con ternura, con júbilo, con tristeza, con angustia, con cautela, con recelo y aun con furor. Miraba en un juego permanente de gamas, reflejando innumerables emociones, según el tema del cual se hablase, según lo que viviera recónditamente su corazón".

Era un alma doliente y conflictuada, quizás a raíz de dos suicidios que marcaron a fuego vivo su corazón: el de Romelio Ureta, su enamorado de la adolescencia y el de Yin Yin, su sobrino adorado al que ella adoptó, crio y amó como si fuera su propio hijo y que se quitó la vida en plena juventud. Gabriela jamás se repuso de esa muerte y lloró al hijo ausente durante toda su vida. Llegó al punto de querer persuadirse que Yin Yin había muerto asesinado, pero cuando la certidumbre la abandonaba trataba de refugiarse en otras filosofías como la budista que cree en la reencarnación. Nada, sin embargo, lograría consolarla. "Mi vida ha estado casi siempre vacía. La gente habla pero no es verdad. No tuve amor. Si alguna vez te preguntan, di eso, como si fueras mi hijo...", le confesaría a Ciro en uno de los escasos momentos en que se abandonó al sufrimiento.

Yo les quiero mucho aunque calle", dijo la poeta en carta dirigida al escritor.

La relación amistosa de Ciro Alegría con Chile es grande. Allí fue desterrado en 1934 por ser militante del Partido Aprista. En Santiago escribió su primera novela `La Serpiente de Oro' y luego `Los Perros Hambrientos'. En un hospital de ese país estuvo internado dos años aquejado por tuberculosis y fueron los filántropos chilenos los que acordaron pasarle una "beca de generosidad" durante 4 meses para que pudiera escribir `El Mundo es Ancho y Ajeno'. Este último libro vende anualmente 15,000 ejemplares -en una adaptación para escolares trabajada por Dora Varona- porque es un libro de texto aprobado por el Ministerio de Educación de Chile.


Todos estos datos los recuerda su viuda Dora Varona en la solapa del libro. "Gabriela Mistral Intima", hermoso libro publicado por Editorial Antártica de Chile, es un ejemplo más de los estrechos lazos de amistad que unieron al escritor con la poetisa.
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Vale un paréntesis para mencionar la valiosa e incansable labor de Ediciones Varona a quien el mundo debe la difusión de la gran obra de Ciro Alegría. Cuando el escritor murió el 17 de febrero de 1967, solamente se habían publicado las tres novelas mencionadas líneas arriba. De manera póstuma se editaron 13 libros juveniles, 4 novelas, 3 libros de cuentos y un libro de memorias. En preparación hay tres libros más: "Boceto de un retrato del Perú" (escritos periodísticos publicados en Puerto Rico, Cuba y Lima), "Mi máquina de escribir" (artículos pu-blicados en el año 1933 en `La Tribuna' aprista) y "Breve viaje a través de la literatura". Falta investigar, recopilar y seleccionar muchos otros artículos publicados en Estados Unidos y que seguramente serán materia de varios otros libros.

"Nada de esto hubiera sido posible sin el apoyo de mi esposo Genaro Llaqui, gran conocedor de la obra de Ciro y mi ayuda invalorable en todos esos años", dice la editora.

Cubana de nacimiento, Dora fue una precoz poetisa que a los 13 años conoció el aplauso del público. Creció entre halagos y fue mimada desde entonces, pero cuando se casó con Ciro optó por convertirse en su secretaria privada. Al enviudar, se quedó con tres pequeños hijos y uno más en el vientre, afrontando un verdadero via crucis para poder mantener a su familia. Trabajaba en doble turno como maestra de escuela cuando ordenando la biblioteca de Ciro se detuvo en un libro sobre la vida de Ana Grigorievna, segunda esposa de Dostoievski. La lectura fue más bien una revelación y a partir de allí decidió dedicarse a recopilar la dispersa y prolífica obra de su esposo.

Los años han pasado, el impulso inicial sigue incólume aunque otros bríos se han sumado a la tarea. Ella y Genaro han redescubierto el Evangelio y se han incorporado como pastores al servicio de su Iglesia. "Nada de fotos, nada de lucimiento personal, nada de reconocimientos individuales", dice con la serenidad y fortaleza de quien ha encontrado la paz por caminos menos terrenales.
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Articulo sacado gracias a caretas.com.pe sección cultura:

martes, abril 17, 2007

=>EL INDIGENISMO Y LAS NOVELAS DE CIRO ALEGRÍA<=

Al estudiar las novelas de Ciro Alegría, Con fin propuesto ha sido demostrar que las raíces del Indigenismo se encontraban ya en la época del Descubrimiento y Conquista de América. En las leyes promulgadas por los reyes de España para la protección del indio se dejó constancia de ello. Pero si entonces no se supo resolver el problema satisfactoriamente, en la actualidad tampoco se ha conseguido, según lo denuncia el autor peruano.

El que en un principio estas leyes españolas se acataran, pero no se cumplieran en muchos casos, es problema aparte, basado principalmente en las circunstancias de ambiente histórico y socio-económico. La figura del encomendero tuvo que surgir por la misma razón que surgió la del señor feudal en 1-a Edad Media. Para un Estado con las arcas semivacías la mejor manera de gratificar a sus súbditos y militares era la concesión de tierras; pero éstas sin la mano de obra eran inútiles, por lo que se hubo de utilizar al indio. Tales circunstancias hicieron que surgiera una Leyenda Negra, encizañada por la rivalidad de otros países que se apoyaron para sus asertos en un apasionado: el padre Las Casas. Estas serán las raíces de la actual Doctrina Indigenista .Para ratificar todo lo dicho he analizado la novela de un autor indigenista actual que se basa en la realidad, aunque, como es de suponer.

Hace concesiones a su estilo novelístico y literario, pues no hemos de olvidar que ante todo es un narrador que novela sus propias vivencias. Debemos tener en cuenta que Ciro Alegría no es sólo un novelista, sí no también un político, y que como político exiliado escribió su principal obra. Esto hace que idealice o exagere muchos de sus puntos de vista, ya que por medio de las novelas nos quiere ofrecer no sólo un mensaje indigenista, sino también su ideología política. En aquellos momentos estaba contra la forma de actuar del Gobierno peruano y sobre todo del A. P. R. A., en cuyas filas luchó por sus ideales, pero se retiró de ellas por no estar de acuerdo con los mismos principios. Todo esto lo denunciará en sus novelas, pero de forma tan suave que no afectará en nada a su estilo literario.

Por tanto, el objeto material del presente trabajo lo constituyen las tres novelas de Ciro Alegría, y el objeto formal es el Indigenismo contenido en esta obra literaria. Es un estudio histórico-social el que se va a realizar, con el fin de analizar el problema latente y actual del indio hispanoamericano. Si he elegido a Ciro Alegría para este fin, es debido a su particular enfoque e interpretación que da acerca del alma del indio y de su problema como ser humano.

Alegría es uno de los típicos representantes de la joven novelística hispanoamericana, la cual ha escogido para sus temas el quehacer histórico que gravita sobre la masa popular, por lo que puede incluirse en la novela de protesta social, dentro de 1-a que se encuentra la indigenista y de la que el autor peruano es una de las más destacadas figuras. Su motivación se debe a que está inmerso en una realidad donde brotan, de manera natural y espontánea, los temas acerca del problema actual del indio. El sentirse responsable, al igual que el historiador, de escribir y criticar con verdadero espíritu de investigador toda la problemática que le rodea, le hace trasladarla, de una manera fiel y artística, a las páginas de sus tres novelas: La serpiente de oro, Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno.

De esta forma, las novelas se convierten en un verdadero documento, donde late, con gran viveza y valentía, la protesta. En ellas encontraremos las causas de los hechos históricos y políticos, además del porqué de la enorme expansión que están tomando las doctrinas de tipo socialista en la América hispánica, ya sean de matiz comunista o marxista.

Entre todos los países hispanoamericanos, el Perú es uno de los que tienen mayor problema en Ella grave consiste en la integración en la sociedad de la gran masa indígena, que en este momento histórico está siendo olvidada y marginada.

Esta es la causa de que se haya refugiado en las regiones más inexpugnables del Perú, ya sea en la sierra o en la selva. Allí se encuentra en un estado de analfabetismo y superstición y sin contacto directo con la vida del siglo xx, lo que la hace estar más apegada a sus viejas tradiciones. Todo es debido a la escasez de vías y medios de comunicación que les actualice en su forma de pensar y obrar; a la falta de medios educativos que les enseñen a leer y escribir, con el fin de poder salir de la ignorancia, y. en tercer lugar, al abuso de las clases sociales más privilegiadas, que les han dejado postergados para que de esta forma sirvan mejor a sus propios intereses.

El problema ha sido estudiado por la literatura peruana. Esta ha tratado de acercarse al indio a través de varias generaciones, pero de una manera superficial, sin lograr penetrar en el espíritu reservado del aborigen. Por tanto, no ha reflejado con exactitud los problemas que emanan de su vida, con sus sufrimientos y tragedias. No ha sabido matizar, cosa que sí ha logrado Ciro Alegría, el dramático problema de las diferencias sociales, la triste situación de estos indios, rodeados de una cómoda y exigente clase superior peruana.

Ello es recogido por el narrador peruano con gran justeza y acierto, que levanta con energía un grito de protesta, caracterizando su prosa por la berza de la fidelidad con que nos ha transmitido su mensaje a
Través de las novelas. Todas ellas tienen una gran carga de sinceridad, que las convierte en representaciones universales de los problemas sociales.

Pero esta denuncia, que hace con una magistral técnica realista, me deja de ser estética, por lo que su intención social gana fuerza y sinceridad, traduciendo, con gran acierto, la psicología del indio a bellas formas de expresión. La simpatía con que nos aproxima a él nos hace comprender sus defectos e intuir su sentir, logrando familiarizarnos con esta clase oprimida que es el indio peruano. Llegamos a sentir sus graves problemas como propios del hombre universal. Consigue esto el autor al ofrecernos el mundo indio contemplado desde dentro, con lo que su visión adquiere profundidad humana e histórica.

Todas sus novelas están basada sen las vivencias que tuvo con peones, indios y mestizos en las haciendas paternas de Kolpa y Marcabal, donde transcurrió su niñez’. El se limita a hacer una transposición, ya Para el conocimiento de la biografía de Ciro Alegría es imprescindible consultar los prólogos que el propio autor escribe para su novela El mundo es ancho y ajeno. Los tres más importantes son los siguientes: los de la décima y vigésima edición, ambos se encuentran en la novela impresa por la Editorial Losada, y el tercero en la publicada por la Editorial Universo, de Lima. En Las novelas completas de Ciro Alegría, de la Editorial Aguilar, encontramos, además del prólogo a la décima edición, el artículo titulado Yo me llamo Ciro Alegría y un extenso prólogo realizado por Arturo del Hoyo. Es necesario consultar el artículo de Ciro Alegría titulado El César Vallejo que yo conocí, que se encuentra publicado en las siguientes revistas:

«Cuadernos Hispanoamericanos» (1944),
«Letras Peruanas» (1952) y
«Universidad de Antioquía» (1967), además de en el periódico El Comercio (1958). Como complemento se debe leer el articulo Mort et résurrection de Ciro Alegría, del profesor Henry Bonneville, que se halla en el
«Bulletin Hispanique» (1968) y en el prólogo a la obra póstuma del autor, titulada Sueño y verdad dc América, publicada por la Editorial Universo, de Lima.

Que todos los elementos están tomados de la realidad. Lo hace no sólo con los personajes, sino también con la Naturaleza que gravita sobre ellos. De esta forma, nos presenta el paisaje andino convertido en sustancia Poética. Todo lo que describe no le es extraño, ya que ha sido captado por el novelista en su escenario natural. Caminos y pueblos de la sierra fueron recorridos por el autor en sus largos viajes, durante su infancia, para ir a la escuela, y en su juventud, para realizar la compra de ganado o cualquier otro tipo de trabajo. La sensación del paisaje serrano del Norte del Perú se quedó grabada en su retina con inmensa fuerza, por lo que siempre estará presente en sus tres novelas.

El paisaje llega a ser un personaje más a lo largo de las páginas de la obra de Ciro Alegría, ya que describe la condición del indio desde dos puntos de vista: el telúrico y el histórico-social. Respecto al primero, el indígena debe adaptarse a la Naturaleza. Que le rodea con tan poderosa fuerza, que le va moldeando tanto física como espiritualmente. Para poder subsistir en este medio geográfico sin la ayuda exterior tiene que aferrarse a las fuerzas telúricas y adaptarse a ellas lo más posible. Su voluntad e inteligencia le hacen capaz de reaccionar contra este ambiente, modificándolo según sus fuerzas y así poder aprovecharlo para satisfacer las necesidades de 1a vida cotidiana.

Un ejemplo de esta realidad es citado por Ciro Alegría en El mundo es ancho y ajeno, cuando los comuneros de Rami son despojados de sus tierras y han de afincarse en la inhóspita llanura de Yanañahui. El novelista Describe el áricfo paisaje y lá luch del indio pata obrevidren él:

«Los cerros que rodeaban la llanura de Yanañahui alzaban hacia el cielo desnudas rocas prietas como puños amenazantes, como bastidores inconmovibles, como torres vigías. O las fraccionaban simulando animales, hombres a vegetales. En todo caso, mostraban un retorcimiento patético o una firmeza que parecía ocultar nígo en su mudez profunda. Las faldas más bajas estaban llenas de padronés y guijas, entre los cuales crecían cl ichu silbador y achaparrados arbustos verdinegros»

Poco más tarde, en el mismo capítulo leemos:
«Y el indio, con sencillez y tesón, domó de nuevo la resistencia de la materia y en la desoí-ación de los pajonales y las rocas.

ALECRÍA, Ciro: Novelas completas de Ciro Alegría. Ed. Aguilar, Biblioteca
de Autores Modernos, 2.’ edición. Madrid, 1963. CÍr. El mundo es ancho y ajeno,
cap. IX, pág. 634.


Bajo el azote persistente del viento, brotaron los habitaciones, manteniendo sus paredes combas y su techo filudo con un gesto vigoros y pugnaz» ~.Con estos textos quiere exponernos el autor peruano el gran triunfo Del indio sobre la Naturaleza, triunfo difícil, teniendo en cuenta lo poderosa que es y la falta de medios y cultura de que adolece el hombre que la habita. La faceta socio-histórica que el novelista desea poner de manifiesto, queda patente al hacer que nos encontremos ante un enorme problema social, donde domina la opresión de la clase terrateniente, los grandes hacendados. Estos son secuelas que persisten de las viejas estructuras coloniales, donde se fundamenta el verdadero origen de las haciendas o latifundios. Al llegar los españoles a América, se les compensaban sus servicios a la Corona con los repartos de grandes extensiones De tierra, denominados Encomiendas. Al no haber mano de obra, los indios que habitaban aquellos terrenos eran utilizados como braceros, y si no bastaban, se les traía obligadamente de otros lugares.

El antiguo encomendero del siglo xvi persiste en el xx, en un país democrático como es Perú. No se ha logrado, después de cuatrocientos años, una leyenda justa que defienda al indio de todas las iniquidades Que está viviendo. Este sigue esclavizado al hacendado actual, que Alegría describe de la siguiente forma:

«Don Álvaro Anienábar y Roldán, señor de Usnay, dueto de vidas y haciendas en veinte leguas a la redonda» ~.
Es un auténtico señor feudal, al que las leyes apoyan por medio de las fuerzas vivas de la región que domina. Es la pieza clave de la injusticia social peruana. En El mundo es ancho y ajeno, obra donde hace una descripción magistral del hacendado, nos perflía la figura del terrateniente y sus motivaciones, amontándonos a la generación anterior, representada por don Gonzalo, padre de don Alvaro. A la vez nos muestra la lucha titánica entre los mismos latifundistas para aumentar sus feudos. El tema es aprovechado por el autor para introducir en la novela su primera ideología, basada en el A. P. R. A., que tiene al hacendado como un símbolo del terrateniente que extorsiona la economía del país. Irá denunciando todas las injusticias que- comete don Alvaro y que podrían ser las de cualquier hacendado real del Perú, como nos dice en su prólogo a la décima edición de El mundo es ancho y ajeno.

Por este medio, lo que desea el escritor es traernos un mensaje con el conocimiento de un problema: el drama social del indio -andino. Sus novelas plantean esta cuestión en un momento histórico del Perú, que se puede delimitar en la primera mitad del siglo xx. Antes de poner al descubierto toda la lacra que está sufriendo el país, se documenta profundamente de una manera directa, conviviendo con el indio y llegando a penetrar en su alma y psicología, lo que hace que su obra se cargue de fuerza y vivacidad. Sin embargo, sus relatos no son estampas de tintes melodramáticos, que lo harían aparecer exagerado; por el contrario, nos presenta un cuadro lleno de lirismo, sobriedad y calidad humana, mostrándonos al indio de una forma estoica, llena de grandeza dentro de su mismo drama.

El novelista no se recrea en escenas cruentas o desagradables, como lo hace Jorge Icaza al describir, muy crudamente, las costumbres de los indios en las sierras ecuatorianas. Viven abestializados y degenerados, en Medio de la sífilis, el alcoholismo y las enfermedades ocasionadas por la falta de higiene. Todo está repleto de incidentes repugnantes, animalidad en los hábitos y una lengua bárbara que se desarrolla en medio de insultos y voces groseras. El estilo de narrar es completamente diferente al de Ciro Alegría, siendo este último mucho más artista. No disimula su arma política, pero siempre está en un lugar secundario con respecto a la estética. La poesía predomina sobre la doctrina en toda su obra, aunque de una forma un tanto austera, ya que austera es la vida primitiva y dura del indio. La realidad destacará con más fuerza, sintiéndose profundamente su pena y miseria.

El autor busca la solución del problema, no deleitarse en él. Con espíritu crítico se enfrenta directamente -a las situaciones sociales de su tierra natal. Aquí encuentro la razón para considerarle como uno de los mejores representantes del indigenismo literario, aunque se atenga al esquema, un tanto rígido, típico de esta literatura: hacendado, sociedad media (cura y burocracia) e indio. Hay una oposición de oligarquía y masa, pero ésta se va rompiendo con una serie de rebeldías, huelgas y -afán de cultura, por medio de los cuales el indio pretende reivindicarse.

Toda esta política nos la sitúa el novelista en el lugar y en el tiempo, lo que hace de él un auténtico intégrate de la historia social peruana de su época. Las novelas poseen las imágenes más veraces del ambiente del país De donde provienen. Busca el mensaje espiritual basándose en los personajes descritos que, como sujetos de la historia, rebasan las fronteras nacionales. Portadores de la verdad, dan al mundo un testimonio y aspiran A una mayor comprensión y compasión. Nos traen sus inquietudes y sufrimientos, nos presentan sus problemas y tratan de hallar soluciones.

ESQUEMA INDIGENISTA DE CIRO ALEGRIA

FI esquema indigenista del narrador peruano lo encontramos esencialmente, dado por el propio novelista, en su prólogo a la décima edición de El mundo es ancho y ajeno. En él nos explica la bizantina pelea entre indegííistas e hispanistas, con el deseo de imponer ulla de las dos razas. Los hispanistas juzgan con una ideología llena de prejuicios propios del siglo xvi. Por su parte, los indigenistas quieren olvidar la cultura Aportada por España, sin pensar que carecería de valor la americana si ésta no recibe la influencia de la avanzada civilización europea que ha sido moldeada por una larga Edad Media, de la que carece el Nuevo Continente.

El autor cita al caudillo Tupak Amaru, que en el año 1780 se sublevó NO contra la cultura española, sino contra el sistema de gobierno virreinal. Desde un principio, él se dio cuenta de que el problema indigenista era de tipo económico-social ~‘ y quería resolverlo por medio de la abolición de mitas y repartimientos.

Más adelante, en el mismo prólogo, el autor se queja diciendo que después de cuatro siglos de la Conquista y uno de la Independeííeia de América, El problema del indio sigue siendo socioeconómico. Esta es la razón por la que intenta describir al indio dentro de sus propias reacciones y presentarlo revestido de gran dignidad humana, a pesar de la explotación de que es objeto. Por tanto, su obra tiene un gran contenido socio político, con lo que intenta aportar un mensaje ideológico que está dentro del más puro indigenismo. Presenta con gran veracidadlos problemas indigenistas en el Perú de la primera mitad del siglo xx, buscando y analizando los fenómenos sociales que ocasionan el estado en que se encuentran el indio y el cholo peruano.

5-u fuente es siempre la realidad, que, una vez analizada, la vierte en las páginas de sus novelas de una forma sincera, pero que no afecta en nada a su estilo literario. Nos aporta el drama en que vive el indio, por medio de la vigorosa ex presión de su relato, sirviéndole para protestar enérgicamente de la miseria y esclavitud que soportan los campesinos de la serranía. Son auténticos siervos de la gleba, oprimidos por un feudalismo que hoy día es antihistórico. Nos muestra su pobreza, dolores y opresión a través de diálogos espontáneos y

Realistas, donde expresa los sentimientos más íntimos de sus personajes. Para que el lector los comprenda en toda su dimensión, pone de manifiesto, con los más mínimos detalles y a base de cuadros pictóricos,
El mundo en que se mueven. Su línea indigenista parte de José Carlos Mariátegui, del que se siente discípulo. Se vale, para exponer su doctrina política, de una serie de sucesos que incorpora en la narración y que demuestran, de una manera fehaciente, las violencias, fraudes y sobornos de las primeras autoridades que apoyan constantemente a la figura del hacendado, símbolo de la injusticia social de que es objeto el indio y el Cholo.

En el capítulo XVII de El mundo es ancho y ajeno, titulado «Lorenzo Medina y otros amigos». esboza todo su esquema doctrinario por medio dc la denuncia que realiza el líder sindicalista. Para ello utiliza los Comentarios que va haciendo del periódico La Autonomía, perteneciente al Movimiento Indigenista. Inserta artículos enteros que acusan los crímenes realizados por subprefectos, gobernantes y jefes militares con los indefensos indios. En contraposición a este periódico pro-indígena nos pone los diarios La Patria y La Verdad, que tergiversaron los hechos porque están viviendo en función del hacendado y de la política.

En sus dos últimas novelas incluye el autor una serie de datos indigenistas, pero de una manera muy tenue, que no extorsiona su estilo literario. Sólo en el capítulo citado y en el XX, titulado «Sumallacta y unos futres raros», es donde se dedica intensamente a aportar el mensaje sociopolitico. En el último encontramos una profunda síntesis de lo que él juzga como ideal indigenista.

También nos habla en el capítulo uf, denominado «El ausente», de Pajuelo, el defensor del pueblo y sus derechos, que se opone a las autoridades del distrito que les explota, siendo incondicionales instrumentos De los hacendados y gamonales. Por denunciar las injusticias será asesinado mediante un tiro de fusil de quién sabe dónde. Al final del mismo capitulo, nos comenta la revolución realizada por Atusparia en 1885. Este morirá condenado por un consejo indio a beber chicha envenenada con hierbas, ya que le creen traidor a su raza. El la toma con gran serenidad y llama al tiempo como juez de sus hechos. Con el pasar de los años, se aclarará que no fue un traidor a su pueblo, sino un defensor valiente y generoso.

Como broche final a la novela incluye todo un discurso político, puesto en boca de Benito Castro, que es realmente la suya propia. En él ataca todo aquello que retrasa el progreso, exponiendo su ideología de que sólo con la cultura se puede prosperar y conseguir la reivindicación de la raza indígena. Al llegar al máximo la opresión del hacendado, Benito Castro incita a la sublevación, pero sólo cuando ha agotado todos los medios pacíficos para conseguir que le apoye la ley. Este pensamiento lo da a conocer en los capítulos XXIII y XXIV, titulados, respectivamente. «Nuevas tareas comunales» y « ¿Adónde? ¿Adónde?».

No sólo es por medio de ideas como representa o expone su indigenismo Ciro Alegría, sino que utiliza también una técnica de mucho más movimiento, como es manifestar su concepto sociopolítico por medio De personajes. Los dos principales representantes serán Rosendo Maqui y Benito Castro.

En el primero idealiza la raza indígena y su descripción física tiene todas las características de 1-a geografía americana, como ya he citado en otra ocasión. Su psicología es varia, ya que en él se entrecruzan dos Culturas, como son la española y la inca, y dos religiones: por un lado, la católica, llena de reminiscencias medievales, las cuales hacen que se enraíce más en ellos el panteísmo y la idolatría, constituyendo El segundo aspecto religioso del indio por ser éstas sus creencias primitivas.

Dichas reminiscencias se deben a que en la labor cristianizadota de América, toma parte muy activa el conquistador que lleva una fuerte carga ideológica de la Edad Media, por encontrarse en un periodo de transición histórica. El aportará su mentalidad religiosa que será absorbida rápidamente por el aborigen, ya que es muy afín al espíritu supersticioso del indio.

La idea de la justicia que tiene Rosendo Maqui es clara y sencilla, a pesar de su analfabetismo, ya que posee una extraordinaria lucidez mental, acompañada de gran tacto y moderación, por lo que siempre habrá permanecido en el puesto de alcalde. Esta forma de ser le hace comprender que el progreso y la civilización encierran aspectos muy útiles y beneficiosos. Para llegar a ellos sabe que el único medio es la enseñanza y su ideal será levantar una escuela, para que entre los indios haya médicos, ingenieros, abogados y profesores, tau necesarios para la reivindicación de su raza.

Benito Castro simboliza al cholo o mestizo y es presentado como una persona físicamente fuerte y de mentalidad clara. Sabe dilucidar lo que hay que conservar de la tradición india y lo que se tiene que tomar de la civilización europea. Su mezcla de sangre se completa con la de culturas, que es donde Ciro Alegría encuentra la solución para el problema indígena. Para el autor, el mestizaje perfecto es la integración de los valores incaicos en los españoles. Esta es la razón de que él mismo guste de compararse con el escritor mestizo Gracilazo de la Vega, el Inca.

Otro de los personajes que simboliza el indigenismo de Alegría es el abogado Arturo Correa Zavala, perteneciente a la Asociación Pro-Indígena. Por medio de él, quiere influir en la burocracia para que cambie sus ideales puramente materiales y servilistas, por otros sociales que beneficien al país, ayudando a incorporar la masa indígena dentro de la vida político-económica del Perú.

Como final a este esquema indigenista que aporta Ciro Alegría, no puedo dejar de citar, al menos, una serie de intelectuales que en el siglo xx intentan, en lo posible, llevar a cabo una -auténtica labor social pro-indígena. De esta forma apoyan directamente no sólo al novelista peruano en particular, sino a toda la literatura indigenista. Entre los estudiosos más solventes del indigenismo español tenemos al profesor Ballesteros-Gaibrois, que aporta una serie de datos acerca de las Instituciones que se han preocupado por el indio 32 haciendo un análisis muy amplio sobre el problema. Mantilla Pineda contribuye, con otro magnifico estudio, a darnos una reseña de los nombres más conocidos dentro de este movimiento social y de los países que tienen gran inquietud por el indigenismo W El profesor Angel Rosenblat se ha dedicado a la investigación acerca de la Población indígena y mestiza en América, ofreciendo interesantes estadísticas y gráficos en los que se demuestra y advierte el exterminio de la población indoamericana, debido a las epidemias de origen europeo Y africano, guerras de conquista, trabajos forzados, alcoholismo, etc.
Pero también pone de manifiesto un signo esperanzador para su futuro, ya que considera al -aborigen americano como una riqueza inexplotada, Susceptible de ser convertida en una gran fuerza económica, cuando se le incorpore al elemento activo de la sociedad ~.

En un artículo del periódico El Día, publicado en Las Palmas de Gran Canaria t el profesor Morales Padrón critica una serie de liijusticias que mantienen -al indio sumido en la mayor de las míserías, debido a la escasez de atención religiosa, carencia de higiene, alcoholismo, analfabetismo, corrupción administrativa, subalimentación, superstición e ignorancia, falta de asistencia sanitaria, esclavitud conseguida al negarles el salario y sólo proporcionarles la comida a cambio del trabajo... Es interesante observar que todos estos abusos son denunciados también por Ciro Alegría -a través de toda su obra.

Dentro de las soluciones y progresos que se están llevando a cabo. nos informan ampliamente León-Portilla ~ Maticorena Estrada38 y Niedergang ~. Como cierre de esta síntesis indigenista, vamos a citar las palabras con las que expone monseñor Larrain, obispo de Talca, la preocupación de la Iglesia por estas clases campesinas e indígenas:

«Al lado de las inmensas extensiones de terrenos en manos de unos cuantos, tenemos inmensas multitudes desprovistas de todo o casi nada. Y esto, hay que decirlo, no es el régimen cristiano de la propiedad. Al grito marxista ‘ningún propietario’, nosotros oponemos el cristiano ‘todos propietarios’»


CONCLUSION
*************
Las novelas de Ciro Alegría constituyen un modelo en la literatura de protesta social. Su contenido pertenece al momento político e ideológico que el autor ha vivido en el Perú, tanto en su faceta de simple ciudadano como en la de político. Los antecedentes de este género literario los encontramos en el siglo xix, con González Prada y Clorinda Matto de Turner. Bajo el ropaje literario se descubre una realidad que igualmente la podía haber ofrecido la historia, la política o la sociología.

En las dos últimas novelas, Alegría aporta un mensaje sociopolítico, donde se revelan las verdades de forma dura, pero sincera, sm llegar a caer en lo puramente demagógico. De aquí nace la fuerza contra la injusticia social que se delata por medio de los avatares su- indos por las comunidades indígenas, al ser explotadas por la alta sociedad peruana.

El choque de las áreas culturales, español e inca, han hecho que la historia del Perú tomase nuevos caminos y adquiriese personalidad propia. Se ha criticado mucho la Conquista en todas sus facetas, pero las repúblicas -actuales no han mejorado la labor de la Corona española, ya que hoy en día el indio se encuentra en las mismas condiciones que los medievales siervos de la gleba. Esta será la denuncia de la literatura indigenista, cuyos escritores captan el momento que están viviendo y lo trasladan a formas estéticas, pero describiendo siempre la realidad.

El instrumento literario que utiliza Alegría para guardar el sentido de la belleza, está caracterizado, principalmente, por el cromatismo que intensifica la emoción lírica y enriquece las sensaciones. Luminosidad,
-atmósfera, tormentas, árboles, valles y sembrados, están matizados por un riquísimo colorido que hace del novelista un verdadero pintor literario. El color está complementado por las impresiones musicales, compuestas de sonidos y silencios que crean la tónica de la novela.

Metáforas, comparaciones y símbolos, llenos de riqueza poética. Constituyen otros de los recursos estilísticos, a los que podemos unir un rico vocabulario en el que se entremezclan vocablos quichuas y peruanismos que dan gran sabor local a sus narraciones. Para señalarnos la sucesión temporal, el autor utiliza, en su estructura literaria, los relatos interiores que son una constante en sus tres novelas; así. Retrocede en el tiempo cuando lo requiere el clima de la narración.

Todo lo expuesto hace que las novelas de Ciro Alegría, aunque encierren un mensaje de protesta social, estén repletas de belleza y poesía, por lo que encajan perfectamente dentro del arte literario.


ISABEL PÉREZ DE COLOSÍÁ RODRIGUEZ
Universidad de Málaga (España)

sábado, abril 14, 2007

Ciro Alegría (El Mundo Es Ancho Y Ajeno)

El Mundo Es Ancho y Ajeno (1941)


La tercera y última novela de las tres escritas por Alegría, es la que ha alcanzado mayor difusión. Generalmente se la considera como la cumbre de la novela indigenista contemporánea y la obra maestra del Autor. Con ella consigue el primer premio del concurso para novela hispanoamericana convocado por la editorial Ferrar & Rinehart, de Nueva York.

El mérito obtenido por Ciro Alegría es el de encerrar en una novela de prosa sencilla, diáfana y poética todo un mensaje socio-político. Sus ideales apristas quiere darlos a conocer y para que tengan más autenticidad, él mismo se personaliza en el héroe —mestizo, como el propio autor— Benito Castro. Con él se presenta la figura del lider reformador que lleva los ideales políticos, de tipo marxista, aprendidos en la ciudad y que le han sido imbuidos por el dirigente sindical Lorenzo Medina. Se vale de este medio para exponer su dogma social, que consiste en la unión organizada de todos los pobres y explotados por la oligarquía:

«Defendamos nuestra tierra, nuestro sitio en el mundo, que así defenderemos nuestra liberta y nuestra vida. La suerte de los pobres es una, y pediremos a todos los pobres que nos acompañen. Así ganaremos... Muchos, muchos, desde hace años, siglos. Se rebelaron y perdieron. Que nadie se -acobarde pensando en la derrota, porque es peor ser esclavo sin pelear. Quién sabe los gobernantes comiencen a comprender que a la nación no le conviene la injusticia»

Esta rebelión de Benito Castro quedará ahogad-a en sangre, bajo el fuego de los máuseres de las tropas del gobierno. La protesta social de la novela está latente en la masacre de toda la comunidad: pero, como Siempre, el novelista peruano nos presagia la esperanza de una nueva vida que, en esta ocasión, se encarna en la figura del pequeño hijo de Benito Castro. Alegría deja en duda al lector sobre el fin de éste. Los Pesimistas pensarán que muere aquí y todo habrá terminado. Los optimistas, por el contrario, estarán seguros de que sobrevive a la matanza y que continuará la obra comenzada por su padre. El será el representante De las generaciones venideras, donde se encuentra la confianza en el futuro, no sólo del indio, sino del Perú. Cuando el indígena alcance su libertad y reivindicación social, se convertirá en un valioso miembro para la sociedad peruan-a.

Todo gira en torno al mismo asunto: la injusticia del hacendado. Apoyado por el gobierno, contra el indio y el cholo. El tema, como cité al comentar los perros hambrientos, es la destrucción de la comunidad de Rumi, en donde vivían quinientas personas entre indios y mestizos. Las razones para este atropello son las acomodaticias interpretaciones que de las leyes hacen los prepotentes hacendados, con el auxilio de prefectos y magistrados venales, además de la -aprobación del clero rural, que se inclina ante la voluntad del terrateniente. Todas las fuerzas vivas están siempre compradas por el latifundista, que lo logra valiéndose
De favores y dádivas.

Alegría, -a lo largo de sus novelas, se plantea constantemente estos interrogantes: si la ley apoya al hacendado para el expolio y la injusticia social, ¿cómo se va a conseguir la reivindicación del indio?, ¿ cómo se va -a poder incrementar la sociedad peruana a base de esta masa rural?... Son problemas latentes que el autor denuncia, no de una manera descarnada que lo haría folletinesco, sino con gran sencillez y amargura, como sencilla y amarga es el alma del indio. En esto se diferencia enormemente dc Jorge Icaza, que, en su novela indigenista ¡-luasipungo, lanza un grito de protesta, pero demasiado estridente y brutal, lo que la hace artificiosa y poco eficaz. Consigue mucho más Ciro Alegría con su prosa diáfana y llena de poesía, que Icaza con su realismo desgarrado y sus insultos, rayanos en lo grosero.

Frente a tanta corrupción se yergue la recia figura, muy idealizada, del indio Rosendo Maqui, que es el más entrañable personaje creado por Alegría. El viejo alcalde de Rumi, lleno de la filosofía que da la Naturaleza, podría ser uno de nuestros viejos campesinos de Castilla o Extremadura. Ellos ven y observan todo lo que les rodea con profundidad filosófica, un tanto estoica, como les han enseñado los años que han vivido fundidos con la tierra. Ella les ha conferido el don de saber interpretar la verdad de la vida, de la justicia, por lo que sus claros y moderados consejos son siempre solicitados. Espiritualmente, Rosendo pertenece a este mundo y resulta demasiado elevado, por lo que se nos escapa del ambiente y psicología indígena que define el novelista.

En cambio, su aspecto físico es completamente indio, unido de tal forma con la Naturaleza que parece formar parte de la misma, como magistralmente se nos describe en el siguiente texto:

«El indio Rosendo Maqui estaba encuclillado tal un viejo ídolo.
Tenía el cuerpo nudoso y cetrino como el lloque —palo contorsionado y durísimo—, porque era un poco vegetal, un poco hombre, una poca piedra. Su nariz quebrada señalaba una boca de gruesos labios plegados con un gesto de serenidad y firmeza. Tras las duras colinas de los pómulos brillaban los ojos, oscuros lagos quietos. Las cejas eran una crestería. Podría afirmarse que el Adán americano fue plasmado según su geografía; que las fuerzas de la tierra, de tan enérgicas, eclosionaron en un hombre con rasgos de montañas. En sus sienes nevaba como en las del Urpillau» ~.



Así es el viejo alcalde de la comunidad que tiene, por el hecho de serlo y por su honestidad acreditada, el respeto de todo el pueblo. En su aspecto exterior no se diferencia, en nada, del resto de los indios y fácilmente se le confunde con un componente cualquiera de la comunidad.

Representa el sentido común y la sabiduría popular, transmitida de generación en generación. El resume la filosofía del indio. Una filosofía no aprendida en los libros, sino amasada a través de siglos de sufrimiento y de amor a la tierra. Su lucha ante la injusticia social, que quiere destruir a su pueblo y arrebatar sus tierras, está llena de estoicismo, que siempre en necesario tener en cuenta para poder comprender su alma.

El clímax de la novel-a es creado por el autor desde el comienzo de La obra. Ya en el principio el lector capta que el tema de la narración va a estar marcado por la desgracia. Con esta palabra se inicia el texto que, para darle más énfasis, va entre admiraciones. Ella marcará toda 1-a temática del libro, planteando un duro problema cuya solución no va a ser afortunada. En el capítulo final veremos que se cumple ampliamente
la desgracia profetizada en el primero al ser destruida, por medio del ejército con su moderno armamento, toda la sencilla y rústica comunidad de Rumi.

Ciro Alegría ha encerrad indigenista. Nos describe una serie de escenas que son magistralmente utilizadas por el autor para perfilar el esbozo que hace de la novela, en estas cincuenta páginas que lo componen. Con ellas nos llena la mente de paisajes, colorido y pintorescos personajes que resumen, en total, la historia de Rumi y su sino fatal. Nos va presentando a la curandera con su medicina sencilla, como la misma vida, y que se la da la tierra, porque siempre es -a base de simples hierbas. Se nos muestra esta pequeña región dentro de la ínagnífica grandeza de los Andes, los cuales van a participar, con su fuerza telúrica, en toda la trama de la novela como si fuera un personaje más. Su poder es impresionante y ejerce gran influencia sobre el hombre. Es un ambiente geográfico inmensamente duro y a veces hostil. La Naturaleza no llegará a dominar al indio, pero sí le moldeará según su propia configuración física.

Es una característica de Ciro Alegría, que en toda Sobra nos irá mostrando al hombre-tierra, al hombre-vegetal y al hombre- animal. El más importante de los tres es el primero, ya que las fuerzas oscuras de la tierra están creando continuamente el ambiente en que se desarrolla la vida de sus gentes. El hombre y la tierra aparecen compenetrados de tal forma, que no se pueden señalar límites precisos entre ambos. Es tan evidente la fuerza anímica que da el indio a la Naturaleza, que llega a convertir en mujer a la madre tierra, la cual llora amargamente al contemplar el despojo que sufren sus hijos:

«Un día amaneció la novedad de que una mujer vieja había pasado por la Calle Real, a medianoche, llorando. Su llanto era muy largo y triste, desolado, y se le oyó desaparecer en la lejanía como un lamento... La tierra se volvió mujer para llorar, deplorando sin duda la suerte de sus hijos, de su comunidad inválida. ¡Tierra, madre tierra, dulce madre abatida!» ~.


El hombre y la tierra están fuertemente unidos, son inseparables. Hay unas fuerzas interiores que emanan de sus entrañas y que atraen al indio y al cholo de tal manera, que la veneran como sí se trata de un dios.

En medio de esta geografía encontramos el pueblecito de Rumi. Sus habitantes son indios civilizados y viven en un pueblo de clara ascendencia hispana con su calle Real, plaza y capilla. Es el pueblo modelo que fue fundado por los conquistadores y que aún perdura, pero amalgamado al sistema incaico. Su construcción es a base de adobe preparado con barro arcilloso que se bate con los pies. Con él se hacen los ladrillos y se cuecen -al sol, al igual que en la época de los incas ~ Lapared de la casa se levanta sobre los gruesos cimientos de piedra. El suelo es de tierra apisonada, y la cubierta puede ser de paja al estilo indígena o de la española teja. En los capítulos III y IX de El mundo es ancho y ajeno vemos, respectivamente, la descripción y construcción de un pueblo indígena que se ajusta por completo a lo dicho por Wolfgang von Hagen. El color, típico en el estilo de Alegría, no es una simple composición cromática, lo usa preferentemente para matizar y definir los estados anímicos. El nos dice al hablar del pueblo que tenía los tejados rojos de tejas o grises de paja. En este empleo sincrónico de los elementos constructivos hispanos e indios, da al primero el color rojo, tal vez señalando la sangre vertida en la Conquista y. al segundo, el tono gris, como queriéndonos indicar el triste destino del indio.

Alegría maneja una amplia gama de colorido, utilizando no sólo los tonos puros, sino los compuestos, con lo que consigue gran diversidad cromática. Por esta razón, el autor peruano se une a la corriente plástica Literaria propia de los siglos xix y xx, que busca el color como goce estético. Los más utilizados por el novelista son: negro, rojo, blanco, amarillo, azul, verde, gris, morado y pardo. Dentro de ellos tenemos toda una serie de variantes que les matiza el negro y sus derivados, quizá porque éste es el que psicológicamente concuerda mejor con el drama narrado por Ciro Alegría.

En el capítulo 1 queda claramente señalada la ascendencia hispana dentro de la cultura indígena, al explicar la formación de los pueblos, y se completa ampliamente cuando nos habla de la forma de gobierno que tiene la comunidad, auténtica protagonista de la obra. En esta estructura encontramos los cargos típicamente españoles como son los de alcalde, regidores y cabildo, que fueron impuestos por la Corona española desde un principio ~. Todos los cabildos de indios tenían sus alcaldes, cuya misión principal era servir de enlace entre el pueblo y el corregidor. Estos venían a ejercer las funciones de jueces pedáiieos y normalmente servían para solventar pleitos menores. Su función está manifestada de una manera expresa en una Instrucción de los reyes al almirante don Cristóbal Colón, dada el 29 de mayo de 1499 y que se encuentra en la Colección de Documentos Inéditos del Archivo de Indias, (.30, página 145. Después de ésta, son numerables las reales provisiones de cédulas que proclaman los reyes de España, con lo que se demuestra que la Doctrina Indigenista tiene sus orígenes en el mismo momento de la Conquista.

Con respecto a los regidores en la época de colonización, su atribución más importante era la referente a la policía de abastos de la ciudad, como se puede comprobar en la ley 14, título 14, libro 4, de la Recopilación de Leyes de Indias de 1680. Otra de las funciones que debían realizar era la de intervenir en las obras públicas y suplir al alcalde en caso de ausencia ~.


El gobierno de la comunidad de Rumi se realiza por medio de asambleas, en las que participa todo el pueblo para discutir los más importantes problemas. Es una auténtica democracia de tipo ateniense. En éstas se escogen también los regidores y alcaldes cuando sus puestos están vacantes, y son presididas por las primeras -autoridades, La llamada para la reunión se hace a través de cuatro toques enérgicos y precisos de la campana de 1-a iglesia, siendo siempre el alcalde quien Ja ordena. Hemos de recordar que en los pueblos españoles se ha utilizado, en todo tiempo, la campana para avisar cualquier hecho o peligro, especialmente en el medioevo.

Ciro Alegría quiere manifestarnos continuamente la raíz española. El desea abogar por la aculturación americana. Defiende la cuna indígena, en este caso inca, pero ve que el futuro de la nación peruana se Encuentra en la unión de la cultura india con la hispana. Es partidario de una civilización y de una raza mestizas que estén enriquecidas para ambas sangres, buscando lo mejor de cada una de ellas. Su indigenismo Es de tipo positivo, nunca negativo. Enseña el camino por donde se han de encontrar las soluciones que, para él, están en el cholo o mestizo.

El autor nos acaba de presentar su novela en este primer capitulo, mediante las cavilaciones del anciano alcalde, que están bajo la forma de un aparente desorden. Pero él persigue un fin determinado, como es Conseguir que el lector entre en contacto directo con la mentalidad y modo de ser de la comunidad. Para ello, nos describe una serie de pasajes acerca de las enfermedades y epidemias sufridas: de la guerra civil entre los azules y los colorados, muy curiosamente narrada por Rosendo Maqui, que no entiende nada de lo que sucede y le hace exclamar:

¿Yo qué pito toco en esta danza? 27; del culto religioso a San Isidro Labrador que usaba capa española y sombrero criollo de paja blanca adornado con una cinta de los colores patrios ~; descripción física y espiritual del cholo Benito Castro; la historia de los bueyes «Mosco», «Granizo» y «Choloque», que eran verdaderos comuneros, ya que la comunidad se extiende también a los animales de trabajo, pues como He analizado en Los perros hambrientos, no hay una auténtica frontera que delimite al animal y al hombre: el alcalde pensaba que los animales son como los hombres, y era mentira lo de su falta de sentimientos 29.

Los rebaños de ovejas y caballos son descritos en escenas bucólicas y llenas de la ternura que el indio siente por el animal. Es una sucesión de etíadros que nos presentan, a grandes rasgos, toda la vida de la comunidad De Rumí y hacen que el lector se sienta encariñado con ella, por lo que su indignación será mayor ante el exterminio final, objetivo seguido por Alegría como máximo representante del Indigenismo Literario.

Delata la injusticia social con tal poesía, que, desde un principio, se gana para su causa al que lo lee y conseguirá muchos más adictos que casi todo el resto de los novelistas pertenecientes al Movimiento Indigenista.

Con lo expuesto, han quedado claras las ideas contenidas en la novela de Ciro Alegría, pero no quisiera linalizar este breve estudio sin dejar en él constancia de las declaraciones hechas por el Premio Nobel
Miguel Angel Asturias sobre el autor peruano:

«Creo que la novela indigenista choca constantemente con el problema de la dificultad de penetrar en el alma indígena. Por lo tanto, una novela de este tipo podemos medirla por la capacidad del autor de penetrar en este alma y en este espíritu indígenas. Y en esto Ciro Alegría se adelantó bastante en sus novelas. Todos los que en el futuro escriban novelas de tendencia indigenista, es indudable que tendrán que tomar muy en Cuenta las dos importantes novelas de Ciro Alegría, que tienen un carácter muy especial, muy tierno, muy pegado a la tierra. Con aspectos realmente inolvidables y propios del temperamento de este autor y del mundo que él imaginaba en los Andes y en el Perú» ~.


viernes, marzo 30, 2007

Ciro Alegría (Opinión de su libro)

Los Perros Hambrientos

(The hungry dogs) En 1939, el escritor peruano Ciro Alegría Bazán (1909-1967) obtuvo por segunda vez el premio de novela, en la ciudad de Santiago de Chile, convocado por la Editorial Zig-Zag. En esta obra, uno de los grandes personajes es la sequía, que asola la sierra del norte del Perú, donde transcurren las acciones de sus personajes, que son seres humanos, campesinos humildes, como la familia Robles, conformado por los esposos Simón y Juana, y sus hijos Antuca y Timoteo, así como otros comuneros Mashe, Vicenta, Martina y Mateo Tampu. Este último abandona a Martina, y a sus dos hijos, cuando es levado por la policía para servir en el ejército.
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El hacendado Cipriano Ramírez, dueño de la hacienda de Paúcar, que daba de comer a sus colonos, a sus peones, en épocas de hambruna ocasionado por la sequía, pero también les echaba chicote cuando las circunstancias así lo requerían. Los hermanos Celedonio , Julián y Blas , quienes son bandoleros serranos ,dedicados en cuerpo y alma al abigeato, principalmente al robo de reses y que morirán en una celada ,que les tendió la policía.

También presenta otro tipo de personajes como son los perros pastores, que defienden al ganado ovino de los pumas y de los abigeos. En esta obra encontramos seis tipos de conflictos, que son originados por determinados agentes como la sequía, el hacendado Cipriano Ramírez y Juvencio Rosas, la policía y los abigeos:

1.- El primer conflicto se libra entre los pastores y campesinos contra la sequía, verdadero azote de la naturaleza y que los empuja a una existencia miserable, en donde el fantasma del hambre y de la muerte se harán presentes.

2.- El conflicto que se suscita entre los perros pastores y sus dueños, cuando el fantasma del hambre se agudiza a causa de la implacable sequía y se pierde todo sentido de solidaridad humana, suscitándose asimismo
un conflicto entre los perros por la disputa de los alimentos.

3.- El conflicto que se origina entre los perros pastores y sus dueños cuando éstos a causa del hambre se ven obligados a comerse el ganado,

4.- Los campesinos son victimas de la injusticia social cuando un hacendado prepotente y abusivo, de nombre Juvencio Rosas, dueño de la hacienda de Sunchu, los despoja de la comunidad de Huaira , y lo incorpora a su hacienda o feudo.

5.- Los campesinos son objeto de abuso por parte de los gendarmes o policías cuando llevan a los comuneros a la fuerza para el servicio militar.

6.- El conflicto que se desencadena entre los bandoleros, los hermanos Celedonio, con los gendarmes o policías y los dueños del ganado robado
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Algunas ediciones del libro "Los Perros Hambrientos"



Ciro Alegría (Los Perros Hambrientos)

LOS PERROS HAMBRIENTOS


Fue escrita en el sanatorio de San José de Maipó, donde Alegría estuvo internado a causa de una embolia que le dejó casi sin vida y con medio cuerpo paralizado. Por prescripción facultativa comenzó a escribir su segunda novela y resultó ser la más cuidada, debido al reposo en el hospital, que le dio tiempo para pensarla y meditarla más que las otras dos.

Le surgió la idea básica al escuchar los aullidos de los perros que tenían en el sanatorio, como cobayas, para los experimentos. Noche tras noche llegaban a sus oídos y martilleaban sus sienes los lamentos de los perros que presagiaban la muerte. Rasgando dolorosamente la oscuridad, le hacían recordar otros ladridos lejanos que había escuchado en su infancia peruana. Esto le trajo a la mente un relato contado por su abuela materna, Juana Lynch de Bazán, que era mestiza, pero más a fin al mundo indio que el blanco ‘~. A ella deberá Alegría gran parte de su fonnación indigenista, ya que le enseñó a tener respeto por el pueblo del que provenía y será el fundamento para las futuras ideas que exponga literariamente. Ella le contaba todo lo que había visto y Oído, principalmente leyendas y cuentos populares, que irá intercalando el escritor en sus novelas. También le cantaba coplas folklóricas transmitidas por los indios de padres a hijos y que enriquecen la gama indigenista Que expone en toda su obra.

Entre estos relatos sobresalía, en las noches solitarias del hospital de San José de Maipó, uno que le produjo especial impresión, y que revivía fuertemente al escuchar los aullidos desgarradores de los perros cobayas. Doña Juana le había contado que en su juventud presenció una tremenda época de hambre, debida a la falta persistente de lluvias, que ocasionó una gran sequía y asoló 1-a región. Al no haber alimento para los hombres, mucho menos los había para los perros del altiplano, que se volvieron contra sus dueños y aullaban por las noches insistentemente, olfateando la muerte.

El ya había escrito un cuento sobre este tema; pero, ahora, la tranquilidad que le proporcionaba el reposo obligatorio del hospital y los perros aullando durante toda la noche le hicieron pensar que allí estaba la base para conseguir una novela que no sólo le daría la fama, sino también la salud. Al finalizarla, la presentó al concurso organizado por la editorial Zig-Zag. También bajo los auspicios de la Sociedad de Escritores de Chile. Consiguió el primer premio en 1938 y fue publicada en 1939 en Santiago de Chile.

El éxito conseguido queda bien patente en las seis ediciones publicadas por la editorial Zig-Zag, amén de las realizadas por otras editoras, entre ellas una popular publicada en los Festivales del Libro de 1957, en Lima, para su difusión por todos los confines del Perú. De dicha obra tengo conocimiento de dos traducciones, una en alemán, con el titulo de Jurien, herden, hunde, y otra en italiano, bajo la denominación de ¡ cani famad. Finalmente, la editorial creada por la viuda de Alegría, y que toma su apellido de soltera, editorial Varona, ha realizado la última publicación, juntamente con toda una obra póstuma del novelista.

Mediante Los perros hambrientos Ciro Alegría se incorporará de lleno al tipo de narración zoológica. El perro, llevado por los españoles a América, será el personaje principal, de tal moda inseparable al indio, que, a veces, será difícil discernir la frontera entre animal y hombre; es más, me atrevería a decir que aquí es representado el perro al igual que el hombre, ya que llega a autoanalizarse, a expresarse y a pensar como tal, según podemos observar en el siguiente texto:

«Otíeso estaba desolado. Ya no escuchaba los aullidos ni el llanto. Descontando las voces de sus raptores, había caído sobre la puna el silencio de la soledad. Pero no pensó en andar. Que lo arrastraran hasta la asfixia o la liberación. Porque tenían que aburrirse de él y soltarlo. Así pensaba»

16, Es un pasaje referente al rapto de «Ojieso» por los Celonios. bandidos, que irán haciendo cambiar poco a poco la forma de ser del perro, hasta convertirlo de pastor en bandolero, como ellos mismos. Es curioso observar cómo el cambio de ambiente le hace modificar su modo de ser, al igual que le sucede al hombre.

La novela presenta la unión estrecha del hombre, el perro y la Naturaleza. Al tema asciende fácilmente el lector, apoyado en el tradicional conocimiento de la fidelidad del perro al amo y del afecto de éste por aquél. El novelista los identifica de tal forma, que el destino de los perros «Wanka», «Zambo», «Mañu», «Pellejo» y «Oñeso» —cuyas biografías relata el escritor— es totalmente el mismo que el de sus amos.

Su personalidad es tan grande que difumina los perfiles de los personajes humanos.
*
La novela se desarrolla in crescendo. Su planteamiento inicial es de paz y felicidad. Los perros pastores son buenos y fieles a sus amos, que cumplen alegremente con su oficio de guardianes de rebaños. Viven ligados a la suerte humana, y ésta, en un principio, es favorable. En los primeros capítulos se refleja el bienestar y la riqueza:

«La Antuca y los suyos estaban contentos de poseer tanta oveja. También los perros pastores. El tono triste de su ladrido no era más que eso, pues ellos saltaban y corrían alegremente. Orientando la marcha de la manada por donde quería la pastora .quien hilando el copo de la lana sujeto a la rueca, iba por detrás en silencio o entonando una canción, si es que no daba órdenes» ‘~.

La vida es agradable, el paisaje idílico y la unión del perro y del indio llena de suave ternura. De pronto, en su inundo, comienzan a aparecer los pequeños dramas que acabarán desembocando en la tragedia final, ocasionada al producirse una fuerte sequía y con ella una horrible hambruna. Entonces los perros se convierten en sanguinarios y ladrones del propio ganado que antes cuidaban. Es la lucha por la supervivencia. El perro se vuelve contra el hombre y el hombre contra el perro.

Es una guerra sin cuartel. Ciro Alegría alcanza las notas más fuertes y duras al describir las penurias, hambres y situaciones trágicas que pasan, íntimamente unidos, hombres y animales. El clímax del gran drama se va preparando con una serie de desgracias menores. El sonido es utilizado magistralmente para matizar las Situaciones de angustia: aúlla el perro «Mañu» cuando los gendarmes se apoderan violentamente de su dueño, el Mateo. Aúlla «Gúeso» cuando los Celedonios le arrebatan del cálido regazo de su dueña, la pastora Antuca; su aullido se une al de sus compañeros y al llanto de la niña.

Mueren violentamente los perros «Máuser» y «Tinto», el primero destrozado en mil pedazos al estallar una carga de dinamita; el segundo, de una traidora dentellada dada por el perro-hacendado «Raffles», que le Quebró el gañote. Pero una desgracia llama a otra; de repente, todo el cuadro se recarga de tintes sombríos. Surge, implacable, una pertinaz sequía que trae la pérdida de las cosechas y con ella el hambre. A grandes pinceladas, de estilo impresionista, nos describe Alegría la enorme sequedad:

«El sol había terminado por exprimir a la tierra todos sus jugos. Los que anteriormente fueron pantanos u ojos de agua, resaltaban en la uniformidad gris-amarillenta de los campos solamentepor ser manchas más oscuras o blancuzcas. Parecían cicatrices o lacras»

Escenas alucinantes comienzan a desprenderse de la narración y corno fondo, haciéndolas más tenebrosas, el aullar monótono de los perros que va acompañado de lastimeros ladridos. El viento y la noche sirven de marco a tan angustioso cuadro. Es cuando se realiza el ataque de los perros contra las ovejas. La primera en acometer, como jefe de toda la manada perruna, es «Wanka» —nombre de una aguerrida tribu del tiempo incaico—, con lo que tal vez ha querido decir el autor que la raza oprimida del indio puede sublevarse ante la miseria y el hambre.

En el eco de los aullidos podemos ver la desesperación por tantos años de esclavitud. Los perros, que fueron amamantados con leche de ovejas, se tornan sus más feroces enemigos. El acento social de la obra, de tipo indigenista, queda simbólicamente señalado.

Hemos de tener siempre presente que, a lo largo de toda la novela, los perros sienten y piensan como hombres; por tanto, ellos también son descritos como indios o mestizos, nacidos del viejo aleo familiar del incanato o con ancestros hispánicos o nativos. Las diferencias sociales las encontramos en el capitulo 11, donde el perro hacendado «Raffles», que no conocía el perdón, de una dentellada mata al pequeño «Tinto», que pertenecía a la raza humilde del indio. Estamos ante- la denuncia Que delata el abuso del terrateniente sobre el indefenso indígena. Es un símbolo de gran fuerza, con lo que se intenta hacer una llamada a la conciencia humana. Se está preparando el ambiente para su tercera novela: El mundo es ancho y ajeno.

No sólo utiliza el símbolo para mostrarnos la opresión del indio. Sino que a ello alude directamente en uno de sus capítulos, titulado Unpequeño lugar en el mundo. En él se relata el injusto despojo de que son víctimas cincuenta indios, dirigidos por el viejo Mashe. Aquí está la semilla de El mundo es ancho y ajeno, que plantea ya su temática. La expulsión de la comunidad de Rumi se ve reflejada patentemente en el siguiente texto:
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«Provenían de la extinguida comunidad de l-Iuaira. Después de algunos años de trámites judiciales, don Juvencio Rosas, hacendado de Sunchu, había probado su inalienable derecho a poseer las tierras de un ayllu cuya terca existencia se prolongaba desde el incario, a través de la colonia y de la república, sufriendo todos los embates. Y el tal apareció un buen día por Huaira, acompañado de la fuerza pública y sus propios esbirros, a tomar posesión. Los indios, en un último y desesperado esfuerzo, intentaron resistir. Cayeron algunos. La contundente voz de los máuseres les hizo comprender bien pronto el poco valor de los machetes y las hondas»


,Si cambiamos los nombres de la comunidad de Huaira por la de Rumi, el del hacendado don Jovencio Rosas por el de don Alvaro Amenazar y Roldán, la hacienda de Sunchu por la de lJmay y al viejo Mashe por Rosendo Maqui. nos encontramos con el esquema de El mundo es ancho y ajeno.

El símbolo de «Wanka» atacando para defenderse del hambre se completa con este relato que tan escuetamente nos narra Ciro Alegría.

Es la lucha del indio por subsistir. Es 1-a violencia que surge contra la violencia. Es la fábula en que el perro reclama por la dignidad del indio. A partir de este punto surgen unas tras otras las escenas macabras, donde los hombres y perros van muriendo trágicamente. Pero en el último momento, como en todas las obras de Alegría, brota de nuevo la esperanza. No todos los perros mueren, algunos se salvan y entre tIlos se encuentra «Wanka», la representativa d vuelve y renace el optimismo, porque con ella llega la vida, ya que es una firme promesa para las nuevas cosechas. Los hombres y los animales se unen otra vez con los fuertes lazos de amistad y cariño que rompió el infortunio. «Wanka» regresa buscando el perdón de su

Robles. De nuevo se rompen las fronteras que señalan dónde acaba el hombre y comienza el animal, y el Simón sintió como propios los padecimientos de su pobre animal abandonado ~.
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El primer punto interesante que observamos al analizar la novela es la historia personalizada de animales. Esta sirve para presentar una acerada crítica social que va más allá de la simple inspiración zoomorfa.

En segundo lugar es importante su estructura que se apoya en una serie de relatos interiores. Todos están ensamblados por un mismo leit motiv que es la sequía, provocadora del gran drama de la violencia y la Muerte.

jueves, marzo 29, 2007

Ciro Alegría (La piedra y la cruz)

LA PIEDRA Y LA CRUZ


Los árboles se fueron empequeñeciendo a medida que la cuesta ascendía. El caminejo comenzó a jadear trazando curvas violentas, entre cactos de brazos escuetos, achaparrados arbustos y pedrones angulosos. Los dos caballos reposaban y sus jinetes habían callado. Un silencio aún más profundo que el de los hombres enmudecía las laderas. De cuando en cuando, pasaba el viento haciendo chasquear los arbustos, bramando en los pedrones. En las ráfagas eran sólo una avanzada del presente ventarrón de la puna. Al cesar después de una breve lucha con las ramas y los riscos dejaban una gran cauda de silencio. El rumor de las pisadas de los caballos, parecía aumentar ese silencio nutrido de inmensidad. Si algún pedrusco rodaba del sendero, seguía dando botes por la pendiente, a veces arrastrando a otros en su caída, y todo ello era como el resbalar de unos granos de arena de la grandeza de las moles andinas. De pronto, ya no hubo si quiera arbustos ni cactos. La roca se dio a crecer más y más, ampliándose en lajas cárdenas y plomizas, tendidas como planos inclinados hacia la altura; alzándose verticalmente en peñas prietas que remedaban inmensos escalones; contorsionándose en picachos aristados que herían el cielo tenso; desperdigándose en pedrones que parecían bohíos vistos a distancia; superponiéndose en muros de un gigantesco cerco de infinito. Donde había tierra crecía tenazmente la paja brava llamada ichu. En su color gris amarillento se arremansaba el relumbrón del sol.

El resuello de caballos y jinetes empezó a colgarse, formando nubecillas blancuzcas que desaparecían rápidamente en el espacio. Los hombres sentían el frío en la piel erizada, pese a la gruesa ropa de lana y los tupidos ponchos de vicuña. El que iba delante volvió la cara y dijo, sofrenando su caballo:-¿No le dará soroche, niño?
El interpelado respondió:- Con mi papá ha subido hasta el Manacancho.

Ojeó entonces el camino que pugnaba por subir y picó espuelas. Las rodajas se hundieron en los ijares y el caballo dio un salto, para luego avanzar sobre el crujido de guijarros. El otro caballo se retrasó un tanto, pero acabó por apresurarse también, llegando a compasar el rumor de los cascos junto al primero.

El hombre que iba de guía era un indio viejo, de impasible cara. Bajo el sombrero de junco, cuya sombra escondía un tanto la rudeza de su faz, los ojos fulgían como dos diamantes negros incrustados en piedra. Quien lo seguía era un niño blanco, de diez años, bisoño aún en largos viajes por las breñas andinas, razón la cual su padre le había asignado el guía. Camino del pueblo donde estaba la escuela, tenían que pasar por tierras cuya amplitud crecía en soledad y altura.

Que el niño era blanco decíase por el color de su piel, aunque bien sabía él mismo que por las venas de su madre corrían algunas gotas de sangre india. Ella era hermosa y dulce y de la raza nativa se le anunciaba en la mata abundosa y endrina del caballo, en la piel ligeramente trigueña, en los ojos de una suave melancolía, en la alegría y la pena contenidas por una serenidad honda, en la ternura presente siempre, en las manos dadivosas y la voz acariciante.

Así es que el niño blanco no lo era del todo, y mas por haber vivido siempre entre dos mundos. El mundo blanco de su padre y los familiares de éste, y el mundo de su madre y el pueblo peruano de los Andes del norte, confusa aglutinación de cholos e indios hasta no poderse hacer precisa cuenta de raza según la sangre y el alma. Con todo, el niño era considerado blanco debido a su color y también por pertenecer a la clase de los hacendados, dominadora del pueblo indio durante mas de cuatro siglos.

El muchacho caminaba tras el viejo sin tomar en cuenta, ni poco ni mucho, que le estaba haciendo un servicio. A lo más podía considerar, con absoluta naturalidad, que eso no era parte de su deber de indio: Pero tampoco se preocupaba de considerarlo así. Estaba completamente acostumbrado a que los indios le sirvieran. En esos momentos, evocaba su casa y algunos episodios de su vida. Ciertamente que había subido con su padre hasta el Manancancho, cerro de su hacienda que le llamara la atención debido a que amanecía nevado una que otra vez. Pero esas montañas que ahora estaban remontando eran evidentemente más elevadas y acaso el soroche, el mal de la puna, lo atenazaría cuando estuvieran en las cumbres gélidas.

Una sensación de soledad le crecía también pecho adentro. Hacía cinco horas que caminaban y tres por lo menos que dejaron los últimos bohíos. El guía indio, que de amanecida y mientras cruzaran por un valle oloroso a duraznos y chirimoyas, le fue contando entretenidas historias, se cayó al tomar altura, tal vez contagiado del silencio de la puna, acaso porque más le interesara contemplar el panorama. Los ojos del viejo no hacían otra cosa que avizorar los horizontes, el cielo amplísimo, los cañones abismales. El muchacho miraba también, sobretodo a las alturas. ¿Dónde estaría la famosa cruz?

Al doblar la falda de un cerro, tropezaron con unos arrieros que conducían una piara de mulas cansinas, las que prácticamente desaparecían bajo inmensas cargas. Los fardos olían a coca y estaban cubiertos por las frazadas que los arrieros usarían en la posada. Los vivos colores de las mantas daban pinceladas de jubilo a la uniformidad gris de las rocas y pajonales.- Güenos días, cristianos, - saludó el guía indio.

Los arrieros contestaron:- Güenos días les de Dios- Ave María Purísima.- Güenos días
El guía indio dijo con la mejor expresión que pudo poner:- Quien sabe tienen un traguito
Los arrieros miraron al que parecía ser su jefe, sin responder. Este, que era un cholo cuarentón, de ojos sagaces, echó un vistazo al indio viejo y al niño blanco, para hacerse cargo de quienes eran, y respondió:- Algo quedará

Uno de los arrieros le alcanzó, sacándola de las alforjas que llevaba al hombro, una botella que caló el sol haciendo ver que guardaba mucho cañazo todavía. El cholo se le acercó al niño, diciendo:- Si el patroncito quiere, él primero...- Yo conozco a su papá, el patrón Elías

El muchacho no gustaba del licor, pero le habían dicho que era bueno en la altura, para calentarse y evitar el sonroje, de modo que tomó dos largos tragos del áspero aguardiente de caña. El guía indio se detuvo también a los dos tragos, muy educadamente, pero apenas el jefe de los arrieros lo invitó a proseguir, se pegó el gollete a la boca y no paró hasta que el más zumbón de la partida gritóle:- Güeno, yastá güeno

El viejo sonrió levemente, entregando la botella.- Dios se lo pague.
Guía y niño avanzaron luego, cruzando con cierta dificultad entre la desordenada piara de mulas. Sobre una de las mulas, en el vértice de dos fardos, había una piedra grande hermosamente azulada, casi lustrosa.- Piedra de devoción, - acotó el guía.
Los arrieros lanzaron gritos que eran como zumbantes látigos:- ¡Jah, mula!- ¡Mulaaaaa!- ¡So! ¡So!- ¡Jah!...- ¡Mula!

El eco los multiplicaba. Parecía que otra partida arreaba desde las peñas. En un momento, el largo cordón de las mulas se rehizo y reptó coloreado la cuesta. Uno de los arrieros echó al viento la afirmación de un huaino:
A mi me llaman Paja BravaPorque he nacido en el campo.En la lluvia y el vientofuerte no más me mantengo.

Ya no se sabía si era más jubiloso el color de las mantas o la canción.
Los jinetes iban todo lo ligero que les permitía la abrupta senda y, pendiente arriba siempre fueron dejando lejos a los arrieros. De rato en rato, escuchaban algún fragmento de los gritos: "¡uuuuuu!". "¡aaaaa!". Pero la inmensidad quedó a poco muda. Salvo que el viento silbó más repetidamente entre las pajas y despedazó con más furia en los roquedales. Cuando no. crecía el silencio de los peñones, de grandeza levantada impetuosamente hasta el cielo, naciendo de una sombrosa profundidad.

Abajo, los arrieros y su piara se habían empequeñecido hasta semejar una hilera de hormigas afanosas, acuestas con su carga por un sendero al que más bien había que imaginar, hilo desenvuelto al desgaire, leve línea que borraba casi, comida por las salientes de las peñas. La sombra de un nubarrón pasaba lentamente por las laderas, dando un tono más oscuro a los pajonales. Al ceñirse a las breñas, la sombra ondulaba como un oleaje de aire.

Los dos jinetes tomaron por un camino que cortaba oblicuamente un peñón. La roca había sido labrada a dinamita y a pico, donde era casi vertical, y se habían hecho calzadas donde la gradiente permitía asentar piedras. La roca viva surgía hacia un lado, aupándose hacia las nubes, y por el otro descendía formando un abismo. Los caballos pisaban firme, nerviosos sin embargo, y sus jinetes sentían bajo las piernas de los cuerpos crispados, tensos en el esfuerzo cuidadoso de bordear el desfiladero sin dar un resbalón que podía ser mortal. Los ojos de las bestias brillaban alertas sobre las sendas roqueñas y su resuello era más sonoro, prolongándose a veces, donde había que saltar escalones, en una suerte de quejido. El viejo y el muchacho sentían una solidaridad profunda hacia sus caballos y los breves gritos que daban para alentarlos, sonaban más bien como palabras de un lenguaje de fraternidad entre hombre y animal.

El niño blanco no habría sabido calcular el tiempo que duró la travesía en roca viva, al filo del abismo. Quizá veinte minutos o tal vez una hora. Aquello terminó cuando el camino, curvándose y abriendo una suerte de puerta, asomóse a una llanura. El sintió que sus propios nervios se distendían. Su caballo se detuvo y sacudió adrede el cuerpo, frenéticamente, dando luego un corto relincho. Descansó así y siguió al del guía con trote fácil. El viejo barbotó:-¡La mera jalca!

Era el altiplano andino. La paja brava crecía corta en la fría desolación del yermo. En el fondo de la planicie, se alzaba una nueva crestería. El viento soplaba tenazmente, pasando libre sobre el páramo, desgreñando los pajonales, ululando, rezongando. La ruta estaba marcada en ichu por un haz de senderos, canaletas abiertas por el trajín de la tierra arcillosa. Pedrones de un azul oscuro hasta el negror o de un rojo de brasa , medio redondos, surgían por aquí y por allá como gigantescas verrugas de la llanura. Las piedras de tamaño mediano eran escasas y menos se veían de las pequeñas, buenas para ser acarreadas. El indio desmontó súbitamente y se encaminó a cierto lado, derecho hacia una piedra que había logrado localizar y levantó en la mano.-¿ le llevo una pa usté, niño? - preguntó.- No, - fue la respuesta del muchacho.

Con todo, el viejo buscó otra piedra y volvió con ambas. Le llenaban las manos grandotas. Parsimoniosamente mirando de reojo al niño blanco, las guardó en las alforjas colocadas en el basto trasero de la montura, una en cada lado. Cabalgó entonces y habló:- Hay que cargar las piedras desde aquí. Más adelante se han acabao.- Ese arriero que trae una piedra, se pasa de zonzo.¡ Traer una piedra de tan lejos!- Habrá hecho promesa. Niño.- ¿ Y dónde está la cruz?

El viejo señaló con el índice cierto punto de la crestería, diciendo:- Esa es.
El muchacho no la distinguió, pese a que tenía buena vista, pero sabía que el indio, aunque muy viejo, debía tenerla mejor. Estaría allí.
Se referían a la gran cruz del alto, famosa en toda la región por milagrosa y reverenciada. Estaba situada En el lugar donde la ruta vencía la más alta cordillera. Era costumbre que todo viajero que pasase por dejara una piedra junto a la peaña. A través de los años, las piedras transportables que habían en las cercanías se agotaron y tenían que llevárselas desde muy lejos. Año tras año aumentaba las distancia, pero no decrecía la recogida.

El muchacho llevaba también algo en relación con la cruz, pero entre pecho y espalda. Al despedirse, su padre le había dicho:- No pongas piedra en la cruz. Esas son cosas de indios y cholos de gente ignorante.Recordaba exactamente tales palabras.

El sabía que su padre no era creyente por ser racionalista, cosa que no entendía . Su madre sí era creyente y llevaba una pequeña cruz de oro sobre el pecho y encendía una pequeña lámpara votiva ante una hornacina que guardaba la imagen de la Virgen de los Dolores. Pensaba que también, de haber tenido tiempo preguntárselo a su madre, ella le hubiese dicho que pusiera la piedra ante la cruz. Cavilaba sobre ello cuando sonó la voz del indio, quien se atrevía a advertirle:- La piedra es devoción, patroncito. Todo el que pasa tiene que poner su piedra. Ya ve usté que soy viejo y eso es lo que siempre he visto y oído.- Ajá. La pondrán los indios y cholos.- Todos, patroncito. Hasta los blancos.- ¿Los patrones?- Los patrones también. Es devoción.- No te creo. ¿Mi papá también?- A la vereda, nunca pase junto con él al lado de la Cruz del Alto, pero le juro que lo hizo.- No es cierto. El dice que éstas son cosas de indios y cholos, de gente ignorante.- La Santa Cruz le perdone al patrón.- Una piedra es una piedra.- No diga eso, patroncito. Mire que al doctor Rivas, el juez del pueblo, letrao como es, hombre de mucho libro, yo lo vi poner su piedra. Hasta echó sus lagrimones.

El viento arreció y les impedía hablar. Les levantaba los ponchos, les azotaba la cara. El muchacho, no obstante ser andino, comenzó a sentir frío de veras. Unas lagunas de aguas escarchadas, al filo de las cuales pasaban, reflejaron la traza injerida de caballos y jinetes. La crines y los ponchos parecían banderolas del viento. Cuando amainó un poco , el viejo volvió a decir:- Ponga su piedra patroncito. A los que no lo hacen, les va mal... Yo no quiero que le pase nada malo, patroncito.
El muchacho no le contestó. Conocía mucho al viejo indio, pues vivía cerca de la casa hacienda, en un bohío igualmente viejo, tanto que en cierto lugar del techo, la paja se había podrido y apelmazado y crecían allí algunas hierbas. El viejo le llamaba "niño" habitualmente, con lo cual adquiría el rango propio de los ancianos , pero cuando quería que le hiciese un favor, pasaba automáticamente al "patroncito". "Patroncito. Su papá me ofreció encargarme un machete y lo ha olvidao. Hágale acordar, patroncito". "Patroncito: mi vieja anda mala de la barriga y le voy a dar manzanilla en agua caliente. Pa que seya güena, se necesita echarle la azucarcita. Deme un puñao de azucarcita, patroncito". La manzanilla y otras plantas mas o menos medicinales crecían, junto con repollos y cebollas en el pequeño huerto del viejo. También había una planta de lúcuma, con cuya fruta le obsequiaba. Y no lejos del bohío solía deambular siempre una de sus nietas, chinita de la edad del niño blanco, quien pasteaba un rebaño de ovejas. La muchachita de cara reelijan y ojos brillantes, cantaba cantos indios con una voz de tórtola. Verla y oírla le daba un gran contento. Eran tan amigos, que jugando rodaban por la loma.

Y ahora salía el viejo indio con la cantaleta del "patroncito". Se esforzó una vez más:- Patroncito... Óigame, patroncito. Hace añazos subió un cristiano de la costa llamao Montuja o algo de esa laya. Así era el apelativo. El tal Montuja no quiso poner su piedra y se rió. Se rió. Y quien le dice que pasando esta pampa, al lao de estas meras lagunas según cuentan, le cae un rayo y lo deja en el sitio.- Ajá.- Cierto, patroncito. Y se vio claro que el rayo iba destinao pa él. Con tres más andaba, que pusieron su piedra, y sólo a don Montuja lo mató...- Sería casualidad. A mi papá nuca le ha pasado nada, para que veas.

El viejo pensó un rato y luego le dijo:- La Santa Cruz le perdone al patrón, pero usté, patroncito...
El niño blanco creyendo que no debía discutir con el indio, le interrumpió diciendo:- Calla ya.
El viejo enmudeció.

Violento, manso, el viento no cesaba. Su persistencia era un baño helado. El muchacho tenía las manos ateridas y sentía que las piernas se le estaban adormeciendo. Esto podía deberse también al cansancio y a la altura. Acaso su sangre estaba circulando mal. Un ligero sonido estaba comenzando a sonar en el fondo de sus oídos. Tomando una rápida resolución, desmontó diciendo al guía:- Jala tu mi caballo. ¡Sigue!

Sin más palabras, echaron a andar, el guía y los caballos delante.
El muchacho se terció el poncho a la espalda y salió de la huella. Pronto advirtió que las grandes rodajas de las espuelas se enredaban en la paja brava y tuvo que volver a uno de los senderos. Sentía que las puntas de sus pies estaban duras y frías y que las piernas le obedecían mal. Apenas podía respirar, como que le faltaba el aire enrarecido, y su corazón retumbaba. Claramente, oía el lento y trabajoso palpitar de su corazón. A los diez minutos de marcha, se había cansado mucho, pero pese a todo, seguía caminando voluntariosamente. Según oyó decir a su padre, En los Andes hay que pasar a veces por lugares de diez, doce, catorce mil metros de altura y más. No sabía a que elevación se encontraba en ese momento, pero indudablemente era muy grande. Su padre le había hablado también de la forma que hay que comportarse en las grandes alturas y eso estaba haciendo. Sólo que hasta caminar resultaba difícil. El mero hecho de avanzar por una planicie, fatigaba. La altura quitaba el aire. Y no obstante, el viento le había quemado la cara a chicotazos. Al tocársela, sintió que ardía. Un sabor salino se le agrandó en la boca. Sus labios estaban partidos y sangrantes. Un rastro rijizi le quedó en los dedos. Recordó como su madre solía curarlo y una honda congoja le anudó el cuello. La nostalgia de la madre, le hizo asomar a los ojos lágrimas tenaces que se los empañaron. Se las secó rápidamente, para que no lo viera llorar ese indio que cargaba neciamente dos piedras. Menos mal que los pies se le estaban abrigando y sentía las piernas menos tiesas.

En realidad, el indio no dejaba de observarlo a su manera, es decir disimuladamente. Desde la seguridad de su baquía y su milenaria reciedumbre, sentía cierta admiración por ese pequeño blanco que estaba afrontando adecuadamente su primera prueba de altura. Pero no dejaba de infundirle cierto malestar, inclusive temor, la irreverencia del muchacho, en la cual quería ver algo genuinamente blanco, o sea maligno. Ningún indio sería capaz de hablar así de la piedra y la cruz. Pero él no tenía palabras para hacerle entender, después de todo se le había ordenado callar y no podía, en último extremo, hacer otra cosa. El muchacho, sintiéndose mejor, pues se le habían entibiado hasta las manos, gritó:- ¡Ey!- ¿Va a montar, niño?- Sí.

El viejo le acercó el caballo y desmontó diciendo:- Espere todavía
Sacó de uno de sus bolsillos un envoltorio de papel ocre. Contenía grasa de la usada para tratar los cueros, especialmente los lazos y riendas. Con ella embadurnó la cara del muchacho, a la vez que decía:- Es buena pa la quemadura de puna. Se ha pelao como papa. Tiene que curtirse como yo, niño. En la altura, es güeno ser indio. La puna tendrá que hacerlo menos indio...

Olía mal la grasa, y era tratado como cuero, pero sin abandonar su arrogancia, el muchacho sonrió. Bien que tuvo que hacerlo con cierta parsimonia porque los labios partidos le dolieron más al distenderse.

Trote adelante, advirtió que la cordillera situada al fondo de la llanura, quedaba ya muy cerca. Alzando los ojos, vio la cruz, erguida arriba, en una concavidad de las cresterías hasta la cual llegaba el quebrado sendero. Sobre un promontorio, la cruz extendía sus brazos al espacio, bajo un inmenso cielo.

A poco andar, llegaron a la cordillera. Las rocas que formaban eran pardas y azules y no había siquiera paja entre ellas. El sendero era extraordinariamente difícil, labrado de nuevo en las peñas por medio de cortes y calzadas. Frecuentes escalones demandaban un enorme esfuerzo a las bestias, que crispaba sus cuerpos en la ascensión, resoplaban sonoramente, daban cortos bufidos como quejas.

El muchacho pensaba que, de no haberse puesto a caminar, ahora se le habría paralizado el cuerpo. Pese al sol radiante que brillaba en medio del cielo, estallando en las aristas de las rocas, el aire era singularmente frío capaz de helar. Su consistencia sutilísima demandaba que se lo respirase a pulmón lleno, sin que ello impidiera quedarse con una vaga sensación de asfixia.

Pero no se preocupaba ya. Tenía el cuerpo abrigado por la camiseta y su sangre fluía acompasadamente. Sus oídos afinados podían escucharlo. Para mejor, terminada la cuesta, cosa que les llevaría una media hora, comenzarían el descenso. Habiendo pasado con bien por la prueba, hasta estaba alegre. Quien echaba miradas recelosas era el indio. El niño blanco las entendió, y más viendo el sendero y sus inmediaciones, prácticamente limpios de toda piedra que se pudiera transportar.

Dijo volviendo al tema:- Con el tiempo, quizás tengan que romper las peñas y las piedras grandes a comba y dinamita para la devoción. No quedan ni guijarros por aquí.- Patroncito: cuando los taitas pasan con chiquitos, les dan también su piedra a cargar. Así, en años y años, hasta las piedras chicas se han acabao, patroncito. Fuera de que algunos cristianos que no encontraban piedra güena, cargaban con varias chicas.- ¿Y cuando comenzó todo esto?- No hay memoria. Mi taita ya contaba de la devoción y el taita de mi taita, lo mesmo. También la encontró.- Está bien que ante las imágenes y cruces pongan lámparas y velas. ¿pero piedras!- Como que da lo mesmo, patroncito. La piedra es también devoción.

El indio se quedó meditando y luego, esforzándose por dar expresión adecuada a sus pensamientos, dijo lentamente:- Mire, patroncito. La piedra no es cosa de despreciarla. ¿Qué fuera del mundo sin la piedra? Se hundiría. La piedra sostiene la tierra. Como que sostiene la vida.- Eso es otra cosa. Pero mi papá dice, que los indios, de ignorantes que son, hasta adoran la piedra. Hay algunos cerros de piedra, tienen que ser de piedra, a los que llevan ofrendas de coca y chicha y les preguntan cosas. Son como dioses. Uno de esos cerros es el Huara.- Así es, patroncito. Dicen que es muy milagroso el cerro Huara.- Ya ves. ¿Crees tú en el cerro?- A la verdá que yo nunca juí al Huara, pero no puedo decir ni si, ni no. Mi cabeza no me da pa eso.- Ajá ¿Y por qué no ponen cruz en ese cerro?- Dicen que ese no es cerro de cruz. Es cerro de piedra.- ¿Y por qué no le llevan piedras?- Usté sabe que le llevan ofrendas de otra laya. ¿pa qué va a querer piedras si es de piedra?, a una cruz no se le llevan cruces- Pero tú crees en el cerro.- No le puedo responder, como le digo. Yo nunca fui al Huara. Pero patroncito, ¿por qué no va a poner piedra en la cruz. La cruz es la cruz.-¿Qué importancia tiene una piedra?- La piedra es devoción, patroncito.

Callaron ambos, ni el viejo ni el muchacho sabían de las innumerables piedras místicas que había en su historia ancestral, pero la discusión los conturbó en cierto modo. Más allá de las razones que se dieron, existían otras que no pudieron hacer aflorar a su mente y sus palabras. El viejo, confusamente, compadecía al niño por creerlo un ser mutilado, remiso a la alianza profunda con la tierra y la piedra, con las fuentes oscuras de la vida. Le parecía fuera de la existencia, tal un árbol sin raíces, o absurdo como un árbol que viviera con las raíces en el aire. Ser blanco, después de todo, resultaba hasta cierto punto triste.

El muchacho por su parte, hubiera querido fulminar la creencia del viejo, pero encontró que la palabra ignorancia no tenía mucho significado, que en último término carecía de alguno, frente a la fe. Era evidente que el viejo tenía su propia explicación de las cosas o que, si no la tenía, le daba lo mismo. Incapaz de ir más allá de estas consideraciones, las aceptó como hechos que tal vez se explicaría más tarde.

Miró hacia lo alto. La famosa cruz no era visible desde la cuesta, pues la ocultaban las aristas de los peñones. Pero parecía que ya iban a llegar. El camino se lanzó por una encañada y saliendo de ella, en la parte más honda de una curva tendida entre dos picachos, estaba la reverenciada Cruz del Alto.

Como a cincuenta pasos del camino, hacia un lado, se levantaban los recios maderos ennegrecidos por el tiempo. La peaña cuadrangular sobre la cual se los alza, estaba enteramente cubierta de las piedras amontonadas por los devotos. El pedrerío seguía extendiéndose por todos lados, teniendo a la cruz como centro, y cubría un gran espacio, tal vez doscientos metros en redondo.

El indio desmontó y el niño blanco hizo lo mismo para ver mejor lo que pasaba.
El viejo sacó de las alforjas las dos piedras, dejando una en el suelo, a la vista, sobre las mismas alforjas. Con la otra en la mano, avanzó hasta las orillas del pedrerío y precisó con los ojos un lugar apropiado. Sacándose el sombrero, y haciendo una reverencia, en actitud ritual, colocó su misma piedra sobre las otras. Luego miró la cruz. No movía los labios, pero parecía estar rezando. Quizá pedía algo en forma de rezo. En sus ojos había un tranquilo fulgor. Bajo el desgreñado cabello blanco, el rostro cretino y rugoso tenía la nobleza que da la fe nítida. Había en toda su actitud algo profundamente conmovedor y al mismo tiempo digno.Para no turbarlo, el muchacho se alejó un tanto, y después de trepar a una pequeña loma situada en mitad de la cresta, pudo contemplar, a un lado y al otro, el más amplio panorama de cerros que hasta ese momento vieron sus ojos.

En el horizonte, las nubes formaban un marco albo sobre el cual las cumbres se recortaban, azules y negras, limando un tanto sus aristas. Más acá, los cerros tomaban diferentes colores: morados, rojizos, prietos, amarillentos, según su conformación, su altura y lejanía, surgiendo aveces desde el lado de ríos que ondulaban como sierpes grises. Coloreados de árboles y bohíos en sus bases, los cerros íbanse limpiando de tierra y por último, de no llegar a coronarlos de nieve espejeante, la roca estallaba en una dramática afloración. La piedra cantaba su épico fragor de abismos, de picacho, de farallones, de cresterías, de toda suerte de cimas agudas y cumbres encrespadas, de roquedales enhiestos y peñones bravíos, en sucesión inconmensurable cuya grandeza era aumentada por una impresión de eternidad. Surgía de ese universo de piedra un poderoso aliento místico, quizás menos grandioso que el de las noches estrelladas, pero más ligado a la vida del hombre. Simbólicamente acaso, ese mundo de piedra estaba allí, al pie de la cruz, en las ofrendas de miles y miles de cantos, de piedras votivas, llevadas a lo largo del tiempo, en años que nadie podía contar, por los hombres del mundo de piedra.

El niño blanco se acercó silenciosamente a las alforjas, tomó la piedra y se acercó a hacer la ofrenda.